¿Hace el mensaje de 1888 algo práctico por aquellos que lo creen?
Sí, produjo un reavivamiento y reforma entre los miembros laicos que lo oyeron inmediatamente después de la Asamblea de Minneapolis (ver A. V. Olson, Trough Crisis to Victory, p. 56-81). La reforma habría sido completa de no haber sido por la oposición de los dirigentes de la Asociación General y la Review and Herald (E. White, Review and Herald, 11 y 18 de marzo de 1890).
El mensaje trae hoy gozo y esperanza a miles de corazones que lo oyen y creen.
¿Cómo se relaciona la temperancia y reforma pro-salud con el mensaje de 1888?
El mensaje de 1888 recupera la verdadera motivación para la temperancia y reforma pro-salud, al relacionar la justificación por la fe con la purificación del santuario celestial.
A pesar de estar viviendo en el Día de la Expiación, hay actualmente en nuestra iglesia un desdén general por esa verdad. Al mismo tiempo, el llamado "consumo moderado de bebidas alcohólicas" ha llegado a ser un problema de tal envergadura, que en nuestra prensa oficial aparecen artículos intentando hacer frente al problema.
Las iglesias Evangélicas anteriores a la revocación nacional de 1933, (1) enseñaban la prohibición bíblica del consumo de alcohol, pero hoy han abandonado en gran medida esas convicciones de antaño, en favor del así llamado "consumo moderado de alcohol".
¿Por qué han perdido los Evangélicos su celo anti-alcohólico?
Carecen de la motivación que les habría proporcionado la comprensión de la verdad del Día de la Expiación. También nosotros podemos evocar esas prohibiciones bíblicas "no bebas", "di ¡No!", etc, pero en ausencia de esa gran motivación basada en la verdad del santuario, resultará ser igualmente ineficaz entre nosotros, especialmente en el caso de los jóvenes. Hay en la actualidad un alarmante incremento en la bebida "social" en ciertos círculos adventistas, sobre todo en nuestras grandes instituciones.
La singular verdad del santuario constituye el eje del que han salido todos los radios de la reforma pro-salud y temperancia adventista. La negligencia de esa verdad y el problema de la bebida, han corrido paralelos.
¿Por qué es tan importante la justicia por la fe, en el marco del Día de la Expiación?
Dice E. White que "La correcta comprensión del ministerio del santuario celestial es el fundamento de nuestra fe" (El Evangelismo, p. 165), "el pilar central que sostiene la estructura de nuestra posición en el tiempo actual" (Carta 126, 1897). "El pueblo de Dios debería comprender claramente el asunto del santuario y del juicio investigador. Todos necesitan conocer por sí mismos el ministerio y la obra de su gran Sumo Sacerdote. De otro modo, les será imposible ejercitar la fe tan esencial en nuestros tiempos" (El Conflicto, p. 542). Esa "fe" es la única rienda eficaz contra la intemperancia. El temor a la enfermedad o a los accidentes, incluso hasta la muerte o el infierno mismos, no son motivaciones que proporcionen el poder necesario. Podemos seguir inculcando la temperancia por la fuerza del temor, pero eso no guardará a nuestros jóvenes en el día de la tentación:
Podemos explayarnos en el castigo de cada pecado, y en los horrores del castigo infligido a los culpables, pero eso no enternecerá ni subyugará el alma (MS. 55, 1890).
¿Bebían alcohol los israelitas de antaño?
Aunque es muy cierto que Dios ha prohibido siempre el alcohol, su pueblo tenía un problema con él en los tiempos antiguos (ver, por ejemplo, Gén. 9:20,21; 1 Sam. 25:36-38; Rut 3:7; 2 Sam. 13:28, etc.) La Biblia prohibe también el materialismo y la mundanalidad, sin embargo, ambos existían entre ellos. Pero en el Día de la Expiación, el pueblo de Israel no probaba ni una gota de alcohol (Lev. 16:29,30; 23:27-32).
Es cierto que la intemperancia y el "consumo moderado" de bebidas alcohólicas, y hasta el consumo de drogas, "abundan" hoy, incluso en la iglesia. Pero nada puede solucionar ese problema, si no es la revelación de la gracia que "sobreabundó", esa gracia que es ministrada por el gran Sumo Sacerdote en su obra final de expiación, en el lugar santísimo del santuario celestial.
En estos "tiempos peligrosos" de los últimos días, debe haber una mejor motivación que el interés en uno mismo, o incluso en nosotros mismos, y consiste en el interés por el honor y vindicación de Aquel que se dio a sí mismo por nosotros. Refiriéndose una vez más al mensaje de 1888, E. White lo relacionó con las verdades del Día de la Expiación:
Estamos en el día de la expiación, y hemos de obrar en armonía con la obra de Cristo de purificar el santuario de los pecados del pueblo… Debemos presentar ahora ante la gente [nuestra juventud está aquí evidentemente incluida] la obra que por la fe vemos cumplir a nuestro gran Sumo Sacerdote en el santuario celestial (Review and Herald, 21 enero 1890).
¿Cuál es la motivación verdaderamente efectiva para la temperancia y reforma pro-salud?
La verdadera razón para llevar a la práctica la reforma pro-salud no es el que podamos disfrutar de unos pocos años más de vida dedicados a la comodidad y el lujo, sino el que podamos tener mentes claras para comprender la obra de Cristo como Sumo Sacerdote en la expiación final. La salud extra de la que disfrutamos, tiene el objeto de poder servir a Dios y a nuestro prójimo eficazmente, no tiene por fin nuestra propia diversión y beneficio. Es una respuesta sincera a su amor, más bien que un interés egocéntrico del tipo ‘¿qué provecho le puedo sacar a eso?’
El número especial sobre la temperancia, de la Adventist Review del 25 de febrero de 1982, incluía una breve mención de la purificación del santuario como la razón principal del mensaje adventista de salud y temperancia. Sería maravilloso si pudiese abundarse en ello, de forma que nuestra prensa oficial prestase atención a esa verdad.
¿Qué es pecado? ¿Podemos definirlo como una relación rota?
"Relación" es un término ambiguo y confuso. Una relación puede ser tanto buena, como mala. Esa palabra no aparece en la Escritura. El pecado es allí definido como transgresión de la ley, u odio hacia ella (anomia; 1 Juan 3:4). El pecado es más que una relación rota: es rebelión contra Dios.
La diferencia se hace patente en la cruz de Cristo. Cuando padeció en las tinieblas, experimentó una clara "relación rota", puesto que clamó "Dios mío, Dios mío ¿por qué me has desamparado?" Sin embargo, esa relación rota no implica que Cristo pecase. En su total soledad, tinieblas, olvido y desespero, escogió no pecar, puesto que escogió creer que "Dios es agape" (1 Juan 4:8). Por lo tanto, el agape puede soportar una relación rota sin pecar. Eso demuestra que una "relación rota" no puede ser una definición adecuada de pecado.
La Biblia expresa más claramente de lo que el término "relación" puede hacer, las verdaderas definiciones de lo que es el pecado y la fe. La confusión que ese término genera puede ser la causa de la inseguridad de muchos. Arnold Walenkampf hace los siguientes comentarios al respecto:
La palabra relación es manoseada a menudo en las conversaciones de hoy en día. Se la utiliza también en el área de la religión, sugiriendo una conexión salvadora con Dios. Pero la relación no es una panacea. Una persona o una organización –o casi cualquier cosa para el caso– mantiene una relación en cierta forma con cualquier cosa o persona… los tres viajeros que vieron al infortunado hombre que había sido asaltado y golpeado en el camino a Jericó (véase Luc. 10:25-37), mantuvieron una relación con él. Así que la palabra relación no es adecuada para describir la conexión salvadora de una persona con Dios.
Una relación con Dios por sí sola no garantiza la salvación. Satanás mismo mantiene una relación con Dios. La salvación resulta sólo de una relación de amistad, o de profundo compañerismo con Dios. Fue sólo la relación de amistad del samaritano hacia el viajero sufriente lo que salvó a este último de la muerte (Lo que todo adventista debería saber sobre 1888, p. 85).
Esa idea de Cristo muriendo por "todos los hombres" suscita la cuestión de ¿cuándo se inscriben nuestros nombres en el libro de la vida?
En los escritos de E. White hay muchas referencias a aquellos cuyos nombres figuran en el libro de la vida, pero rara vez alude a cuándo se los inscribe. Dos citas permiten deducirlo, aun sin definir ese extremo con exactitud: (a) "Cuando nos convertimos en hijos de Dios, nuestros nombres se inscriben en el libro de la vida del Cordero, y allí permanecen hasta el tiempo del juicio investigador" (Comentario bíblico adventista, vol. VII, p. 998). (b) "Al pecador, mediante el arrepentimiento de sus pecados, fe en Cristo, y obediencia a la perfecta ley de Dios, se le imputa la justicia de Cristo; viene a ser su justicia, y su nombre se registra en el libro de la vida del Cordero" (Testimonies, vol. III, p. 371,372).
¿Cuándo puede considerarse a alguien un "hijo de Dios"?
En algunos casos, a muy tierna edad. En el vientre de su madre Elisabet, el niño Juan el Bautista respondió al Espíritu Santo (Luc. 1:41,44). El profeta Jeremías fue llamado, santificado y ordenado para el oficio de profeta (Jer. 1:5). En un cierto sentido, Cristo fue ya el "Salvador de todos los hombres", incluso antes que estos respondieran. Es por su amor que "todos los hombres" son candidatos a la vida eterna, en virtud de su sacrificio.
Su sacrificio proporcionó realmente vida a todos los hombres (Rom. 5:18). No es posible suponer que el libro de la vida ignore el don de la vida. Dios "quiere que todos los hombres sean salvos, y que vengan al conocimiento de la verdad" (1 Tim. 2:4). Puesto que Cristo escogió gustar "la muerte por todos" (Heb. 2:9), concedió la vida a "todo hombre", que es lo opuesto a la muerte que él gustó por todos.
Con seguridad, el Señor desea que el nombre de cada uno esté en el libro de la vida, y que permanezca allí a menos que por haber preferido las tinieblas más bien que la luz, el hombre anule la "elección" para vida eterna que Dios hizo ya en su favor (Juan 3:16-19).
En la oscuridad de nuestra mente, no nos apercibimos de su elección llena de gracia a favor de nuestra salvación, hasta el momento en que le prestamos atención, creemos y respondemos. En ese momento, por lo que a nosotros respecta, se inscriben nuestros nombres en el libro.
¿A qué edad puede inscribirse el nombre de un niño en el libro de la vida?
Jamás debemos trazar un círculo que deje a un niño fuera de la seguridad de la elección de Dios para vida eterna. En El Deseado leemos que Cristo "no rechazaba la flor más sencilla arrancada por la mano de un niño, que se la ofrecía con amor. Aceptaba las ofrendas de los niños, bendecía a los donantes e inscribía sus nombres en el libro de la vida" (p. 517). Niñitos de no más de dos o tres años son capaces de arrancar una flor y ofrecérnosla con amor.
En Hebreos 7:9 Pablo expresa una idea aparentemente extraña, que puede ayudarnos a comprender mejor el asunto. Dice que Leví pagó los diezmos en Abraham "porque Leví aún estaba en los lomos de su padre cuando Melquisedec le salió al encuentro". Dicho en otras palabras, Dios apuntó en su "libro" que Leví pagó el diezmo ¡antes incluso de haber sido concebido! "Dios… el cual llama las cosas que no son, como si fuesen" (Rom. 4:17).
También es útil la ilustración de los tutores del niño heredero, en Gálatas 4:1. Incluso los mismos esclavos supervisan estrictamente al hijo del señor, hasta que éste alcanza la edad apropiada. En esa fase temprana, el niño no se apercibe de quién es realmente. Y sin embargo, es ya el verdadero señor del estado. Su padre lo ha "inscrito" como tal, antes incluso de que pueda darse cuenta.
¿Cuál es la importancia de esa verdad en la ganancia de almas?
Nunca diremos a nadie que el plan de Dios es excluirlo del cielo. El plan de la salvación no requiere de nadie que dé el primer paso, ya que es Dios quien dio ya ese primer paso "en Cristo". Juan 3:16 nos dice que la parte del pecador es responder en fe sincera y profunda, "porque con el corazón se cree para justicia" (Rom. 10:10).
El decir al pecador que Dios lo ha predestinado a la vida eterna forma parte de las buenas nuevas, ya que Dios no ha predestinado a nadie para que se pierda. En su mente infinita considera ya al pecador como un candidato al cielo, y si éste aprecia ese gran don, responde y vence, es el deseo de Dios que su nombre sea retenido en el libro de la vida. El pecador debe comprender que mediante su continua resistencia a la gracia de Dios, está tomando la iniciativa de hacer que su nombre sea borrado.
Cuando un paciente se cura de una enfermedad, no precisa más la medicina. ¿No tiene hoy nuestro pueblo una comprensión mucho mejor de la justicia por la fe, que décadas atrás? ¿No debería silenciarse el mensaje de 1888?
Hace unos cien años, E. White dijo de ese mensaje: "no hay ni siquiera uno entre cien, que comprenda por sí mismo la verdad bíblica sobre este tema [la justificación por la fe] tan necesario para nuestro bien presente y futuro" (Review and Herald, 3 septiembre 1889; citado en el libro de A. G. Daniells, Christ Our Righteousness, p. 87).
¿Goza hoy nuestro pueblo de una comprensión significativamente mejor al respecto? Daniells dijo en sus días (1926) que la respuesta es ‘No’, dado que el "mensaje [de 1888] no ha sido nunca recibido, proclamado ni se le ha dado libre circulación, de la manera en que debiera haberlo sido" (p. 47). En ocasiones fueron importados conceptos Evangélicos, etiquetándolos como "el mensaje de 1888". Pero los elementos básicos del auténtico mensaje estaban ausentes. Hay abundante evidencia documental de este hecho. ¿Cuándo es posible decir que en nuestro siglo de historia actual fuesen recobradas y promulgadas las verdades de 1888?
La Adventist Review del 6 de enero de 1991 exponía el resultado de un escrutinio reciente, según el cual, el 70% de nuestros jóvenes no comprende el evangelio. El escrutinio entiende por "evangelio" los conceptos Evangélicos básicos, tal como los sostienen las iglesias no Adventistas.
No resultaría difícil demostrar que un porcentaje aún mucho mayor ignora las verdades singulares de la justificación por la fe a las que se refería E. White.
Difícilmente habría dicho que "ni siquiera uno entre cien" comprendían en su día el concepto popular de la justificación por la fe, tal como lo enseñaban Moody o Spurgeon (dos predicadores muy conocidos del siglo XIX), ya que multitudes oían y leían los sermones de éstos. Evidentemente, se refería al mensaje de 1888.
Cuando se presentan esos conceptos hoy a nuestras congregaciones, muchos, jóvenes y adultos, dan frecuente testimonio de no haberlos oído nunca con anterioridad, incluso tras haber pertenecido a la iglesia durante años o hasta décadas.
No tenemos hoy entre nosotros a un profeta que nos pueda dar una declaración inspirada sobre ese porcentaje, tal como sucedió hace un siglo. Sea que la cifra hoy fuese mejor o peor que ese "ni siquiera uno entre cien", un hecho es patente: si fuese radicalmente mejor, la iglesia no podría permanecer tibia, ya que comprender y creer esa gloriosa verdad hace imposible la tibieza.
¿En qué punto la justificación se hace nuestra, en tanto en cuanto experiencia?
La respuesta bíblica es: en el punto en que comenzamos a creer lo maravillosas que son las buenas nuevas. Es decir, en el punto en el que nuestro corazón comienza a apreciar lo que le costó al Hijo de Dios el redimirnos. Tal es la fe que expone el Nuevo Testamento, y la auténtica justificación es por esa fe.
De acuerdo con Gálatas 5:6, una fe tal comienza a obrar inmediatamente, y esa experiencia subjetiva es la llamada justificación por la fe. Waggoner expone que nuestro problema es la incredulidad –lo opuesto a la fe–:
Por lo que respecta a si eres de Cristo, lo puedes comprobar tú mismo. Has visto lo que él entregó por ti. Ahora la pregunta es, ¿te has entregado tú a él? Si lo has hecho, puedes estar seguro de que te ha aceptado. Si no eres suyo, es solamente porque has rehusado entregarle aquello que él compró. Le estás defraudando…
Referente a tu creencia en sus palabras, pero dudando de si te acepta o no, debido a que no sientes el testimonio en tu corazón, permíteme que insista en que no crees… (Christ and His Righteousness, 1890, p. 74,75).
Observa que la justificación objetiva tuvo ya lugar en la cruz, en favor de "todos los hombres". Nuestros pecados le fueron "imputados" a Cristo (2 Cor. 5:19). Pero esa justificación objetiva no es un cambio en el corazón. Cuando el pecador la aprecia y cree, se hace realidad en el terreno subjetivo, o al menos, comienza a hacerlo. Continúa y se profundiza a lo largo de toda la vida.
Estoy todavía tratando de entender lo que Dios requiere antes de que la justificación sea hecha nuestra por experiencia.
La respuesta bíblica, una vez más, se puede resumir en una palabra: fe. Eso fue todo lo que pidió de Abraham (Gén. 15:6). La palabra hebrea "creer" constituye la raíz de nuestra expresión "Amén".
E. White responde en términos similares. El Señor nos pide algo: "Si acudimos a Cristo, ¿cuál es entonces la condición?… La fe viviente" (MS. 9, 1890).
Véase, por ejemplo, el original hebreo en Jeremías 11:5, la respuesta que dio Jeremías al "pacto" que el Señor le declaró. El profeta no hizo promesa alguna, como hicieron los israelitas en Sinaí. Pronunció simplemente la palabra "Amén". Es todo cuanto el Señor ha requerido de cualquiera en cualquier época. Una verdadera respuesta de fe lleva implícita una dinámica: todas las obras y la cooperación que hacen al creyente enteramente obediente a todos los mandamientos de Dios.
¿Afecta la justificación por la fe solamente a los pecados pasados?
Una mera confesión de los pecados pasados no constituye una verdadera confesión en el sentido de 1ª de Juan 1:9. No comprendemos verdaderamente lo que son nuestros pecados, en lo que a confesarlos respecta, hasta que reconocemos que son en realidad algo mucho más profundo de lo que habíamos supuesto superficialmente. La Biblia ve a toda la raza humana "en Adán". Ese concepto caracteriza nuestra relación corporativa. De no haber tenido un Salvador, habríamos sido culpables de los pecados del mundo entero (corporativamente). Ninguno de nosotros es, de forma innata, mejor que ningún otro.
Leemos en Romanos 3:23, "por cuanto todos pecaron". Nuestra verdadera culpa deriva de lo que habríamos hecho en caso de haber tenido la plenitud de oportunidades para hacerlo, tal como la que haya disfrutado cualquier otro ser humano. "Los libros del cielo registran los pecados que se hubieran cometido si hubiese habido oportunidad" (E.G.W, Comentario Bíblico Adventista, vol. V, p. 1061).
Según el mensaje de 1888, la verdadera justificación por la fe es una realidad en continua progresión. Los pecados no están solamente en el pasado, sino que hay pecado oculto en el presente –enemistad del corazón contra la justicia–, en necesidad de reconocimiento y confesión inteligentes.
La culpabilidad personal de la que nos apercibimos, concierne a los pecados que sabemos haber cometido personalmente. Pero esa es sólo la punta del iceberg de la realidad, y nos muestra lo que habría sido el resto, si no fuera por la gracia de Cristo.
No se trata de confesar de manera que nunca más tengamos que confrontar nuestro "pasado". Nuestra verdadera culpabilidad actual tampoco debe ser ignorada, de manera que se levante contra nosotros en el juicio. Según la declaración inspirada que hemos citado, los libros del cielo registran los pecados que yo habría cometido en el caso de haber tenido la "oportunidad". ¡Eso debe incluir la crucifixión del Hijo de Dios! Por lo tanto, el verdadero arrepentimiento y confesión deben tenerlo presente.
Eso nos lleva a Zacarías 12:10-13:1:
Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los habitantes de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración. Me mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán sobre mí, como se llora por unigénito… En aquel día habrá un gran llanto en Jerusalén… La familia de la casa de David, y sus mujeres aparte… En aquel tiempo habrá un manantial abierto para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para lavar el pecado y la injusticia.
E. White aplicó en diversas ocasiones este pasaje a la obra de sellamiento que ha de tener lugar antes que se agote el tiempo de gracia (El Deseado, p. 267; Signs of the Times, 28 enero 1903).
Durante años hemos comprendido erróneamente la verdad de 1888 de la justificación por la fe. Como resultado, hemos luchado contra la idea de la culpabilidad corporativa y del arrepentimiento que ella demanda. Se ha producido un hambre de la justicia por la fe que purifica verdaderamente los corazones del pueblo de Dios.
El Señor quiere concedernos el que nos demos real cuenta de eso. Y entonces habrá ese manantial abierto para el pecado y la inmundicia. Que ese día venga pronto.
¿No hay peligro de hacer demasiado buenas las buenas nuevas?
El evangelio son ciertamente buenas nuevas. No que el Señor nos salve en nuestros pecados, sino de nuestros pecados. Ese es su oficio de Salvador. Y tiene el poder para hacerlo. El problema es nuestra reticencia a abandonar el pecado.
Si él nos permitiese revolcarnos en el pecado mientras que acariciamos una vana esperanza, no habría ahí buenas nuevas de ninguna clase. Él libra del pecado, y puede así preparar a un pueblo para su segunda venida.
No podemos negar que "de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado [no prestado] a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en él [no a quien hace algo de la forma correcta], no perezca, sino que tenga vida eterna". Su amor es activo; él es el Buen Pastor a la búsqueda de la oveja perdida. Hay que resistir su gracia a fin de perderse.
Se trata de auténticas buenas nuevas. Son buenas porque la gracia de Dios imparte al corazón del que cree el deseo de abandonar el pecado. Entonces el creyente es movido a la plena obediencia. Dice Jesús:
Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es cómodo, y mi carga ligera (Mat. 11:28-30).
Dura cosa te es dar coces contra el aguijón (Hech. 26:14).
He oído que el mensaje de 1888 interpreta algunos textos de forma opuesta a la habitual.
Sí, puede ser cierto. El evangelio en su pureza contraría a menudo la tibieza de la iglesia. La comprensión habitual que nos ha caracterizado como pueblo, especialmente a la juventud, es que el ser un buen cristiano constituye algo realmente difícil, y que –por el contrario– es muy fácil perderse. Jesús dice lo opuesto, como puede comprobar todo quien reciba sus palabras de vida.
Hay aquí otro ejemplo de texto que se suele comprender "al revés":
…la carne desea contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne. Los dos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisierais (Gál. 5:17).
Muchos hemos entendido ahí que no podemos hacer las cosas buenas que querríamos hacer. Pero el mensaje de 1888 lo ve al revés. Si creemos en lo buenas que son las buenas nuevas, el Espíritu Santo demuestra ser más fuerte que la carne, y puesto que lucha contra la carne, ésta pierde, y no podemos hacer las cosas malas que esa carne nos invita a hacer. En otras palabras, se trata de un comentario de Romanos 1:16, donde leemos que el evangelio "es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree" (nuestra palabra "dinamita" deriva del término griego traducido como "poder").
La luz predomina sobre las tinieblas; el amor es más fuerte que el odio; la gracia puede más que el pecado; y el Espíritu Santo es más poderoso que la carne. La posición de 1888 es correcta, ya que leemos en el versículo 16 de Gálatas 5: "Vivid según el Espíritu, y no satisfaréis los deseos malos de la carne" (Ver también Rom. 8:1-16).
De acuerdo: la Biblia afirma que las Buenas Nuevas son muy buenas, pero ¿acaso no destacó E. White los aspectos "difíciles" de las buenas nuevas?
E. White no pretendió jamás contradecir la Biblia, y desde luego, nunca se opuso a las palabras del Señor Jesucristo. De ninguna forma negó el concepto de 1888 sobre la justificación por la fe. Sin embargo, es muy posible que al leerla proyectemos en sus escritos nuestras propias ideas arminianas, acariciadas durante años. Podemos ciertamente leerla de la forma en la que los Judíos leían el Antiguo Testamento: con un velo en el corazón (2 Cor. 3:14-16).
Cuando ella habló de "retener la justificación", el contexto demuestra siempre que se refería a la justificación por la fe. Cualquiera que voluntariamente continúa en el pecado, niega con ello su experiencia de justificación por la fe. Si continúa en pecado, está teniendo "por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado" (Heb. 10:29), está despreciando la gracia de Dios, y retoma la plenitud de la condenación sobre sí. Pero E. White fue en todo caso entusiasta defensora del hecho de que el sacrificio de Cristo abarca a todo el mundo.
Eso tiene que significar que no hay ninguna deuda legal en contra nuestra, anotada en los libros del cielo, a menos que rechacemos esa justificación efectuada ya en favor nuestro, y que según Romanos 5:18, "vino a todos los hombres". Cristo eliminó nuestra sentencia condenatoria, clavándola en la cruz (Col. 2:13,14).
Es posible tomar palabras, frases, citas, declaraciones de E. White, y encadenarlas de manera que dé la impresión de que ella negó lo que Jesús dijo a propósito de lo "fácil" de su yugo, y lo "ligera" de su carga. Pero atendiendo a su contexto, veremos que jamás fue su intención el contradecir al Señor Jesús, por cuya sangre se sabía comprada. Observemos su enseñanza:
No deduzcamos, sin embargo, que el sendero ascendente es difícil y la ruta que desciende es fácil. A todo lo largo del camino que conduce a la muerte hay penas y castigos, hay pesares y chascos, hay advertencias para que no se continúe. El amor de Dios es tal que los desatentos y los obstinados no pueden destruirse fácilmente. Es verdad que el sendero de Satanás parece atractivo, pero es todo engaño; en el camino del mal hay remordimiento amargo y dolorosa congoja… "El camino de los transgresores es duro", pero las sendas de la sabiduría son "caminos deleitosos, y todas sus veredas paz"… A lo largo del áspero camino que conduce a la vida eterna hay también manantiales de gozo para refrescar a los fatigados (El Discurso Maestro de Jesucristo, p. 117-119).
Si eso es cierto, la buena nueva resulta ser una excelente nueva, pero ¿cómo hace el Espíritu Santo para enfrentarse exitosamente con la carne?
El Espíritu Santo viene como el Consolador (parakletos). Significa el que es llamado para permanecer a nuestro lado, y no abandonarnos jamás (para = paralelo, kletos = llamado). No nos abandonará nunca, a menos que lo despachemos (Juan 14:16-18; 16:7-13).
Podemos encontrar un ejemplo de su modo de obrar en Isaías 30:21: "Entonces tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Éste es el camino, andad por él; ya sea que echéis a la mano derecha, ya sea que torzáis a la mano izquierda". Al considerar la vida pasada, comprobamos que siempre que cometimos errores, es porque desoímos esa "palabra".
Nuestra parte es darle oído, prestarle atención, responderle, permitir que nos guíe. Cuando nos convence de pecado, nuestra parte es decirle: ‘Gracias, Señor. Lo acepto, y me someto gustoso a ti’. Si nuestra respuesta no es positiva, le estamos resistiendo, y esa es la única manera en la que podemos perdernos.
El pecado implica la continua resistencia hacia el Espíritu Santo, darle la espalda, escoger nuestro camino en lugar del suyo. El mensaje de 1888 revela que Dios está mucho más deseoso de nuestra salvación de lo que habíamos pensado. La purificación del santuario corresponde al gran Sumo Sacerdote. Es su obra, no la nuestra. Sin embargo, debemos cooperar con él, permitirle que la lleve a cabo.
¿Podría saber más acerca de esa nueva luz a propósito de que sea más fácil salvarse que perderse?
En 2ª de Corintios, Pablo expone esa gran verdad. Él derramó su vida en ilimitado servicio por Cristo, sufriendo "en trabajos… en azotes… en cárceles… tres veces he sido azotado con varas; una vez, apedreado; tres veces he padecido naufragio…" (11:23-28). ¿Por qué no retirarse, y dejar que los hombres jóvenes llevasen esas cargas?
A Pablo le resultaba imposible cesar en la lucha. Ante la acusación de desequilibrio mental, su defensa fue, "el amor [agape] de Cristo nos constriñe" (5:14).
Pablo no estaba hecho de un material superior al nuestro, pero vio algo que aún hemos de ver nosotros: el verdadero significado de la cruz de Cristo.
El aprecio de las magnas dimensiones del agape, tal como lo revela la cruz, restaura la motivación perdida para servir al Señor. Toda motivación centrada en el yo, basada en el temor o la esperanza de recompensa, resulta ser pueril, propia de la niñita que lleva las flores en la ceremonia de la boda, mientras piensa en el pastel que le espera después. En ese sentido, se puede decir que está "bajo la ley" (Rom. 6:14). La novia ha descubierto una motivación superior para acudir a su cita matrimonial: su interés va dirigido hacia el novio, y no tiene tiempo para pensar en el pastel y el helado. Está "bajo la gracia", bajo una nueva motivación impuesta por un aprecio profundo, sincero y maduro, del carácter, valor y persona del novio.
Eso, desde luego, es muy distinto a decir que Pablo fue forzado en contra de su voluntad. Hubiese podido elegir despreciar la cruz, y pisotear al Redentor crucificado. Pero escogió creer el evangelio. Así explicó cómo ese amor vino a ser para él tan poderosa motivación:
Pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos son muertos [es decir, si no hubiese muerto por todos, todos serían muertos]; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, mas para aquel que murió y resucitó por ellos (2 Cor. 5:14,15).
¿Qué significan esos versículos en lenguaje moderno?
El amor de Cristo es una motivación tan poderosa que al creyente en el evangelio, le resulta imposible seguir viviendo para sí. Se siente ahora constreñido a vivir por Cristo. El poder de ese amor-agape es la razón que hace fácil la salvación, y difícil la perdición, a condición de que el corazón crea las buenas nuevas.
¿No dice Mateo 7:14 que salvarse es realmente difícil, en contradicción con el mensaje de 1888?
Leemos: "Estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos la hallan".
El término griego traducido por "angosto" es thlibo, que significa estrecho; ajustado; contenido entre dos vertientes, como en una garganta formada por dos montañas. Es fácil atravesar un paso estrecho, siempre que uno se deshaga previamente del equipaje. "Nuestro" equipaje es el amor al yo.
Sí, pero dejar mi equipaje es precisamente lo que encuentro tan difícil. No es fácil rendir el yo.
Eso es muy cierto, a menos que hayamos visto la cruz de Cristo. Ve al Getsemaní, arrodíllate al lado de Jesús mientras él transpira gotas de sangre en la agonía de su tentación y óyele "ofreciéndole ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas", óyele orando: "Padre mío, si es posible, pase de mí este vaso; empero no como yo quiero, sino como tú" (Mat. 26:39). Cuando tu corazón se une con el suyo por la fe, encontrarás muy fácil abandonar tu equipaje de egoísmo, ya que estarás incorporado en Cristo, serás uno con él, apreciando lo que debió pagar para salvarte.
Si hacemos tan buenas las Buenas Nuevas, ¿no hay peligro de que el resultado sea continuar en pecado?
No, porque el evangelio "es poder de Dios para salvación" (Rom. 1:16). ¡Ninguna otra cosa puede salvarnos del pecado! El pecador no resulta conmovido por las malas nuevas o por el temor, sino por la revelación del amor de Dios (El Deseado, p. 446). (2) Es "su bondad [la que] te guía al arrepentimiento" (Rom. 2:4). Solamente una tergiversación intencionada puede hacer que el evangelio se comprenda equivocadamente.
De alguna forma, tengo siempre la impresión de que Dios está presto a juzgarme y condenarme. ¿Puede el mensaje de 1888 proporcionarme alguna luz que me haga ver el final de ese túnel?
La gran "maquinaria" celestial está especialmente dedicada a la salvación de los pecadores, no a su condenación (Juan 3:17). Muchos se sorprenden al conocer que el Padre ha rehusado juzgar a nadie, y que ha dado todo el juicio al Hijo (Juan 5:22). El texto dice que declina toda obra de juicio por haberla puesto en manos de Cristo, puesto que éste es el Hijo del hombre. Así, puedes estar seguro de que el Padre jamás te condenará.
La misma seguridad puedes tener de que Cristo tampoco va a condenarte. Él dijo que rehusaba juzgar a nadie, en el sentido de condenarlo. El único juicio que pronunciará es el de vindicación, de absolución, para aquellos que aprecian su cruz: "Al que oye mis palabras, y no las guarda, yo no le juzgo; porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo" (Juan 12:47).
Por consiguiente, todo aquel que sea finalmente condenado, lo será por su propio juicio incriminatorio, en razón de no haber creído al evangelio: "El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el último día" (vers. 48).
La "ira" de la que el Señor quiere salvarnos, no es la "ira de Dios". La traducción interlineal de F. Lacueva, en Romanos 5:9, es: "seremos salvos mediante él [Cristo] de la ira". Dios quiere ahorrarnos la terrible experiencia, en el día del juicio final, de nuestra propia ira, de aborrecernos a nosotros mismos por haber desperdiciado una vida en la búsqueda egoísta de nuestros intereses, por las oportunidades rechazadas, y por habernos entregado a una rebelión enteramente injustificada contra su gracia.
Está bien concluir que la salvación es fácil, si uno cree las buenas nuevas. Pero mi problema es que me resulta difícil creer.
Esa es una cuestión muy sincera, y muy práctica. Hemos de admitir que lo que nos resulta más difícil "hacer", es creer. Todos hemos nacido, hemos sido criados, educados, nutridos y condicionados en la incredulidad. Cada mañana amanecemos como incrédulos, y hemos de ejercer nuevamente el don de la elección, humillando nuestros corazones y escogiendo creer.
Mil veces cada día tenemos nuevamente que elegir creer en lo que dice el Señor. "Cada día muero", dijo Pablo (1 Cor. 15:31). Los hijos de Israel "no pudieron entrar" en la tierra prometida debido a la incredulidad (Heb. 3:12-19; 4:6), y ese sigue siendo aún hoy nuestro problema.
Nuestra batalla es siempre "la buena batalla de la fe" (1 Tim. 6:12). En otras palabras, consiste en aprender a creer.
¿Cómo puedo aprender a creer?
Una escritora inspirada nos ha dicho que jamás podemos perecer si aprendemos a orar cierta oración muy concreta y simple. La encontramos en Marcos 9, donde el angustiado padre de un niño endemoniado clamaba a Jesús, "Si puedes algo, ayúdanos teniendo misericordia de nosotros" (vers. 22). Jesús le dio la vuelta a ese "si", y le dijo al padre, "si puedes creer, al que cree todo es posible".
Parecería que Jesús estaba casi provocándole, haciéndole entrever una bendición que quedaba más allá de su alcance, como tan a menudo sentimos también nosotros. El hombre reconoció sinceramente su dificultad para creer. Entonces rompió en lágrimas, echándose a los pies de Jesús, y oró así: "Creo, ayuda mi incredulidad" (vers. 23,24). En la página 396 de El Deseado, leemos: "Nunca pereceremos mientras hagamos esto, nunca".
Dios "repartió una medida de fe" a cada uno (Rom. 12:3). En otras palabras, el Señor ha concedido a cada uno de nosotros la capacidad de creer. La palabra "medida" es metron, algo así como un vaso graduado para cuantificar el volumen de un líquido. En otras palabras, Dios "repartió a cada uno" la capacidad de creer. Nadie podrá acusarle en el juicio, de haberle negado esa "medida".
Para poder creer, hay que oír primero las buenas nuevas. No podemos originar la fe a partir de nosotros mismos, sino a partir de una comprensión del amor de Dios. Nadie posee en sí mismo el mecanismo de inicio. No podemos obrar nuestra propia expiación; sólo la revelación de Cristo puede hacerlo.
Hasta la misma fe es un don de Dios (Efe. 2:8). "¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?… ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!… Así que la fe viene del oír; y el oír, por medio de la palabra de Dios" (Rom. 10:14-17).
En el momento en que oyes el más tímido comienzo de esas buenas nuevas, toma la determinación de creerlas inmediatamente. Jamás lo dejes para más tarde.
El que sea fácil la salvación ¿significa que no tenemos ninguna batalla que luchar?
Tenemos una terrible batalla que luchar, pero no está en el terreno en donde habíamos supuesto que tendría que estar –el de la obediencia y las obras que no vemos la forma de realizar–. La auténtica batalla tiene que ver con la incredulidad que tan profundamente arraiga en nosotros. Es la que Pablo llama "la buena batalla de la fe" (1 Tim. 6:12).
¡Peléala! Ábrete camino a través de ese laberinto de tinieblas, hasta la luz que brilla más allá. Si eso te lleva tiempo, será tiempo bien empleado. Aunque signifique horas, o hasta días de oración y ayuno, saldrás victorioso. Vale la pena luchar esa batalla. Si la rehuyes, tendrás que enfrentar continuamente la convicción de tu pecado de incredulidad.
¡Necesito auxilio, en esa batalla!
En la Biblia encontrarás la ayuda que precisas. David tuvo que luchar una y otra vez esa misma batalla. Lee sus Salmos. Elige creer, incluso cuando todo parece estar en tinieblas, y podrás decir con él, "Oh Jehová, ciertamente yo soy tu siervo, siervo tuyo soy, hijo de tu sierva; Tú sueltas mis ligaduras" (Sal. 116:16). Tus pies estarán entonces afirmados sobre la sólida Roca, y tu corazón entonará un cántico nuevo (40:1-4).
Pero toda esa "batalla" no significa que sea más difícil ser salvo que perderse, o más fácil perderse que ser salvo. Todos los ángeles del cielo están de tu parte; el Espíritu Santo contiende contra tu carne; Cristo es el Buen Pastor que te está buscando y procura llevarte a su Refugio seguro. Tienes constantes evidencias de su gracia. Todo ello hace que tu salvación sea fácil, si eliges creer.
Pero si eligieses lo contrario, habrás de hacer frente a una agotadora lucha por asfixiar la convicción del Espíritu Santo. Habrás de acallar su constante súplica porque no crucifiques nuevamente a Cristo, y eso ¡resulta difícil para todo corazón sincero!
Necesitas comprender la verdad de que Dios el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, son tus amigos, no tus enemigos. Incluso si pasaste tu vida en las tinieblas, comienza ya a agradecer al Señor por la luz que eres todavía incapaz de ver, por las bendiciones que aún no puedes apreciar. Si Dios "llama las cosas que no son, como si fueran", es tiempo de que tú comiences a hacer lo mismo, creyendo en su palabra. La luz te está alumbrando ya, puesto que Cristo es "la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo" (Juan 1:9).
En el libro de Bunyan El Progreso del Peregrino, vemos a Cristiano en su camino hacia la ciudad celestial. Evangelista, con su dedo extendido, le pregunta "¿ves allá a lo lejos aquella puerta?". Cristiano responde: "No". Evangelista vuelve a preguntarle, "¿ves allí aquella tenue luz?". Cristiano responde sabiamente, en nombre de todos nosotros, nacidos como fuimos en la incredulidad: "Creo verla". Evangelista le dice entonces: "Mantenla siempre ante tus ojos, y llegarás a la puerta".
Si te cuesta divisar aquella luz, con seguridad habrá una zona en la que la oscuridad no sea tan densa como en el resto. "Mantenla siempre ante tus ojos", y llegarás a ver la luz.
Si Dios es nuestro amigo, ¿que responderemos a la pregunta: ‘mata Dios’? ¿Cómo ver esa cuestión?
No es un tema agradable de tratar (tampoco agrada a Dios). No ha de ser el centro de nuestra predicación, y trataremos de evitarlo en lo posible. Desde luego, podemos estar seguros de que nuestro Padre celestial no es un cruel tirano peor que Nerón, Hitler o Stalin, alguien sádico y vengativo hacia los desafortunados que hayan descuidado su preparación para entrar en la Nueva Jerusalem.
Pero tampoco nos entregaremos a tortuosos intentos de interpretar o contradecir la clara enseñanza de las Escrituras a propósito de que el Señor, en ciertas ocasiones, ha destruido a personas de forma ejecutiva, judicial. Las tales estaban en abierta e irreversible rebelión contra el plan de la salvación, y eran una maldición para ellas mismas y para los demás.
El carácter de Dios es el agape. Lo ha sido siempre, y siempre lo será. Pero eso no significa que no exista sentencia ejecutiva divinamente pronunciada sobre los malvados que no se hayan arrepentido finalmente. Ha de llegar un tiempo en el que les retire el don de la vida que despreciaron. La Biblia nos habla de Dios efectuando aquello que deseó evitar.
En un juicio tal, Dios no actuará unilateralmente. Será ratificado por el universo entero (Apoc. 16:5-7). El dejar de sostener a los malvados, es para él una "extraña obra" (Isa. 28:21). Sin embargo, no deja de ser una revelación más de su amor, ya que en nada beneficiaría el perpetuar la existencia de personas que viviesen solamente para cosechar miseria.
Los mensajeros de 1888 destacaron el carácter de amor de Dios, incluso al referirse a la suerte final de los perdidos:
… y por otra parte, la consumación de la obra del evangelio significa precisamente la destrucción de todos quienes hayan dejado de recibir el evangelio (2 Tes. 1:7-10), ya que no es la voluntad del Señor preservar la vida a hombres cuyo único fin sería acumular miseria sobre sí mismos (A. T. Jones, El Camino consagrado a la perfección cristiana, p. 83).
El incrédulo que rechaza al Salvador, "ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios" (Juan 3:18). Está viviendo ya bajo el juicio.
Cuando Dios se ve obligado a retirar ese subsidio vital que los perdidos despreciaron de forma repetida y final, éstos tienen que perecer. De hecho, para aquellos impenitentes, el enfrentarse a él en el juicio significará la autodestrucción, "porque nuestro Dios es un fuego consumidor" para el pecado (Heb. 12:29). Por lo tanto, los que se aferraron al pecado, tal como hace una viña al árbol que le sirve de soporte, tienen que perecer junto con el pecado.
¿Nos proporciona E. White alguna ayuda al respecto?
Aunque no podemos citarlos todos, reproducimos algunos fragmentos en los que puede apreciarse su posición en armonía con lo expuesto anteriormente:
Todo lo que el hombre siembre, eso también segará" (Gál. 6:7). Dios no destruye a ningún hombre. Todo hombre destruido lo será al destruirse a sí mismo. Cuando un hombre toma a la ligera las admoniciones de la conciencia, está sembrando las semillas de la incredulidad y éstas producirán una cosecha segura (Our High Calling, p. 26).
Dios no asume nunca para con el pecador la actitud de un verdugo que ejecuta la sentencia contra la transgresión; sino que abandona a su propia suerte a los que rechazan su misericordia, para que recojan los frutos de lo que sembraron sus propias manos (El Conflicto, p. 40).
Dios ha declarado que el pecado debe ser destruido por ser un mal ruinoso para el universo. Los que se adhieren al pecado perecerán cuando éste sea destruido (Palabras de vida del gran Maestro, p. 94).
¿Cómo tendrá lugar esa cosecha, o "destrucción"? E. White no se contradice. Lo que sigue da la clave para resolver aparentes contradicciones, y demuestra la perfecta armonía que caracteriza sus numerosas declaraciones:
Cristo dice: "Todos los que me aborrecen, aman la muerte" Dios les da la existencia por un tiempo para que desarrollen su carácter y revelen sus principios. Logrado esto, reciben los resultados de su propia elección. Por una vida de rebelión, Satanás y todos los que se unen con él se colocan de tal manera en desarmonía con Dios que la misma presencia de él es para ellos un fuego consumidor. La gloria de Aquel que es amor los destruye (El Deseado, p. 712,713).
¿Destruye, pues, Dios finalmente a los malvados en el día final?
Pablo declara que "la paga del pecado es muerte" (Rom. 6:23), y una traducción alternativa sería, "el pecado paga su propio salario: la muerte". Si uno muere de cáncer de pulmón, tras haber fumado durante años, ¿podríamos decir que Dios lo destruyó? En cierto sentido sí, puesto que son las leyes de Dios las que el fumador transgredió. Pero ciertamente, se ha destruido a sí mismo, según la mejor comprensión del lenguaje humano.
En este tema, están fuera de lugar la controversia y los anatemas. Hay que ser cuidadosos con dividir congregaciones y desanimar a hermanos y hermanas. Podemos encontrar diez lugares en la Escritura que dicen que Dios endureció el corazón de Faraón, y otros diez que dicen que fue él quien endureció su propio corazón (Éx. 8:15,32 y 9:12, etc.).
Si damos lugar al odio o el resentimiento, a propósito de ese u otros puntos controvertidos, podemos terminar autodestruyéndonos, ya que "todo aquel que aborrece a su hermano es homicida" (1 Juan 3:15).
¿Cómo encaja el arrepentimiento en la justificación?
La bondad de Dios está llevando ya al arrepentimiento a toda alma humana (Rom. 2:4). Se trata de un maravilloso don de Dios (Hech. 5:31). Puesto que es el pecado lo que trae la infelicidad, miseria y vanos pesares, apartarse de ese pecado lleva indefectiblemente a la felicidad.
El hijo de Dios confiesa todo su pecado conocido, y disfruta hoy del gozo de la salvación por la fe; pero mañana reconoce un nivel más profundo de pecado que hoy le era desconocido. Eso es la evidencia de que ha venido el Consolador, ya que su primera función es convencer de pecado (Juan 16:8). ¡Bendita obra! Si no nos señalase el pecado que hay en nosotros, habríamos de perecer finalmente con él. Mientras dura este gran Día de la Expiación, el Espíritu Santo avanza en esa obra.
"Donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia"… Entonces, cuando el Señor, mediante su ley, nos ha dado el conocimiento del pecado, en ese mismo momento la gracia es mucho más abundante que el conocimiento del pecado.
Por lo tanto, no hay lugar para el desánimo, ante la vista de los pecados, ¿no os parece?… ¡Es el Consolador quien reprueba! Por lo tanto, ¿qué es lo que obtendremos del reproche de nuestro pecado? [Congregación: ‘Consuelo’] (A. T. Jones, General Conference Bulletin, 27 febrero 1893).
Y el proceso continúa durante toda la vida. En todo momento puntual hay un nivel de ‘y tú no conoces que eres…’ en la experiencia del corazón. "En cada paso que demos en la vida cristiana, se ahondará nuestro arrepentimiento" (Palabras de vida del gran Maestro, p. 125). Esa es la obra, en la tierra, que avanza paralelamente con la purificación del santuario en el cielo.
A primera vista se diría que esa no es una obra maravillosa, sino más bien una agonía sin fin…
Descubrir el destino final de una vida desperdiciada en el egoísmo y el pecado no tiene por fin el quedar sobrecogido y desanimado. Cuanto más cerca de Cristo vayamos, mayor arrepentimiento experimentaremos, pero Cristo también experimentó arrepentimiento en favor nuestro. El arrepentimiento se hace realidad, y significa verdadera paz y felicidad para el alma.
Vemos los pecados de los demás como los nuestros propios, de no ser por la gracia de Dios. Puesto que Cristo no pecó, sino que experimentó el arrepentimiento en favor de los pecados del mundo, el suyo tuvo necesariamente que tratarse de un arrepentimiento corporativo (3) (ver E. White, General Conference Bulletin, 1901, p. 36). Jamás habremos confesado realmente nuestros pecados hasta reconocer que nuestra verdadera culpabilidad consiste en el pecado del mundo, del que únicamente nos libra la gracia de Cristo. Jamás podemos decir que seamos por naturaleza mejores que cualquiera de nuestros semejantes. Toda bondad que en nosotros pueda haber, deriva entera y únicamente de la que Cristo nos imputa.
¿Qué significa el perdón?
Para apreciarlo en su verdadera dimensión, debemos comprender su finalidad, y el alcance del mismo. Una comprensión superficial de nuestro pecado no puede resultar más que en un perdón superficial, lo que a su vez producirá solamente una felicidad igualmente superficial. No nos valdrá en la hora de nuestra gran necesidad.
La palabra griega empleada para perdón, significa quitar el pecado. Quien ha sido verdaderamente perdonado, odiará inmediatamente el pecado que se le perdonó. En inglés, la palabra perdón (forgiveness) da la idea de "cesión" (give for), o transferencia en favor de Alguien que cargó con el castigo del pecado.
Permitamos, pues, que el Espíritu Santo lleve a cabo su obra. No le impidamos o resistamos. Recibe el nombre de Consolador, debido a que el conocimiento de nuestro pecado constituye ciertamente buenas nuevas consoladoras: significa que hay esperanza para nosotros.
Si estuvieses afecto de un cáncer, del que no tuvieses conocimiento, quedarías condenado por el mismo. Pero si un médico competente te informa con veracidad, de manera que el tumor pueda serte inmediatamente extirpado, a fin de salvarte la vida, ¿acaso no se trataría de buenas nuevas?
Recuerda que cuando el Consolador te convence de pecado, es para que puedas aprender a comprender las necesidades del corazón de los demás. Está pronto a llegar el día en el que nuestras oraciones estarán centradas en los demás, incluso centradas en Cristo, más bien que centradas en mí, o en nosotros. Habrá llegado por fin el día en el que oraremos verdaderamente ‘en nombre de Jesús’.
Admitiendo que sea fácil ser salvos, ¿no es acaso fácil perder entonces nuestra salvación? Me resulta difícil ser constante en un programa devocional.
La justificación siempre tiene lugar "por la fe", nunca por las obras. Por lo tanto, la justificación por la fe no es "difícil de retener", como algunos piensan, a menos que resulte difícil creer.
Y la santificación tiene lugar "por la fe", tanto como la justificación. Algunos niegan tal cosa, pero el mismo Jesús lo reveló en pasajes como el de Hechos 26:18: "para que reciban, por la fe que es en mí, remisión de pecados y suerte entre los santificados".
De manera que el problema vuelve al terreno de la fe. "Por lo tanto, de la manera que recibisteis al Señor Jesucristo, andad así en él" (Col. 2:6). ¿Cómo lo recibimos? Por la fe. ¿Cómo, pues, hemos de andar en él, en lo sucesivo? Evidentemente, por la fe.
Pero he oído que, si bien Cristo pone en marcha el proceso de despegue, nosotros debemos continuar volando por nosotros mismos, manteniendo una velocidad que impida estrellarse.
Los legalistas que había entre los Gálatas, evidentemente creían que solamente la justificación inicial tenía lugar por la fe, teniendo después que mantener la vida cristiana a base de buenas obras. Pablo les dijo sin rodeos: "¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír de la fe? ¿Tan necios sois? ¿habiendo comenzado por el Espíritu, ahora os perfeccionáis por la carne?" (Gál. 3:2,3).
Nuestra salvación no depende de que tomemos firmemente la mano de Dios, sino de que creamos que él está tomando la nuestra (Isa. 41:10,13).
Sé que tengo que ‘estudiar la Biblia, orar y dar testimonio’ a fin de retener la salvación. Esas son precisamente las cosas que encuentro difícil hacer.
Es bueno leer la Biblia, orar y dar testimonio, pero la práctica de esas cosas, a modo de obras, no es la manera de retener la salvación. Si es cierto que Dios toma la iniciativa en nuestra salvación, es igualmente cierto que él mantiene esa misma iniciativa.
Dicho de otro modo, una vez comienzas la vida cristiana, el Señor no desaparece, tal como el vendedor de un vehículo, después de consumarse la compra. Luchar por nosotros mismos nos produce desánimo y nos endurece el corazón.
El Buen Pastor sigue tomando la iniciativa, a la búsqueda de su oveja perdida. Llama aún a la puerta del corazón. Y "el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo" (Fil. 1:6). Jamás hemos de pensar que nuestro divino Amigo se haya vuelto indiferente hacia nosotros.
¿Cómo mantuvo Cristo, en su humanidad, la proximidad con su Padre? Él fue humano. Sus días tenían solamente les mismas 24 horas que tienen los nuestros. Estuvo atareado, como lo podamos estar nosotros, y necesitaba dormir tanto como nosotros. Nos proporciona una sorprendente revelación, a propósito de su vida devocional: Era el Padre quien mantenía la iniciativa. Refiriéndose a su vida de oración y estudio de la Biblia, dice Jesús en la profecía:
El Señor Jehová me dio lengua de sabios, para saber hablar en sazón palabra al cansado; despertará de mañana, despertaráme de mañana oído, para que oiga como los sabios (Isa. 50:4).
Su Padre le despertaba, mañana tras mañana, para que pudiese oír y aprender. (4) El Señor promete rico alimento para todos aquellos que "tienen hambre y sed de justicia" (Mat. 5:6). Puesto que no hay más que un solo tipo de justicia (la que es por la fe), lo que el Señor está virtualmente diciendo es que una vida de más y más hambre de justicia por la fe, es una vida bienaventurada. Estás deseoso de saber más y más, y nunca satisfecho con lo que aprendiste ayer. No más de lo que te satisfacen hoy los alimentos que comiste ayer.
No comemos nuestro alimento cotidiano porque la Biblia nos diga que así tenemos que hacerlo, ni porque E. White nos lo diga. Comemos porque tenemos hambre. Un hambriento mendigo, en un país pobre, está en mucho mejor condición, en ese sentido, que un millonario tan enfermo que perdió totalmente el apetito.
Los ministros del evangelio tenemos ahí un problema especial. Nos solemos conformar fácilmente con aquello que aprendimos en los colegios y seminarios, o con lo que aprendimos preparando el sermón hace una semana.
La Biblia expone ante nosotros un Padre celestial, un Salvador y un Espíritu Santo llenos de ferviente amor, deseosos de comunicarse con nosotros. Nos invitan continuamente a acudir a su "cena", pero desde luego, si no tenemos hambre, no querremos ir.
¿Cómo obtener esa hambre y sed?
El Señor las da a quienes oyen y creen las buenas nuevas. Querrás más y más, como cuando pruebas algo delicioso al paladar. No tendrás que castigarte con la alarma del despertador, ni tampoco habrás de forzarte a leer o a orar, ni a ninguna otra "obra".
No nos resulta difícil convertir un programa devocional en "obras". Charles Wesley escribió muy sabiamente el himno que lleva por título, "Tierno y amante Jesús me busca", incluso aunque la Iglesia de Inglaterra se escandalizó por ese concepto. El Señor es el Amante divino de tu alma. (5) Es imposible evitar ese amor. Nunca te dejará; te persigue, te busca, te llama. Cada gota de su sangre derramada por ti en el Calvario, lo firma en rojo.
Pero observemos cómo respondía Jesús a la iniciativa cotidiana de su Padre, quien le despertaba "mañana tras mañana" para enseñarle:
El Señor, el Eterno, me abrió el oído, y no fui rebelde, ni me volví atrás (Isa. 50:5).
¡Oh, cuán a menudo hemos sido rebeldes y nos hemos vuelto atrás de su llamar a nuestra puerta, en las mañanas! A veces ha sido porque nos quedamos la noche anterior viendo aquel programa de televisión, de tal manera que nos privamos del debido descanso, y nos hacemos insensibles a sus llamados (¡esa es una de las razones por las que la Escritura declara que el día comienza con la salida del sol!).
El propósito del mensaje de la justicia de Cristo de 1888 es precisamente el despertar en nuestras almas esa hambre y sed. El evangelio es el pan de vida, y una vez lo has probado, desearás siempre "comer" de él, sin que nada te haya de forzar a hacerlo: ¡buenas nuevas de gran gozo! Es extraordinario estar siempre hambriento y sediento de ellas. Los entretenimientos y diversiones mundanos, los deportes, la televisión, los propósitos vanos, la posesión y la compra compulsivas, todos ellos pierden su encanto engañoso cuando "gustas" el evangelio en su pureza. Muchos dan hoy testimonio de que su alma experimentó esa hambre al oír o leer las verdades del mensaje de 1888.
¿Y si lo intentamos, pero no llegamos a sentir ese "hambre"?
Lo anterior no significa que nunca haya un lugar para la "alimentación forzosa". Una persona gravemente enferma puede requerir temporalmente el aporte de nutrientes por vía intravenosa. Pero esa, desde luego, no es la forma más sana de vivir. Y nunca podemos esperar obtener salud mediante el consumo de cápsulas y pastillas, en lugar del alimento saludable. Cinco o diez minutos de lectura forzada y apresurada de la Biblia, junto a alguna oración esporádica y casual, no constituyen el alimento espiritual adecuado.
Cuando enfermas, ¿no te tomas un día sin ir al trabajo o a la escuela, a fin de mantenerte en cama y recuperarte? ¿Por qué no dedicar un día entero al ayuno y oración? No buscando al Señor como si estuviese tratando de esconderse de ti, sino tomándote el tiempo para apreciar la forma en la que él te está buscando.
Eso es a lo que Isaías se re&iere, al decir, "Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano" (55:6). No está escondiéndose de ti, sino que "está cercano" (El término hebreo que se ha traducido por "buscad", significa averiguar, prestar atención –ver un ejemplo de su uso en 1 Sam. 28:7–).
Cree confiadamente que el Señor cumplirá la promesa que te hace. Él dice ser "galardonador de los que le buscan" (Heb. 11:6). Una vez más, tu parte consiste en ¡creerle!
Tengo un problema con el mensaje del tercer ángel de Apocalipsis 14:9-11. Se supone que habría de consistir en buenas nuevas de "justicia por la fe", pero a mí me da la impresión de ser nuevas aterradoras.
Sí, parece haber un aterrador "fuego y azufre" impregnando el mensaje del tercer ángel de Apocalipsis 14:9-11. Muchos jóvenes creer ver allí un cuadro desgarrador de pecadores sin esperanza, retorciéndose en el tormento día y noche. Para empeorar las cosas, los "santos ángeles" y Jesús mismo, parecen alegrarse al presenciar esa agonía humana sin precedentes.
Y ¿cuál es la ofensa principal de esa gente agonizante, según E. White? Da la impresión que es simplemente haber confundido un día de adoración por otro. ¿Puede ser eso así? He aquí lo que dice el mensaje del tercer ángel:
Si alguno adora a la bestia y a su imagen, y recibe la marca en su frente o en su mano, él también beberá del vino del furor de Dios, que ha sido vertido puro en el cáliz de su ira; y será atormentado con fuego y azufre delante de los santos ángeles y en presencia del Cordero; y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos. Y no tienen reposo de día ni de noche los que adoran a la bestia y a su imagen, ni nadie que reciba la marca de su nombre.
En apariencia, eso llega a muchas personas como un llamamiento basado en el miedo. No hay ni una palabra ahí, a propósito de la gracia, ninguna mención de la cruz o del amor de Dios; hasta la misma compasión parece estar ausente, ya que el "furor de Dios" se vierte puro, sin mezcla de misericordia.
Y todo ese enojo celestial parece estar causado por una simple cuestión de la observancia de ¡un día, en lugar de otro!
El problema más grave que la juventud tiene con ese texto, es la impresión que se llevan de los "ángeles santos" y Jesús, presidiendo lo que perciben como una sesión de tortura. Aunque podamos rechazar tal impresión con piadosa indignación, sigue habiendo gente ve de esa forma el pasaje bíblico referido.
Para quienes ven luz en el mensaje de 1888 de la gracia sobreabundante, se añade un problema más: ¿cómo pudo E. White identificar esa aparente escena de terror, con el evangelio? Para ella, "el mensaje del tercer ángel en verdad" es "muy precioso" (Review and Herald, 1 abril, 1890). Por temor a enfrentar ese desafío, muchos pastores han dejado de presentar el "mensaje del tercer ángel".
¿Cómo se relaciona ese mensaje del tercer ángel con el evangelio de la justicia por la fe?
¿Podemos encontrar ayuda en la misma Biblia?
- El tercer ángel no lleva por sí mismo un mensaje aislado. Viene precedido por otros dos ángeles, y ese tercero "los siguió". El primero de ellos hace su aparición, teniendo el "evangelio eterno para predicarlo a los que habitan sobre la tierra". Por lo tanto, las buenas nuevas tienen que estar en el mensaje del tercer ángel, tanto como en el del primero.
- "El sello de Dios" es el puro evangelio, en contraposición con "la marca de la bestia". Juan relaciona el sello de Dios en Apocalipsis 7:1-4 con el triple mensaje angélico del capítulo 14, ya que ambos pasajes se refieren a un grupo de gente denominado "los 144.000". El profeta comprende que no hay manera en la que un grupo tal pueda estar preparado para resistir "sin mancha delante del trono de Dios" a menos que el "evangelio eterno" de la gracia sea finalmente comprendido y proclamado en su plenitud.
- la "marca de la bestia" no es una calamidad o crisis que Dios trae sobre la tierra. No podemos pensar así de él. Según Apocalipsis 13, es el diablo quien la trae, a modo de obra cumbre de la historia humana de la rebeldía. El cielo no puede evitarla. Ninguno de los horrores que la profecía predice son lo que Dios va a traer; él nos está advirtiendo de aquello a lo que va a llevar inevitablemente el curso de acción del hombre.
- El mensaje del tercer ángel dice al mundo que la rebelión del hombre ha de llegar a su fin. En un contexto de misericordia, ese mensaje tiene por fin la preparación de un pueblo, para enfrentar esa crisis.
- Pero ese pueblo no puede estar preparado, de no ser por una revelación sin precedentes de las dimensiones plenas del "evangelio eterno", ya que solamente ese "evangelio… es poder de Dios para salvación". Si es que hay una manifestación final de la plenitud del pecado del hombre, tiene que haber también un despliegue pleno y final de la gracia para hacerle frente. Por lo tanto, el verdadero mensaje de los tres ángeles no es otra cosa que el evangelio.
Lo que ello implica es la presentación más clara y poderosa de las buenas nuevas que jamás haya alumbrado la tierra, ya que ha de llevar a cabo una obra de gracia que nunca antes ha tenido lugar. Nunca antes estuvo preparado un grupo como el de "los 144.000", para resistir la acometida final de la tentación de Satanás, estando listos para la traslación sin ver muerte.
- Esa gente sin esperanza y sufriendo el tormento no es culpable de una falta trivial consistente en la simple confusión de un día de adoración por otro. El asunto del sábado y el domingo significa la diferencia entre haber sido leales a Cristo, o haberse puesto de parte de su enemigo que ha representado la falsificación de Cristo. Ese enemigo ministrará igualmente un falso "espíritu santo".
El tema no tiene nada que ver con algo parecido a celos, por parte de Cristo. Cuando la gente elige ser fiel a Satanás está invitando realmente al sufrimiento y la muerte, para sí y para los demás. Si se le permitiese perpetuarse, el pecado sabotearía el universo entero y traería la ruina y el caos a la civilización cósmica del cielo, como ha hecho ya en considerables proporciones en nuestro planeta. El pecado es rebelión contra Dios, y alta traición contra su gobierno.
- El gobierno de Satanás arruinará la tierra. Fomentará el amor hacia uno mismo, con el orgullo y arrogancia que lo acompañan. El sello de Dios es la marca de la cruz, la experiencia del yo crucificado con Cristo, mediante la apreciación de su amor revelado allí. La marca de la bestia es lo opuesto, la insignia de la devoción al interés egoísta, una reacción del corazón baja e instintiva contra el amor puro. Es la señal del colapso final de toda semblanza de orden o seguridad en la tierra. Hoy nos resulta imposible imaginar las escenas de horror que ese "tiempo de angustia" final ha de traer.
- Todos los que reciben la "marca de la bestia" se implicarán en una re-crucifixión de Cristo en la persona de sus santos. Al final del tiempo tendrá lugar, de una parte, el despliegue de la plena depravación del pecado de la humanidad, mientras que por otra parte se dará la plena revelación de la justicia del Dios de amor (agape). El mensaje del tercer ángel define el asunto y cataliza a toda la humanidad en esos dos grupos.
Obviamente, significa mucho más de lo que hemos superficialmente asumido. Así debe ser, cuando E. White dijo:
No hay sino pocos, de entre aquellos que pretenden creerlo, que comprendan el mensaje del tercer ángel, y sin embargo, es el mensaje para este tiempo… Dijo mi guía, "Hay mucha luz que tiene todavía que brillar a partir de la ley de Dios y el evangelio de justicia. Este mensaje comprendido en su verdadero carácter, y proclamado en el Espíritu, llenará la tierra con su gloria" (MS. 15, 1888).
Pero ¿no parece como si Dios se hubiese "extralimitado" en ese pasaje?
Consideremos más de cerca el lenguaje original. Nos da una impresión muy diferente a la de un Dios airado. Algunos términos griegos han sido traducidos de tal manera que sugieren ese carácter implacable. Sin embargo, debidamente comprendidos, nos proporcionan buenas nuevas:
- El "furor de Dios" es thumos, una palabra que denota celo o pasión, más que furor. Por ejemplo, thumos se emplea en el mensaje del segundo ángel para describir el "furor de su fornicación" (de Babilonia). ¿Solemos imaginar la fornicación como una explosión de furor? No: la asimilamos más bien a la indulgencia de una pasión incontrolada.
La versión ‘Dios habla hoy’ traduce el versículo 8: "¡Cayó, cayó la gran Babilonia, la que emborrachó a todas las naciones con el vino de su pasión inmoral!". Babilonia ha emborrachado a las naciones con la pasión incontrolada de su adulterio espiritual. Entonces el tercer ángel "siguió" a esa nueva expansión de la maldad, diciendo que Dios no puede dejar de reaccionar en consecuencia –con el celo de su justa indignación. Cristo murió para redimir a los habitantes del mundo, y he aquí que Babilonia está arruinando al mundo. Eso presenta a Dios en una luz deferente.
- El cáliz de su "ira" es orge, palabra de la que deriva "orgía". Una vez más, la noción no es tanto "ira" como pérdida o abandono del freno o restricción. No es que Dios albergue el más mínimo resentimiento contra esos desdichados pecadores. Él experimenta una reacción divina, amante y totalmente justa ante la maldad del pecado que produce dolor y muerte en ese mundo que él hizo perfecto. Su respuesta última de carácter judicial ante el pecado es tanto un acto del amor agape de Dios, como lo fue el sacrificio de Cristo por el pecado.
La divina respuesta tiene que brotar por fin libre de restricción, dado que los malvados tomaron su decisión final en favor del pecado y sus trágicas consecuencias. Los sorprende procurando destruir a su pueblo, la expresión corporativa de la Esposa de Cristo.
- La descripción de los perdidos siendo atormentados "delante de los santos ángeles y en presencia del Cordero" es enopion en el original griego, compuesto de en y ops: literalmente, a la vista de sus ojos. La idea no es que el cielo se goce de alguna manera en ver su tormento, tal como hacían los inquisidores ante la contemplación de un auto da fe. El "tormento" de los que reciben la marca de la bestia es totalmente autoinfligido.
En Apocalipsis 6:16 se presenta a los impíos procurando esconderse "del rostro del que está sentado sobre el trono". En el capítulo 14, la aparición de ese rostro ‘a la vista de sus ojos’ es lo que ocasiona el "tormento". No un miedo al dolor y el castigo, como los que siente el esclavo ante la expectativa del látigo de su amo, sino la aguda condenación de sentir por fin la plena realidad de su culpabilidad, en contraste con la total justicia del Cordero a quien han despreciado y ultrajado.
E. White comenta la forma en la que ver el rostro de Jesús y oír su voz significará tormento para los impíos:
Los impíos piden ser sepultados bajo las rocas de las montañas, antes que ver la cara de Aquel a quien han despreciado y rechazado.
Conocen esa voz que penetra hasta el oído de los muertos. ¡Cuántas veces sus tiernas y quejumbrosas modulaciones no los han llamado al arrepentimiento! ¡Cuántas veces no ha sido oída en las conmovedoras exhortaciones de un amigo, de un hermano, de un Redentor! Para los que rechazaron su gracia, ninguna otra podría estar tan llena de condenación ni tan cargada de acusaciones, como esa voz que tan a menudo exhortó con estas palabras: "Volveos, volveos de vuestros caminos malos, pues ¿por qué moriréis?… Esa voz despierta recuerdos que ellos quisieran borrar, de avisos despreciados, invitaciones rechazadas, privilegios desdeñados…
En vano procuran esconderse ante la divina majestad de su presencia que sobrepuja el resplandor del sol (El Conflicto, p. 700,725).
Correctamente comprendido, "el mensaje del tercer ángel en verdad" prepara al pecador que se arrepiente para permanecer en pie ‘a la vista de sus ojos’, "delante de los santos ángeles y en presencia del Cordero" sin temor, vergüenza, ni culpa. Tal es la medida última de su gracia. Una iglesia mundial, y el mundo mismo, están esperando oír este mensaje en su plenitud.
Notas:
Enmienda constitucional que puso fin a la prohibición de bebidas alcohólicas, en Estados Unidos.
"No es el temor al castigo, o la esperanza de la recompensa eterna, lo que induce a los discípulos de Cristo a seguirle. Contemplan el amor incomparable del Salvador, revelado en su peregrinación en la tierra, desde el pesebre de Belén hasta la cruz del Calvario, y la visión del Salvador atrae, enternece y subyuga el alma".
Esto es, identificado con, y en beneficio del "cuerpo" de la raza humana. Para una mayor comprensión del arrepentimiento corporativo, ver "Sé pues celoso y arrepiéntete, pueblo mío", del mismo autor.
"En las primeras horas del nuevo día, Dios lo despertaba de su sueño, y su alma y sus labios eran ungidos con gracia para que pudiese impartir a los demás" (PVGM, p. 105).
Juan 13:1; Ose. 11:3,4