Alumbrados por su gloria

Capítulo 3

Cuestiones sobre Cristo manifestado en carne

He oído decir que no importa lo que uno crea sobre la naturaleza de Cristo. ¿Es así?

Permitiremos que uno de los mensajeros de 1888 responda a esa cuestión. Waggoner señala la importancia capital de que veamos a Cristo tal como él es realmente. Así comienza el primer libro que publicó tras la Asamblea de Minneapolis, mostrando la prominencia de ese componente del mensaje:

En el primer versículo del tercer capítulo de Hebreos tenemos una exhortación que comprende todas las ordenanzas dadas al cristiano. Dice así: "Por tanto, hermanos santos, participantes del llamamiento celestial, considerad al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús". Hacerlo tal como lo propone la Biblia: considerar a Cristo continua e inteligentemente tal como él es, transformará a uno en un perfecto cristiano, ya que "al contemplar con el rostro descubierto, como en un espejo, la gloria del Señor, nos vamos transformando a su misma imagen" (Christ and His Righteousness, p. 5).


De forma resumida, ¿cuál fue la posición de los mensajeros de 1888 sobre la naturaleza humana de Cristo?

Ambos comprendieron que Cristo tomó sobre su naturaleza impecable, la naturaleza caída –pecaminosa– del hombre. Siendo así, pudo ser tentado en todo como lo somos nosotros, pudo vencer a Satanás, condenar al pecado en la carne, y puede "venir en auxilio" para salvarnos, cuando somos tentados. Sin embargo, no pecó (Heb. 2:14-18; 4:15). Nunca se puso en duda la plena divinidad de Cristo. Ese no fue un tema sometido a discusión.

¡Por qué fue esa comprensión tan esencial para el mensaje?

Era tan esencial porque el mensaje presentaba a Cristo como al "Salvador que está cercano, a la mano; y no alejado", tal como E. White declaró. Su idea del evangelio constituía buenas nuevas gloriosas de un Salvador poderoso para salvar del pecado, y para preparar un pueblo para la venida del Señor.

Su enseñanza implica que si Cristo hubiese tomado solamente la naturaleza humana impecable que tenía Adán antes de la caída, habría podido ser el Salvador de Adán, pero nosotros, sus hijos e hijas caídos, careceríamos de la seguridad de que él puede salvarnos del pecado.

Por el contrario, comprendiendo claramente que Cristo tomó una naturaleza idéntica a la nuestra, y que fue tentado en todo como lo somos nosotros, pero sin pecar, podemos esperar la victoria "así como yo [Cristo] he vencido". El pecado deja de ser el monstruo todopoderoso que (como muchos parecen creer) venía "demostrando" que Dios estaba equivocado. Es un asunto de capital importancia en el conflicto de los siglos.

Tanto Jones como Waggoner comprendieron que la gran controversia no puede resolverse simplemente mediante el pago de una deuda en términos jurídicos por parte de Cristo, y sustituyendo desde el punto de vista legal nuestro continuo pecar. Su pueblo ha de vencer como él venció.

¿Cómo respondieron los mensajeros de 1888 a la acusación de que esa idea significaba el "perfeccionismo"?

Waggoner respondió así a la cuestión:
Ahora, no os hagáis una idea equivocada. No vayáis a pensar que vosotros y yo llegaremos alguna vez a ser tan buenos que podamos vivir independientemente del Señor; no soñéis con que este cuerpo sea convertido. Si así lo hacéis, caeréis en grave quebranto y pecado abyecto… Cuando el hombre alberga la idea de que su carne es impecable, y que todos sus impulsos vienen de Dios, está confundiendo su carne pecaminosa con el Espíritu de Dios. Está sustituyendo a Dios por él mismo, poniéndose en el lugar de él, lo que constituye la esencia misma del papado (E. J. Waggoner, General Conference Bulletin, 1901, p. 146).

Este cuerpo mortal, pecaminoso, contenderá por el dominio por tanto tiempo como estemos en este mundo, hasta que venga Cristo y haga incorruptible esto corruptible, e inmortal esto mortal. Pero Cristo tiene poder sobre toda carne, y así lo demostró cuando vino en semejanza de carne de pecado, y condenó al pecado en la carne; y así, cuando vivimos conscientemente por la fe de Cristo, cuando él está en nosotros mediante su propia vida, viviendo en nosotros, reprime el pecado, y venimos a ser dueños; la carne deja entonces de ser la dueña (Id., p. 223).


¿Cómo vino esta visión de la naturaleza de Cristo a traducirse en algo cotidiano, en piedad práctica?

Proporcionó al pecador esperanza de que la gran controversia entre Cristo y Satanás podría llegar a su fin, que el pecado está verdaderamente ‘condenado en la carne’, que el pueblo de Dios puede vencer, que el Señor puede tener un pueblo que le honre en estos últimos días. La postura católica y protestante prevalente afirma que por tanto tiempo como el ser humano siga teniendo una naturaleza pecaminosa, no puede vencer verdaderamente el pecado. Pero por otra parte se nos amonesta continuamente a no pecar. De esa forma se somete al alma a una tensión continua que conduce invariablemente al desánimo y al temor de que no alcancemos nunca la talla, o a la presunción de que es imposible vencer, y por lo tanto, que seguir pecando está bien.

La comprensión de 1888 presenta a Cristo luchando nuestra batalla cuerpo a cuerpo. No lo presenta "exento" del combate real, tal como pretende insistentemente la proposición contraria. Tal comprensión fue la que causó un gozo tan singular en E. White, tras oírla por vez primera.

Jones la expresó en estos términos:
Veis, pues, que la conversión no pone carne nueva en el antiguo espíritu, sino un nuevo Espíritu en la vieja carne. No se trata de traer carne nueva a la antigua mente, sino una mente nueva a la antigua carne. La liberación y la victoria no se ganan eliminando la naturaleza humana, sino recibiendo la naturaleza divina, para dominar y subyugar a la humana. No tienen lugar al quitar la carne de pecado, sino al enviar el Espíritu sin pecado, que conquista y condena al pecado en la carne.

La Escritura no dice: ‘Haya pues en vosotros esta carne que hubo también en Cristo’, sino que dice: "Haya pues en vosotros este sentir [mente] que hubo también en Cristo Jesús" (Fil. 2:5).

La Escritura no dice: ‘transformaos por la renovación de vuestra carne’, sino: "transformaos por la renovación de vuestra mente" (Rom. 12:2). Seremos finalmente trasladados por la renovación de nuestra carne, pero debemos ser transformados por la renovación de nuestra mente (Lessons on Faith, p. 91).


Algunos dicen que la naturaleza de Cristo no formaba parte de las presentaciones en la sesión de la Asociación General de 1888 en Minneapolis. ¿Disponemos de evidencia en uno u otro sentido?

Hay evidencia de que sí formaba parte:
  1. Waggoner presentó esa comprensión en sus artículos en Signs of the Times, a partir del 21 de enero de 1889. Posteriormente fueron publicados, casi sin modificaciones, en el libro Christ and His Righteousness (Pacific Press, 1890). A duras penas tuvo el tiempo de regresar de Minneapolis a Oakland, California, para tener a punto el artículo del 21 de enero, listo para ser publicado, a menos que lo escribiese en el período de la Asamblea de Minneapolis, o inmediatamente después. L. E. Froom relata que en su entrevista con la viuda de Waggoner, ésta le informó de que ella misma había tomado a mano sus presentaciones en Minneapolis, las había transcrito, y constituyeron la base de esos artículos (Froom, Movement of Destiny, p. 200, 201).


  2. En 1887 Waggoner, en respuesta al libro de G. I. Butler titulado La ley en Gálatas, escribió El evangelio en Gálatas. (1) No lo publicó sino hasta poco antes de la Asamblea de 1888, proporcionando a cada delegado un ejemplar del mismo. En él articula claramente esa comprensión de la naturaleza humana de Cristo (p. 60-64).

    El hecho de que W. C. White no incluyese en sus notas a mano, en Minneapolis, ninguna mención al respecto, no prueba lo contrario, pues esas notas distan mucho de ser un informe completo.


  3. La pregunta se contesta realmente sola, ya que tanto Jones como Waggoner continuaron enseñando esa comprensión durante la década siguiente a 1888. Las continuas declaraciones de apoyo, por parte de E. White, se extienden hasta 1896, e incluso 1897.


¿Reconoce la Asociación General la posibilidad de la comprensión de 1888 sobre la naturaleza humana de Cristo?

Desde la Asamblea de Palmdale, en 1976, la Asociación General ha reconocido que ambas posiciones sobre la naturaleza de Cristo son aceptables para la iglesia. Al respecto, hay miembros de la Asociación General a favor de una y otra posición. Algunos se oponen enérgicamente a la posición de 1888; otros la proclaman abiertamente. Nadie puede negar la libertad de otro para exponer su comprensión sobre el tema.

Así pues, la Asociación General otorga libertad a quienes aceptan la comprensión del mensaje de 1888, en la confianza de que el Espíritu Santo resolverá las diferencias, a medida que avanzamos juntos en este tiempo tan cercano al fin. Hay ciertas evidencias de que esa unidad ha comenzado a fraguarse.

¿Fue Cristo tentado desde el interior, tal como lo somos nosotros? ¿O fue solamente tentado desde el exterior, tal como Adán en el Edén?

Las Escrituras dicen que fue "tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado" (Heb. 4:15). ¿Cómo somos tentados? Del interior y del exterior. Jesús dio frecuentes indicaciones de haber sido tentado del interior, lo mismo que nosotros (Juan 5:30; 6:38; Mateo 26:39). La negación del yo era para él una necesidad. Dijo que a fin de cumplir la voluntad de su Padre, tenía que negar la suya propia. Así es como llevó la cruz durante toda su vida en la tierra.

Adán en su estado inmaculado, por el contrario, no fue tentado de esa manera. No conoció esa lucha interior para negar el yo, puesto que en su inocencia estaba en armonía natural con Dios. No tenía necesidad de llevar ninguna cruz. Fue tentado solamente "desde el exterior". (2)

En 1894, E. White publicó un librito titulado Cristo, tentado como nosotros. En la página 11 dice específicamente que nuestras tentaciones más fuertes vienen del interior, y que Cristo fue tentado también de ese modo. La confusión se produce si dejamos de distinguir entre tentación y pecado. Cristo demostró que es posible ser tentado, y no pecar.

Algunos dicen que 1 Juan 4:2,3 no tiene nada que ver con el tema de la naturaleza de Cristo, sino que se refiere al gnosticismo de los días de los apóstoles. ¿Cómo comprendieron los mensajeros de 1888 la advertencia de Juan?

Echemos un vistazo al texto:
En esto conoced el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, procede de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no procede de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo.
Tanto Jones como Waggoner comprendieron que esa advertencia se aplica a la doctrina católica romana sobre la naturaleza de Cristo, así como a la enseñanza equivalente protestante popular de que Cristo tomó solamente la naturaleza (o carne) impecable de Adán, tal como existía antes de la entrada del pecado.

El dogma de la inmaculada concepción de María declara que cuando María fue concebida en la matriz de su madre, tuvo lugar un milagro que la hizo exenta de heredar la naturaleza o carne caída, pecaminosa, que es común a la raza humana. Así, en su caso resultó rota la cadena de la herencia, de manera que no viniese a ser "de la simiente de David según la carne". (3) De esa manera, la virgen pudo pasar a su Hijo una naturaleza o carne impecable, diferente a la del resto de la humanidad. El predicador católico Fulton Sheen explica que es necesario "desolidarizar" a María de la raza humana, de tal manera que Cristo pueda a su vez ser separado de nosotros.

A la luz de 1 Juan 4:1-3, ¿hace eso pensar en algo?

¿Por qué es tan importante esa doctrina para el catolicismo romano?

Hemos visto que ese dogma significa que el Hijo de María, Jesús, también queda "exento" de la herencia genética de todo el género humano, y toma solamente una naturaleza (o carne) impecable. La idea que subyace está enraizada en la doctrina del "pecado original", que declara que si una persona posee naturaleza pecaminosa, le es imposible dejar de pecar.

Bastará un poco de reflexión para ver que el fin de esa idea es justificar llanamente el pecado. Si hay verdaderamente una gran controversia que se está desarrollando entre Cristo y Satanás, ese dogma es un voto en favor del enemigo de Cristo. Y eso es precisamente lo que Juan dice: es la insignia del anticristo. Descubre la esencia del argumento en la gran controversia entre Cristo y Satanás, en la que el "cuerno pequeño" de Daniel 7 y 8 tiene un protagonismo tan marcado. La acusación primaria de Satanás consiste en que los seres humanos que poseen por naturaleza carne pecaminosa, no pueden obedecer realmente la ley de Dios (ver El Deseado, p. 15,16).

Una breve reflexión mostrará igualmente que ese es precisamente el tema central de la gran controversia.

¿Qué dijeron Jones y Waggoner específicamente sobre 1 Juan 4:2,3?

Esto dijo Jones:
Según la opinión de la Iglesia Católica y del dogma de la inmaculada concepción, la naturaleza de María fue tan diferente a la del resto de la humanidad, tanto más sublime y gloriosa que la del resto de las naturalezas, [que estaba] infinitamente más allá de toda semejanza o relación reales con la humanidad…

De ello se deduce necesariamente… que en su naturaleza humana, el Señor Jesús es muy diferente de la humanidad… infinitamente más allá de toda posible semejanza o relación con nosotros, tal como estamos en este mundo…

Pero… las Escrituras dicen que "no está lejos de cada uno de nosotros" (Hech. 17:27)… el Señor Jesús… tomó nuestra naturaleza en la carne y la sangre, en la precisa manera en la que ésta existe… Habiendo visto cómo el papado coloca a Cristo tan alejado del hombre como le sea posible, será bueno comprobar cuán cercano al hombre está realmente [cita Hebreos 2,4]…

Negar eso, negar que Jesucristo vino, no simplemente en carne, sino en la carne, en la única carne que existe en este mundo, carne pecaminosa, negar eso es negar a Cristo [cita 1 Juan 4:1-3]… por lo tanto, ese es el espíritu del anticristo.
Ese artículo se publicó en la Review and Herald, en 1894, bajo el título La inmaculada concepción de la bendita virgen María (p. 11 y 12). Las declaraciones de E. White de apoyo más entusiasta y categórico hacia el mensaje de Jones tuvieron lugar precisamente en 1894, 1895 y 1896 (ver, como ejemplo, The Ellen G. White 1888 Materials, p. 1240-1255). Apoyó las presentaciones de Jones, Waggoner y Prescott sobre la naturaleza de Cristo, de una forma asidua y específica.

Es imposible negar que la posición católica sobre la naturaleza de Cristo contradice la Escritura, y es la piedra angular de la gran apostasía. Waggoner estuvo en completo acuerdo con Jones:
¿Fue Cristo, aquello santo que naciera de la Virgen María, nacido en carne pecaminosa? ¿Nunca habéis oído la doctrina católico romana de la inmaculada concepción? ¿Sabéis en qué consiste? Algunos de vosotros habéis supuesto quizá que significa que Cristo nació impecable. El dogma católico no dice eso en absoluto. La doctrina consiste en que María, la madre de Jesús, nació impecable. ¿Por qué? Aparentemente para magnificar a Jesús; pero en realidad, es la obra del diablo al establecer un abismo entre Jesús, el Salvador de los hombres, y los hombres que vino a salvar, de tal manera que uno y otro no pudiesen comunicarse (General Conference Bulletin, 1901, p. 404,406).


¿Hay relación entre ese dogma católico y la posición popular de las iglesias evangélicas?

Tanto Jones como Waggoner respondieron afirmativamente: hay relación entre la posición popular protestante y la del romanismo, en cuanto a la comprensión de la naturaleza de Cristo.

La suya no fue una posición extrema o irrazonable. Todos sabemos cómo la doctrina sostenida por los protestantes a propósito del falso día de reposo es una herencia directa de la Iglesia Católica Romana (así como del paganismo). Lo mismo sucede con la tan extendida doctrina de la inmortalidad natural del alma. No es de extrañar que la comprensión popular de los evangélicos sobre la justicia por la fe esté también infiltrada por el concepto católico romano.

Waggoner hizo el siguiente comentario, en respuesta a esa cuestión:
Cada uno de nosotros está en necesidad de establecer si está fuera de la iglesia de Roma o no… ¿No veis que la idea de que la carne de Jesús no fue como la nuestra (puesto que sabemos que la nuestra es pecaminosa) implica necesariamente el concepto de la inmaculada concepción de la virgen María?…

Es realmente extraño que nos cueste tanto venir al más sencillo A B C del evangelio (Id.).
Si 1 Juan 4:1-3 tiene relación con el dogma católico romano, debe asimismo aplicarse a toda enseñanza que pretenda negar que Cristo, en su encarnación, tomó la carne caída y pecaminosa de la humanidad. (El término empleado por Juan para referirse a "carne" es sarx, que en el Nuevo Testamento se refiere invariablemente a la carne caída y pecaminosa que posee todo ser humano).

Algunos de nuestros predicadores prominentes han ridiculizado la comprensión de 1888 sobre la naturaleza de Cristo, afirmando que eso nos convierte en el hazmereír de las iglesias evangélicas. ¿Por qué apoyó E. White ese mensaje, si es merecedor de tal ridículo?

Muchas veces el ridículo es más difícil de sobrellevar que la persecución física abierta. El apóstol Pedro se creyó suficientemente fuerte como para soportar la oposición, sin embargo cedió rápidamente y negó a su Señor al ser expuesto al ridículo por una muchacha. Pero el ridículo no puede anular la verdad.

La comprensión de 1888 sobre la naturaleza de Cristo puede ser ridiculizada por los Evangélicos, pero también lo es la verdad del sábado, y la del santuario, que es "el fundamento de nuestra fe". Seríamos muy poco sabios si abandonáramos una verdad por la mera razón de que algunos opositores la ridiculizan.

Tan pronto como E. White oyó el mensaje de 1888 de la naturaleza de Cristo, se puso firme y valientemente de parte de lo que reconoció como la verdad. Tanto ella misma como A. G. Daniels escribieron que debió tenerse en Minneapolis "casi sola". Si bien nos urge a ser "cuidadosos, extremadamente cuidadosos" en cómo nos referimos a la naturaleza humana de Cristo, dio su aprobación inequívoca a la forma de presentarla de Jones y Waggoner.

En este, como en todos los demás temas, la cuestión importante es: ¿qué dice la Biblia?

¿Fue la comprensión de Jones y Waggoner sobre la naturaleza de Cristo algo nuevo que ellos descubrieron?

Según E. White, lo encontraron en la Biblia. Ignoramos si lo leyeron de otros autores de siglos anteriores o no. Pero Harry Johnson, un teólogo metodista de la Universidad de Londres, encontró evidencia de que a lo largo de los siglos ha existido una minoría de estudiosos y reformadores que creyeron esa verdad, frecuentemente al precio de sufrir intensa persecución por ello. Su tesis doctoral fue publicada bajo el título, The Humanity of the Savior (Epworth Press, London, 1962).

Estos son algunos de los citados por Johnson: Gregorio de Nyssa (330-395 a. de C.), Félix de Urgel (f. 792), Antoinette Bourignon (1616-1680), Peter Poiret (1646-1719), Christian Fende, Johann Konrad Dippel (1673-1734), Gottfried Menken (1768-1831), Hermann Friedrich Kohlburgge (1803-1875), Edward Irving (1792-1834), Erksine of Linlathen (1788-1870), Johan Christian Konrad von Hofmann (1810-1917) y Karl Barth. Hay uno más que no cita Johnson: J. Garnier, autor de una obra en dos volúmenes titulada The True Christ and the False Christ (Londres: George Allen, 1900). Garnier expuso las implicaciones teológicas de la teoría de la naturaleza impecable, y demostró que constituye el cumplimiento de la advertencia del apóstol en 1ª de Juan 4.

Mezgebe A. Berthe, un estudiante del Seminario Teológico de la Universidad de Andrews, cita a otros que Johnson olvidó: Cirilo de Alejandría, Orígenes, Gregorio Nazianzan, San Hilario, Victorino Afer, Ambrosio, el obispo Gregorio de Elvira y Anselmo de Canterbury (The Sinful Human Nature of Christ, manuscrito no publicado).

Todos esos estudiosos distaron mucho de articular claramente ese concepto neotestamentario en su plenitud, como distaron de comprender plenamente las profecías de Daniel y Apocalipsis, pero hicieron a veces declaraciones que van en la dirección de esa verdad.

¿Y en la actualidad? ¿Rechazan todos los Evangélicos, sin excepción, la comprensión de que Cristo tomó nuestra carne caída, pecaminosa?

No, ciertamente. El hecho es que algunos teólogos prominentes están aproximándose más y más a la comprensión de Jones y Waggoner, simplemente como resultado de una mayor profundización en el estudio de la Biblia. Dice Harry Johnson:
Se está comenzando a tomar en serio la humanidad de Jesús. Coincidimos plenamente con lo señalado por D. M. Baillie: "Se puede afirmar con certeza que la práctica totalidad de los teólogos y estudiosos toman hoy la humanidad de nuestro Señor con más seriedad de lo que nunca antes se hiciera por los teólogos cristianos" (p. 201).
Al mismo tiempo, algunos teólogos Evangélicos están comenzando a reconocer que la inmortalidad natural del alma no es una verdad bíblica.

De hecho, Baillie emplea casi la misma terminología que utilizó Waggoner en 1895, para describir la incongruencia de la teoría de la naturaleza impecable, afirmando que la iglesia, en los tiempos pasados,
…estaba continuamente perseguida por un docetismo que convertía a la naturaleza [humana] de Cristo en muy diferente a la nuestra, y que la explicaba ciertamente en gran medida en términos de simulación, de algo que ‘se parece’, más bien que de una realidad (Id., original sin cursivas).
Waggoner declaró, refiriéndose a la comprensión habitual de Romanos 8:3:
Es común la idea de que eso significa que Cristo simuló la carne pecaminosa; que no tomó sobre sí la auténtica carne de pecado, sino que solamente lo aparentó. Pero la Escritura no enseña tal cosa (Waggoner on Romans, p. 128. Original sin cursiva).


¿Qué factores han llevado a esos eruditos modernos a aproximarse a esa comprensión?

La respuesta ha de ser: el estudio de la Biblia. Con respecto a la naturaleza humana de Cristo, la Biblia es tan clara como con respecto al sábado del séptimo día. De hecho, todo cuanto uno tiene que hacer es permitir que pasajes como los siguientes hablen por ellos mismos, sin necesidad de comentarios ni rodeos: Juan 5:30; 6:38; Rom. 8:3,4; 15:3; Mat. 26:39; Efe. 2:14,15; Col. 1:21,22; Heb. 2:9-18; 4:15; Apoc. 3:21, etc.

Algunos de esos modernos teólogos que han llegado virtualmente a una comprensión similar a la presentada por nuestros mensajeros de 1888, son: Andrew Bandstra, Oliva A. Blanchette, Dietrich Bonhoeffer, Vincent P. Branick, C. E. B. Cranfield, Oscar Cullman, James D. G. Dunn, Francis T. Fallon, Victor Paul Furnish, David G. George, Florence Morgan Gillman, Roy A. Harrisville, Jean Hering, Morna D. Hooker, Ernst Kasemann, Richard J. Lucien, Reinhold Niebuhr, Anders Nygren, Alfred Plummer, H. Ridderbos, John A. T. Robinson, Martin H. Scharlemann, J. Schneider, J. Weiss, Charles A. Scott, Robin Scroggs, Robert H. Smith, David Somerville, James S. Stewart, y Harold Weis (ver Berhe, op. cit.).

¿Significa eso que esa impresionante lista de teólogos están enseñando claramente el mensaje de 1888?

No. Hay que decir que no todos esos eruditos sostienen consistentemente la posición de los mensajeros de 1888. Se puede apreciar que están frecuentemente debatiéndose con la idea. Pero Berhe ha recopilado declaraciones de ellos que muestran claramente cómo una conciencia honesta les ha llevado a veces a reconocer esa verdad. Hay otros conceptos del mensaje de 1888 que evidentemente muy pocos, si es que alguno, ha llegado a comprender.

¿Están las iglesias Evangélicas aceptando la posición de esos teólogos, a propósito de la naturaleza de Cristo?

En general, las iglesias Evangélicas no enseñan lo que esos teólogos están en camino de reconocer. Si la comprensión de 1888 merece ser objeto de ridículo, significaría que los teólogos antes nombrados merecen lo mismo. Pero está claro que la dirección en la que muchos de ellos se están moviendo es hacia una comprensión similar a aquella que "en su gran misericordia el Señor [nos] envió" (4) hace un siglo.

No hay razón alguna para condenar esa comprensión, basándose en el temor a nuestros hermanos guardadores del domingo. Si tenemos el valor para predicar ese mensaje de la justicia de Cristo, muchos Evangélicos lo comprenderán y aceptarán con gozo, facilitando así el que reconozcan la verdad del sábado. Quizá los Adventistas del Séptimo Día hayamos sufrido un retraso terrible en ese punto, con respecto a los más perspicaces estudiosos de la Biblia en nuestra era.

Hay ciertamente una acuciante y extendida necesidad del "mensaje del tercer ángel en verdad". ¿Acaso no bendecirá el Espíritu Santo su proclamación?

Usted expone el concepto de 1888 sobre la naturaleza de Cristo. Dado que existe una oposición enérgica al mismo, ¿no es una práctica tendente a producir división?

Las claras declaraciones bíblicas, los comentarios de E. White y las palabras mismas de los mensajeros de 1888 no son causantes de división. La contención y división proceden de aquellos que condenan lo que tan claramente constituye el corazón del verdadero mensaje de 1888.

Otros se sienten con el derecho a mantener sus propios puntos de vista y merecen toda libertad religiosa para proclamarlos de la forma que crean más conveniente. No intentamos silenciarlos; tenemos confianza en que como resultado del diálogo franco y abierto basado en una información completa y fidedigna, la iglesia pueda llegar a la verdad.

Si ese "preciosísimo mensaje" de 1888 constituye en realidad un error, y E. White pecó de una cándida insensatez al apoyarlo de la forma en que lo hizo, que los que a él se oponen presenten con claridad las razones para rechazarlo. Pero no debieran silenciar el mensaje sin haber presentado clara evidencia bíblica en contra.

¿Es la naturaleza de Cristo una cuestión menor que debiera dejarse de lado, en aras de la unidad de la iglesia?

El Nuevo Testamento presenta la naturaleza de Cristo como algo tremendamente importante, como es fácil comprobar al leer Mat. 1:23; Luc. 1:35; Juan 5:30; 6:38; Mat. 26:39; Rom. 1:3; 8:3,4; Efe. 2:15; Col. 1:21,22; Heb. 2:9-18; 4:15; 1 Juan 4:1-3, etc.

E. White dijo que "la humanidad del Hijo de Dios lo es todo para nosotros" (Youth Instructor, 13 octubre 1898), y los mensajeros de 1888 la consideraron como la piedra angular de su mensaje.

¿No es una falta de respeto hacia Cristo, afirmar que fue tentado como nosotros? ¡Somos tentados a hacer cosas terribles!

La Biblia dice que fue tentado como nosotros "en todo" (Heb. 4:15). Podemos saber, por ejemplo, que fue tentado a consumir drogas, ya que nadie puede haber sido tentado más intensamente que él a aliviar su sufrimiento en la cruz, sin embargo, rehusó la droga que se le ofrecía (Mat. 27:34). La tentación no es en sí misma el pecado. El pecado tiene lugar al ceder a la tentación, y Cristo no cedió jamás.

Si existe algún pecado que los hombres sean tentados a cometer, al que Cristo no hubiese sido tentado, en ese respecto, el pecador puede sentir que no tiene Salvador, pues "como él mismo padeció al ser tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados" (Heb. 2:18). "Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado" (2 Cor. 5:21). En la cruz se cumplió hasta su plenitud esa terrible realidad. Comprendió la plenitud de la maldad del pecado del hombre.

Escribiendo a un joven que fue tentado como lo son todos los jóvenes, E. White escribió: "Presento ante ti el gran Ejemplo… Enfrentó y resistió las tentaciones de Satanás como cualquiera de los hijos del hombre… Jesús tuvo una vez la edad que tú tienes ahora. Jesús conoció tus circunstancias, tus reflexiones en ese período de tu vida… Está familiarizado con tus tentaciones" (Our High Calling, p. 57). ¿Qué sentido podría tener el que "enfrentó y resistió las tentaciones…", si no fue realmente tentado como nosotros?

¿Es posible observar algún progreso hacia la unidad?

Estamos demasiado cerca de los árboles, como para poder apreciar claramente el bosque. Más importante que el juicio de un hombre cualquiera es la seguridad bíblica de que, a medida que nos aproximamos al tiempo del fin, el pueblo de Dios se unirá. La verdad unifica; el error divide. Día tras día, sin cesar, el conocimiento de la verdad está trayendo convicción a los corazones por doquiera, en toda la iglesia.

Es animador saber que en el desarrollo final de la gran controversia entre Cristo y Satanás, la verdad emergerá plenamente triunfante. Por lo tanto, tenemos todas las razones para confiar.

¿Cómo se relaciona el concepto neotestamentario de "en Cristo" con la humanidad de nuestro Salvador?

Debido a que "en Adán todos mueren" (1 Cor. 15:22), Cristo debió tomar la naturaleza caída de Adán a fin de ser cualificado como "postrer Adán". De haber tomado la naturaleza impecable de Adán, antes de la caída, no habría podido ser nuestro auténtico Sustituto, ni tampoco hubiese podido morir a fin de redimirnos.

A fin de salvar a los caídos hijos e hijas de Adán, tuvo que hacer una inmersión en el seno corporativo de la humanidad caída que les es característica, tomar la naturaleza y mortalidad de ellos sobre sí, vivir entonces la vida impecable que la ley exige, someterse a ser hecho "pecado por nosotros", y morir la muerte que la ley quebrantada requiere. Tiene que haber una razón por la que Jesús se refería continuamente a sí mismo como el Hijo del hombre! Había de participar de la "carne y la sangre", de la naturaleza de "los hijos" de Adán (2 Cor. 5:21; Heb. 2:9-14).

Así como "todos los hombres" están legalmente incluidos en un hombre, en "Adán"; también están todos en Un Hombre, Cristo. Su vida y su muerte son corporativamente nuestras, en beneficio de la raza humana. Nuestro pecado "lo hizo" el suyo, a fin de que nosotros pudiésemos ser "hechos" justicia de Dios en él. Esa unión se hace efectiva mediante un cambio del corazón y la vida, cuando creemos.

Por lo tanto, la justificación por la fe, tal como la presenta la Biblia, está estrechamente relacionada con la humanidad de Cristo. Dejar de apreciar tal cosa resulta en una distorsión del propio evangelio.

Notas:
Es una obra diferente del libro titulado Las Buenas Nuevas, estudios en Gálatas.

Ver Gén. 2:17. Solamente en aquel árbol podría ser tentado por Satanás.

Rom. 1:3.

Ver Testimonios para los Ministros, p. 91.