Alumbrados por su gloria

Capítulo 4

Cuestiones sobre la historia del mensaje de 1888

¿Pertenece el "mensaje de 1888" a la época de los carros de bueyes y de las lámparas de carburo?

Aquella oscura Sesión de la Asociación General de hace un siglo sería hoy absolutamente desconocida (el número de delegados no llegaba al centenar) de no ser por un acontecimiento inolvidable. E. White lo resume así:

En su gran misericordia el Señor envió un preciosísimo mensaje a su pueblo por medio de los pastores Waggoner y Jones. Este mensaje tenía que presentar en forma más destacada ante el mundo al sublime Salvador, el sacrificio por los pecados del mundo entero. Presentaba la justificación por la fe en el Garante; invitaba a la gente a recibir la justicia de Cristo, que se manifiesta en la obediencia a todos los mandamientos de Dios (Testimonios para los ministros, p. 91,92)
Ese mensaje era "el comienzo" de la tan prometida lluvia tardía y del fuerte clamor de Apocalipsis 18 (Special Testimonies, Series A, No. 6, p. 19; Review and Herald 22 noviembre 1892; Letter B2A, 1892). Nunca se ha dado una repetición de esas bendiciones escatológicas, ya que en tal caso se habría desencadenado la rápida sucesión de los eventos del fin.

El Pentecostés constituyó el principio de la "lluvia temprana" que regó las almas de incontables miles, desde los días de los apóstoles. Pero las declaraciones citadas señalan al mensaje de 1888 como constituyendo el comienzo de la manifestación final de lo que tuvo su inicio en Pentecostés. Ciertamente, un hecho solemne.

La historia relativa a cómo vino el mensaje, cómo fue recibido (o rechazado), y cuál es su contenido, fascinará a todo adventista hasta que sea completada la comisión evangélica. Ha venido a significar un acontecimiento épico de importancia sin parangón, algo similar a la venida del Mesías a los judíos, hace 2000 años. Éstos nunca han vuelto, desde entonces, a ser los mismos. Y tampoco la Iglesia Adventista desde 1888. El Espíritu Santo no permitirá que la historia quede enterrada.

He oído decir que el mensaje de 1888 carece de entidad, ya que nadie registró los mensajes de Jones y Waggoner en la Asamblea de Minneapolis. ¿Pudiera ser en vano todo ese interés en torno al mensaje de 1888?

Hay evidencia de que el mensaje fue registrado. Se trata del mensaje que E. White continuó apoyando de forma entusiasta, desde 1888 hasta 1896, e incluso 1897. Jamás limitó sus recomendaciones a lo que fue brevemente presentado en Minneapolis. Por lo tanto, el auténtico mensaje no ha "desaparecido".

Se cuentan por cientos las declaraciones de apoyo de E. White que es posible encontrar en el libro de 1.812 páginas (en cuatro tomos), publicado por The White Estate: The Ellen G. White 1888 Materials. E. White nunca sugirió que Jones y Waggoner se hubiesen desviado entre 1886 y 1896. Numerosos artículos de Review and Herald y Signs of the Times contienen igualmente ese mensaje en su continuidad y progreso. El suponer que Dios nos otorgó un bendición tan inmensa, para permitir que se perdiese después hasta el punto de que nos resulte irrecuperable, constituye un insulto al carácter de Dios.

Hay opiniones encontradas acerca de cómo fue recibido el mensaje hace un siglo. Algunos dicen que fue aceptado, y otros que fue rechazado. ¿Es posible conocer los hechos?

Los hechos son argumentos incontestables, que los seres humanos razonables y sinceros no pueden negar. Los hechos concernientes a 1888 pueden clasificarse en tres áreas: la historia de cuanto sucedió; el contenido del mensaje mismo; y el testimonio de E. White.

Puesto que los Adventistas del Séptimo Día creemos que el Señor capacitó a E. White para ejercer el don profético, su análisis de lo sucedido ha de merecer un crédito superior al de las opiniones de aquellos en quienes no existía la manifestación de ese don especial. No es suficiente con la sabiduría común contemporánea.

En innumerables ocasiones declaró enfáticamente que el mensaje fue rechazado, no por la iglesia en bloque, sino por los dirigentes de sus días. Podemos encontrar algunos ejemplos en: Mensajes Selectos, vol. I, p. 276; Testimonios para los ministros, p. 63-81, 89-98).

Con respecto al contenido mismo del mensaje, su análisis objetivo demuestra que no ha sido todavía recuperado. Abundaremos en ello a medida que consideremos las cuestiones sucesivas.

¿Por qué es tan importante el tema de 1888? ¿No podemos avanzar de aquí en adelante, olvidando el pasado?

Los judíos no pueden ignorar la historia de Jesucristo y continuar como si nada hubiera sucedido. Perdieron algo, cuando rechazaron a Cristo, y nosotros también al rechazar el mensaje de 1888. Lo que perdimos fue "el mensaje del tercer ángel en verdad" (Review and Herald, 1 abril 1890). Cuando José y María perdieron al niño Jesús en una distracción, cuando regresaban de la Pascua en Jerusalem, tuvieron que volver en su búsqueda.

No solamente hemos de recuperar lo que perdimos; además tenemos que aprender la lección a fin de no repetir otra vez el mismo error. Jorge Santayana dijo que "una nación que desconoce su historia está condenada a repetirla" (Saturday Evening Post, 27 setiembre 1958). Ken Burns, renombrado investigador de temas relacionados con la guerra civil en los Estados Unidos, dijo: "El gran pecado de arrogancia del presente consiste en olvidar las lecciones del pasado" (American Heritage, setiembre-octubre 1990). Alemania no puede ignorar olímpicamente el Holocausto y continuar como si nada hubiera ocurrido.

El Dios del cielo honró a la Iglesia Adventista del Séptimo Día encomendándonos la custodia del mensaje de Apocalipsis 18. Ese mensaje tenía que iluminar la tierra con su gloria, ser el mensaje final del evangelio. Es doloroso para los judíos el recapacitar sobre Jesús de Nazaret; para la nación Germánica es doloroso pensar en el Holocausto; y para nosotros es también doloroso considerar 1888. Sin embargo, es necesario.

Si elegimos abandonar el papel que el cielo nos señaló como pueblo, entonces podemos olvidar 1888 y proseguir descuidadamente nuestro propio camino, procurando mantener nuestro status quo.

Pero si queremos desempeñar el papel que el cielo nos señaló, en las horas finales de la historia de la tierra, entonces es imprescindible que recuperemos lo que perdimos.

¿Cuáles son los hechos, con respecto a si el mensaje fue aceptado o rechazado en 1888?

Escritores sinceros han pretendido que fue aceptado, y que se lo ha venido proclamando clara y poderosamente desde entonces. Si eso es así, hay ciertas cuestiones embarazosas que exigen respuesta:

Si el mensaje fue "el comienzo" del fuerte clamor de Apocalipsis 18, entonces algo no ha funcionado, pues aquí estamos un siglo después, cuando sabemos que el fuerte clamor tenía que propagarse "como fuego en el rastrojo" (Review and Herald, 15 diciembre 1885). Miles de personas, musulmanes e hindúes incluidos, siguen en la total ignorancia en lo referente a una comprensión inteligente del "mensaje del tercer ángel en verdad". Tampoco en el mundo cristiano ha tenido ningún impacto significativo.

En el año 1893, E. White dijo que si el mensaje hubiera sido aceptado, la comisión evangélica podría haberse completado (General Conference Bulletin, 1893, p. 19). Algunos consideran que fue ingenua al considerar esa posibilidad antes de la era de la televisión, los aviones y las computadoras. Pero no deben olvidar que el "evangelio… es poder de Dios para salvación". Muchos israelitas incrédulos debieron dudar que David pudiera abatir a Goliat con unas piedras y una honda, y sin embargo lo hizo. Muchos debieron también dudar que Gedeón y sus trescientos pudieran derrotar a los Madianitas, pero así ocurrió.

La pregunta que encabeza esta sección puede responderse de forma clara y concisa:

(1) La historia. La investigación histórica demuestra que la mayoría de los delegados de la Asamblea en 1888 rechazaron el mensaje. Existe registro documental de sus propias confesiones.

En 1926 el ex presidente A.G. Daniells declaró que hasta entonces, el mensaje no había sido nunca verdaderamente recibido ni proclamado. (El haber tomado prestados los conceptos Evangélicos, desde aquella época, no ha llenado el vacío). En 1988, el Dr. Arnold Walenkampf (del Instituto de Investigación Bíblica) publicó "Lo que todo Adventista debería saber sobre 1888", donde declara llanamente que los dirigentes rechazaron el mensaje e "insultaron" al Espíritu Santo. La revista Ministry publicó en febrero de 1988 un artículo en esa misma dirección, escrito por el Dr. Robert Olson (del White Estate).

El año en que se celebró el centenario de 1888 supuso un reconocimiento general de ese aspecto. Ningún teólogo responsable se atrevería hoy a mantener la postura de los autores de las décadas pasadas, quienes creían que el mensaje había sido aceptado.

Sin embargo, eso no equivale a decir que el mensaje fue completamente rechazado. Unos pocos en Minneapolis lo creyeron, y desde entonces siempre ha habido unos pocos que lo han apreciado. Pero el testimonio de E. White es consistente, en el sentido de que "muchos" lo rechazaron, y "pocos" lo aceptaron. Y los "muchos" fueron los que dirigían el ministerio en la denominación. De ahí nuestros largos años de vagar por el desierto, como el antiguo Israel antes de entrar en la tierra prometida.

(2) La teología. Los libros, manuscritos y artículos aparecidos subsiguientemente a 1888, escritos por aquellos delegados que rechazaron el mensaje, pueden ser objetivamente examinados. Si bien todos ellos profesaban creer en "la doctrina de la justicia por la fe", el contenido teológico de sus escritos demuestra que no proclamaron los elementos distintivos de ese "preciosísimo mensaje" que "el Señor envió".

Por ejemplo, es bien patente que el principal opositor, Uriah Smith, mantuvo su oposición hasta su muerte en 1903. Sin embargo insistía en que él siempre había creído en la justificación por la fe. Muchos estuvieron de acuerdo con él en su oposición. Sus escritos desde 1888 hasta 1903 demuestran que nunca aceptó el mensaje. Cuando se suscitó una controversia en 1906-1907, en relación con los dos pactos, la mayoría de los dirigentes de nuestra Casa Editora y Asociación General optaron por defender la posición mantenida por los opositores al mensaje de 1888. Incidentes como ese dan fe de una oposición que no cesaba.

Dijo E. White que incluso en el caso de que los hermanos que se oponían se arrepintiesen de haber rechazado el mensaje (lo que pocos de ellos hicieron por completo), no podrían ya jamás recuperar lo que perdieron (Carta, 9 enero 1893). Tal pérdida se hace evidente al leer los escritos de ellos. Hacia principios del actual siglo, virtualmente nadie estaba proclamando el mensaje, con excepción de los tres que originalmente lo hicieron: Jones, Waggoner y E. White.

(3) El testimonio de E. White. En muchísimos lugares, quizá en cientos de ellos, E. White declara que el mensaje de 1888 que "en su gran misericordia el Señor envió", fue "rechazado en gran medida" por nuestros hermanos, y ese rechazo continuaba en 1901. He aquí uno de los innumerables ejemplos:
Una y otra vez traje mi testimonio a los congregados [Minneapolis, 1888] de forma clara y enérgica, pero ese testimonio no fue recibido. Cuando regresé a Battle Creek… ni uno siquiera… tuvo el valor de ponerse de mi parte y ayudar a que el pastor Butler comprendiera que él, lo mismo que otros, habían tomado posiciones equivocadas… El prejuicio del pastor Butler fue aún mayor tras haber oído los diversos informes procedentes de nuestros hermanos ministeriales reunidos en esa Asamblea en Minneapolis (Carta U3, 1889).

Durante casi dos años hemos estado urgiendo a la gente a venir y aceptar la luz y la verdad concernientes a la justicia de Cristo, y ellos no saben si venir y aferrarse a esa preciosa verdad o no… Nuestros hombres jóvenes miran a los más mayores, y al ver que no aceptan el mensaje, sino que lo tratan como si fuera irrelevante, influencia a aquellos que son ignorantes de las Escrituras a que rechacen la luz. Esos hombres que rehusan recibir la verdad se interponen entre el pueblo y la luz (Review and Herald, 11 y 18 marzo 1892).

Debiéramos ser los últimos entre todos los hombres en ceder, aún en el más pequeño grado, al espíritu de persecución contra aquellos que están llevando el mensaje de Dios al mundo. Esa es la característica más terriblemente anticristiana que se ha manifestado entre nosotros desde la reunión de Minneapolis (Carta 25b, 1892).

¿Quién, de entre aquellos que desempeñaron una parte en el encuentro de Minneapolis han venido a la luz y recibido los ricos tesoros de la verdad que el Señor les envió del cielo?… ¿Quién ha hecho plena confesión de su celo equivocado, de su ceguera, celos y suposiciones impías, su desafío a la verdad? Ni uno… (Carta B2A, 1892).

En Minneapolis… fue resistida la luz que ha de alumbrar a toda la tierra con su gloria, y en gran medida ha sido mantenida lejos del mundo por el proceder de nuestros propios hermanos (Mensajes Selectos, vol. I, p. 276; 1896).
Si bien hubo breves reavivamientos por el ministerio combinado de E. White, Jones y Waggoner durante 1889 y 1890, predominó finalmente la oposición procedente de Battle Creek. La última de las declaraciones citadas (escrita en 1896), es concluyente.

Pero eso no significa que la iglesia se encuentre en un estado desesperado de apostasía. Es posible el arrepentimiento, y el Señor Jesucristo nos llama al mismo (Apoc. 3:19). El Israel moderno necesita reconsiderar el significado de su historia y aprender sus lecciones, como los antiguos israelitas tras décadas de vagar por el desierto hubieron de hacerlo antes de entrar en la tierra prometida. Hemos llegado al tiempo en el que ha de tener lugar un "Deuteronomio" antitípico.

Se hace difícil aceptar que los dirigentes Adventistas de hace un siglo pudieron hacer algo comparable a lo que hicieron los judíos con Cristo. ¡Parece increíble!

Las siguientes son solamente unas pocas, entre las muchas declaraciones similares que E. White hizo:
Los que resistieron al Espíritu de Dios en Minneapolis [1888] esperaron la ocasión de volver a transitar otra vez el mismo terreno, ya que el espíritu fue el mismo… Todo el universo del cielo fue testigo del trato ignominioso que se dio a Jesucristo, representado por el Espíritu Santo. Si Cristo hubiera estado ante ellos, lo hubieran tratado en una manera similar a aquella en la que los judíos trataron a Cristo (Series A, No 6, p. 20; 16 enero 1896). (1)

Si rechazáis a los mensajeros designados (2) por Cristo, rechazáis a Cristo (Testimonios para los ministros, p. 97).
¿Hay peligro de que exponer la verdad de esa historia pueda debilitar la confianza en los dirigentes de la iglesia?

De una u otra forma es inevitable que la iglesia (y también el mundo) conozca la plena verdad. Dijo Abraham Lincoln: "Podéis engañar a algunos todo el tiempo; también podéis engañar a todos por algún tiempo; pero no podréis engañar a todos durante todo el tiempo". Antes o después se va a hacer patente. No ha sido posible ocultar al mundo la historia del fracaso judío.

Si los dirigentes reconocen la verdad de nuestra historia, nada impedirá que el pueblo deposite en ellos su confianza, pues nadie supone que los seres humanos hayan de ser perfectos o infalibles. El arrepentimiento es todavía posible, y la iglesia apoyaría un programa de sincero arrepentimiento. Lo que puede minar la confianza es que los dirigentes intentasen negar los hechos históricos obvios, intentasen negar su responsabilidad, y rechazasen el llamamiento de Cristo al arrepentimiento.

La Biblia cuenta en su totalidad la cruda historia del pueblo de Dios, sin ningún tipo de encubrimiento de los errores de los dirigentes. El reconocer nuestras equivocaciones de hace un siglo no tiene por qué desacreditar en absoluto a nuestros dirigentes actuales. Eso iluminaría los rincones ocultos de nuestra comprensión de por qué el tiempo se ha demorado tanto, cuando la venida del Señor se esperaba ya hace un siglo. "Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres", dijo Jesús a los judíos de sus días. Sus palabras se aplican igualmente a nuestro dilema actual de tratar de explicar por qué el Señor no ha intervenido para poner fin a las agonías inacabables de este planeta. Su vindicación y honor están en juego.

Se hace difícil creer que los dirigentes de la iglesia rechazaran el comienzo del derramamiento de la lluvia tardía, tras haber orado durante décadas por el mismo. ¿Cómo pudieron hacer tal cosa?

Por la misma razón por la que los judíos rechazaron a su Mesías, al que habían sin embargo esperado desde hacía unos mil años. E. White declara que consistió en el mismo pecado de incredulidad.

Tal incredulidad es el fenómeno secular. Hizo que los dirigentes judíos fallaran en reconocerle cuando era un bebé, en aquel humilde pesebre de Belén, mientras que los pastores y sabios de Oriente sí lo reconocieron. Durante su ministerio en circunstancias de privación, los orgullosos Judíos no creerían, ya que la fe requiere siempre humildad del corazón.

E. White declaró que nuestro auténtico problema en 1888 y años sucesivos fue ese misterioso pecado de la incredulidad, el orgulloso amor al yo:
Si a los rayos de luz que brillaron en Minneapolis se les permitiera ejercer su poder de convicción sobre aquellos que tomaron posición contra la luz… podrían tener una rica experiencia; pero el yo dijo: "No". El yo no estuvo dispuesto a ser herido, sino que luchó por la supremacía… El yo y la pasión desarrollaron características detestables (Carta O19, 1892).
Añadió más tarde que ese increíble "yo" fue lo que procuró "derribar la enseñanza del Espíritu Santo" (Testimonios para los ministros, p. 70; 1896). Hoy compartimos la misma humanidad que ellos tenían. No somos mejores que ellos. Nos las hemos de ver con ese mismo problema, y tropezaremos una y otra vez a menos que aprendamos esa lección.

Se nos dice que la auténtica obra de la justificación por la fe consiste en abatir en el polvo la gloria del hombre, y hacer por él lo que éste no puede hacer (Review and Herald, 16 setiembre 1902). Eso es lo que hace la fe por el corazón humano:
Cuando contemplo la gloriosa cruz do murió el Príncipe de gloria
Reputo mis ganancias por pérdida, y aborrezco mi orgullo.
La incredulidad significa lo contrario. Alimenta el orgullo personal, profesional y denominacional. Ese fue el problema en 1888.

¿Estamos cometiendo hoy el mismo error que hace un siglo?

Dado que nuestra naturaleza humana es la misma que la de nuestros predecesores, nos resulta imposible escapar a la comisión del mismo error, a men/s que hayamos aprendido la lección del pasado. Para los Judíos de hoy en día es imposible no cometer el mismo error de sus antepasados, quienes rechazaron a Cristo, a menos que aprendan la lección de su historia. La naturaleza humana sigue siendo la misma a través de las diversas generaciones, y desplegará de forma inevitable sus características, a menos que se experimente un sincero arrepentimiento.

Durante décadas, el mundo Adventista del Séptimo Día no ha conocido la plena verdad sobre nuestra historia de 1888, debido a que tal período ha sido sistemáticamente esquivado o tergiversado. La errónea visión popular sobre el mismo reviste dos aspectos:
  1. La falsa suposición de que el mensaje de 1888 fue recibido, y por lo tanto, hoy es nuestra segura posesión. Tal ha sido un error muy popular, ya que significa minimizar el pecado de aquellos que lo rechazaron, minimizando a su vez el pecado de nuestra repetición del rechazo.


  2. La falsa pretensión de que el mensaje consistió en una enfatización de las enseñanzas de los reformadores del siglo XVI, y también de los Evangélicos de nuestros días. Tal cosa ha fomentado la mentalidad de ‘ser ricos, y estar enriquecidos... y no tener necesidad de nada’. El orgullo es algo muy popular.
Esos dos errores tan extendidos harían inevitable que tuviese lugar hoy un proceso de rechazo similar, en el caso de que la providencia divina permitiese que el mensaje fuese recuperado y presentado nuevamente en su frescura, y se rechazase el arrepentimiento.

Sin embargo, Cristo murió por la redención de su iglesia. Su gracia obrando en los corazones humanos, los purifica del amor al yo, e imparte una sinceridad que hará que la verdad sea reconocida y confesada, al ser puesta de manifiesto.

Dado que la verdad sobre nuestra historia de 1888 ha comenzado a publicarse oficialmente desde 1988, es seguro que va a tener lugar un cambio. La publicación, por parte del White Estate, de todos los escritos de E. White sobre ese período histórico, es un paso en la buena dirección (1.812 páginas en cuatro volúmenes). El Espíritu Santo ha bendecido siempre su testimonio. Todo cuanto necesita el sincero pueblo de Dios, a fin de poder abrir sus corazones para recibir el don divino del arrepentimiento, es el pleno conocimiento de esa verdad. Hay signos esperanzadores de que no va a quedar por siempre ocultada.

La oposición se levantará sin duda, incluso en formas insospechadas; tiene que haber un zarandeo. Pero en la batalla final entre la verdad y el error, Dios tendrá un pueblo para quien sólo la verdad prevalecerá. De otra manera, el plan de la salvación se frustraría, y el mundo mismo quedaría condenado.

Jesús dijo, "por sus frutos los conoceréis". ¿Qué tipo de fruto produjo el mensaje de 1888 en los años inmediatamente siguientes a la asamblea de Minneapolis?

E. White se refirió en estos términos al "fruto" que produjo el mensaje en esos tempranos días, a pesar de la oposición oficial:
Vi que el poder de Dios asistía al mensaje allí donde se lo presentara. Os resultaría imposible convencer a la gente de South Lancaster de que no era un mensaje de luz el que recibieron. Las personas confesaron sus pecados, y se apropiaron de la justicia de Cristo. Dios ha puesto su mano en esta obra… La bendición de Dios nos cubrió [Jones, Waggoner y ella misma, en Chicago] mientras que dirigíamos a los hombres [y mujeres] al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo… ¿Por cuánto tiempo se mantendrán alejados del mensaje de Dios los que están a la cabeza de la obra? (Review and Herald, 18 marzo 1890).

Ahora, a pesar de que ha habido un esfuerzo determinado para dejar sin efecto el mensaje que Dios ha enviado, sus frutos han demostrado que venía de la fuente de la luz y verdad. De aquellos que han acariciado el prejuicio y la incredulidad, los que en lugar de ayudar a llevar a cabo la obra que el Señor quería que hiciesen, se han interpuesto para impedir el camino en contra de toda evidencia, no se puede suponer que tengan un claro discernimiento espiritual tras haber cerrado tan largamente sus ojos a la luz que Dios envió a su pueblo (Carta O-19, 1892).

El testimonio universal de los que se han pronunciado ha sido que ese mensaje de luz y verdad venido a nuestro pueblo es exactamente la verdad para este tiempo y allí donde ellos [Jones y Waggoner] visitan las iglesias, viene con seguridad la luz, el consuelo y la bendición de Dios (MS. 10, 1889).

Tras el encuentro de Minneapolis, cuán maravillosamente vino el Espíritu de Dios; los hombres confesaron que habían robado a Dios al retener diezmos y ofrendas. Se convirtieron muchas almas. Fueron traídos a la tesorería miles de dólares. Aquellos cuyos corazones estaban rebosantes del amor de Dios refirieron ricas experiencias (MS. 22, 1890).
Nótense bien la fecha de esas declaraciones: 1889, 1890. Esos maravillosos reavivamientos cesaron cuando la oposición asfixió la obra del Espíritu Santo. La Asociación General deshizo pronto ese equipo. En 1891, E. White fue exilada a Australia, y el año siguiente Waggoner fue virtualmente exilado a Inglaterra. Pero los breves y abortivos reavivamientos anteriormente descritos dan testimonio permanente de que el mensaje venía verdaderamente del Señor.

He leído informes según los cuales Jones y/o Waggoner eran descorteses, incisivos y poco cristianos, lo que hacía que se ganasen la oposición a la que tuvieron que enfrentarse. Si eso es así, los hermanos que rechazaron el mensaje no cometieron un pecado tan grave; y lo que es más, ¿no estaremos nosotros hoy igualmente excusados si rechazamos el mensaje?

Hay ciertos hechos que responden a esa pregunta:
  1. Como profetisa inspirada, E. White habla del "pecado" de los hermanos que lo rechazaron, del que "cometieron en lo que tuvo lugar en Minneapolis" (Carta O-19, 1892). Difícilmente hubiese podido decir tal cosa si ella hubiese considerado que los dos mensajeros eran de alguna forma responsables del rechazo.


  2. Ella se refirió a Waggoner en 1888 como a "un caballero cristiano" (MS. 15, 1888).


  3. Dijo de Jones que presentó su mensaje con "luz, con gracia y poder" (Carta, 9 enero, 1893). En sus mensajes, y en la forma de darlos, "la gente… vio la verdad, bondad, misericordia y amor de Dios como nunca antes los habían visto" (Review and Herald, 12 febrero 1889). Dijo además que "presentó el mensaje con belleza y amabilidad, cautivando los corazones de todos aquellos que no los habían cerrado mediante el prejuicio" (Id., 27 mayo 1890). Cuando, en cierto momento de la crisis, le fue necesario mencionar la oposición de sus hermanos, "el hermano Jones habló con mucha llaneza, pero con bondad" (Carta W84, 1890).

    Sus sermones en las sesiones de la Asociación General de 1893 y 1895 se registraron taquigráficamente en los correspondientes Bulletin, y están hoy al alcance de quien los quiera leer. Según E. White, sólo una mente con "prejuicios" puede encontrar allí rastros de rudeza o descortesía.


  4. Jones y Waggoner gozaron de algo singular, no conociéndose de ningún otro ministro adventista en toda la historia que lo poseyera: "credenciales celestiales" (Review and Herald, 18 marzo 1890; MS. 9, 1890).
Pero ¿no hay constancia de la rudeza y desconsideración de Jones?

Unos cuarenta años después de lo sucedido, un crítico informó que en una ocasión durante el encuentro de Minneapolis, Jones habló irrespetuosamente a Uriah Smith. Nadie sabe a ciencia cierta ni siquiera si la respuesta supuestamente dura consistió hasta cierto punto en tomarse la licencia de replicar en clave de humor. E. White no mencionó el episodio en su diario, lo que sugiere que lo consideró un asunto menor. Hay evidencia abundante de que en general, la actitud de Jones en aquellos años fue la propia de un cristiano sincero, humilde y de corazón bondadoso.

Por supuesto, ambos "mensajeros" eran hombres falibles, "solamente hombres", dice E. White (como lo somos todos nosotros). Debemos guardarnos cuidadosamente de levantar falso testimonio contra ellos, en un esfuerzo por desacreditar su mensaje y ministerio.

Es un hecho bien conocido que tanto Jones como Waggoner se desviaron finalmente del camino. ¿Indica eso que hay algo equivocado en su mensaje?

Es cierto que comenzaron a extraviar sus pasos hacia el cambio de siglo. Por entonces Jones comenzó a desarrollar raíces de amargura en su espíritu, lo que motivó reprensiones por parte de E. White. Finalmente perdió su confianza en la dirección de la Asociación General, y se entregó a un espíritu reprobable. Waggoner perdió la fe en el mensaje del santuario, y protagonizó una tragedia familiar.

Debemos tener presente que las declaraciones de apoyo a su mensaje y ministerio, por parte de E. White, duraron desde 1888 hasta 1896. Ella insistió en que es un error culpar de sus posteriores desvaríos al mensaje que llevaron.

E. White dijo específicamente que si erraban finalmente su camino, aquellos que se les oponían (con sentimientos de "enemistad" según palabras de ella misma), señalarían esa tragedia como una excusa para rechazar su mensaje, y "triunfarían" de ese modo. Pero al hacer así, estarían "entrando en un engaño fatal" (Carta O-19; Carta S24, 1892). Un "engaño" tal es lo último que necesitamos hoy.

Debemos reconocer, sin embargo, que ni Jones ni Waggoner abandonaron su fe en Cristo, ni su amor por la verdad del sábado. En el tenor de los usos eclesiásticos de nuestros días, muy probablemente habrían permanecido ambos en la membresía.

¿Por qué perdieron su poder espiritual Jones y Waggoner?

La razón que da E. White es que sus opositores los trataron tan injusta, e incluso "cruelmente", que casi los forzaron a tropezar:
Las sospechas y los celos, las conjeturas maliciosas, la resistencia al Espíritu de Dios que les suplicaba, fueron similares a las que tuvieron que enfrentar los reformadores. Similares al trato que la iglesia [Metodista] dio a la familia de mis padres y a ocho de nosotros… Declaré que el curso de acción seguido en Minneapolis fue de crueldad hacia el Espíritu de Dios (MS. 30, 1889).

No es la inspiración del cielo la que lo conduce a uno a ser suspicaz, acechando la oportunidad de lanzarse ávidamente para probar que aquellos hermanos que difieren de nosotros en algunas interpretaciones de las Escrituras no son sanos en la fe. Hay peligro en que ese curso de acción produzca precisamente el resultado que se perseguía; y en gran medida la culpabilidad pesará sobre los que están al acecho del mal…

La oposición en nuestras propias filas ha impuesto una obra fatigosa y probatoria a las almas de los mensajeros del Señor [Jones y Waggoner] (General Conference Bulletin, 1893, p. 419-421).
Aceptando que fueron maltratados, ¿constituye eso una excusa para su desvío?

No. El pecado no es excusable en nadie. Pero lo que ellos debieron enfrentar fue una "persecución anticristiana", en palabras de E. White (Id., p. 184).

Por supuesto, ni siquiera el padecer persecución es una excusa para el pecado. Pero su prueba fue incomparablemente más severa, desde el punto de vista espiritual, que la sufrida por Martín Lutero al ser perseguido por el papa, los cardenales y los obispos. Lutero podía gozarse en sus persecuciones, ya que identificó al papado como el "cuerno pequeño" de Daniel 7, y la "bestia" de Apocalipsis 13. Pero Jones y Waggoner no conocieron ese consuelo. Ellos sabían que se trataba de la auténtica iglesia "remanente" de la profecía. Ninguna octava iglesia habría de suceder a Laodicea. Y sabían que el prospecto de la profecía para el futuro no es la derrota, sino la victoria.

El terrible rechazo del "comienzo" de la lluvia tardía y el fuerte clamor fue algo que no pudieron entender. Estaba totalmente fuera del plan de Dios para la resolución final del gran conflicto. El cielo quedó estupefacto, ya que ni siquiera los ángeles podían prever esa reacción descomunal contra el Espíritu Santo, hasta el extremo de la "crueldad" y del "insulto", en la Asamblea de la Asociación General.

Se esperaba que una tan amarga oposición contra él hubiese finalizado al término de los 1260 años de persecución. Según testimonio de E. White, esa fue la primera vez en que la dirección de la Iglesia Adventista del Séptimo Día se colocaba decididamente contra la sobreabundante gracia de Cristo, repetía el pecado de los Judíos de antaño, y de paso rechazaba incluso el propio ministerio de E. White.

¿No eran Jones y Waggoner hombres firmes, que debieran haber resistido en la prueba?

No es sorprendente que sucedieran contratiempos, puesto que Jones y Waggoner eran hombres tan frágiles como cualquiera de nosotros. Esa pudo ser una de las razones por las que el Señor los llamó a su obra especial, puesto que a él no le resulta fácil servirse de los "fuertes". A Pablo se le dijo que "mi potencia en la flaqueza se perfecciona" (2 Cor. 12:9). Ellos no eran profetas, como lo fue E. White, sino simplemente hombres. Una mujer fue capaz de resistir la prueba, a pesar de que tuvo que sufrir asimismo en gran manera.

La comprensión de ellos no era solamente finita, sino restringida por una aparente falta de información profética o bíblica que pudiese explicar lo que estaba sucediendo. Fue un Gran Chasco, más misterioso incluso que el de 1844. No pudieron comprender, ni les era posible concebir, otro siglo de violenta y agónica historia humana. Según explica E. White, se "derrumbaron".

Antes de condenarlos, haríamos bien en preguntarnos a nosotros mismos si hubiésemos sido capaces de resistir más airosamente esa amarga experiencia. La prueba más dolorosa que un leal Adventista del Séptimo Día puede sufrir es la oposición persistente y determinada de parte de los dirigentes de la iglesia. Sin embargo, la gracia de Dios siempre fue y es suficiente.

Esa prueba fue en esencia la misma que debió soportar José cuando sus diez hermanos se opusieron a él, y la que David tuvo que soportar de manos del rey Saúl. También la que Jeremías padeció ante los reyes Joachim, Sedechías y los sacerdotes y "profetas" de sus días. Jones y Waggoner debieron haber resistido, pero por desgracia, fallaron.

Otra razón puede ser que la luz que ellos tenían era solamente "el comienzo" del derramamiento final del Espíritu Santo. Ese comienzo no fue lo bastante como para permitirles superar una prueba espiritual que ningún siervo de Dios había sido llamado previamente a sufrir. Una tal "persecución anticristiana" puesta en marcha por los dirigentes de la iglesia durante el Día de la Expiación (antitípico), carece de precedentes en la historia sagrada. Tanto el cielo como el infierno debieron maravillarse por el éxito logrado por Satanás (ver Mensajes Selectos, vol. I, p. 275,276).

Es solemne el pensamiento de que "el Eterno, cuyo nombre es Celoso, es un Dios celoso" (Éx. 34:14). En estos últimos días del gran conflicto, concederá perchas en donde colgar sus dudas, a todo aquel que las desee encontrar (El Conflicto, p. 581,582). ¡Se trata de una peculiar generosidad! Es como si ese misterioso "celo" divino permitiese que inventemos toda clase de piedras de tropiezo o excusas para rechazar su verdadera lluvia tardía, y aceptar a cambio una falsificación.

Hay un progreso maravilloso de la iglesia mundial, con bautismos multitudinarios y soberbias instituciones. ¿No es eso evidencia suficiente de que es innecesario el arrepentimiento?

Durante décadas nos hemos felicitado, como iglesia, por un progreso tal. Se lo ha citado una y otra vez como evidencia de que no necesitamos recuperar el mensaje de 1888, o bien como evidencia de que ya lo poseemos.

Pero hay otras denominaciones que están haciendo "progresos" aún más espectaculares. La Iglesia Católica está incrementando su membresía en mayor medida que nosotros, y multiplicando sorprendentes instituciones, como también ciertos grupos Protestantes, especialmente Pentecostales. Hasta los Mormones y Testigos de Jehová hacen progresos. Y el Islam avanza a pasos agigantados.

El poder de la iglesia no radica en su despliegue estadístico o financiero. Nunca fuimos llamados a acumular estadísticas e instituciones con el objeto de impresionar al mundo, sino a fin de proclamar un mensaje que preparase a un pueblo para la venida del Señor. Si pudiésemos lograr que se bautizase cada una de las almas que hay en el mundo, convirtiéndose en el tibio miembro de iglesia que somos la mayoría de nosotros, eso no adelantaría el regreso del Señor.

La prueba de nuestro verdadero progreso está en nuestro crecimiento espiritual. La tierra ha de ser iluminada por un mensaje de Buenas Nuevas que sea realmente poderoso. Tiene que haber una preparación a fin de enfrentar los asuntos finales –la marca de la bestia y el fin del tiempo de gracia. El cielo es más capaz de evaluar con precisión nuestro progreso, de lo que nosotros lo somos.

Tenemos una clara indicación en el mensaje a Laodicea: la sorprendente revelación de que, de entre las siete iglesias de la historia, somos aquella que es rematadamente desgraciada, miserable, pobre, ciega y desnuda. Todo ello mientras pensamos que somos ricos, y que nos hemos enriquecido.

Dado que Jones y Waggoner extraviaron finalmente el camino, ¿no es peligroso el que leamos sus escritos?

Nunca debemos dar a sus escritos la consideración de inspirados o canónicos. Sólo la Biblia posee ese honor.

Sin embargo, E. White dijo que había descubierto "precioso oro" en "las minas de la verdad". No es nuestra misión el predicar a Jones y Waggoner, como tampoco a E. White. Predicamos la Biblia, pero queremos aceptar toda la luz que el Señor ha tenido a bien enviarnos.

"En su gran misericordia el Señor envió un preciosísimo mensaje a su pueblo por medio de los pastores Waggoner y Jones". El Espíritu Santo les dio una comprensión profunda de verdades bíblicas que nuestro pueblo no había discernido con anterioridad. Han transcurrido más de cien años de continuo escrutinio y frecuente oposición, sin que ningún teólogo responsable haya podido señalar ningún aspecto importante de ese mensaje, desde 1888 hasta 1896, que carezca de un claro apoyo bíblico.

¿En qué momento dejan de ser dignos de confianza sus escritos?

Los estudios de Waggoner sobre Hebreos presentados en la sesión de la Asociación General de 1897 contienen innumerables exposiciones profundas y útiles, pero comenzó allí a introducir ciertas ideas confusas que recuerdan el panteísmo. De igual manera, la edición original de The Glad Tidings (1900) contiene alguna de esas ideas, si bien en 1901 el autor negó creer o enseñar el panteísmo. Cuando Pacific Press lo volvió a publicar en 1972, esas pocas declaraciones confusas fueron eliminadas, dejando intacto su mensaje de la justicia por la fe, y en completa armonía con sus escritos precedentes.

Por los registros de que disponemos, Jones jamás expresó ideas panteístas, o pan-enteístas. Pero hacia el año 1904 comenzó a perder la confianza en la dirección de la Asociación General. Sin embargo, su obra The Consecrated Way fue escrita en su mayor parte antes de 1900 (algunas secciones en un año tan temprano como el 1894), y no contiene ninguna de las semillas de amargura que caracterizó sus escritos con posterioridad a 1905.

En sus últimos escritos, ambos pusieron en duda la posibilidad del arrepentimiento denominacional, lo que fue el factor determinante de su fracaso. Es también así como todo movimiento o ministerio que dude de tal posibilidad, está condenado al fracaso.

Ni Jones ni Waggoner repudiaron nunca el mensaje de 1888; ninguno de ellos abandonó el sábado, ni perdió su amor por Cristo o por la Biblia. Como dijo E. White, el error contenido en sus escritos posteriores no puede anular la verdad de los anteriores. No podemos dejar de aplicar el sentido común. No dejamos de leer los salmos, en vista de los errores y fallos de David.

¿Cuál es la diferencia entre Cristo morando por la fe en el corazón del creyente, y Cristo morando en el corazón de toda persona?

Hay una marcada diferencia entre la verdad de Juan 1:9, según la cual Cristo es "la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo" y la doctrina pan-enteísta que pretende que Cristo mora personalmente en el corazón de "todo hombre" antes de que éste ejerza la fe y se convierta. Esa idea no formó parte del mensaje de 1888-1896 que E. White apoyó.

Algunos acusan al mensaje de 1888 de inducir al panteísmo. Pero no hubo tal panteísmo en el mensaje que E. White sustentó, y nada hay en él que lleve al panteísmo.

Pablo se refiere frecuentemente a Cristo morando en el corazón, pero se trata del corazón del creyente, no del incrédulo (2 Cor. 13:5). Pablo nunca dijo que el Hijo de Dios estuviera en él anteriormente a su conversión; lo que dijo es que Dios lo escogió desde el seno de su madre (Gál. 1:15,16).

El "revelar a su Hijo en mí" fue algo que tuvo lugar tras su conversión. Y esa revelación no consistió en un despliegue de aquello que estaba ya en su corazón previamente, aunque pasara desapercibido. La noción errada característica de la New Age es en realidad un concepto prestado del hinduismo, según el cual Dios está en cada hombre, esperando solamente ser descubierto. Cristo entró en el corazón de Pablo a fin de morar allí, cuando se convirtió. Eso no niega que la Luz hubiese estado brillando sobre su corazón durante toda su vida, aunque por un tiempo fuera resistida.

Se suele citar un texto, pretendiendo apoyar la noción de la New Age: "El reino de Dios está entre vosotros ya" (Luc. 17:20,21). Jesús informó a los judíos de que el tan ansiado reino venidero de Dios estaba ya allí, manifestado en medio de ellos, sin que lo hubiesen reconocido. No dijo que Dios morase en ellos, en tanto que incrédulos.

Tiene que haber ciertamente "un poder que obre desde el interior, una vida nueva de lo alto… Ese poder es Cristo. Únicamente su gracia puede vivificar las facultades muertas del alma" (El Camino a Cristo, p. 18). Pero esa obra del Espíritu Santo en el corazón lleva a la conversión y la santificación.

Notas:
Ver declaraciones similares en MSS. 9, 15, 1888; Through Crisis to Victory, p. 292, 297, 300; MS. 13, 1889; Review and Herald, 4 y 11 de marzo, y 26 de agosto de 1890; 11 y 18 de abril de 1893; Testimonios para los ministros, p. 64,65,75-80. Ver también The Ellen G. White 1888 Materials, p. 529,530. En una ocasión comparó el rechazo del mensaje de 1888 con la rebelión de Coré, Dathán y Abiram (p. 600).

Literalmente: "mensajeros delegados" de Cristo.

Particularmente el arrepentimiento como iglesia, como denominación.