Alumbrados por su gloria

Capítulo 6

Cuestiones sobre el pecado oculto

¿Existe una cosa tal como pecado inconsciente? ¿Habla de él el mensaje de 1888?

Sabemos que el pecado más horrible que se haya cometido jamás, fue un pecado inconsciente. Jesús oró así, en favor de quienes le estaban crucificando: "Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen" (Luc. 23:34).

"No saber" lo que uno hace, es ser inconsciente de ello. Y culpar a los Judíos o a los Romanos de ese crimen es el colmo de la inconsciencia, puesto que todos compartimos esa culpabilidad (Testimonios para los ministros, p. 38; El Deseado, p. 694). Sin embargo, la raza humana sigue siendo inconsciente de ese pecado.

El orgullo laodicense es igualmente un pecado de carácter inconsciente, ya que el Testigo Fiel y verdadero declara, "Y no conoces… " (Apoc. 3:17). Cuando el rey Ezequías enfermó de muerte, no era consciente del mal que albergaba su corazón. Tras haber sido sanado de su enfermedad, ese mal afloró a la superficie. "Dios lo dejó, para probarlo, para que se conociera todo lo que había en su corazón" (2 Crón. 32:31).

David oró una plegaria muy superior a la del rey Ezequías: "Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame, y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad…" (Sal. 139:23, 24).

Sí. Los mensajeros de 1888 hablaron del pecado inconsciente como siendo traído a la conciencia por el ministerio del Espíritu Santo, en el Día de la Expiación.

¿En qué parte del mensaje mismo encontramos tal referencia?

Cuando se os señala el pecado, decid, 'prefiero a Cristo que al pecado'. Y dejadlo marchar. [Congregación: 'Amén']… Por lo tanto… ¿por qué habríamos de desanimarnos a la vista de nuestros pecados? Algunos de los hermanos han hecho precisamente eso mismo. Vinieron aquí en libertad; pero el Espíritu de Dios trajo algo que nunca antes habían visto. El Espíritu de Dios fue más hondo de lo que jamás lo hiciera con anterioridad, y reveló cosas que antes desconocían; entonces, en lugar de agradecer al Señor que sucediera así, y permitir que fuese desechada toda la iniquidad, …comenzaron a desanimarse…

Si el Señor nos ha hecho ver pecados en los que jamás pensamos anteriormente, eso no hace más que mostrar que está avanzando en profundidad, y alcanzará por fin el fondo; y cuando haya encontrado la última cosa que sea impura o sucia, que no esté en armonía con su voluntad, y la traiga y nos la muestre, si decimos "prefiero al Señor antes que a eso", entonces la obra está completa y el sello del Dios vivo puede ser fijado en un carácter tal… Permitámosle avanzar, hermanos; permitámosle que lleve a cabo esa obra de escrutinio (A.T. Jones, General Conference Bulletin, 1893, p. 404).


Pero siempre había pensado que si confesamos nuestros pecados, nuestros corazones son totalmente purificados, y no puede quedar ningún resto de pecado desconocido.

"Si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de todo mal" (1 Juan 1:9). Muy cierto. Observemos, no obstante, que no puede perdonar y limpiar pecados que no hayamos confesado de forma concreta e inteligente. El pecado no resulta mágicamente eliminado al oprimir el pulsador "perdona mis pecados".

La confesión ha de ser específica y consciente. "El que peque en alguna de estas cosas, confesará aquello en que pecó" (Lev. 5:5). "La verdadera confesión es siempre de un carácter específico y reconoce pecados particulares" (El Camino a Cristo, p. 38). Pero ¿cómo podemos confesar inteligente y sinceramente pecados de los que no somos conscientes?

Por ejemplo, las motivaciones egoístas son ciertamente pecado. Uno puede comportarse y orar hoy con total sinceridad en la confianza de haber obrado sin egoísmo, para darse cuenta mañana de que sus actos o palabras estaban impregnados de egoísmo pecaminoso.

Eso no significa que ayer no estuviese convertido; pero si resistimos y rechazamos esa nueva convicción de pecado que el Espíritu Santo nos trae y rehusamos arrepentirnos, entonces ciertamente perdemos ese estado de conversión del que antes gozamos. No hay forma de malinterpretar tanto la Escritura como el Espíritu de Profecía, mediante la suposición de que el arrepentimiento implique otra cosa distinta que una experiencia en continua profundización, a lo largo de toda una vida. En caso contrario venimos a resultar atrapados en una terrible situación de arrogante justicia propia.

¿Habla E. White de esa noción de pecado desconocido en necesidad de ser llevado a nuestro conocimiento?

Sí. En muchas ocasiones. Sólo es posible aquí dar algunos ejemplos:
Los que realmente desean glorificar a Dios, agradecerán si todos los ídolos y pecados quedan expuestos, a fin de poder ver estos males y desecharlos (Joyas de los Testimonios, vol. I, p. 515).

Cada uno posee rasgos de carácter todavía ignorados y que deben ser puestos en evidencia por la prueba. Dios permite que aquellos que confían en sí mismos sean gravemente tentados, a fin de que puedan comprender su incapacidad (Id., vol. III, p. 191).

Si tenemos defectos de carácter de los que no somos conscientes, [el Señor] nos disciplina haciendo que esos defectos vengan a nuestro conocimiento, para que podamos vencerlos… Pero no se reveló nada que no estuviese en vosotros (Review and Herald, 6 agosto 1889).

La ley de Dios es la prueba de nuestras acciones. Sus ojos ven todo acto, escudriñan cada rincón de la mente, detectan todo engaño y toda hipocresía (A fin de conocerle, p. 292).

La obra de restauración nunca puede ser completa a menos que se llegue hasta las raíces del mal. Vez tras vez han sido recortadas las ramas, pero ha sido dejada la raíz de amargura para que resurja y contamine a muchos. Pero debe llegarse hasta la profundidad misma del mal oculto, los sentidos morales deben ser juzgados, y juzgados otra vez a la luz de la presencia divina (E. G. W., Comentario bíblico adventista, vol. V, p. 1125).

Muchos… se hallan en circunstancias que parecen exponer todo el mal de su naturaleza. Se revelan entonces defectos cuya existencia no sospechaban… Su providencia [de Dios] los coloca en diferentes situaciones y variadas circunstancias para que descubran en su carácter los defectos que permanecían ocultos a su conocimiento (El ministerio de curación, p. 373).


¿No es una idea desalentadora?

Nada de lo que el Espíritu Santo traiga a nuestro conocimiento puede causar desconsuelo. ¡Él es el Consolador!

Si uno padece de cáncer que amenaza con poner pronto fin a su vida, ¿habría de desanimarse cuando el médico lo diagnostica certeramente, y le aplica el tratamiento adecuado para salvar su vida?

Pero ¿cuál es la importancia de vencer el pecado no conocido? ¿Acaso no lo cubre Jesús, nuestro sustituto? ¿No cubre su manto de justicia las deformidades de nuestro carácter?

El asunto no es la salvación de nuestras pobres almas, sino la vindicación y el honor de Cristo. Podemos vivir en la tranquilidad de la inconsciencia de nuestro pecado no conocido, pero éste trae oprobio a Cristo de todas formas. Hasta puede producir perplejidad en otras personas que se aperciben de la falta de cristianismo que nosotros mismos somos incapaces de ver. Los jóvenes resultan con mucha frecuencia desanimados por las inconsistencias pecaminosas de sus mayores faltos de discernimiento.

Es cierto que si morimos antes de que el Espíritu Santo haya traído a nuestro conocimiento el pecado del que no somos conscientes, podemos confiar en que nuestro Sustituto nos "cubra". Martín Lutero murió bebiendo cerveza, y desconociendo lo pecaminoso que era su antisemitismo, que alentó más tarde los horrores del nazismo. Pero su caso en el juicio no será tan difícil como el nuestro si pecamos voluntariamente, ante una luz mucho mayor de la que él gozó.

Si el Espíritu Santo ha traído a nuestro conocimiento pecado del que no sabíamos con anterioridad, y resistimos su ministerio rehusando arrepentirnos, podemos convertir nuestra salvación en algo realmente imposible. Tal es el punto central del ministerio sumo sacerdotal del Día de la Expiación. E. White relacionó esa obra del Espíritu Santo escrutando hasta lo profundo para revelar el pecado desconocido, con el ministerio de Cristo en el Día de la Expiación:
Estamos en el día de la expiación, y debemos obrar en armonía con la obra de Cristo de purificar el santuario de los pecados del pueblo. Que nadie que desee ser hallado con el vestido de bodas puesto, resista a nuestro Señor en su obra (Review and Herald, 21 enero 1890; ver también 28 enero, 4,11,18 y 25 de febrero, 4,11,y 18 de marzo, etc, del mismo año).
La purificación del santuario celestial incluye una obra paralela en los corazones del pueblo de Dios en la tierra (El Conflicto, p. 478,680,681). Su propósito es el de preparar un pueblo para la traslación. Su pueblo debe finalmente encontrarse con el Señor cara a cara, sin pasar por la muerte (1 Tes. 4:15-17).

Pero "nuestro Dios es un fuego consumidor" (Heb. 12:29). Si hay pecado todavía enterrado en nuestro corazón cuando comparezcamos ante su presencia, ese fuego deberá "consumirlo", y habremos de ser destruidos con él.

¡Es por ello que el amante Espíritu Santo se esfuerza por traerlo hoy a nuestra atención!

¿Ilustra nuestra historia de 1888 el problema del pecado oculto en los corazones de los adventistas?

E. White dijo en numerosas ocasiones que el pecado de quienes rechazaron el mensaje de 1888 fue de la misma naturaleza que el pecado de los Judíos, quienes rechazaron a Cristo (por ejemplo, MS. 2, 1890; Testimonios para los ministros, p. 64; Review and Herald, 11 abril 1893, y un largo etcétera). Sin embargo, afirmó que "no sabían" de qué espíritu eran (MS. 24, 1892).

De no ser por la particular gracia de Dios, no somos por naturaleza mejores que ellos. De igual manera en que participamos del pecado de haber crucificado a Cristo (excepto que recibamos su perdón), participamos también de la culpabilidad de nuestros hermanos de hace más de cien años. Necesitamos igualmente el arrepentimiento.

El arrepentimiento corporativo consiste en el arrepentimiento individual por los pecados que habríamos cometido efectivamente, de no ser por la gracia de Dios. El Dr. Arnold Wallenkampf afirma que lo que llevó a nuestros hermanos en 1888 a rechazar el mensaje fue el pecado de seguir a los demás, según una "dinámica de grupo", o un "pensamiento de masas" (What Every Adventist Should Know About 1888, p. 45,46).

Hoy también, nada que no sea la elección de ser crucificados con Cristo nos salvará del pecado de seguir esa dinámica de grupo, en los diversos desafíos que hemos de confrontar. No hay ninguna forma en la que podamos seguir a Cristo, de no ser estando crucificados con él.