Alumbrados por su gloria

Capítulo 7

Cuestiones sobre el arrepentimiento corporativo y denominacional

¿Qué diferencia hay entre la "confesión corporativa" y el "arrepentimiento corporativo"?

El "arrepentimiento corporativo" está a miles de kilómetros de distancia de lo que un comité pueda hacer o decidir, o de la mera promoción de un lema plasmado en un tríptico, a modo de estrategia para crear un estado de opinión en las "masas". Eso nunca será eficaz, ya que hay muchos que debido a un sentido superficial y arraigado de la "fidelidad", se embarcarían irreflexivamente en cualquiera sea el nuevo programa propuesto, según la dinámica de grupo que le lleva a uno al deseo de no desentonar y seguir la corriente. Una "confesión corporativa" no lograría nada. Cuanto más nos aproximamos al tiempo del fin, menos satisfecho puede estar el Señor con una obra superficial.

La palabra "corporativo" no tiene nada que ver con la organización, en el sentido de jerarquía o representación. El arrepentimiento es un don del Espíritu Santo, no un sufragio de votos. La obra del arrepentimiento es siempre individual y personal. La palabra "corporativo" es simplemente la manera correcta de referirse al modo en el que cada "miembro del cuerpo" se relaciona con la Cabeza, y con cada uno de los demás (1 Cor. 12 y Efe. 4).

El arrepentimiento corporativo consiste en arrepentirse personalmente por los pecados de los demás, como si fueran los nuestros, sintiendo el dolor y la culpa de otros miembros del cuerpo, en el conocimiento de que esos serían nuestros propios pecados, de no ser por la gracia de Cristo.

Es así como el "mensaje de la justicia de Cristo" se hace relevante. Su justicia nos tiene que ser imputada al 100%, ya que no poseemos ni un 1% de la misma. Compartimos la culpa corporativa del mundo entero, de no ser por la gracia de Cristo. Ninguno de nosotros es de forma innata mejor que los demás. Como bien dijo Lutero, todos estamos hechos de la misma "masa". Todo león es por naturaleza un devorador de hombres, aunque pocos hayan tenido la "oportunidad" real de devorar a un ser humano. Podemos afirmar que los leones comparten una naturaleza corporativa devoradora de hombres.

El Señor Jesús amonesta al "ángel de la iglesia de Laodicea" a que sea celoso y se arrepienta (Apoc. 3:14,19). Aunque un arrepentimiento tal es siempre personal, lo es también del "cuerpo", y por lo tanto "corporativo".

El arrepentimiento de la antigua Nínive, ante la predicación de Jonás, es un ejemplo de arrepentimiento nacional liderado por el rey y sus nobles (Jonás 3:5-9). Un arrepentimiento de la iglesia como cuerpo, sería hoy un arrepentimiento denominacional. El Señor otorgará ese don, y su honor requiere que haya un pueblo que responda, en sus dirigentes y laicos (Zac. 12:10-13:1).

¿Cómo puede un arrepentimiento tal extenderse al cuerpo de la iglesia?

¿Es la Iglesia Adventista del Séptimo Día la verdadera iglesia remanente de Apocalipsis 12:17? ¿Es el "Israel" de hoy? Creemos que la respuesta es Sí.

Los descendientes de Abraham habían de constituir la "iglesia remanente" de su tiempo. Estaban llamados a ser el vehículo por el que Dios evangelizase al mundo. El Señor contaba por entonces con verdaderos seguidores en todas las naciones, lo mismo que hoy hay creyentes verdaderos en cualquier lugar (incluyendo el Islam, el Budismo y el Hinduismo).

¿Por qué eligió Dios entonces a Abraham y a sus descendientes como su "cuerpo" visible en la tierra? Ésta es la razón: "Por medio de ti serán benditas todas las familias de la tierra" (Gén. 12:3). La historia de sus descendientes vino a ser en gran medida un auténtico desastre, pero al final del tiempo tiene que suceder algo que nunca antes ha sucedido: la purificación del santuario celestial. Ese gran propósito de Dios tiene que hallar cumplimiento en su pueblo. Es la razón por la que esta iglesia existe.

La Escritura exige la existencia de una iglesia o denominación visible, que constituya el "cuerpo" de Cristo en la tierra. No una mixtura dispersa y desorganizada. Un estómago por aquí, un ojo por allá y un oído quién sabe dónde, no constituyen un "cuerpo". Un cuerpo es un organismo coordinado y unido, obediente a la cabeza.

¿Se dará algún día un arrepentimiento tal en el cuerpo de la iglesia?

Algunos críticos y disidentes dicen: 'No; imposible'. Otros vienen a decir lo mismo, pero por diferente razón: no creen que sea necesario. Sin embargo, Jesús llama precisamente a un arrepentimiento tal. Y su palabra no puede volver a él vacía. Conviene que recordemos que hay alguien que se opone firmemente al arrepentimiento denominacional, y que cree que es imposible. ¿Su nombre? –Satanás.

La sabiduría humana no basta para dar respuesta a la cuestión. Pero la Biblia nos asegura que un arrepentimiento tal, como don de Dios, será verdaderamente otorgado al "cuerpo" (pueblo) de Dios, lo que expondrá la falsedad de Satanás:

Y derramaré sobre la casa de David [dirigentes], y sobre los habitantes de Jerusalem [resto de miembros], espíritu de oración. Me mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán sobre mí, como se llora por unigénito. Se afligirán sobre mí como quien se aflige por primogénito. En aquel día habrá un gran llanto en Jerusalem… En aquel tiempo habrá un manantial abierto para la casa de David y para los habitantes de Jerusalem, para lavar el pecado y la inmundicia (Zac. 12:10-13:1).
El Apocalipsis describe a la iglesia como venciendo al fin (3:20,21; 19:6-9). Y E. White expresó en numerosas ocasiones su firme confianza en que la Iglesia Adventista del Séptimo Día se arrepentirá finalmente, poniéndose en armonía con el plan de Dios (Joyas de los Testimonios, vol. III, p. 251-255,289,345; Mensajes Selectos, vol. II, p. 449-451,458,459; Testimonios para los ministros, p. 49,50,57,58,410; Medical Ministry, p. 184,185, etc).

Dudar de lo anterior equivale a ponerse del lado del gran enemigo, ya que Satanás está determinado a que la iglesia remanente no conozca jamás un tal arrepentimiento.

¿Qué puede hacer el Señor para despertar a su pueblo de la tibieza, complacencia y mundanalidad?

La historia y el mensaje de 1888 son a la Iglesia Adventista del Séptimo Día, lo que el Calvario y el Nuevo Testamento son para los Judíos. Muchos judíos son como nosotros, ocupados mucho más en sus vidas personales de hoy que en lo que sucedió hace unos 2.000 años en su historia, de la misma forma en que nos sucede a nosotros con nuestra historia de hace unos 100 años.

Pero el mensaje de 1888 fue el "comienzo" de la lluvia tardía y el fuerte clamor de Apocalipsis 18, tan ciertamente como que Jesús de Nazaret fue el Mesías de los Judíos. El propósito del Señor era hacer de la nación Judía sus evangelistas para el mundo de sus días. En 1888, el propósito del Señor era impregnar a cada congregación adventista del séptimo día con la calidez del genuino amor agape, para hacerlos los principales "en cuanto a levantar a Cristo ante el mundo". (2)

El testimonio inspirado nos dice que tropezamos "como los judíos". E. White dice la verdad sin disimulos. Los subproductos resultantes de ese rechazo de la verdad son la tibieza letal, el legalismo, el espíritu crítico, la confusión y la desunión que es posible constatar por todas partes. El maravilloso mensaje de la sobreabundante gracia de Cristo ha sido "en gran medida" mantenido alejado de nuestro pueblo y del propio mundo (Mensajes Selectos, vol. I, p. 276).

Los que son dados a la crítica y los legalistas suelen dedicarse a deplorar la forma en la que "el pecado abundó" en la iglesia, pero lo que es más importante es la forma en la que "tanto más sobreabundó la gracia". El Señor puede hacer con nosotros lo que deseó hacer por los Judíos: conceder el don del arrepentimiento. Y en este tiempo de la purificación del santuario su pueblo debe vencer, allí donde los Judíos fracasaron.

¿Aceptan nuestros teólogos y dirigentes de la Asociación General el mensaje del arrepentimiento corporativo y denominacional? Si hay muchos que se oponen, ¿No debería ser silenciado?

Si estamos dubitativos y perplejos, haremos bien en preguntar eso al Señor. Él nos invita a que así lo hagamos: "Venid, y razonemos, dice el Eterno" (Isa. 1:18). Con seguridad, no despreciará la plegaria sincera y ferviente de su pueblo. Dijo David, "[El Señor] se inclinó a mí, y oyó mi clamor" (Sal. 40:1).

Sabemos que en ocasiones el Señor comisiona a algunos para que digan ciertas cosas que no coinciden con el deseo de los dirigentes oficiales. Hablando en el contexto de 1888, E. White se refirió a la experiencia de los apóstoles, y dijo:
"Mas un ángel del Señor, abriendo de noche las puertas de la cárcel y sacándolos, dijo: Id, y puestos de pie en el templo, anunciad al pueblo todas las palabras de esta vida". Vemos aquí que los hombres que tienen autoridad no siempre han de ser obedecidos, aun cuando profesen ser maestros de la doctrina bíblica. Hay muchas personas hoy en día que se sienten agraviadas e indignadas de que alguna voz se levante para presentar ideas que difieran de las suyas con respecto a puntos definidos de creencias religiosas…

Pero vemos que el Dios del cielo a veces comisiona a los hombres a enseñar aquello que es considerado como contrario a las doctrinas establecidas… el Espíritu Santo, de cuando en cuando, revelará la verdad por medio de sus propios agentes escogidos; y ningún hombre, ni siquiera un sacerdote o gobernante, tiene el derecho de decir: Vosotros no daréis publicidad a vuestras opiniones, porque yo no creo en ellas. Ese pasmoso "yo" puede intentar derribar la enseñanza del Espíritu Santo. Los hombres pueden por un tiempo intentar aplastarla y matarla; pero esto no convertirá el error en verdad o la verdad en error (Testimonios para los ministros, p. 69,70).
Nótese la expresión "de cuando en cuando". Un verdadero seguidor de Cristo respetará la autoridad divinamente instituida. David se guardó de levantar su mano contra el rey Saúl, "el ungido del Señor", incluso conociendo que Saúl era un apóstata declarado. Elías fue leal y respetuoso con el rey Acab, lo que no le impidió ser franco con él. Jeremías respetó a los reyes Joacim y Sedecías, a pesar de la apostasía de ellos, y procuró lealmente ayudarles.

Ante la prueba, Jesús habló con consideración y franqueza al oficial que le abofeteó, y Pablo incluso se disculpó ante el sumo sacerdote. Ese "de cuando en cuando" debe humillar a todo aquel que imagine que el Señor le ha encomendado una obra especial. Como hizo Gedeón, debe poner una y otra vez el vellón de lana, para asegurarse de no estar corriendo por delante del ángel. Una persona reflexiva e informada será extremadamente cuidadosa y constante en la oración, antes de decir públicamente algo que no coincide con el deseo de los dirigentes.

Ahora bien, ese "de cuando en cuando" ha tenido una aplicación definida en la historia adventista:
Aun los adventistas del séptimo día están en peligro de cerrar sus ojos a la verdad tal como es en Jesús porque contradice algo que han dado por sentado como verdad, pero que, según lo enseña el Espíritu Santo, no es verdad…

Los hombres finitos deben cuidarse de tratar de controlar a sus semejantes, ocupando el lugar asignado al Espíritu Santo. No sientan los hombres que es su prerrogativa dar al mundo lo que ellos piensan que es la verdad, e impedir que se le dé algo contrario a sus ideas…

Es una ofensa para Dios que los hombres conserven vivo el espíritu que se desenfrenó en Minneapolis (Id., p. 70-76; 30 mayo 1896).
El Señor está dirigiendo a un pueblo, no meramente a unos pocos individuos. Es fácil para las personas inclinadas al celo exagerado, el imaginar que el Señor les ha comisionado a decir algo, pero puede no ser cierto. Jeremías advirtió en contra de los que corrían sin que el Señor los hubiese enviado (23:21-32). No obstante, nuestra historia nos advierte que no debemos seguir ciegamente a los dirigentes, en oposición a la clara dirección del Espíritu Santo. Escribió E. White:
Con frecuencia algunos de nuestros hermanos dirigentes se han colocado del lado equivocado; y si Dios mandase un mensaje y aguardase a que estos hermanos más antiguos preparasen su progreso, nunca llegaría a la gente (Obreros Evangélicos, p. 318).

Si el Señor les conserva la vida, y alimentan el mismo espíritu que señaló su conducta antes y después de la reunión de Minneapolis, llenarán también la medida de aquellos a quienes Cristo condenó cuando estaba en la tierra.

Los peligros de los últimos días están sobre nosotros. Satanás controla toda mente que no se halla en forma decidida bajo el gobierno del Espíritu de Dios. Algunos han estado cultivando odio contra los hombres a quienes Dios ha comisionado para presentar un mensaje especial al mundo. Comenzaron esta obra satánica en Minneapolis. Más tarde, cuando vieron y sintieron la demostración del Espíritu Santo que testificaba que el mensaje era de Dios, lo odiaron aún más, porque era un testimonio contra ellos. No quisieron humillar sus corazones para arrepentirse, para dar gloria a Dios y reivindicar la justicia. Continuaron con el mismo espíritu, llenos de envidia, de celos y de malas sospechas, como los judíos. Abrieron sus corazones al enemigo de Dios y del hombre. Sin embargo, estos hombres han estado ocupando puestos de confianza y han estado modelando la obra a su propia semejanza, hasta el punto en que les fue posible… (Testimonios para los ministros, p. 79,80).
Es muy razonable el preguntarse si acaso no podríamos hoy estar repitiendo una vez más la historia de 1888. La evidencia pesa a favor de que la triste historia tenga que repetirse, a menos que se de el arrepentimiento denominacional. Es un axioma aceptado, el que una nación que desconoce su historia está condenada a repetirla. Lo mismo se aplica a una iglesia. Pero los dirigentes pueden cambiar. Es posible aprender las lecciones.

Estamos sellando día tras día nuestro destino eterno por nuestra forma de reaccionar a la dirección del Espíritu Santo. Conociendo nuestra historia, si elegimos repetirla, nos declararemos con seguridad indignos de la vida eterna. Dios perdonó a la nación Judía por crucificar a Cristo. Pero no la perdonó cuando repitió ese pecado al rechazar a los apóstoles y apedrear a Esteban.

La pregunta importante es: ¿Está llamando Cristo mismo a los dirigentes de la iglesia al arrepentimiento? La respuesta se encuentra en Apocalipsis 3:19, donde el llamamiento a arrepentirse se dirige "al ángel de la iglesia de Laodicea" (v. 14). Si ese llamado es válido, las personas dispuestas en "la casa de David y los moradores de Jerusalem" lo reconocerán y lo afrontarán con valentía.

Hay evidencias que indican cierto progreso en la aceptación, entre los dirigentes, de los elementos esenciales del mensaje de 1888. Un ex presidente de la Asociación General sustentó firmemente los conceptos de 1888 sobre la justificación, en su presentación en la semana de oración, en noviembre de 1988. El libro del Dr. Wallencampf sobre la justificación (Review and Herald, capítulo 5) también toma la misma posición. Y su libro sobre la historia de 1888 está en armonía con los escritos de E. White sobre el particular. Son todos ellos signos por demás animadores.

Si un glaciar inmenso se desplaza una distancia tan exigua como cuatro o cinco centímetros, es posible que se desencadene la avalancha.

Hace unos años que la iglesia celebró el centenario de 1888. Ahora que el asunto ha pasado, ¿morirán de forma natural esos eventos? ¿No podemos olvidar 1888 y proyectarnos hacia el futuro?

El centenario de 1888 se caracterizó por un notable progreso hacia la realidad. Hoy en día se reconoce casi unánimemente, no solamente que el mensaje de 1888 fue el comienzo de la lluvia tardía y el fuerte clamor, sino también que los dirigentes se colocaron del lado equivocado. Tal reconocimiento significa una extraordinaria y nueva inflexión en la historia del adventismo del séptimo día.

Se ha dicho que es virtualmente imposible alcanzar la unidad denominacional sobre los temas relacionados con 1888. Pero la rapidez en la que el aspecto histórico se ha resuelto, fraguando en una visión que parecía imposible hace unos pocos años, para desembocar en un reconocimiento virtualmente unánime de los hechos, anima a creer que los aspectos restantes, todavía objeto de desacuerdo, pueden igualmente resolverse en un plazo mucho más breve del que imaginamos.

Queda un asunto capital por dilucidar: ¿Cuál fue el auténtico mensaje de 1888? El Espíritu Santo no nos permitirá evadir el deber de recuperarlo.

¿Se encuentra el mensaje en vías de recuperación?

No debería tomar demasiado tiempo el dilucidar de forma objetiva en qué consistió el mensaje. Los escritos publicados de Jones y Waggoner son fácilmente asequibles. Es imposible equivocar su significado.

Una parte cada vez mayor de la membresía ha captado ya una vislumbre de lo que constituye el mensaje, bien sea leyendo reediciones de las obras de los mensajeros de 1888, o mediante seminarios y conferencias al respecto.

El testimonio casi universal de quienes asistieron a tales encuentros indica que el mensaje llega como algo refrescantemente nuevo. 'Nunca había oído con anterioridad una presentación tan clara del evangelio'. '¿Por qué nadie nos habló antes de eso?', etc.

Hace un siglo, E. White declaró que "no hay ni uno entre cien que comprenda por sí mismo la verdad bíblica sobre este tema [la idea de 1888 sobre la justificación por la fe]… La gente no tiene una fe inteligente" (Review and Herald, 3 setiembre 1889). "Nuestras iglesias están muriendo por falta de enseñanza sobre el tema de la justicia por la fe en Cristo, y de verdades relacionadas" (Review and Herald, 25 marzo 1890). Cuando se comprende la realidad del mensaje de 1888, resulta claro que las declaraciones de E. White de 1889 siguen siendo hoy verdad actual. Son extremadamente pocos los que han comprendido el mensaje.

Pero hay buenas nuevas animadoras. Cuando se humilla el orgullo denominacional, resulta renovada la confianza en la misión y cumplimiento del cometido adventista del séptimo día.

Asistimos a todos los niveles de la iglesia a un reavivamiento del "adventismo histórico". ¿Consiste en eso el mensaje de 1888?

El mensaje de 1888 no es un mero reavivamiento del "adventismo histórico", ni es un nuevo tipo de legalismo. Los que rechazaron el mensaje en Minneapolis, hace más de cien años, eran todos "adventistas históricos". Si pudiésemos resucitar a nuestros más dinámicos predicadores de hace cincuenta o sesenta años, quienes eran igualmente "adventistas históricos", su predicación fenecería en medio de la atmósfera inmisericorde que caracteriza estos últimos días. Fue su predicación la que preparó el terreno para nuestra situación actual de confusión y pluralismo, ya que estaban en gran medida desprovistos de los conceptos singulares de buenas nuevas propios de 1888.

La razón es que, en esa misma medida, carecían de información fidedigna sobre las realidades del mensaje de 1888. En los años subsiguientes a la muerte de E. White (1915), debido a que Waggoner y Jones claudicaron, se extendió en la iglesia un profundo prejuicio contra su mensaje. Los conceptos prevalentes sobre el evangelio, en las décadas que siguieron, estuvieron condicionados por el entusiasmo que produjo el movimiento conocido como "La Vida Victoriosa", que infiltró el adventismo en los años veinte y treinta. Nuestros dirigentes denominacionales de esa época abrazaron públicamente esas ideas Evangélicas originadas en la Escuela Dominical "Times", asumiendo equivocadamente que consistía en lo mismo que el mensaje de 1888.

La "Vida Victoriosa" suena bien. ¿En qué consistía?

El tema era la victoria sobre el pecado, inspirando confianza en que el mensaje prepararía un pueblo para la venida del Señor. Fue una doctrina especialmente apetecible, en aquella era posterior a la primera guerra mundial (años 1920). Pero el "cómo" lograr esa victoria, exhibía un doloroso vacío.

Sinceramente desapercibidos en cuanto al contenido de las auténticas verdades del mensaje de 1888, nuestros hermanos dirigentes de esa época fueron incapaces de distinguir entre el artículo genuino y su falsificación. La cuestión que demanda ahora nuestra atención es si en algún momento, con posterioridad a esos años (década de los años 30) recuperamos los ingredientes espirituales perdidos del mensaje de 1888.

"La Vida Victoriosa" era el mismo mensaje proclamado por los Evangélicos en la primera y segunda décadas del siglo pasado. Su propósito era desarrollar la confianza en que uno es salvo, sin consideración alguna por la obediencia a todos los mandamientos de Dios. Su espíritu era manifiestamente ecuménico, compartiendo los conceptos esenciales del movimiento devocional conocido como "la vida interior", que ha florecido en tiempos recientes en la Iglesia Católica.

La pérdida más trágica suele ser precisamente aquella que pasa más desapercibida. Tal es el objeto del llamado de Cristo a Laodicea: "Y tú no sabes" que se ha perdido algo precioso (Apoc. 3:15-18). Ezequiel refiere el hecho dramático de que los sacerdotes que servían en el templo de Salomón en los días de Sedequías, no supieron cuándo se retiró del templo la presencia del Señor (capítulos 8 al 10).

El mensaje de los tres ángeles, desprovisto del mensaje del cuarto ángel, no puede iluminar la tierra con la gloria. Y cuando la historia demanda una respuesta a las generosas providencias de Dios, tal como sucedió en 1888, y el pueblo reacciona negativamente, el fermento resultante resulta en innumerables males. Así lo atestiguan miles de años de historia. También lo atestigua así la tragedia de más de cien años de nuestra historia reciente.

Notas:
Ver Joel 2:15-17
El Evangelismo, p. 141