Alumbrados por su gloria

Capítulo 8

Cuestiones sobre el mensaje y la organización de la iglesia

¿Tienen las publicaciones de 1888 la intención de competir con los libros y revistas denominacionales?

No. Alentamos sin cesar a las personas a permanecer bien informadas, mediante la lectura de la Revista Adventista y nuestra literatura denominacional, así como otra literatura publicada por adventistas del séptimo día leales, quienes ofrecen información que no está disponible en las publicaciones oficiales. Nosotros exponemos un mensaje que no se encuentra allí, procurando llenar un vacío que no se ha cubierto.

¿Resulta el mensaje de 1888 atractivo para los que son dados al fanatismo, el legalismo y la crítica?

Los que más se interesan por el mensaje no son "teólogos", ni aquellos inclinados a encontrar la causa que sea para "protestar". Es cierto que algunos fanáticos tratan de capitalizar el tema, e infiltrar en él un legalismo refinado. Pocos reconocerían abiertamente rechazar el mensaje de 1888. (1)

Personas dadas a la crítica y necesitadas de amor, sacan partido de hechos innegables en nuestra historia, a fin de condenar a los dirigentes. Pero no están interesados ciertamente en la gracia sobreabundante del mensaje de 1888, ni aprecian su significado.

De hecho, los que se tienen por "ultra conservadores", repudian –en ocasiones con grandilocuencia– los elementos esenciales del mensaje. En cierta ocasión, vinieron "unos de parte de Jacobo" para turbar a los Gálatas con su legalismo "cristiano" (Gál. 2:12). Aquellos cuyos corazones reciben con gozo el mensaje de 1888 son miembros laicos humildes deseosos de encontrarle significado al adventismo, así como pastores y dirigentes que buscan la bendición del Espíritu Santo.

Una gran proporción de la juventud suspira por un Cristo "cercano, a la mano" –no alejado–, capaz de salvar del pecado, no en el pecado. El enemigo de la justicia procuró traer el fanatismo hace un siglo, pero E. White comparó los reavivamientos de 1888 a 1891 con el "clamor de media noche" de 1844, momento en el que afirmó que el fanatismo se desvaneció como la niebla ante el sol matinal.

Desgraciadamente, tras la Asamblea de la Asociación General de 1893, se introdujo la confusión. Cuando el pueblo se dio cuenta finalmente de la dureza de la oposición al mensaje, quedaron perplejos y confusos, sin saber qué hacer. Solamente entonces comenzó a darse cierto fanatismo. El apoyo franco de parte de la Asociación General habría traído el tipo de unidad que mantiene alejado al fanatismo. También en nuestros días, la aceptación sincera e inequívoca del mensaje de la justicia de Cristo cortaría de raíz el fanatismo. El evangelio no producirá jamás fanatismo. La oposición al evangelio sí que lo produce.

¿Acepta el "Comité para el estudio del mensaje de 1888" donaciones en competencia con la obra denominacional regular?

No. De ninguna forma es nuestra intención el debilitar el soporte a nuestra obra denominacional. Insistimos explícitamente en que no aceptamos diezmos, y urgimos a los miembros a que apoyen en todo respecto a la iglesia, según las líneas regulares. La obra mundial de proclamar el mensaje del tercer ángel en verdad, iluminar toda la tierra con la gloria del mensaje final, está más allá de la capacidad de un segmento, sea cual sea, de la iglesia.

En sus días, E. White dio apoyo a lo que hoy llamaríamos "ministerios de sostén propio" leales, no controlados por la Asociación. Uno de ellos fue Madison School. Ella estaba al corriente de la oposición "oficial" al proyecto, oposición que manifestó no estar inspirada por el Espíritu Santo. Los obreros de Madison "no debían ser abandonados a luchar con la incomprensión y la falta de ayuda". "Que nadie pronuncie palabras que tiendan a restarle mérito a su obra". "Nunca, nunca se digan palabras que aumenten la pesadez de la carga".

A un dirigente que estaba inclinado a ponerles impedimentos, le dirigió estas palabras: "Es su privilegio,… y el de aquellos con amplia influencia en la obra, hacer comprender a esos hermanos que cuentan con su confianza y ánimo en la obra que están valientemente llevando a cabo". "Seamos cuidadosos, hermanos, no vaya a ser que estemos contrarrestando e impidiendo el progreso de otros, y dilatando de ese modo el avance del mensaje del evangelio. Se ha obrado así, y ese es el motivo por el que me veo ahora compelida a hablar con tal llaneza… El Señor no pone límites a sus obreros en ciertas líneas, tal como los hombres están inclinados a hacer… Se han retirado medios [financieros]… debido a que [la obra] no estaba bajo el control de la Asociación" (citado en The Value of Organization, de C.C. Crisler, secretario personal de E. White, Elmshaven Press, 1914).

¿Se opuso E. White a los ministerios "irregulares", o los apoyó?

En contra de los deseos de ciertos dirigentes de la Asociación, dijo: "Se debe animar a los hermanos Sutherland y Magan a que soliciten medios para el soporte de su obra" (Special Testimonies, Series B, No. 11, p. 10,17,19-21,36). "Muchos debieran estar en la obra, en las llamadas 'líneas irregulares'. Si un centenar de obreros abandonasen las 'líneas regulares', para dedicarse a la obra sacrificial,… las almas serían ganadas para el Señor" (Carta J109, 1901).

¿Deberían confinarse todas las publicaciones a Review and Herald, Pacific Press, etc?

Si bien apoyando firmemente la organización de la iglesia, según la estableció el Señor, Crisler citó ampliamente a E. White, en apoyo de ministerios independientes que el Señor motiva a que la gente ponga en marcha, de forma inesperada. Nos informa que escribió en estos términos "a un presidente de la Asociación en el Sur, que veía en la obra misionera de sostén propio algo irregular":

Cristo acepta y está en comunión con los más humildes. No acepta a los hombres debido a sus capacidades o elocuencia, sino porque ellos buscan su rostro, deseosos de su ayuda. Su Espíritu, motivando el corazón, pone toda facultad en acción decidida. En estos hombres así desprovistos de pretensiones, el Señor ve el más precioso material, que resistirá la tormenta y la tempestad, el calor y la presión. Dios no ve como el hombre. Él no juzga por las apariencias: Escudriña el corazón y juzga con justicia.

¿Quién le envió a un campo en el que se había hecho una buena obra, para que muestre su celo haciéndola añicos? ¿En eso consiste el trabajar en líneas regulares? Si es así, ha llegado el tiempo de que trabajemos en las irregulares. Dios está descontento con su obra.

Hay hombres que se consagrarán y consumirán en la ganancia de almas. En obediencia a la gran comisión, muchos irán a trabajar por el Maestro. Bajo la ministración de los ángeles, hombres comunes serán motivados por el Espíritu de Dios e irán a advertir a la gente en las avenidas y en los caminos. Se los debe fortalecer y animar, y disponerlos para la labor tan pronto como sea posible, a fin de que el éxito pueda coronar sus esfuerzos. Están en armonía con instrumentos invisibles, celestiales. Son obreros juntamente con Dios, y sus hermanos debieran estrechar con ellos los lazos, y orar por ellos mientras que estos trabajan en el nombre de Cristo.

Nadie tiene autorización para obstaculizar a esos obreros. Se los debiera tratar con el máximo respeto. Nadie debiera dirigirles una palabra provocadora, mientras siembran la semilla del evangelio en los terrenos difíciles.

Cristo asistirá a tales obreros. Los ángeles del cielo responderán a los esfuerzos hechos con sacrificio. Por el poder del Espíritu Santo, Jesús motivará los corazones. Dios obrará milagros en la conversión de los pecadores. Los obreros se llenarán de gozo al ver a las almas convertidas. Se ganarán hombres y mujeres a la membresía de la iglesia… Sus oraciones perseverantes traerán almas a la cruz…

Hermano ________, debiera haber muchos en la obra, según las líneas que en su juicio usted califica de "irregulares". ¿Piensa que sus críticas son el fruto del Espíritu Santo?… (p. 12-14).
E. White pudo haber publicado en Review and Herald o en Pacific Press El Camino a Cristo. Sin embargo, acudió a una publicadora no adventista, para editarlo en 1892.

Pero en esas citas E. White se está refiriendo a la obra evangelística de sostén propio, en favor de los no adventistas.

Era el plan de Dios que el mensaje de la justicia de Cristo se llevase a la iglesia y al mundo (Testimonios para los Ministros, p. 91-93; Mensajes Selectos, vol. I, p. 276). El reavivamiento, la reforma y el arrepentimiento son esenciales para la iglesia, antes de que la luz del cuarto ángel pueda iluminar efectivamente toda la tierra.

Por lo tanto, en la providencia de Dios, el mensaje de la gracia sobreabundante que E. White calificó como "el comienzo" de la lluvia tardía, debe ir primeramente a la iglesia. Una obra tal es el más puro evangelismo ganador de almas.

Mientras tanto, el mensaje recupera a miembros de iglesia que habían caído en el desánimo y se habían alejado, así como a no adventistas. Los responsables de las iglesias pueden gozarse con los nuevos conversos, los miembros recuperados, y la afluencia incrementada de recursos materiales de la que gozará la tesorería de iglesia como consecuencia del reavivamiento producido por el mensaje de 1888.

Crisler citó otra carta que E. White dirigió "a un dirigente de la Asociación General" en 1901:
Tan a menudo se suscitan las mismas viejas dificultades en relación con causar problemas a las "líneas regulares"… ¿Cuántos años más tendrán que pasar antes de que nuestros hermanos reciban una percepción clara y certera, que llame mal al mal y bien al bien? ¿Cuándo dejarán los hombres de depender de la misma rutina que ha dejado tanta obra pendiente de realizar, que ha dejado tantos campos sin trabajar? ¿No es suficiente la actual presentación, para que los hombres vean que es necesario un reavivamiento, y que es esencial una reforma? Si no es así, de nada sirve que repita las mismas cosas una y otra vez… Si podemos salirnos de las líneas regulares hacia algo que, aunque irregular, esté en el orden de Dios, podrá cortar el algo de la obra irregular que se ha desviado de los principios bíblicos.

Los principios de Dios son los únicos que podemos seguir con seguridad. El fariseísmo estaba lleno de líneas regulares, pero tan pervertidos estaban los principios de justicia, que Dios declaró: "Así se retiró el derecho, y se alejó la justicia; porque la verdad tropezó en la plaza, y la equidad no pudo venir. La verdad fue detenida, y el que se apartó del mal fue apresado" ¡Cuán ciertas han resultado ser esas palabras!…

Es tan difícil hoy romper con las líneas regulares, como lo fue en los días de Cristo (p. 15,16).


¿Es posible que el Espíritu Santo haya movido corazones de hombres, mujeres y jóvenes, para que apoyen y proclamen el mensaje de 1888 de la justicia de Cristo?

No nos atreveríamos a decir que es imposible que el Espíritu Santo haga eso. Tampoco sostendrá nadie la arrogante y orgullosa pretensión de ser guiado por el Espíritu Santo. "El que piensa estar firme, mire no caiga". En los días finales de la historia de la tierra, todo hijo de Dios debe andar humildemente con el Señor, buscando su conducción a cada paso.

Clarence Crisler resume el consejo de E. White en "una carta dirigida al presidente de la Asociación General en 1901", diciendo:
Se establece el principio de que cuando las agencias señaladas en la iglesia dejan de hacer una obra que de alguna forma debiera hacerse, está en armonía con la voluntad de Dios que tal obra sea desempeñada por individuos impresionados por el Espíritu Santo a tal efecto (p. 16)
Los principios son eternos. La aplicación de los principios depende de las circunstancias. Sabemos con seguridad que el Espíritu Santo está hoy activo, y opera mediante diversas agencias a fin de traer el reavivamiento, reforma y arrepentimiento a la Iglesia Adventista del Séptimo Día, y prepararla para que ilumine el mundo.

Corresponde a todo miembro de la iglesia el corroborar que está cooperando con el Espíritu Santo, y que no se opone a él como lo hicieron nuestros dirigentes hace más de cien años. Estuvieron inclinados nuevamente a hacer eso mismo cuando E. White –a principios de siglo– escribió sus fervientes llamamientos en relación con el fracaso de las "líneas regulares".

Debemos asimismo dar oído al consejo que, según refiere Clarence Crisler, dio E. White al advertir contra "movimientos violentos… e independencia de espíritu" (p. 17). El Señor no motiva a uno o dos solamente, sino a toda una iglesia mundial.

La obra de "Elías" para hoy no estará limitada a uno o dos individuos actuando como quieran, sin buscar el consejo de otros obreros responsables. Todos los que quieran obrar deben consultar con aquellos que tienen una comprensión inteligente de lo que es necesario llevar a cabo. Nunca fue tan imprescindible como ahora el desconfiar del yo, y procurar fervientemente consejo una y otra vez, a fin de conocer con seguridad cuál es el deber de cada uno. "Todos vosotros sois hermanos", dice el Señor.

¿Hay tal necesidad del mensaje de 1888 como para asumir la oposición que suscita?

El propio mundo está en una condición espantosa. Cualquier periódico o servicio de noticias nos lo recordará. Los terribles problemas que afligen al África, América Central y del Sur, Oriente Medio, Rusia, Asia, India, Estados Unidos, etc, son el resultado de una gran hambre de oír la palabra del Señor, el puro evangelio de Cristo como "mensaje del tercer ángel en verdad".

Aunque haya muchos hombres y mujeres devotos entre sus dirigentes y resto de miembros, la Iglesia Católica Romana no está presentando el mensaje en su pureza. Tampoco lo hacen las Iglesias Protestantes y Evangélicas, por más sinceras y consagradas que sean.

Asimismo, la comprensión previa a 1888 –o ajena a 1888– del "mensaje del tercer ángel" adolece de la claridad necesaria para alumbrar la tierra con la gloria del cuarto ángel de Apocalipsis 18. Seríamos desleales a nuestro deber, indignos de las bendiciones de la gracia de Dios, si no hiciésemos todo lo que esté a nuestro alcance para apoyar el mensaje que la inspiración estableció como el "comienzo" de esa luz del cuarto ángel.

El Señor encomendó ese mensaje a la Iglesia Adventista del Séptimo Día hace más de cien años, y "encargó" que se lo llevara al mundo. Nuestra necesidad actual es la de un reavivamiento, reforma y arrepentimiento en el seno de la iglesia, a fin de que estemos en disposición de proclamar claramente el mensaje al propio mundo. La proclamación del evangelio es siempre una obra constructiva, de edificación, gozosa, que trae unidad, caracterizada por una influencia sanadora.

Las "27 creencias de los adventistas del séptimo día," votadas en una sesión de la Asociación General como nuestro virtual "credo", no dicen nada acerca del mensaje de 1888. No se definen en cuanto a la naturaleza humana de Cristo, ni en cuanto a la justicia por la fe en el marco del tiempo del fin. ¿Qué lugar tiene entonces el mensaje de 1888?

Algunos han concluido que, puesto que el mensaje de 1888 es causante de controversia y no ha sido nunca aceptado por la dirección oficial de la iglesia, no debería presentárselo a la iglesia ni al mundo.

Por descontado, es muy cierto –y así lo reconocen hoy los dirigentes– que el mensaje no fue aceptado por la dirección de la iglesia hace un siglo. Podemos añadir que en ningún momento subsiguiente se lo ha aceptado. En particular, tres de sus elementos más esenciales han sido calificados de asuntos controvertidos, hasta el punto de haber impuesto silencio al respecto: (1) La naturaleza humana de Cristo; (2) La naturaleza del pecado; (3) La justicia por la fe en el marco del tiempo del fin (An Appeal for Unity, 1989, General Conference, p. 5).

¿No hay que predicar nada que no esté contenido en "Las 27 creencias"? Nada encontramos allí sobre la oración. ¿Jamás debiéramos predicar sobre ella?

Alguien podrá aducir que es permisible predicar sobre la oración aunque no sea ninguna de las 27 creencias, debido a que no causa ninguna controversia, y a que E. White la presentó en el capítulo "¿Puede el hombre comunicarse con la Divinidad?" de El Camino a Cristo. ¡Pero E. White escribió posiblemente mucho más sobre 1888 (1812 páginas) que sobre la oración! Declaró que Dios "ordenó" expresamente que el mensaje de 1888 "fuera dado al mundo" (Testimonios para los ministros, p. 92).

La experiencia de unos cuantos años demuestra que cuando se permite la presentación del auténtico mensaje de 1888, la controversia desaparece virtualmente. Una convicción sobria y solemne de que el mensaje es verdad bíblica, se arraiga en las congregaciones que acuden a ver y oír la presentación del mismo. La oposición se desvanece.

Pero incluso en las raras ocasiones en las que algunos pretendan oponerse al mensaje mediante la controversia, se nos dice que de acuerdo con la providencia de Dios, tal cosa no debe tomarse por excusa para silenciar el mensaje. Hablando en el contexto directo del mensaje de 1888, E. White escribió:
El hecho de que no haya controversia ni agitación entre el pueblo de Dios, no debe ser considerado como prueba concluyente de que se está reteniendo la sana doctrina. Hay razones para temer que no esté discerniendo claramente entre la verdad y el error. Cuando no se levanten nuevas preguntas por la investigación de las Escrituras, cuando no se presente ninguna diferencia de opinión por la cual los hombre se pondrían a escudriñar la Biblia por sí mismos para asegurarse de que poseen la verdad, serán muchos los que hoy, como en los tiempos antiguos, se aferrarán a la tradición, y adorarán lo que no conocen…

Nuestros hermanos deben estar dispuestos a estudiar con sinceridad todo punto de controversia… Nunca debemos permitir que se manifieste en nosotros el espíritu que alistó a los sacerdotes y príncipes contra el Redentor del mundo. Ellos se quejaban de que él perturbaba al pueblo, y deseaban que lo hubiese dejado en paz, porque causaba perplejidad y disensión (Obreros evangélicos, p. 313; 316,317)
Los hermanos de la Asociación General y de la Review and Herald de hace un siglo rechazaron el mensaje porque pensaron que no estaba incluido en lo que ellos consideraban que debían ser sus "creencias fundamentales". E. White los reprendió, afirmando que el mensaje de 1888 es "el mensaje del tercer ángel en verdad" (Review and Herald, 1 abril 1890). Si ese mensaje es lo que ella declaró: el "comienzo" del fuerte clamor de Apocalipsis 18, en toda lógica debe aún hoy formar parte de las "27 creencias fundamentales" en verdad.

¿Por qué afirman que la Iglesia Adventista del Séptimo Día nunca se convertirá en Babilonia?

La Iglesia Adventista del Séptimo Día triunfará, se arrepentirá, rehusará aceptar la marca de la bestia, puesto que el honor y la vindicación de Cristo requieren que su "cuerpo" le responda positivamente. Y Apocalipsis declara que su "esposa" se habrá por fin "aparejado", para que verdaderamente se produzcan las "bodas del Cordero" (19:6,7).

Es cierto que en toda la historia pasada el pueblo organizado de Dios frecuentemente ha fracasado. Los Judíos fueron finalmente rechazados como pueblo, la iglesia cristiana a lo largo de la historia se ha caracterizado por la apostasía, y la iglesia actual tiene serios problemas que afrontar. Pero eso no indica que tenga que fracasar al fin.

El asunto importante no es la salvación de nuestras pobres almas, sino el honor y la vindicación del Hijo de Dios, quien dio su sangre por la salvación de la iglesia. No murió en vano, sino que verá del trabajo de su alma, y será saciado.

Eso no equivale a decir que todo miembro de la iglesia, ni que todo dirigente vaya automáticamente a triunfar. Habrá un gran zarandeo, y vendrán juicios de Dios. Allí donde hoy vemos campos de rico grano, el juicio revelará la existencia de paja (Testimonies vol. V, p. 81). ¡Pero también habrá grano auténtico!

En la Escritura y en los escritos de E. White hay evidencia abundante de que aquellos que sean finalmente zarandeados y abandonen la iglesia, serán los desleales. La evidencia inspirada no indica que los leales corran tal suerte (Isa. 17:6,7).

Lo que explica la diferencia es la purificación del santuario; algo que no se ha dado jamás en toda la historia del pasado. Eso incluye el impartir al pueblo de Dios una nueva motivación que no ha aceptado plenamente la iglesia corporativa en la historia precedente: la preocupación por Cristo, como una verdadera esposa se preocupa por su marido. No se tratará de una mera preocupación egocéntrica.

Es muy cierto que sin esa motivación refrescantemente diferente, le sería imposible vencer. De ahí la necesidad de una "expiación final", una reconciliación final con Cristo. Y eso implica el mensaje de 1888 de la justicia de Cristo. De otra forma no puede prevalecer esa motivación verdaderamente centrada en Cristo. La mera preocupación por la seguridad personal no preparará jamás a un pueblo para enfrentar la prueba de la marca de la bestia.

¿Cómo pueden nuestros dirigentes de hoy arrepentirse por algo que protagonizaron los dirigentes de hace más de cien años?

Es preciso recordar que el arrepentimiento es un don que el Señor concede; no es algo que parta de nuestra iniciativa (Hech. 5:31). Nuestro Señor llama al arrepentimiento "al ángel de la iglesia en Laodicea" (Apoc. 3:19). Cuando ejercemos la fe, sus mandatos vienen a ser habilitaciones. Por lo tanto, tiene que haber una forma en la que responder a su llamamiento.

El arrepentimiento sincero es un don del Espíritu Santo; debemos permitirle que lleve a su pueblo a esa experiencia, de la forma que él ha designado. Lo que es importante es que dejemos de obstaculizarlo, y le permitamos impartir el don. La tan extendida duda en cuanto a que vaya a traer ese don, constituye un auténtico obstáculo.

El corazón del pueblo de Dios es básicamente sincero; cuando conozca la verdad, responderá. La publicación de los cuatro volúmenes The Ellen G. White 1888 Materials es un paso en la buena dirección. Por fin se le permite hablar sin trabas ni obstáculos. Los sinceros reconocimientos de la verdad sobre la historia de 1888, en el artículo del Dr. Robert Olson (Ministry, febrero 1988) significan la primera vez en décadas, en que eso se ha publicado de forma franca y abierta. El Señor obrará. Nos encontramos verdaderamente ante los acontecimientos finales de la gran confrontación.

¿Es posible que seres humanos pecaminosos como nosotros podamos jugar una parte en la vindicación de Cristo en la crisis final?

Podemos ciertamente deshonrarle:
Revelad a Cristo como él es… Su gloria es disminuida por sus seguidores profesos, porque prefieren las cosas terrenas, son desobedientes, desagradecidos e impíos. Cuán vergonzosamente se mantiene a Jesús en la retaguardia. Su misericordia, su paciencia y su amor incomparable quedan velados, y su honor es anublado por la perversidad de sus seguidores profesos (A fin de conocerle, p. 347).
Si el pueblo de Dios puede deshonrarlo, ¿no se deduce acaso que al recibir su don del arrepentimiento pueda honrarlo?
Entonces vendrá el fin. Dios vindicará su ley [no solamente la vindicó] y librará a su pueblo…

…cuando la gran controversia termine. Entonces, habiendo sido completado el plan de la redención, el carácter de Dios quedará revelado a todos los seres creados… Entonces el exterminio del pecado vindicará el amor de Dios y rehabilitará su honor delante de un universo de seres que se deleitarán en hacer su voluntad y en cuyo corazón estará su ley (El Deseado, p. 712,713).
Si bien la cruz "vindicó" ciertamente la ley de Dios y reveló su carácter, esa vindicación y revelación no será completa hasta el final de la controversia.

La Biblia deja claro que finalmente el pueblo de Dios compartirá con Cristo el privilegio de vencer a Satanás en la gran controversia:
Y ellos le han vencido [a Satanás] por la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos (Apoc. 12:11)

En unión con él, en quien también hemos tenido suerte, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que efectúa todas las cosas según el designio de su voluntad, a fin de que seamos para alabanza de su gloria (Efe. 1:11,12).

Para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales (Efe. 3:10).


¿Cómo puede hacer eso la iglesia?

Hay una respuesta:
La iglesia dotada con la justicia de Cristo es su depositaria; en ella han de mostrarse en su dimensión plena y final las riquezas de su misericordia, su amor y gracia… Cristo ve en la pureza y perfección inmaculadas de su pueblo, la recompensa de todos sus sufrimientos, su humillación, su amor, y la corona de su gloria (General Conference Bulletin, 1893, p. 409).

La iglesia es la depositaria de las riquezas de la gracia de Cristo; mediante la iglesia se dará a conocer finalmente, incluso a los principados y potestades en los lugares celestiales, la manifestación plena y final del amor de Dios (Youth Instructor, 13 julio 1893).
Aunque la cruz fue una manifestación perfecta del amor de Dios, resta aún algo para que tal manifestación sea "plena y final". Aun siendo completa en la cruz, de acuerdo con 1ª de Juan 4:12, de alguna forma trascendente su amor debe ser "perfeccionado en nosotros".
El Señor ha enviado a nuestro mundo un mensaje de advertencia, los mensajes de los tres ángeles. Todo el cielo está esperando ver cómo vindicamos la ley de Dios, declarándola santa, justa y buena. ¿Dónde están los que han de realizar esta obra? (Review and Herald, 16 abril 1901).


¿Qué significado tiene "vindicar su ley"?

"Cristo representó ese carácter [el carácter de Dios] al vivir su ley, vindicándola de esa manera" (Review and Herald, 23 enero 1900). Su pueblo tiene también un importante papel a cumplir. El pueblo de Dios no es como un hormiguero que cabalga sobre un tronco de árbol flotando en un río, sin nada que hacer, excepto dejarse arrastrar por la corriente. Dios ha honrado a su pueblo con una responsabilidad.
El Salvador vino para glorificar al Padre demostrando su amor; así el Espíritu iba a glorificar a Cristo revelando su gracia al mundo. La misma imagen de Dios se ha de reproducir en la humanidad. El honor de Dios, el honor de Cristo, están comprometidos en la perfección del carácter de su pueblo (El Deseado, p. 625).

Satanás está presto a mofarse de Cristo y sus ángeles con insultos, diciendo: "¡Son míos!, ¡son míos! He preparado mi engaño para ellos. Tu sangre es aquí inútil. Pueden cesar igualmente tus intercesiones y poder y maravillosas obras; ¡Los tengo!, ¡son míos! (Testimonies, vol. II, p. 143).
Obsérvese que Satanás tilda de "inútil" el sacrificio de Cristo cuando el pueblo de Dios fracasa en demostrar su eficacia. "La obra de Cristo y la de todos los que llevan su nombre consiste en refutar las acusaciones de Satanás" (La Educación, p. 154). "Si fuesen reconocidos indignos de perdón [sus hijos] y hubiesen de perder la vida a causa de sus propios defectos de carácter, entonces el santo nombre de Dios sería vituperado" (El Conflicto, p. 677).

"El oprobio que ocasiona el pecado del discípulo recae sobre Cristo. Hace triunfar a Satanás" (El Deseado, p. 751). "Nuestro Señor queda avergonzado por aquellos que aseveran servirle, pero representan falsamente su carácter" (Id, p. 406). Si podemos vituperar "el santo nombre de Dios", ¿no podremos acaso honrar su nombre?

Supongamos que todo el pueblo de Dios fracasara en la crisis final. ¿Haría eso "triunfar a Satanás"?
La iglesia debe llevar, en su nombre, a una perfección gloriosa la obra que él ha comenzado (E.G.W. Comentario Bíblico Adventista, vol. V, p. 1119).

El Señor Jesucristo vino para luchar con Satanás por haber usurpado los reinos del mundo. El conflicto no ha terminado todavía; y a medida que nos acercamos a la terminación del tiempo, la batalla crece en intensidad… Cristo será representado en la persona de los que acepten la verdad y que identifiquen sus intereses con los de su Señor [como lo hace una esposa con su marido] (Id, p. 1080,1081; ver también Signs of the Times, 7 setiembre 1891).
Antes que la embarcación llegue al seguro puerto, debemos esperar que vengan tempestades. Pero el Capitán está al timón. No permitirá que su barco quede encomendado a aquellos que no harían más que destruirlo. Nos llegan Buenas Nuevas del cielo.

Creámoslas.

Notas:
Todos los que lo rechazaron en Minneapolis, afirmaban creer y aceptar la "justificación por la fe".

Ver, por ejemplo: "El Señor obrará de tal manera que los desconformes se separarán de los fieles", Maranatha, p. 198; Isa. 49:17,19.