Desencallando

Capítulo 4

Cómo amar, cuando amar parece imposible

"¡Ha logrado matar todo el amor que le tenía!" "Me siento incapaz de dedicarle sentimiento alguno; sencillamente soy incapaz de amarle".

Expresiones tristes como esas, caracterizadas por el oscuro tinte de la fatalidad, parecerían hacer innecesario el resto de este capítulo. ¿Para qué esperar que vuelva a la vida algo que murió ya?

Pero ¿es realmente imposible que reviva lo que murió?

Los griegos y romanos de antaño imaginaban el amor sexual como un dios que disparaba flechas de pasión y "mataba" a sus víctimas, quienes no podían evitar enamorarse. Desde el siglo primero antes de Cristo, los romanos han venido representando a Cupido en pinturas y estatuas, inmortalizando sus irresistibles conquistas. De resultar alcanzado por una de sus flechas, nada podías hacer por evitar el seguro resultado.

Aunque aparentemente mucho más sofisticados, los seres humanos de hoy día tendemos a pensar en términos muy parecidos. Solemos ver en el enamoramiento una fatalidad tan inevitable como el atrapar un resfriado de vez en cuando. El equivalente griego a Cupido era Eros, hijo de la diosa Venus. Para los helenistas, el amor sexual era un dios; ¿cómo podía un simple mortal oponerse al designio de un dios?

La misma idea impregna el pensar musulmán. A la mujer se le exige una modestia extremada, debido a que se asume que la contemplación de la forma femenina, o la exhibición de parte de su cuerpo, despertará indefectiblemente una pasión incontrolable en el hombre, que a su vez será irresistible para la mujer. Les resulta casi inconcebible que un hombre y una mujer, dejados solos, no terminen sexualmente implicados. Como en la antigua Grecia o Roma, la pasión sexual se considera "divina" en el sentido de que si te alcanzó Cupido, es inútil resistir. La elección o voluntad de uno no tienen lugar alguno en un "amor" como ese.

El corolario es que, dado que careces de control alguno en el proceso del enamoramiento, careces igualmente de control en el proceso inverso (el des-enamoramiento). Es la otra cara de la moneda de Cupido, y el principio que subyace en los matrimonios quebrantados. Pero ¿es el "amor" de Cupido el amo y dictador de nuestras almas, de forma que no somos más que esclavos de sus órdenes de amar, o de no amar?

La noción bíblica de amor es marcadamente diferente. La Biblia presenta el amor como un principio. Se lo puede someter a la voluntad, o controlar, en la medida en que el Espíritu Santo de Dios alumbra a aquel que cree en el Salvador. Cupido puede lanzar su flecha, esperando que uno sucumba al encaprichamiento de un amor ilícito que lo llevará a la ruina, pero la Biblia nos enseña que podemos decir NO a ese tipo de impulsos. Cupido puede muy bien disparar su flecha una vez que te has casado, y hacerte creer que es inevitable que te enamores de alguien que no es tu esposo o esposa. Los paganos creían que un encaprichamiento como ese tenía origen divino, y por lo tanto justificaba la disolución de un matrimonio previo. Pero el verdadero cristiano comprende que tanto él como ella pueden elegir libremente negar esa invitación a la infidelidad, y vencerla mediante el poder divino.

Escribió el apóstol inspirado: "La gracia de Dios se ha manifestado para salvación a toda la humanidad, y nos enseña que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, mientras aguardamos la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo. Él se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda maldad" (Tito 2:11-14).

El negarse continuamente a caer en la tentación, ¿es una forma miserable de vivir? No: es la única forma de vivir felizmente. No se trata de apretar los dientes y forzarte a decir NO a las tentaciones al amor ilícito. La Biblia especifica que la gracia de Dios "nos enseña" a resistir la tentación. Dejamos de ser esclavos de la pasión. En Cristo somos hombres y mujeres libres, disfrutando de nuevo del don de Dios de ser dueños para elegir, permitiendo que nuestras emociones y caprichos estén bajo su control. Si podemos decir NO a un amor ilícito, hemos ganado la victoria sobre la tentación. Poco puedes imaginar cómo te alegrarás cuando descubras que resultaste liberado de una trampa que no habría significado mas que tu propia fosa.

Pues bien: si es posible decir NO a un amor ilícito, ¿no será posible decir SÍ a un amor que sabes que es honroso y apropiado, un amor que Dios te ha encargado que alimentes y cuides, aunque por el momento tu sentimiento vaya en dirección contraria?

Cupido nada tiene que ver con Dios. Cuando tomas el compromiso de amar, honrar y cuidar al (o a la) que será tu esposo (o esposa) hasta que la muerte os separe, Dios espera que ames a tu pareja, y que seas feliz en ello. Naturalmente, es posible que tu pareja falte al espíritu –y a la letra- de ese compromiso, pero eso no te excusa de cumplir tu parte. De no ser así, el plan de Dios para el matrimonio sería una ruina segura.

Y ahora podemos redactar así la pregunta: ¿es posible amar a un esposo o esposa a quien sientes que no puedes amar?

La práctica totalidad de los lenguajes modernos tienen una sola palabra para expresar la noción de amor. El griego, lenguaje en el que se escribió el Nuevo Testamento, tenía al menos tres palabras para expresarlo en sus diferentes acepciones: eros, philos y ágape. Eros era el equivalente griego de Cupido, el dios de la pasión, el "amor" que depende de la belleza o bondad del objeto amado. Ese es el "equipo" con el que todos nacemos. Los paganos de antaño asumían que el eros era divino, puesto que era una misteriosa emoción que parecía arrastrar como una marea incontenible para cualquier barrera humana. Philos es un nivel inferior de amor, algo así como el afecto o la afición que tenemos por la música, el arte, etc.

Los apóstoles no dijeron jamás que Dios es eros. Juan escribió: "Dios es ágape" (1 Juan 4:8). Ese tipo de amor es un principio, no una pasión. Es libre y soberano, no depende de la bondad o belleza de su objeto. Por lo tanto, es capaz de amar a quien carece de belleza, y también al que es indigno de ese amor. "Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno tuviera el valor de morir por el bueno [sería la forma más elevada de eros]. Pero Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros... siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo" (Rom. 5:7-10).

En contraste con el amor eros y philos, que dependen del valor de su objeto, el ágape es el tipo de amor que crea valor en el objeto amado. No tienes que "purificarte" antes de poder tener la seguridad de que Dios te acepta. Su amor te crea de nuevo, te hace algo tan precioso como el propio Hijo de Dios que se dio para tu redención.

El amor eros busca instintivamente poseer, mientras que el ágape es un amor que da, más bien que tomar o esperar recibir alguna cosa a cambio. Así, nuestro amor humano busca el placer para sí mismo, mientras que el ágape procura el bienestar de los demás. El amor humano está siempre ávido de recompensa; el ágape está dispuesto a prescindir generosamente de ella.

El ágape es un amor que los seres humanos no podemos generar por nosotros mismos. Es ajeno a nuestro planeta, y ha de ser "importado". Ese amor incomparable es la revelación suprema del carácter de Dios, tal como quedó demostrado en Cristo: "El amor [original: ágape] es de Dios. Todo aquel que ama [ágape] es nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama [ágape] no ha conocido a Dios, porque Dios es amor [ágape]... En esto consiste el amor [ágape]: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados... Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor se ha perfeccionado en nosotros" (1 Juan 4:7-12).

Si un matrimonio está basado solamente sobre el amor eros, está cautivo de los antojos y caprichos de Cupido. A sus órdenes, dejas de amar con la misma facilidad con que te enamoraste. Pero el amor ágape que Cristo da, estabiliza nuestro amor humano. Leemos que el ágape "nunca deja de ser" (1 Cor. 13:8), pero los restos de naufragios que pueblan las playas de nuestros matrimonios testifican de que nuestro amor humano, demasiado frecuentemente dejó de ser.

Dios desea que tu matrimonio sea feliz. Es posible introducir el ágape en tu amor conyugal, que adquiere así una grandeza antes desconocida. El mandato del Señor, "Maridos, amad a vuestras mujeres" (Col. 3:19), se escribió empleando una forma verbal del ágape. El amor de una esposa debe ser igualmente enriquecido por ese ágape de origen celestial. Lo anterior puede parecernos imposible, a menos que afrontemos humildemente la realidad. Hemos de permitir que el don nos sea concedido de "arriba". El apóstol exhortó: "Sed bondadosos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como también Dios os perdonó a vosotros en Cristo. Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor [ágape], como también Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros" (Efe. 4:31 y 32; 5: 1 y 2). El cómo lograrlo está contenido en esta expresión: "como también Cristo nos amó". Apreciar su amor significa que comprendemos que estaríamos en nuestras tumbas, si él no hubiera muerto por nosotros. Debemos hasta nuestra vida física actual a su sacrificio por nosotros, sea o no que lo comprendamos o lo creamos. Todos están infinita y eternamente en deuda con su Salvador; hasta el sol brilla y la lluvia cae, por virtud de su sacrificio. Cada pan lleva la estampa de esa cruz, y cada manantial la refleja. Esa es la lección que enseña la Cena del Señor.

Al aceptar ese amor sublime, comienzan a suceder cosas. Cuando nos hacemos conscientes -aunque sea en muy escasa medida- de nuestra debilidad y de lo insufribles que somos, de cuán indignos somos de haber recibido esa gracia mediante la cual "Dios os perdonó a vosotros en Cristo", inmediatamente se hace infinitamente más fácil ser "bondadosos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros". Como la primavera en el desierto azotado por la sequía, que comienza de nuevo a recibir la vivificante agua de la estación lluviosa, profundas emociones que habían dormido "secas" en alguna misteriosa cámara del corazón entenebrecido, comienzan a despertar y a florecer. Brota a una renovada realidad aquello que nos parecía definitivamente perdido en la imposibilidad. El mandamiento, "amad a vuestras mujeres [vuestros maridos]" puede parecer tan imposible como mover montañas, pero cuando uno comprende cómo nos ha amado Cristo, el milagro se hace posible.

El ágape es el tipo de amor que está en armonía con la voluntad de Dios para nosotros, y con su ley. Podemos disponer nuestra voluntad para que reciba ese amor ágape "en Cristo" por su gracia. Eso es así debido a que todo aquello que constituye la voluntad de Dios, es posible por definición. Más de un matrimonio "muerto" vivirá de nuevo, al conectarse con esa Fuente última de auténtico amor.

Pero ¿puede el ágape reavivar el amor sexual de un matrimonio feliz, con sus insondables secretos? ¿Es posible recuperar esa "química"?