Desencallando

Capítulo 5

Milagrosa recuperación del amor sexual

En su primera carta a los Corintios, Pablo les alentó a un experiencia sexualmente rica en el matrimonio. Pablo no les dijo que ‘el hombre no debiera tocar mujer’, tal como parecían haberle preguntado por escrito (1 Cor. 7:1). Más bien les animó al disfrute honroso de la gratificación sexual matrimonial, en el contexto de la experiencia ennoblecedora y enriquecedora del amor ágape, libre de egoísmo. En los versículos 3 al 5 les escribió: "El marido debe cumplir con su mujer el deber conyugal, y asimismo la mujer con su marido. La mujer no tiene dominio sobre su propio cuerpo, sino el marido; ni tampoco tiene el marido dominio sobre su propio cuerpo, sino la mujer. No os neguéis el uno al otro".

El sexo es el don de la gracia de Dios a los esposos, a quienes Dios desea hacer "uno" para siempre. La unión sexual es la feliz intimidad precursora de toda una vida de felicidad.

La llama del amor es tan frágil que puede fácilmente apagarse por los errores de quienes componen el matrimonio. La culpabilidad nos puede bloquear, lo mismo que los celos corrosivos o el resentimiento. El amor sexual es algo de una delicadeza indescriptible. Una vez quebrantado, no hay fuerza natural que lo componga. Así parece ser, pero aquí es donde la gracia del Señor puede lograr lo "imposible".

Hay una situación que hace difícil, incluso para la gracia de Dios, el que pueda rehacerse una relación marital quebrantada, y es lo que Jesús denominó "fornicación" (porneia) en Mateo 19:9. Constituye un terreno legítimo -aunque no obligado- para disolver una unión marital, ya que destruye el fundamento de confianza sobre el que descansa esa unión.

Las barreras para renovar el amor sexual son generalmente emocionales. Dios es el "admirable Consejero" (Isa. 9:6) para quien no pasa desapercibida la caída de un pajarillo al suelo, y su cuidado infinito es capaz de recomponer la más maltrecha de las relaciones. "Hubiera yo desmayado, si no creyera que he de ver la bondad de Jehová en la tierra de los vivientes. ¡Espera en Jehová! ¡Esfuérzate y aliéntese tu corazón! ¡Sí, espera en Jehová!" (Sal. 27:13 y 14).

Aquel que se apercibe de la caída de un pajarillo, está también ocupado en la felicidad de la vida sexual de sus hijos. Algunos parecen albergar todavía la idea propia de la Edad Media, según la cual la práctica del sexo es intrínsecamente vergonzante, y que Dios da la espalda a todo lo que tiene que ver con eso. Aquel que creó las misteriosas delicias del sexo, posee el bálsamo restaurador. Pero su restauración descansa en la contrición.

El orgullo y la justicia propia pueden asfixiar la delicada planta del amor tan ciertamente como el viento helado puede marchitar las flores de primavera. ‘Has traicionado el amor. Yo soy inocente. Estás en el error, y yo en la verdad. Mereces el infierno, y yo el cielo’. Sentimientos como esos, muy rara vez expresados, pero tan frecuentemente acariciados en la mente, son totalmente injustificados, puesto que "todos pecaron" (Rom. 3:23).

El verdadero registro de nuestros pecados no está en nuestra memoria consciente, sino en el cielo, donde hay una visión mucho más penetrante que los rayos X, capaz de ver a plena luz los recovecos más oscuros y profundos de lo inconfesable del ser humano. Los libros del cielo recogen los pecados que habríamos cometido, de haber tenido oportunidad. Dios presta atención a nuestros motivos ocultos. El esposo o esposa considerado "inocente", que nunca pudo ser acusado de infidelidad, pero que la habría cometido al ser tentado, si las circunstancias se lo hubieran permitido, no es inocente ante los ojos de Dios. Ambas partes, infiel e "inocente", están necesitadas de la gracia de Dios. Y hasta que ambos lo reconozcan, no puede tener lugar la restauración que Dios está presto a proporcionar.

Amar a quien no es amable puede parecer una auténtica imposibilidad. Pero ese amor-ágape es capaz de iluminar con esperanza una situación que de otra forma estaría irremediablemente muerta. Hay poder creador en la palabra de Dios. Él creó el mundo a partir de la nada, ya que "llama las cosas que no son como si fueran" (Rom. 4:17). ¿Acaso no podrá hacer otro tanto con un matrimonio "muerto"? Ciertamente puede.

Jesús tuvo un encuentro con un hombre paralítico junto al estanque de Betesda. El sufriente había sido una ruina humana por 38 años. "Cuando Jesús lo vio acostado y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: -¿Quieres ser sano?" (Juan 5:6). El hombre apenas se atrevía a decir ‘sí’. Su respuesta fue como la nuestra cuando encontramos casi imposible creer buenas noticias: ‘No tengo a quien me ayude. Otros los tienen, pero yo no’. No es difícil imaginar sollozos de desesperación en su penoso lamento.

Entonces Jesús le dijo: "Levántate, toma tu camilla y anda" (vers. 8). El paralítico hubiera podido argumentar acerca de la imposibilidad de obedecer esa orden. Pero eligió creer las buenas nuevas. Como Abraham, quien "creyó en esperanza contra esperanza" (Rom. 4:18), creyó, dando con ello fe de ser un auténtico hijo espiritual de Abraham. "Al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su camilla y anduvo" (vers. 9).

Hemos hablado en lenguaje delicado de un problema más que delicado. Pero Aquel que creó la delicadeza de los frágiles pétalos de una rosa puede crear en ti y en tu cónyuge algo maravilloso, que va más allá del mejor de tus sueños. Cuando lo haga, asegúrate de darle a él la gloria y recuerda siempre que la felicidad que descubriste es un don inmerecido. Es algo para cuya compra se requirió el sacrificio eterno de Jesús en la cruz. Sí, el don incluye una vida de felicidad en el amor sexual.