Quizá conozcas la historia del capitán de barco que durante años había conducido su nave a través de aguas peligrosas, guiado por la brújula. Cierto día colisionó con un fondo rocoso y se hundió. Al investigar el naufragio se rescató y examinó detenidamente la brújula. Alguien, al limpiarla, había dejado inadvertidamente un pequeño fragmento metálico de la hoja de un cuchillo en una oquedad de la caja de la brújula, de forma que la perturbación del campo magnético ocasionada fue suficiente como para desviar el rumbo y hacer que la nave encallara en las rocas.
Más de un matrimonio naufragó debido a que uno o ambos de sus miembros creyeron algo que desvió la brújula marital. Las creencias pueden ser decisivas. La verdad puede salvar, y el error puede arruinar. El viaje matrimonial es lo suficientemente importante como para asegurarse de que cada una de las ideas que aloja nuestra mente se ajusta a la norma autorizada de la verdad: la Palabra de Dios.
Un artículo del Reader’s Digest enumeraba "cinco mitos que pueden hundir un matrimonio". El denominador común son las ideas equivocadas que uno cree, y que pueden ser las responsables del fracaso matrimonial. Cierto.
Ese axioma tiene un corolario igualmente válido: las verdades que uno cree pueden cambiar un matrimonio amenazado, transformándolo en feliz. Si creer falsedades puede desintegrar un matrimonio, creer verdades inspiradas tendrá ciertamente un efecto restaurador. Ese es el principio bíblico de la rectitud por la fe, la vislumbre más profunda de cuantas ha conocido este mundo al respecto del funcionamiento de la naturaleza humana.
El paganismo enseña que tu salvación depende de lo que tú hagas. Algunos grupos de declarada vocación cristiana han tenido dificultades para captar el genio de la gran idea expuesta en el Nuevo Testamento, consistente en que la salvación depende de creer aquello que es verdadero (si bien las buenas obras le son obligada consecuencia).
El esposo o esposa que jamás se dedicó a buscar con seriedad buenas cosas en su cónyuge, puede llegar a divorciarse de él sin haberse apercibido de que una ruda apariencia exterior puede esconder una gran mina de oro en potencia. ¿Es posible que un cónyuge insoportable llegue a convertirse en un tesoro? Un viejo cuento trataba de una princesa que besó a regañadientes un feo sapo, descubriendo con sorpresa el bello príncipe que el anfibio llevaba en su seno, y que quedó en ese acto liberado de su esclavitud. Por supuesto, no es más que un relato imaginario, pero pudiera ser la ilustración apropiada para un principio verdadero. ¿Puede un beso-ágape transformar un esposo o esposa-rana en un príncipe o princesa?
Las siguientes verdades que pueden salvar a un matrimonio en apuros, tiene su origen en una fuente inagotable de verdad: la Biblia. Puede parecer simplista la aseveración de que funcionan, pero lo hacen realmente, si se ejerce fe y se acepta la conducción de Dios:
1. Dios fue el autor del matrimonio en el principio, y sigue juntando a dos personas para que vengan a ser uno, allí en donde se le permite actuar. Satanás intenta deshacer matrimonios, debido a que odia todo cuanto tenga que ver con Dios. El Señor dio Eva a Adán, y Jesús enseñó una lección a partir del hecho: "Lo que Dios juntó no lo separe el hombre" (Mat. 19:6). Podemos dar por seguro que Satanás procurará que se separe, pues está dominado por el odio destructor de todo cuanto Dios hizo. Pero la nota tónica de la Biblia es que Cristo ha conquistado a Satanás, lo ha "paralizado" (Heb. 2:14, el verbo traducido como "destruir", significa en el original "paralizar"). Si podemos creer que Dios nos ha "unido" en nuestro matrimonio, y que él es más poderoso que el diablo, mil dificultades pueden quedar resueltas en un momento.
‘Pero mi esposo –o esposa- y yo estamos unidos en "yugo desigual", precisamente la situación que el Señor indica que no debiera darse (2 Cor. 6:14). ¿Cómo puede estar Dios implicado en nuestra unión?’
¿Estás realmente seguro de que estáis unidos en "yugo desigual"? "¿Qué sabes tú, mujer, si quizá harás salvo a tu marido? ¿O qué sabes tú, marido, si quizá harás salva a tu mujer?" (1 Cor. 7:16). Lo que ahora te parece un incrédulo puede resultar ser un magnífico hijo de Dios, de igual forma en que la fea crisálida se convierte un día en bella mariposa. Si finalmente tu esposo o esposa llegara a convertirse en creyente, eso significa que Dios lo ha tenido por tal durante todo ese tiempo, ya que él "llama las cosas que [aún] no son como si [ya] fueran" (Rom. 4:17).
Cuanto antes ponemos la fe del lado de Dios, antes puede él realizar eficazmente su obra. Si es que buenas nuevas como esas se aplican o no a tu matrimonio, sólo el Señor puede decírtelo, y lo hará con seguridad si se lo pides postrado en contrición y humildad. ¡Escúchalo!
No olvides que Dios envía a menudo "dones" en envoltorios desprovistos de atractivo. El propio Jesús nació en un establo, entre cabras y gallinas. Vuelve a considerar una vez más el "don" que puedes estar tentado -o tentada- a despreciar. Puede encerrar un tesoro.
‘Pero yo me divorcié y he vuelto a casarme. ¿Cuál de los dos matrimonios he de creer que "Dios unió"?’ Por extraño que parezca, es posible que ambos. Nuestros errores del pasado no nos privan de la gracia y conducción de Dios, excepto que las rechacemos. El Señor dice ahora: "Vete y no peques más" (Juan 8:11). "Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan" (Hech. 17:30). No intentes solucionar una equivocación cometiendo otra. Si rompiste el corazón y la vida de una persona, no lo hagas con los de otra.
"La casa y las riquezas son herencia de los padres, pero don de Jehová es la mujer prudente" (Prov. 19:14). Se trata del mismo Padre celestial que tiene cuidado del diminuto pájaro que cae al suelo. Su delicada mano está extendida para dar vida a tu matrimonio, puesto que para él "más valéis vosotros que muchos pajarillos" (Mat. 10:31).
Si se lo permites, Dios bendecirá tu matrimonio a pesar de los denodados esfuerzos de Satanás por destruirlo. Esas bendiciones son el terreno sobre el que descansa la verdadera esperanza; y cuando hay esperanza, no existe dificultad imposible de remontar.
2. Tu esposo o esposa puede ser un diamante en bruto, esperando solamente la acción del Maestro joyero. Cuando opera el verdadero amor de Cristo en una persona, esta resulta invariablemente transformada. Pablo enumera un catálogo de personajes que era posible encontrar en Corinto: "ladrones... avaros... borrachos... maldicientes... estafadores", incluso "fornicarios... idólatras... adúlteros... homosexuales" (1 Cor. 6:9 y 10). A continuación añadió: "Esto erais algunos de vosotros, pero ya habéis sido lavados... justificados en el nombre del Señor Jesús" (vers. 11). Las buenas nuevas que Pablo les predicó habían funcionado. Hoy no son menos eficaces. En muchos casos, todo cuanto necesita un matrimonio en apuros es esas auténticas buenas nuevas. El más indicado para traerlas es el esposo o esposa creyente.
3. Con frecuencia sucede que personalidades difíciles lo son debido a un factor irritante oculto, un problema personal no resuelto que es causa de amargura. A menudo, su raíz es un fallo en comprender que Dios ha venido siendo un Amigo, y no un divino enemigo. Una persona se vuelve irritable y desagradable cuando cree que Dios está contra ella. Esa es la razón por la que Pablo implora: "Os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios" (2 Cor. 5:20). Más de una persona infeliz ha experimentado la paz, cuando se produce la reconciliación en lo profundo. Hasta los chascos del oscuro pasado comienzan a verse en una nueva perspectiva más realista y positiva, cuando la luz de Dios alumbra esos trágicos misterios.
4. Dios ha dispuesto ciertas ventajas o recursos al alcance de todo matrimonio, pero con frecuencia son objeto del descuido o incomprensión.
(a) Orar juntos diariamente cementa la unión de dos corazones como ninguna otra cosa puede hacerlo. En nuestro mundo moderno de dobles empleos y carreras, de frenético aprovechamiento o mal-aprovechamiento de cada minuto del día, ese hábito sencillo casi ha desaparecido, y con él una considerable porción de estabilidad y felicidad matrimonial.
Uno de los principios cardinales del exitoso programa de los Alcohólicos Anónimos es el reconocimiento, ante Dios y ante los semejantes, de que "no soy capaz de controlar mi compulsión a la bebida; necesito un Poder superior a mí". Pues bien: puedes constituir, en el ámbito de tus cuatro paredes, tu propia "organización" de los Cónyuges Afligidos Anónimos. En aquellos matrimonios en los que se deja a Dios aparte, falta la dimensión espiritual. Quienes se resisten y oponen a Dios cosechan frecuentemente el fruto de su incredulidad en trágico e innecesario sufrimiento.
Cuando él o ella tienen la entereza para reconocer al otro, o la otra que "el problema nos supera; invitemos al Señor a que venga y bendiga nuestro infeliz matrimonio", han comenzado ya a confrontar y superar la situación. El Señor es un Caballero; jamás irrumpirá en tu hogar sin que lo invites. Cuando cierta tarde dos discípulos iban andando hacia Emaús, Jesús, tras haber resucitado, se les juntó de incógnito en el camino. Al llegar a su casa, lo invitaron de forma más bien casual a que entrara y quedara junto a ellos. Él hizo como que debía continuar el camino. No fue sino hasta que "ellos lo obligaron a quedarse, diciendo: -Quédate con nosotros, porque se hace tarde y el día ya ha declinado", cuando "entró, pues, a quedarse con ellos" (Luc. 24:28 y 29).
Ese pequeño incidente arroja un diluvio de luz en lo que se refiere a la relación de Dios con nosotros. Él desea realmente entrar y bendecir nuestras familias con su grata presencia como Huésped, pero sólo si se lo invita. Esa es la razón fundamental para arrodillarse juntos cada día en oración. No importa lo extraño que pueda parecerte, hazlo, y cree la verdad: Él acepta toda invitación sincera, y no desatiende tu petición, aunque hayas tardado en formularla.
Las familias cristianas no participan del pan cotidiano sin invitar primeramente al Huésped Invisible a la mesa. Es extremadamente raro que se separe un matrimonio, cuando ambos buscan juntos a Dios diariamente. Pueden amenazarles aún perplejidades y circunstancias irritantes, pero las afrontan con una renovada fuerza interior, y se sobreponen a las dificultades.
(b) Cuando los padres se divorcian, los hijos suelen ser los peor parados. Si los padres reflexionaran en el hecho de que sus hijos son el producto de su unión en matrimonio, se lo pensarían más de una vez antes de considerar el divorcio.
Cuando un matrimonio se deshace, los hijos sienten que de alguna forma son responsables por ello. Dependiendo de su edad, comprenden que son el "producto" de sus padres, y razonan: ‘Si el matrimonio que me trajo a este mundo es un fracaso, eso significa que quizá yo soy también un fracaso. No tengo nada por qué luchar, nada que hacer’. Puede incluso albergar un amargo sentimiento de la injusticia en la que está condenado a vivir, en la medida en que el amor que lo produjo está condenado a morir. Esa es la razón por la que muchos hijos de padres divorciados tienen un ínfimo sentido de la autoestima. Es más fácil lograr el ajuste emocional cuando se produce el fallecimiento de uno de los padres, que cuando se trata de la muerte de la unidad matrimonial que estuvo en el origen de su misma existencia.
El conocimiento de que los niños que crecen en un hogar feliz tienen las mayores probabilidades de desarrollar una personalidad equilibrada y capaz, debiera ser un poderoso incentivo para que los padres hagan todo esfuerzo posible por lograr ese hogar feliz.
(c) Sucede en ocasiones que un esposo o esposa intratable se convierte en flexible, cuando su cónyuge cede generosamente en un conflicto. Jesús dio consejo sobre algo que parece ser un tema sin relación alguna con el presente, pero que es extraordinariamente apropiado en el actual ambiente de discordia matrimonial y sentencias judiciales de divorcio: "Ponte de acuerdo pronto con tu adversario, entretanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez" (Mat. 5:25).
Puede sonar extraño llamar "adversario" a un cónyuge, sin embargo en demasiados casos es una acertada descripción de la realidad. En ese contexto, es bien posible ganar una discusión a costa de perder un matrimonio.
Aunque la Biblia dice: "las casadas estén sujetas a sus propios maridos" (Efe. 5:22), "el marido es cabeza de la mujer" sólo en el sentido en que "Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador" (vers. 23). Cristo está lleno de gentileza y humildad. Él dijo: "soy manso y humilde de corazón" (Mat. 11:29). Eso puede ser una lección difícil de aprender para muchos maridos, pero si la ponen en práctica descubrirán que a su esposa le resulta mucho más fácil estar "sujeta" a él, y aceptarlo en su asignación como cabeza de familia.
La esposa puede deshacer mil nudos gordianos de amarga tensión cediendo en asuntos que no comprometan sus principios morales, incluso persuadida de poseer la razón, y de que su esposo está en el error. Algunos hombres sólo son capaces de aprender de la forma más penosa: ...equivocándose. Si tal resulta ser el caso, la esposa puede demostrar verdadera sabiduría si es capaz de mantenerse en silencio, rehusando pronunciar el consabido, ‘¡Ya te lo dije!’
5. Deja de centrar la atención en tu propia felicidad y convierte tu matrimonio en un ministerio de amor para otros. Más de un matrimonio es miserablemente infeliz por la simple razón de que es una unión egoísta. El amor que trae la felicidad al matrimonio es el tipo de amor que procura la felicidad de los otros, no sólo "del otro". Haz lo posible por implicarte junto con tu pareja en algún tipo de actividad de ayuda a los necesitados. Aplicaos a aligerar las cargas de otros, y comprobaréis qué pronto resulta aligerada vuestra propia carga. Terminaréis desencallando.