Cuando nuestros primeros padres pecaron en el Edén, apareció en el alma humana una profunda culpabilidad. Es tan cierto para nosotros hoy, como lo fue para Adán, ya que "en Adán todos mueren" (1 Cor. 15:22). Todos nosotros hemos repetido la caída de Adán (Rom. 5:12).
El primer resultado de esa culpa fue la vergüenza: "y escondióse el hombre y su mujer de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto" (Gén. 3:8).
La segunda evidencia fue el temor: "y él [Adán] respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y escondíme" (vers. 9 y 10).
La tercera consecuencia fue erigir una barrera, dando lugar a un estado de inconsciencia. Adán se encontró en una situación en la que le resultaba imposible reconocer su culpa y confesarla. En lugar de eso, lo que hizo fue reprimirla inmediatamente. Culpó de todo a Eva: "y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí" (vers. 12). La pareja culpable habría muerto entonces y allí, si hubiesen sido conscientes de la plena magnitud de su culpa, "porque la paga del pecado es muerte" (Rom. 6:23). Cuando los perdidos comprendan finalmente la enormidad de su culpa, sufrirán la segunda muerte en cumplimiento de la advertencia del Señor a Adán y Eva según la cual, si pecaban morirían. (Gén. 2:17). Es importante que comprendamos que la culpabilidad asociada al pecado lleva en sí misma la penalidad de la muerte eterna, y que el hecho mismo de que nuestra vida física se prolongue en la actualidad a modo de tiempo de prueba, evidencia que existe un mecanismo inconsciente de reprensión que tuvo su origen en el Edén.
Así pues, la condición de "y no conoces" fue una bendición, ya que permitió la continuación de la vida. Evidentemente, el propósito de Dios era dar al hombre la oportunidad de aprender el arrepentimiento y la fe en un Salvador.
La cuarta consecuencia fue el desarrollo de una enemistad contra Dios: "la mujer que me diste por compañera" ¡Adán sentía que Dios era realmente el responsable del problema! Eva compartió esa recién erigida barrera inconsciente, por cuanto tampoco ella podía aceptar ni confesar su propia culpa: "La serpiente me engañó, y yo comí" (Gén. 3:13).
Desde aquel primer pecado en el Edén, la humanidad ha venido repitiendo el siniestro patrón. A menos que el hombre tenga fe en un Salvador divino que cargue con todo el peso de su culpa, el pleno reconocimiento de ésta por parte del pecador significa su muerte. En vista de eso, es un acto de misericordia el que no tengamos un conocimiento pleno de la profundidad de nuestro pecado y culpa. Esa situación de "y no conoces" podría perpetuarse por las edades sin fin, si no fuera porque Cristo tiene que volver por segunda vez, y porque el pecado ha de tener un final. ¡Por eso existe el mensaje a Laodicea!
Cuando se escondieron "el hombre y su mujer de la presencia de Jehová" se estaban también escondiendo de ellos mismos. Su recientemente aparecida convicción de culpabilidad no era algo a lo que su conocimiento diese una natural bienvenida. Difícilmente exageraremos la importancia extrema de el trauma producido por ese pecado y culpabilidad originales en el alma humana de ambos. Eran sencillamente incapaces de enfrentarse a sí mismos. Por alguna razón misteriosa se sintieron desnudos cada uno frente al otro, y frente a Dios. Habían cambiado. Repentinamente "... Jehová Dios que se paseaba en el huerto al aire del día" se convirtió para ellos en un visitante no deseado. Hubiesen preferido que los dejase solos, que los dejase "en paz". Su presencia despertaba desagradables convicciones que de buena gana habrían deseado asfixiar.
Desde entonces, ha venido siendo así para todo hombre. "Y como a ellos no les pareció tener a Dios en su noticia, Dios los entregó a una mente depravada" (Rom. 1:28).
El conocimiento de Dios se reprimió porque despertaba el doloroso sentimiento de culpa que el hombre anhelaba evadir. Así fue como se ocultó en lo más profundo. Así alude Pablo a esa función de represión como reacción a la culpabilidad: "Porque manifiesta es la ira de Dios del cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que detienen la verdad con injusticia: Porque lo que de Dios se conoce, a ellos es manifiesto; porque Dios se lo manifestó... antes se desvanecieron en sus discursos y el necio corazón de ellos fue entenebrecido" (Rom. 1:18-21).
"Sí", puede alguien decir en este lugar, "pero todo lo leído se refiere a los malvados. Esos avatares les afectan a ellos, no a nosotros. Somos cristianos nacidos de nuevo y a diferencia de ellos, no tenemos problema alguno con la culpabilidad reprimida. ¡La sangre de Cristo nos ha limpiado ya de todo eso!". Pero nuestro Señor, el "testigo fiel y verdadero", dice que nosotros también tenemos un problema con el pecado no reconocido: "Y no conoces" tu verdadera condición, declara. Algo ha retardado la venida del Señor, e impedido el fuerte clamor por décadas, a pesar de que seamos cristianos tan sinceros y tan nacidos de nuevo.
El pecador Adán, en el Edén, tenía un problema de "enemistad contra Dios". ¿Podría ser que nosotros, unos seis mil años después, conserváramos la raíz del mismo problema y no nos diésemos cuenta? Pablo dice que "la intención de la carne es enemistad contra Dios". El pueblo de Dios tendrá ciertamente un problema hasta que llegue el momento en que esté realmente preparado para el sellamiento y el final del tiempo de gracia. Si continuamos yendo a nuestras tumbas de la misma manera que lo han hecho incontables generaciones antes de nosotros, desde el mismo Edén, lo que estamos haciendo en realidad es llevar nuestro problema a la tumba. No es hasta que el problema se haya resuelto que el pueblo de Dios podrá estar preparado para "estar en pie en la presencia del Dios santo sin mediador" (El Conflicto de los siglos, p. 478). "Debe llevarse a cabo una obra especial de purificación, de liberación del pecado, entre el pueblo de Dios en la tierra" para que pueda realmente decirse que la enemistad ha desaparecido.
La latente "enemistad contra Dios" está en la raíz del problema. Es la causa por la que se necesita una "expiación final". Pero no nos apercibimos de tal necesidad. Es un pecado del que no somos conscientes. Reaccionamos como nuestro querido hermano Pedro. Años después de su bautismo y ordenación al ministerio, y tras años de discipulado bajo la dirección de Cristo mismo, las motivaciones personales de Pedro estaban todavía ocultas a su conocimiento y comprensión:
Cuando Pedro dijo que seguiría a su Señor a la cárcel y a la muerte, cada palabra era sincera; pero no se conocía a sí mismo. Ocultos en su corazón estaban los malos elementos que las circunstancias iban a hacer brotar a la vida. A menos que se le hiciese conocer [original: hecho consciente de] su peligro, esos elementos provocarían su ruina eterna. El Salvador veía en él un amor propio y una seguridad que superarían aun su amor por Cristo... La solemne amonestación de Cristo fue una invitación a escudriñar su corazón. (El Deseado de todas las gentes, p. 627-628).¿Pueden expresar más claramente las palabras que el problema de Pedro radicaba en su corazón inconsciente? Cuando nuestro Salvador nos contempla hoy, en la víspera de la gran prueba, ¿qué es lo que ve oculto en nuestros corazones, de lo que debemos ser "hechos conscientes"?
Pedro acababa de declarar que no conocía a Jesús, pero ahora comprendía, con amargo pesar, cuán bien su Señor lo conocía a él, y cuán exactamente había discernido su corazón, cuya falsedad desconocía el mismo. (El Deseado de todas las gentes, p. 659).Recuérdese, no obstante, que Pedro era un genuino cristiano, nacido de nuevo. Es gracias a Dios que la prueba final no ha llegado todavía, porque ¿quién de nosotros estaría verdaderamente preparado?
Después que Adán y Eva hubieron compartido el fruto prohibido, fueron invadidos de un sentimiento de vergüenza y terror. En un primer momento, su única preocupación fue cómo excusar su pecado ante Dios, y escapar a la espantosa sentencia de muerte... El espíritu de autojustificación tuvo su origen en el padre de toda mentira, y se ha manifestado en todos los hijos de Adán. (Testimonies, vol. 5, p. 637, 638).Es por fortuna que desde la caída, la culpabilidad del hombre haya permanecido parcialmente inconsciente, ya que si se hubiese dado plena cuenta de ella, le habría acarreado la destrucción. De ahí la misericordiosa declaración del Creador [margen de la versión King James]: "en el día que comas de él, habrás de morir" (Gén. 2:17). Si Adán y Eva hubiesen sido plenamente conscientes de su culpabilidad en el Edén, eso les habría causado la muerte, tal como la causó a Cristo en la cruz. Hasta la venida de Cristo, nadie la había sentido en su plenitud. Únicamente "al que no conoció pecado, hizo pecado por nosotros" (2 Cor. 5:21).
Y viendo Jesús sus pensamientos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? (Mat. 9:4).En diversas ocasiones lo vemos diciendo a sus más fieles discípulos que ellos no conocían sus propios corazones. "No sabéis lo que pedís" (Mat. 20:22). Cuando Santiago y Juan quisieron hacer descender fuego del cielo a modo de retribución sobre los infelices samaritanos, cuyos prejuicios les habían hecho rechazar a Jesús, creían sinceramente estar motivados por un justo celo. En una declaración paralela a aquella que hace al ángel de la iglesia de Laodicea, dice Jesús: "no sabéis de qué espíritu sois" (Luc. 9:55). Como nosotros mismos, esos bondadosos apóstoles, sin duda los mejores hombres del mundo, eran víctimas de su propio desconocimiento. Por emplear la frecuente y adecuada frase acuñada por E. White, sin darse cuenta, habían "cambiado de dirigentes".
Y Jesús, como sabía los pensamientos de ellos... (Mat. 12:25). Mas él sabía los pensamientos de ellos... (Luc. 6:8).