Jones y Waggoner fueron unánimes al exaltar a Cristo enfáticamente como al Ser divino. Sus presentaciones maduras no estuvieron manchadas por ninguna concepción de Cristo como siendo menos que eternamente preexistente, e igual al Padre. Véase la manera en la que Waggoner exalta a Cristo en The Glad Tidings, p. 141:
"Cristo fue mediador desde antes que el pecado entrase en el mundo, y lo seguirá siendo cuando no exista ya pecado en el universo, ni necesidad de expiación... Es la imagen misma de la sustancia del Padre... No se hizo mediador por primera vez en ocasión de la caída del hombre, sino que lo fue desde la eternidad. Nadie -no solamente ningún hombre, sino ningún ser creado, viene al Padre sino por Cristo".Jones coincidió con Waggoner en igual proclamación de la plena deidad de nuestro Salvador:
"En el primer capítulo de Hebreos se revela a Cristo como Dios, del nombre de Dios, porque posee la naturaleza de Dios. Y hasta tal punto, que es la misma imagen de su sustancia. Tal es Cristo el Salvador, Espíritu del Espíritu, sustancia de la sustancia de Dios. Y es esencial reconocer eso en el primer capítulo de Hebreos, al efecto de comprender lo que implica su naturaleza como hombre, en el segundo capítulo del libro" (The Consecrated Way, p. 16).El núcleo del mensaje de 1888 era un redescubrimiento de la justificación por la fe del Nuevo Testamento. Pero los mensajeros lograron eliminar la escoria de muchos siglos de árido debate. Su comprensión del mensaje de los tres ángeles de Apocalipsis 14 a la luz de la purificación del santuario, restauró su visión al nivel de la primitiva pureza apostólica, e iba a preparar un pueblo para la venida de Cristo. Veamos un ejemplo:
"El justo vivirá por la fe. ¿Cuánto de la vida de un hombre debe ser justo? Todo, en todo momento, ya que el justo vivirá por la fe...Como veremos en un capítulo posterior, la relación explicada por Waggoner entre la justificación por la fe y la ley, de ninguna forma se hacía eco del error del Concilio Católico de Trento en su falsificación de la justificación por la fe. El enfoque de la justificación por la fe de 1888 iba a preparar un pueblo del que pudiese decir el Señor, "Aquí están los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús" (Apoc. 14:12).
Ninguno de nuestros actos puede ser justo simplemente por la ley. Solamente por la fe puede un hombre, o cualquiera de sus acciones, ser justo. La ley juzga al hombre por sus obras, y ésta es tan inconmensurablemente elevada que ninguna obra humana puede alcanzar su altura. Debe haber, por lo tanto, un Mediador a través del cual se pueda obtener la justificación...
Todos los actos de la humanidad están viciados...
En Cristo se encuentra la perfecta justicia de la ley, y la gracia de otorgar el don de su justicia mediante la fe. Los mismos profetas dan testimonio de ello, dado que predicaron la justificación en Cristo por la fe...
Una sola cosa es lo que un hombre necesita en este mundo, que es justificación. Y la justificación es un hecho, no una teoría. Es el evangelio... La justicia puede alcanzarse únicamente por la fe; en consecuencia todo cuanto sea digno de predicarse debe llevar a la justificación por la fe...
Necesitamos la justicia de Cristo tanto para justificar el presente como para hacer perfectos los imperfectos actos del pasado" (Waggoner, General Conference Bulletin, 1891, p. 75).
"Nos sorprende que alguien haya podido suponer que la doctrina de la justificación por la fe lleve a un menosprecio de la ley de Dios. La justificación lleva la ley ante sí... Establece la ley en el corazón. La justificación es la ley encarnada en Cristo, puesta en el hombre, de manera que es encarnada en el hombre...
Cristo da su justicia, quita el pecado, y deja allí su justicia, y eso efectúa un cambio radical en el hombre" (Id., p. 85).
"Él debe ser exaltado en toda su extraordinaria bondad y poder como ‘Dios con nosotros’, a fin de que su atractivo divino pueda atraer a todos hacia él" (Id., p. 6).Jones y Waggoner fundaron su mensaje de una forma definida y fiel en la idea de que Cristo es nuestro sustituto y que él imputa su justicia al pecador que cree. Ese era el fundamento que habían establecido los reformadores del siglo XVI, que nuestra aceptación por parte de Dios se basa enteramente en la obra sustitutoria de Cristo; ni por un asomo en nuestra propia obra:
"El hecho de que Cristo es una parte de la divinidad, poseyendo todos sus atributos, siendo igual al Padre en todos los respectos, como creador y dador de la ley, es la fuerza de la expiación... Si Cristo no fuera divino, entonces tendríamos meramente un sacrificio humano... No tendría justicia que impartir a otros" (Id., p. 43 y 44).
"La seguridad del pecador en un perdón pleno y gratuito descansa en el hecho de que el mismo dador de la ley, el mismo contra quien se ha rebelado y desafiado, es Aquel que se dio a sí mismo por nosotros" (Id., p. 45).
"Puesto que los mejores esfuerzos del hombre pecador no tienen la menor eficacia en producir justicia, es evidente que la misma puede llegarle únicamente como un don... Es por eso que la vida eterna -que es la recompensa de la justicia- es el don de Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor.Pero Jones y Waggoner hicieron lo que los reformadores del siglo XVI no llegaron jamás a hacer. Construyeron sobre ese fundamento un gran edificio de verdad que es única y distintamente adventista del séptimo día, tendente a concluir la Reforma iniciada siglos antes. Avanzaron en la presentación de un mensaje de justicia por la fe paralelo y consistente con la verdad única adventista de la purificación del santuario. ‘El mensaje de la justicia de Cristo’ que debe alumbrar la tierra con su gloria se ministra desde el lugar santísimo del santuario celestial, donde Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, está llevando a cabo la culminación de su obra de expiación.
Dios ha hecho que Cristo sea el Único a través de quien pueda obtenerse el perdón de los pecados; y ese perdón consiste llanamente en la declaración de su justicia (que es la justicia de Dios), para remisión. ‘Dios, que es rico en misericordia’ (Efe. 2:4) y que se deleita en ella, pone su propia justicia sobre el pecador que cree en Jesús, como sustituto por sus pecados. Con toda certeza es un intercambio beneficioso para el pecador, y no es una pérdida para Dios, ya que es infinito en santidad y la fuente nunca puede sufrir mengua... Dios coloca su justicia sobre el creyente. Lo cubre con ella, de manera que el pecado no aparece más...
Finalmente el pecador, harto de luchar en vano por obtener la justicia de la ley, oye la voz de Cristo, y corre a sus brazos abiertos. Oculto en Cristo, es cubierto con su justicia; y ahora, ¡he aquí!, ha obtenido, por la fe en Cristo, aquello por lo que tan vanamente se había esforzado... El artículo que posee es genuino, ya que lo ha obtenido de la verdadera fuente de justicia...
No hay nada de fraudulento en la transacción. Dios es justo, y al mismo tiempo quien justifica al que cree en Jesús. En Jesús habita la plenitud de la divinidad; es igual al Padre en todo atributo. En consecuencia, la redención que en él se halla -la capacidad de redimir al hombre perdido- es infinita. La rebelión del hombre lo es contra el Hijo tanto como contra el Padre, ya que ambos son Uno" (Id., p. 60-63).
"El mundo está envuelto por las tinieblas de la falsa concepción de Dios. Los hombres están perdiendo el conocimiento de su carácter... Aquellos que esperan la venida del Esposo han de decir al pueblo: ‘¡He aquí vuestro Dios! Los últimos rayos de luz misericordiosa, el último mensaje de clemencia que ha de darse al mundo, es una revelación de su carácter de amor" (Palabras de vida del gran Maestro, p. 342).Veremos cómo el mensaje de 1888 en sí mismo cumplía esta especificación que requiere el genuino derramamiento del Espíritu Santo en la lluvia tardía. Pero antes de continuar debemos detenernos brevemente en qué relación guardó E. White con el mensaje de Jones y Waggoner. Se han hecho esfuerzos por desacreditar el mensaje, atribuyendo -particularmente a Waggoner- una supuesta apostasía, pocas semanas o meses tras la Asamblea de 1888.