Al venir en nuestra búsqueda, Cristo recorrió todo el camino hasta donde estamos, tomando sobre sí mismo la "semejanza de carne de pecado, y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne". Es así el Salvador que está "cercano, a la mano, no alejado". Es "el Salvador de todos los hombres", incluso hasta del "primero" de los pecadores. Ahora bien, el pecador tiene libertad para rechazarlo.
La enseñanza bíblica
(a) Su nombre es "Emmanuel... Dios con nosotros" (Mat. 1:23).
(b) "Aunque era de condición divina", fue hecho "un poco menor que los ángeles", "nacido de mujer, nacido bajo la ley", "en todo semejante a sus hermanos", "al que no tenía pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros" (Fil. 2:6; Heb. 2:9, 17; Gál. 4:4; 2 Cor. 5:21).
(c) "Por cuanto los hijos participan de carne [sarx] y sangre, él también participa de lo mismo" (Heb. 2:14).
(d) "Fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado" (Heb. 4:15).
(e) Quien no reconoce esta realidad de que "Jesucristo ha venido en carne [sarx]", "este es del anticristo", la esencia de la falsificación Católica Romana del evangelio (1 Juan 4:1-3).
Waggoner vio a Cristo como "cercano, a la mano"
"Cristo tomó sobre sí mismo la naturaleza del hombre, y como consecuencia estuvo sujeto a la muerte. Vino al mundo a fin de morir; y así desde el principio de su vida en esta tierra estuvo en la misma condición en la que están los hombres a quienes vino a salvar.
No retroceda horrorizado; no estoy implicando que Cristo fuera un pecador. Una de las cosas que más ánimo proporcionan en la Biblia es la constatación de que Cristo tomó sobre sí la naturaleza del hombre, el saber que sus antecesores según la carne fueron pecadores. Tuvieron todas nuestras pasiones y debilidades. Ningún hombre tiene el menor derecho a excusar sus actos pecaminosos en razón de la herencia. Si Cristo no hubiese sido hecho en todas las cosas como sus hermanos, entonces su vida impecable no habría significado aliento alguno para nosotros. La podemos mirar con admiración, pero sería la admiración que lleva a la desesperación.
Desde su más temprana infancia la cruz estuvo siempre ante Él" (Waggoner, The Gospel in Galatians, p. 60-62, selección).
"Su humanidad solamente veló su naturaleza divina, por la cual estaba conectado inseparablemente con el Dios invisible, y que fue más que capaz de resistir exitosamente la debilidad de la carne. Hubo en toda su vida una lucha. La carne, afectada por el enemigo de toda justicia, tendía a pecar, sin embargo su naturaleza divina nunca albergó, ni por un momento, un mal deseo, ni vaciló jamás su poder divino" (Waggoner, Cristo y su justicia, p. 12).
Jones ve el amor de Dios manifestado en la encarnación, como poderosa motivación
"La elección de glorificar a Dios es la elección de que el yo se vacíe y se pierda, y que sólo Dios aparezca, por medio de Jesucristo. Es que todo el universo y cada parte de él reflejen a Dios. Tal es el privilegio que Dios ha puesto ante todo ser humano. ¿Cuál fue el costo de traernos a ti y a mí ese privilegio? El precio infinito del Hijo de Dios.
¿Vino Cristo a este mundo para regresar tal como era antes, de modo que hiciera un sacrificio por 33 años? La respuesta es que lo hizo por la eternidad. El Padre nos otorgó su Hijo a nosotros, y Cristo se dio a sí mismo por toda la eternidad. Nunca jamás volverá a ser en todos los respectos como fue antes.
‘El que era uno con Dios se ha vinculado con los hijos de los hombres mediante ligaduras que no han de romperse nunca’. ¿En qué se vinculó con nosotros? –En nuestra carne, en nuestra naturaleza. Ese es el sacrificio que gana el corazón de los hombres. Muchos consideran que el sacrificio de Cristo lo fue sólo por 33 años, para morir entonces la muerte de cruz y regresar tal como había venido. A la vista de la eternidad anterior y posterior a esos 33 años, no se trataría ciertamente de un sacrificio infinito. Pero cuando consideramos que sorbió su naturaleza en nuestra naturaleza humana por toda la eternidad, eso es un sacrificio. Ese es el amor de Dios. Ningún corazón puede argumentar en contra. Sea que el hombre lo crea o no, hay en él poder subyugador, y el corazón no puede sino inclinarse en silencio ante esa sublime verdad. Lo diré una vez más: desde que comprendí el bendito hecho de que el sacrificio del Hijo de Dios es un sacrificio eterno, y de que todo fue por mí, he vivido continuamente meditando en las palabras: ‘Andaré humildemente todos mis años’ " (Jones, General Conference Bulletin, 1895, p. 381 y 382, selección).
Waggoner vio piedad práctica en esa verdad
"Se me han hecho dos preguntas, que podemos ahora considerar: ‘El santo ser que nació de la virgen María, ¿nació en carne de pecado? y ¿tenía esa carne que luchar con las mismas tendencias al mal que la nuestra?’ Nada sé sobre el particular, salvo lo que leo en la Biblia. He pasado por el desánimo y abatimiento. Lo que durante años me desanimó fue en parte el conocimiento de la debilidad de mi propio yo, y el pensamiento de que aquellos que según mi estimación estaban procediendo rectamente, así como los santos hombres de antaño en el relato sagrado, poseían una constitución diferente a la mía. Encontraba que el mal era lo único que podía hacer...
Si Jesús, que vino aquí a mostrarme el camino de la salvación, el único en quien hay esperanza, si su vida en esta tierra fue un fraude, ¿dónde quedaría la esperanza? ‘Pero –dirás–, la pregunta presupone lo contrario, que Él era perfectamente santo, tan santo que jamás tuvo mal alguno contra el que contender’.
A eso es precisamente a lo que me refiero. Leo que ‘fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado’. Leo cómo pasó toda la noche en oración, en una agonía tal que de su frente caían gotas como de sangre. Si todo eso fuese ficticio, si no fue realmente tentado, ¿qué provecho tiene para mí? Quedo peor que estaba.
Pero Ah!, si hay Uno –y ciertamente lo hay–; Mejor diré: puesto que hay Uno que pasó por todo aquello a lo que yo puedo ser llamado a pasar, que resistió más de lo que jamás se me pueda pedir que yo resista, que fue constituido como yo en todo respecto, sólo que en circunstancias aún peores que las mías, que enfrentó todo el poder que el diablo pudo ejercer mediante la carne humana, y sin embargo no conoció pecado, entonces puedo alegrarme. Lo que hizo hace 1.900 años es igualmente capaz de hacerlo a todos los que creen en Él" (Waggoner, General Conference Bulletin, 1901, p. 403-405, selección).
La inmaculada concepción niega la verdad bíblica sobre la naturaleza de Cristo. "Es imprescindible que cada uno de nosotros decida si está fuera de la iglesia de Roma o no. Muchos llevan aún las marcas de ella. ¿No veis que el concepto que pretende que la carne de Jesús no fue como la nuestra (pues sabemos que la nuestra es pecaminosa) implica necesariamente la idea de la inmaculada concepción de la virgen María?
Suponed que aceptamos la idea de que Jesús estaba tan separado de nosotros, que era tan diferente que no tenía en su carne nada contra lo que contender –que tenía carne impecable. Podéis ver que el dogma católico romano de la inmaculada concepción se convierte entonces en una consecuencia necesaria. Pero ¿por qué detenerse ahí? Podemos ir hasta la madre de la virgen María, y así hasta Adán. ¿Resultado? Nunca se produjo la caída (el pecado). En ello podéis ver como la esencia del catolicismo romano es el espiritismo.
Cristo fue tentado en la carne, sufrió en la carne, pero tenía una mente que no consintió jamás en pecar. Estableció la voluntad de Dios en la carne, y estableció que la voluntad de Dios pudiera realizarse en toda carne humana y pecaminosa" (Id.).
Jones, en perfecto acuerdo
"En estos días de general aceptación del catolicismo por parte de los ‘protestantes’, deberíamos conocer por nosotros mismos la doctrina de Cristo y las consecuencias en aquellos que aceptan el dogma [de la inmaculada concepción de María].
He aquí algunas declaraciones de padres y santos católicos: ‘[María era] muy diferente del resto del género humano, le fue comunicada la naturaleza humana, pero no el pecado’. ‘Fue creada en una condición más sublime y gloriosa que toda otra naturaleza’. Lo anterior sitúa la naturaleza de María infinitamente más allá de toda semejanza real, o relación con la raza humana. En palabras del cardenal Gibbons: ‘Afirmamos que la segunda persona de la bendita Trinidad, el Verbo de Dios, quien es en su naturaleza divina, desde la eternidad, engendrado del Padre, consubstancial con él, venido el cumplimiento del tiempo, fue nuevamente engendrado al nacer de la virgen, tomando así para sí mismo, de la matriz materna, una naturaleza humana de la misma sustancia que la de ella’.
Inevitablemente, en su naturaleza humana, el Señor Jesús resulta ser ‘muy diferente’ de la raza humana, infinitamente más allá de toda semejanza real, o relación con nosotros en este mundo. Pero la verdad es que el Señor Jesús en su naturaleza humana tomó nuestra carne y sangre tal cual las conocemos, con todas sus enfermedades. Será bueno conocer verdaderamente cuán cercano está.
Jesús, a fin de poder devolver al hombre a la gloria de Dios, en su amor, se rebajó hasta ahí mismo, compartió su naturaleza tal como ésta es, sufrió con él y hasta incluso murió con él, tanto como por él, en la naturaleza humana pecaminosa que es común a los hombres. ‘Fue contado con los perversos’. Eso es amor. Viene a nosotros allí donde nos encontramos, a fin de poder elevarnos desde nosotros mismos hasta Dios. ‘Por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo’ (Heb. 2:14).
Encontramos en esta sola frase todas las palabras que cabe emplear, a fin de hacerlo claro y positivo. Lejos de ser cierto que Jesús, en su naturaleza humana, esté tan alejado que no tenga semejanza alguna ni relación con nosotros, es cierto lo contrario: es nuestro pariente más cercano en la carne y sangre. Esta gran verdad de la relación de sangre entre nuestro Redentor y nosotros está claramente presentada en el evangelio, en Levítico. Cuando alguien había perdido su herencia, el derecho de rescate recaía sobre su pariente de sangre más próximo. No simplemente sobre uno que estuviera próximo, sino sobre el más próximo (Lev. 25:24-28; Rut 2:20; 3:12 y 13; 4:1-12). Por consiguiente Cristo tomó nuestra misma carne y sangre, y se hizo así nuestro pariente más próximo. Es el más próximo a nosotros de entre todas las personas del universo.
Eso es cristianismo. Negar que Jesucristo vino, no simplemente en carne, sino en la carne, la única carne que en el mundo existe, carne pecaminosa; negar eso es negar a Cristo. ‘Porque muchos engañadores son entrados en el mundo, los cuales no confiesan que Jesucristo ha venido en carne’. Confiésale a Él tus pecados: nunca abusará de tu confianza. Dile tus pesares. Llevó ‘nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores’, es ‘varón de dolores, experimentado en quebranto’. Te consolará con el consuelo de Dios" (Jones, The Immaculate Conception of the Virgin Mary, 1894, selección).
"Si no hubiese sido hecho de la misma carne que aquellos a quienes vino a redimir, entonces no sirve absolutamente de nada el que se hiciese carne. Más aún: Puesto que la única carne que hay en este vasto mundo que vino a redimir, es esta pobre, pecaminosa y perdida carne humana que posee todo hombre, si esa no es la carne de la que fue hecho, entonces no vino realmente jamás al mundo que necesita ser redimido. Si vino en una naturaleza humana diferente a la que existe en este mundo, entonces, a pesar de haber venido, para todo fin práctico de alcanzar y auxiliar al hombre, estuvo tan lejos de él como si nunca hubiera venido...
La fe de Roma en relación con la naturaleza de Cristo y de María, y también de nuestra naturaleza, parte de esa noción de la mente natural según la cual Dios es demasiado puro y santo como para morar con nosotros y en nosotros, en nuestra naturaleza humana pecaminosa: tan pecaminosos como somos, estamos demasiado distantes de él en su pureza y santidad, demasiado distantes como para que él pueda venir a nosotros tal como somos.
La verdadera fe –la fe de Jesús– es que, alejados de Dios como estamos en nuestra pecaminosidad, en nuestra naturaleza humana que él tomó, vino a nosotros justamente allí donde estamos; que, infinitamente puro y santo como es él, y pecaminosos, degradados y perdidos como estamos nosotros, Dios, en Cristo, a través de su Espíritu Santo, quiere voluntariamente morar con nosotros y en nosotros para salvarnos, para purificarnos, y para hacernos santos.
La fe de Roma es que debemos necesariamente ser puros y santos a fin de que Dios pueda morar con nosotros.
La fe de Jesús es que Dios debe necesariamente morar con nosotros, y en nosotros, a fin de que podamos ser puros y santos" (Jones, El Camino consagrado a la perfección cristiana, p. 26, 29 y 30).
E. White fue, no sólo favorable, sino entusiasta
"El sábado de tarde [en South Lancaster] fueron tocados muchos corazones, y muchas almas se alimentaron del pan que descendió del cielo... Sentimos [Jones, Waggoner y E. White] la necesidad de presentar a Cristo como a un Salvador que no está alejado, sino cercano, a la mano... Hubo muchos, incluso entre los pastores, que vieron la verdad tal como es en Jesús, en una luz en la nunca antes la habían visto" (RH 5 marzo 1889).
"Pero muchos dicen que Jesús no era como nosotros, que no era como nosotros en el mundo, que él era divino, y que nosotros no podemos vencer como él venció. Pero eso no es cierto; ‘Porque de cierto, no vino para ayudar a los ángeles, sino a los descendientes de Abrahán... Y como él mismo padeció al ser tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados’. Cristo conoce las pruebas de los pecadores; conoce sus tentaciones. Tomó sobre sí mismo nuestra naturaleza... las tentaciones más fuertes [del cristiano] vendrán del interior, dado que tiene que batallar contra las inclinaciones del corazón natural. El Señor conoce nuestras debilidades... Cada lucha contra el pecado, cada esfuerzo por conformarse a la ley de Dios, es Cristo obrando mediante sus agencias señaladas en el corazón humano. ¡Oh, si pudiéramos comprender lo que Cristo es para nosotros!" (Christ Tempted As We Are, p. 3, 4, 11; 1894).
"Habría sido una humillación casi infinita para el Hijo de Dios revestirse de la naturaleza humana, aun cuando Adán poseía la inocencia del Edén. Pero Jesús aceptó la humanidad cuando la especie se hallaba debilitada por cuatro mil años de pecado. Como cualquier hijo de Adán, aceptó los efectos de la gran ley de la herencia. Y la historia de sus antepasados terrenales demuestra cuáles eran aquellos efectos. Mas él vino con una herencia tal para compartir nuestras penas y tentaciones, y darnos un ejemplo de una vida sin pecado" (DTG 32).
"[Cristo] tomó sobre su naturaleza impecable nuestra naturaleza pecaminosa, a fin de que pudiera saber cómo socorrer a los que son tentados" (Medical Ministry, p. 181).