El nuevo pacto es la promesa unidireccional que Dios hace, de escribir su ley en nuestros corazones, y de darnos salvación eterna como un don gratuito "en Cristo". El pacto antiguo es la promesa vana de obedecer, hecha por parte del pueblo, "el cual engendró para servidumbre" (Gál. 4:24). Los fracasos espirituales de muchas personas sinceras son el resultado de haber sido educados en los conceptos del pacto antiguo, sobre todo en la niñez y juventud. La verdad del nuevo pacto fue un elemento esencial del mensaje de 1888, y hoy libera aún de la carga opresiva de duda y desesperación que abruma a muchos corazones.
La enseñanza bíblica
(a) El viejo pacto "engendró para servidumbre" (Gál. 4:24).
(b) Consiste en la experiencia espiritual de estar "bajo la ley", bajo la motivación impuesta por el temor (4:21).
(c) Fue establecido en Sinaí, cuando Israel prometió en vano: "Haremos todo lo que el Eterno ha dicho" (Éx. 19:8). Dios no les pidió que hiciesen esa promesa. Muy pronto la quebrantaron.
(d) La promesa de Pedro de no negar jamás al Señor fue una manifestación del espíritu del viejo pacto (Mar. 14:29-31).
(e) Dios hizo siete grandes promesas a Abraham, pero no le pidió a él que le prometiera nada a cambio (Gén. 12:1-3). Posteriormente, Dios las repitió y amplió, pero tampoco entonces le pidió a Abraham que hiciese promesa alguna (13:14-17; 15:4 y 5). Génesis 15:9 al 17 muestra que el pacto es una promesa de Dios al hombre.
(f) Dios no nos pide nunca que le hagamos promesas. Pide que creamos en las promesas que Él nos hace a nosotros (Gén. 15:6).
(g) Abraham es "padre de todos los que creen". Por lo tanto, es ejemplo de genuina justicia por la fe (Rom. 4:1, 11-13, 16-18). La ley, dada 430 años más tarde, fue nuestro "tutor" (o "ayo"), para llevarnos a través de un gran rodeo, de vuelta a la experiencia de Abraham, a ser "justificados por la fe" (Gál. 3:23-26).
Waggoner expuso el concepto bíblico
"El pacto y la promesa de Dios son una y la misma cosa... Los pactos de Dios con el hombre no pueden ser otra cosa que promesas hechas al hombre...
Después del diluvio, Dios hizo un pacto con todo ser viviente de la tierra: aves, animales, y toda bestia. Ninguno de ellos prometió nada a cambio (Gén. 9:9-16). Simplemente recibieron el favor de manos de Dios. Eso es todo cuanto podemos hacer: recibir. Dios nos promete todo aquello que necesitamos, y más de lo que podemos pedir o imaginar, como un don. Nosotros nos damos a Él; es decir, no le damos nada. Y Él se nos da a nosotros; es decir, nos lo da todo. Lo que complica el asunto es que, incluso aunque el hombre esté dispuesto a reconocer al Señor en todo, se empeña en negociar con Él. Quiere elevarse hasta un plano de semejanza con Dios, y efectuar una transacción de igual a igual con Él" (Waggoner, Las Buenas Nuevas. Gálatas, versículo a versículo, p. 85 y 86).
"El evangelio fue tan pleno y completo en los días de Abrahán, como siempre lo haya sido, o pueda llegar a serlo. Tras el juramento de Dios a Abrahán, no es posible hacer adición o cambio alguno a sus provisiones o condiciones. No es posible restarle nada a la forma en la que entonces existía, y nada puede ser requerido de hombre alguno, que no lo fuese igualmente de Abrahán" (Id, p. 88).
"Hoy existen esos dos pactos. No son cuestión de tiempo, sino de condición. Que nadie se jacte de su imposibilidad de estar bajo el antiguo pacto, confiando en que se pasó el tiempo de éste. Efectivamente, el tiempo pasó, pero sólo en el sentido de que ‘bastante tiempo habéis vivido según la voluntad de los gentiles, andando en desenfrenos, liviandades, embriagueces, glotonerías, disipaciones y abominables idolatrías’ (1 Ped. 4:3)" (Id, p. 124).
"Los preceptos de Dios son promesas. No puede ser de otra manera, pues Él sabe que no tenemos poder alguno. ¡El Señor da todo aquello que requiere! Cuando dice ‘no harás...’ podemos tomarlo como la seguridad que Él nos da de que si creemos, nos guardará del pecado contra el que advierte en ese precepto" (Id, p. 93).
Jones, en perfecta armonía
"No sois vosotros los que habéis de efectuar aquello que [el Señor] quiere; sino: ‘[mi palabra] hará lo que yo quiero’ (Isa. 55:11). No se espera que leáis u oigáis la palabra de Dios, y os digáis, –tengo que cumplirla; lo haré. Abrid vuestro corazón a la palabra, a fin de que pueda cumplir la voluntad de Dios en vosotros... La palabra misma de Dios lo hará, y debéis permitírselo. ‘La Palabra de Cristo habite en abundancia en vosotros’ (Col. 3:16)" (Jones, RH 20 octubre 1896).
E. White proclamó esas mismas buenas nuevas
"Sois moralmente débiles, esclavos de la duda y dominados por los hábitos de vuestra vida de pecado. Vuestras promesas y resoluciones son tan frágiles como telarañas. No podéis gobernar vuestros pensamientos, impulsos y afectos. El conocimiento de vuestras promesas no cumplidas y de vuestros votos quebrantados debilita la confianza que tuvisteis en vuestra propia sinceridad, y os induce a sentir que Dios no puede aceptaros [eso es lo que significan las palabras de Pablo acerca de que el viejo pacto ‘engendró para servidumbre’]... Lo que debéis entender es el verdadero poder de la elección... Este es el poder gobernante en la naturaleza del hombre, la facultad de decidir o escoger. Todo depende de la elección correcta. Dios dio a los hombres el poder de elegir; a ellos les toca ejercerlo. No podéis cambiar vuestro corazón, ni dar por vosotros mismos sus afectos a Dios; pero podéis escoger servirle. Podéis darle vuestra voluntad, para que Él obre en vosotros tanto el querer como el hacer, según su voluntad. De ese modo vuestra naturaleza entera estará bajo el dominio del Espíritu de Cristo, vuestros afectos se concentrarán en Él y vuestros pensamientos se pondrán en armonía con Él" (CC 47 y 48, traducción revisada).
"Los Diez Mandamientos, con sus órdenes y prohibiciones, son diez promesas que se nos aseguran si prestamos obediencia a la ley que gobierna el universo... No hay nada negativo en aquella ley aunque parezca así. Es HAZ, y vivirás" (I C.B.A. p. 1119).
"Los términos del pacto antiguo eran: Obedece y vivirás... El nuevo pacto se estableció sobre ‘mejores promesas’, la promesa del perdón de los pecados, y de la gracia de Dios para renovar el corazón y ponerlo en armonía con los principios de la ley de Dios" (PP 389).