Fue con alegría como expliqué a Magara que la justificación de Dios es para el alma enferma de pecado (¡eso nos incluye a todos!) lo que un baño refrescante y purificador es para el cuerpo. La justificación es la respuesta al anhelo profundo del corazón humano por rectitud, por ser reconciliado con Dios y con el universo de Dios. El desacuerdo con lo puro, recto y justo, produce una terrible desazón. Lo llamamos sentimiento de culpa, y la culpa destruye la paz y la esperanza. Necesitamos liberación.
Justificación puede parecer una palabra grande y misteriosa; materia sobre la que disertar para juristas y teólogos en libros tediosos y polvorientos. Pero Magara no tardó en descubrir que la idea presente en la Biblia sobre la justificación es tan clara como la luz del mediodía. La versión de la Biblia Today's English, en lugar de la palabra que en Romanos 5:1 se suele traducir justificación, dice "restablecido al orden para con Dios".
Imagina que tú mismo eres culpable de un crimen; culpable sin posible discusión. Estando encarcelado en tu celda te sientes miserable mientras esperas con aprensión el día de la sentencia. Para ti no brilla el sol, no luce ninguna flor; ningún pájaro te alegra con sus cantos. Ni siquiera eres capaz de sonreír. Nadie puede darte ánimos. Te sientes a distancia kilométrica, en las "tinieblas de afuera"--alejado de Dios y de todos los demás a quienes chasqueaste. Todo cuanto puedes sentir es "una horrenda expectación de juicio y de hervor de fuego que ha de devorar" (Hebreos 10:27). Cualquiera de nosotros es capaz de imaginar una situación miserable como esa, pues la hemos experimentado más de una vez.
Imagina ahora que aparece alguien en la vista judicial aportando pruebas que determinan tu absolución. El fiscal, el juez y todo el jurado queda persuadido de que no hay evidencia que demuestre tu culpabilidad. Se te absuelve. Imagina entonces al juez leyendo la sentencia según la cual quedan refutadas todas las acusaciones que pesaban contra ti, y oyes al tribunal declarándote inocente. Toda la sala prorrumpe en aplausos. El funcionario te acompaña hasta la salida con gesto respetuoso y allí disfrutas del aire libre y de la luz del sol.
Esa es una imagen válida de la justificación, si bien no llega a abarcar todo lo que esta implica, dado que en la analogía propuesta tú eras culpable, pero en la vida real no hay ninguna cantidad de argumentación que pueda cambiar ese hecho. En el plan de la redención no es solamente que el juez te "declara justo", sino que te restablece "al orden" ante los ojos de la comunidad, como atestigua el hecho de que se ha producido un cambio en tu interior. Ese es el significado básico de justificar--de ser "restablecido al orden". El juez que absuelve a alguien de una acusación criminal no sólo lo declara justo, sino que lo presenta ante la sociedad como estando en un orden o estatus correcto. De un párrafo que está alineado uniformemente en sentido vertical a derecha e izquierda, se dice que está justificado. No es simplemente que se lo declare justificado. Lo mismo es cierto en tu caso.
Si es que queda una partícula de decencia en tu alma culpable, cuando oyes al juez declararte inocente y decretar tu libertad, tu respuesta inmediata será tomar de todo corazón la resolución de llevar una vida ordenada en lo sucesivo, especialmente si el que te defendió en el tribunal lo hizo a costa de un gran riesgo personal para él (hablaremos más sobre el particular).
Esa escena judicial ilustra pálidamente la gran idea bíblica de la justificación por la fe. Tomando prestada por un momento la terminología judicial, la justificación es a la vez forense y efectiva, es legal y es práctica. No es el producto de acto u obra alguna que tú mismo realices. "Él [Dios] quería mostrar en el tiempo presente cómo nos hace justos; pues así como él es justo, hace justos a los que creen en Jesús" (Romanos 3:26, DHH). "Por la justicia de Uno vino a todos los hombres la justificación que produce vida" (Rom 5:18) a modo de don gratuito. Somos "justificados gratuitamente por su gracia mediante la redención que es en Cristo Jesús" (Romanos 3:24). Dios llega hasta el punto de justificar "al impío" (Romanos 4:5), y ese prodigioso resultado le cuesta a Cristo derramar "su sangre" (Efesios 1:7). Es una experiencia sublime constatar que "si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? … ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica" (Romanos 8:31-33).
Significado de justificación en los tiempos bíblicos
Si evitamos que nos confunda la complicada terminología de teólogos y comentadores, la propia Escritura se interpretará a sí misma, de forma que podamos comprenderla fácilmente. Así, proponemos dejar a un lado por el momento a comentadores y reformadores, y permitir que sea la Biblia misma la que explique lo que significa la expresión justificación por la fe. Descubrirás que realmente importa lo que cada uno cree acerca de la justificación.
1. El significado del término empleado en el Antiguo Testamento para justificar, en su acepción primaria, no era hacer justo ni declarar justo a alguien, sino reconocer la evidencia de que la persona era justa. Sólo en un sentido secundario significaba declarar a alguien justo: "Cuando haya pleito entre algunos, y acudan al tribunal para que los jueces los juzguen, estos absolverán al justo y condenarán al culpable" (Deuteronomio 25:1). Para un juez hebreo habría resultado impensable "declarar justo" a un acusado, a no ser que hubiera podido comprobar previamente las pruebas que demostraban su inocencia. Jamás habría tomado una decisión apresurada de absolución o condenación sin examinar antes detenidamente toda la evidencia disponible. Si las pruebas demandaban la absolución, no debía obviarla. No debía inclinarse en uno u otro sentido ante impresiones subjetivas basadas en el prejuicio. "Declararlo justo" no era más que la expresión pública de reconocer la inocencia del acusado como resultado de la investigación realizada.
Salomón esperaba que el Señor justificara "al justo para darle conforme a su justicia" (1 Reyes 8:32). Sería redundante "declarar justo" a alguien del que se sabe ya que es justo. Está presente la idea de examinar las pruebas y reconocer la inocencia del acusado (si bien en realidad no hay una sola alma que sea inocente ante Dios). "¡Ay de … los que por soborno declaran justo al culpable, y al justo le quitan su derecho!" (Isaías 5:22-23).
El sentido de justificar es aquí examinar las pruebas y declarar lo que corresponda, sin ceder a intentos de soborno o conveniencias. Por descontado, no debemos deducir que haya alguien en la tierra que pueda considerarse intrínsecamente justo ante Dios, o bien que pueda aportar el mérito que sea. Pero ese lenguaje y procedimiento judicial nos prepara para comprender el significado de la justificación por la fe según el Nuevo Testamento.
2. En la idea del Nuevo Testamento sobre la justificación vemos de nuevo que su sentido primario es reconocer que la evidencia de las pruebas demanda un veredicto de absolución. Pero se introduce ahora un nuevo elemento que nunca está presente en un tribunal terrenal. Hay algo que se acredita en lugar de la justicia, que permite en justicia que Dios reconozca y declare justa a la persona culpable. Pero Dios jamás hace juicios apresurados basados en sentimientos subjetivos o en acepción de personas. Tal como era el caso con el juez hebreo, está sujeto al peso de la evidencia probatoria.
Examinemos varios ejemplos del Nuevo Testamento sobre la idea de la justificación: "El pueblo entero … lo escuchó, incluso los publicanos justificaron a Dios, bautizándose con el bautismo de Juan" (Lucas 7:29). Ese justificar a Dios no consistió ciertamente en la arrogante presunción humana de poseer el derecho de juzgar a Dios, sino que consistió en el reconocimiento de la evidencia probatoria de que Dios es justo.
"Por tus palabras serás justificado y por tus palabras serás condenado" (Mateo 12:37). De nuevo, eso es mucho más que una simple declaración de inocencia o de culpabilidad. En otro lugar Jesús afirmó que en el juicio el Padre no decretará la condenación de ninguno de los perdidos ("el Padre no juzga--condena--a nadie" Juan 5:22). Y si alguien no cree en él, Jesús afirmó igualmente que no decretará su condenación (Juan 12:47-48). ¿Por qué?--Porque la prueba de las "palabras" del pecador cumplirá ese cometido, y todos los que observen--incluidos los que son sometidos a juicio-- lo reconocerán de forma unánime. De igual forma, la absolución de los justos descansará en una prueba fácilmente reconocible: sus "palabras" demostrando fe en Cristo.
Una paradoja sublime
El nuevo elemento que irrumpe en escena es la justicia de Cristo, que se imputa (acredita) al culpable que cree en él (ver Romanos 4:6). Eso no es ninguna treta legal celestial. Si se tratara de una mera manipulación, Dios podría efectuarla sin requerir la fe del pecador. Pero es claro que la justicia de Cristo solamente puede imputarse al pecador culpable que ejerce fe.
Eso nos demuestra que la fe del pecador permite realizar aquello que de otra forma sería imposible para Dios: ser justo a la vez que justifica al injusto. Dios crea una paradoja sublime, una disposición maravillosa que descansa sobre un fundamento legal, pero que abarca infinitamente más que una mera legalidad. La fe del pecador libera el impedimento legal que de otra forma forzaría a Dios a abandonarlo a la merecida "paga del pecado", que es la muerte.
Evidentemente, esa fe es un elemento crucial. Responde al propio carácter de Dios de amor infinito, quien provee a Cristo como a nuestro Sustituto y hace posible la maravillosa fórmula de la justificación por la fe. La fe no es nunca nuestro salvador, pero hace posible que la obra de Cristo como Salvador sea eficaz en favor nuestro. Escudriñar el significado de la fe es realmente la búsqueda eterna del tesoro escondido. El gran modelo que se nos propone es la justificación por la fe tal como la experimentó Abraham: "¿Qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios y le fue contado por justicia … pero al que no trabaja, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia … a Abraham le fue contada la fe por justicia" (Romanos 4:3-9).
La fe siendo contada por justicia conlleva la misma idea de "reconocimiento" que encontramos en el Antiguo Testamento. Es radicalmente diferente de la invención católico-romana de una justicia infundida, recibida mediante los sacramentos. Abraham no efectuó obras rituales del tipo que fuera; no se le infundió justicia alguna--no se lo convirtió en depósito de justicia. Lo que sucedió es que su fe le fue contada por justicia. Aunque su fe no estuvo basada en ningún logro humano, algo trascendente y real había ocurrido en su propio interior. Tal como sucede a todo auténtico cristiano, Abraham creyó "con el corazón" "para justicia" (Romanos 10:10). Hubo algo extraordinario que enterneció su corazón: discernió el sacrificio de Cristo en su favor, ya que vio el "día" de Cristo y "se gozó" (Juan 8:56). Su fe consistió en el aprecio profundo y sincero hacia el sacrificio de aquel "Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo" (Apocalipsis 13:8). De esa forma Abraham vino a ser el "padre" de todos los pecadores "justificados en su sangre"--la sangre de Cristo (Romanos 5:9).
Eso significa que la justificación por la fe ha de ser más que una mera declaración legal de absolución por parte de Dios. (Por supuesto, incluye eso; pero es también una atribución o reconocimiento divino de la fe del pecador, que le es "contada por justicia"). Por consiguiente, la justificación por la fe va mucho más allá de una declaración legal, pues implica una reconciliación del corazón del pecador, un milagro realizado por el Espíritu Santo, quien aviva esa fe dinámica "que obra por el amor" (Gálatas 5:6). Y ese obrar de la fe en la justificación no se debe confundir con la santificación, otro término teológico al que prestaremos atención más adelante.
Pablo captó la gran idea, y debemos permitir que la exprese. Es simple y es clara, y no está en contradicción con el sentido de justicia que Dios nos ha dado. No necesitas aceptar ninguna ficción a fin de creer en la justificación por la fe. La brillante idea presentada por Pablo consiste en que la fe del pecador es contada por justicia, y esa gran idea contiene "dinamita". (En este libro, la expresión "justificación por la fe" tiene un sentido mucho más amplio que el habitual. De igual forma, la expresión "justicia por la fe" incluye tanto la justificación como la santificación por la fe, siendo ambos dones de la gracia de Dios en su plan para restaurar en los pecadores su propia imagen).
Imagina que te encuentras entre la audiencia de Pablo. En Romanos 3:19 ha constatado que todo el mundo es culpable del pecado que crucificó al Hijo de Dios, y que nadie puede ser justificado por intento alguno de obedecer la ley de Dios, por la razón simple de que "todos han pecado" transgrediéndola, y por lo tanto nadie puede lograr la rectitud mediante ella. Pero "todos" son "justificados [puestos en orden] gratuitamente" (vers. 24) mediante la gracia de Cristo, quien derramó "su sangre" por nosotros. Hay algo en ese sacrificio, que permite a Dios "manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados" (vers. 25). Algunos lo han criticado por parecerles ilegal, injusto y hasta inmoral. ¿Cómo puede un Dios justo permitir que la justicia de una Persona buena sea atribuida a una mala persona? ¿Acaso no se trata de un subterfugio legal? ¿No es el tipo de manipulación que algunos abogados suelen practicar bajo mano?
Pablo era consciente de esa acusación. Continuó razonando que Dios es justo, y que tiene derecho a proceder así en favor de quien tiene fe, de quien cree en Jesús (Romanos 3:26). La fe viene a ser la clave suprema en esa extraña pero maravillosa transacción. La "ley … de las obras" (Romanos 3:27) es inútil al respecto. Lo que ahora rige es una nueva ley--"la ley de la fe". La fe viene a ser un principio esencial en el gran plan divino de la salvación.
Una ilustración de la verdadera justificación por la fe
Imagina a Pablo preguntando: '¿Hay algo que no quedó claro? ¡Que nadie se desanime! Tened un poco más de paciencia'. Se dice que una imagen vale más que mil palabras, y en el capítulo 4 de Romanos vamos a contemplar en el propio Abraham una imagen de la justificación por la fe. Algún día teníamos que ver un sermón más bien que oírlo, y el sermón de Pablo es aquí precisamente Abraham: el ejemplo por antonomasia de alguien que fue justificado por la fe. Hasta un niño puede entenderlo al ser expresado mediante una imagen.
Millones, tanto judíos como cristianos, aclaman a Abraham como a su "padre", convirtiéndolo así en el ser humano quizá más representativo de la era que precedió a la encarnación de Cristo. Pero al margen de pretensiones genéticas de ser descendencia abrahámica, Pablo afirma que Abraham solamente puede ser "nuestro padre" si tenemos la fe que él tuvo. La experiencia de su vida es nuestro propio relato, encerrado en una lucha fascinante contra la duda por décadas, durante las cuales aprendió a creer contra toda esperanza (vers. 18).
El Señor catapultó las expectativas de Abraham al prometerle hacer de él "una gran nación" de la que vendría el Mesías, y así, en Abraham serían "benditas … todas las familias de la tierra". Sus hijos serían tan incontables como las estrellas del firmamento (Génesis 12:2-3; 13:14-16; 15:5-6). Pero, ¿en qué consiste eso que se llama fe?
Después de lo referido, el Señor pareció abandonar la escena, dejando al pobre Abraham titubeando por décadas, sin el menor indicio de que pudiera nacerle un hijo. Los demás no tenían problema para producir una descendencia abundante, mientras que él, a quien se había hecho aquella tremenda promesa que resonaba aún en sus oídos, parecía condenado a no saber lo que es tener un hijo.
Cuando abandonó Harán para dirigirse a la tierra prometida, Abraham, que por entonces tenía 75 años, estaba envejeciendo. Siendo sólo diez años más joven que él, las esperanzas de maternidad disminuían para Sara cada año que pasaba. Teniendo Abraham 86 años intentaron resolver el problema mediante un subterfugio consistente en añadir una segunda esposa. A Agar le nació Ismael. Pero el Señor rehusó reconocerlo como el heredero prometido, y comenzó a desplegarse lentamente otra década en la que tampoco habría señal alguna de embarazo por parte de Sara (Génesis 16:17). La situación parecía desesperada. Dios era poderoso: tanto Abraham como Sara estaban convencidos de ello; el problema estaba en si era su voluntad, o si no lo era que tuvieran el hijo prometido. ¿Dónde estaba el amor de Dios? Solemos tener más facilidad en creer en los milagros de su omnipotencia, que en su divino deseo por realizarlos.
Pero teniendo ya Abraham 99 años sucedió algo. El libro de Hebreos afirma que tanto él como Sara tuvieron "fe", y sucedió eso que es ginecológicamente imposible: Sara concibió. Hubo mucha alegría cuando nació el bebé Isaac. La felicidad debió ser realmente desbordante, tras décadas de continuos desengaños y de creer contra toda esperanza.
Pero para el anciano héroe las pruebas no habían hecho más que empezar. Teniendo Isaac alrededor de veinte años y gozando del amor más tierno y maduro por parte de su padre Abraham, Dios puso a prueba por última vez su fe, y se trató de la prueba más terrible a la que un santo mortal haya tenido que enfrentarse. Tenía que ofrecer a Isaac como una ofrenda ardiente sobre el mismo monte que un día estaría coronado por la cruz del Gólgota.
Una vez más, el problema al que se tenía que enfrentar el afligido Abraham era su percepción del carácter de Dios. ¿Dónde estaba el amor divino? ¿Podría creer Abraham, cuando todo parecía indicar que el Señor era un ogro cruel, tan malvado como los dioses cananeos? En la densa oscuridad de su limitación humana, ¿podría demostrar la fe que se anticipara a la declaración de Juan: "Dios es amor"?
Las debilidades propias de la edad senil convertían la prueba en aún más dolorosa, pero Abraham la abordó con entereza y lealtad. "Ante la promesa de Dios no vaciló como un incrédulo, sino que se reafirmó en su fe y dio gloria a Dios" (Romanos 4:20, ver también Génesis 22). "Ganó" de esa forma el derecho a ese título distintivo con el que en ocasiones nos referimos a él: "el padre de los creyentes", es decir, de los que tienen una fe plena, de aquellos que aprecian y confían en el carácter de amor de Dios aun cuando todo parece negar que tal sea el caso.
En la experiencia vital de Abraham quedó establecido para siempre el modelo de la justificación por la fe. La fórmula de Génesis: "Abram creyó a Jehová y [su fe] le fue contado por justicia" vino a ser la piedra angular del revolucionario concepto de la justicia por la fe que Pablo articuló (Génesis 15:6 y Romanos 4:3-9).
Cómo actúa la "ley de la fe"
Nadie puede mejorar la forma en que Abraham fue contado como justo. Todo cuanto podemos hacer es caminar en los pasos de esa fe tal como hizo Abraham; no en los pasos del mero desempeño humano--señala Pablo--sino en los pasos de la fe que Abraham tuvo. Las "buenas nuevas" de la justificación por la fe fueron tan válidas en los días de Abraham como en cualquier otro tiempo posterior.
Abraham era un pecador lo mismo que todos nosotros, y merecía lo mismo que nosotros merecemos: la muerte. "La promesa de que sería heredero del mundo, fue dada a Abraham o a su descendencia, no por la ley sino por la justicia de la fe" (Romanos 4:13).
Ahora bien, se debe notar que la fe de Abraham no es la justicia; el texto afirma que su fe le fue contada por justicia. Cuando él "creyó a Dios", su fe no consistió en un asentimiento intelectual a doctrinas, y tampoco fue un afán egocéntrico de recompensa. No fue una maniobra ingeniosa ante la perspectiva de asegurarse una posesión valiosa--la tierra--para él o para sus descendientes. Una "fe" como esa no habría sido más que un negocio tan ventajoso como egoísta. Su fe no consistió tampoco en un intento de escapar a los horrores del infierno. De ser así, eso lo habría convertido en un avezado oportunista. Su fe no fue una confianza motivada por un sentido egocéntrico de inseguridad.
"Con el corazón se cree para justicia" (Romanos 10:10). La fe de Abraham fue una vivencia del corazón, fue algo real y profundo. La fe de Abraham propició una transformación según la cual, de ser un enemigo de Dios, vino a convertirse en su amigo. De hecho, fue reconciliado con Dios a pesar de no poder aportar obra alguna digna de su justificación. Fe es todo cuanto tuvo, y Pablo puntualiza que eso sucedió estando aún incircunciso. Fue sólo eso, ¡pero eso era precisamente todo lo que Dios le pedía que tuviera!
La pregunta es ahora: ¿En qué consiste eso que se llama fe?