Oro afinado en fuego

Capítulo 4

En qué consiste la fe auténtica

Uno se pregunta si se ha hablado tanto de algún otro tema, comprendiéndolo tan poco como en el caso de la fe. No obstante, la fe es el componente esencial en la fórmula "justificación por la fe" de la que tanto se ha dicho. Tanto, que hay quien no quiere oír más al respecto.

Pero dado que la fe descrita en el Nuevo Testamento constituye en ella misma un mundo en gran parte desconocido, la justificación por la fe del Nuevo Testamento es también un sistema de verdad pendiente de descubrir. Si bien la justificación por la fe está destinada a alumbrar la tierra con la gloria de Dios, Cristo nos hace saber que por ahora somos "pobres", "ciegos" y "desnudos" en lo que respecta a la comprensión de la misma; sin embargo, hemos imaginado lo contrario: "Soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad" (Apocalipsis 3:17). El descubrimiento de los inmensos secretos del evangelio es una tarea más fascinante que la de los buzos buscadores del oro sumergido en antiguos navíos españoles que naufragaron.

Una razón por la que muchos encuentran aburrido el tema de la justicia por la fe tal como la presenta el relato del evangelio, es el fallo en discernir la idea dinámica contenida en la fe del Nuevo Testamento. Enemigos del evangelio protestaron en cierta ocasión en estos términos contra quienes ejercían una fe como esa: "¡Trastornan el mundo entero!" (Hechos 17:6). Esos resultados se volverán a repetir cuando sea redescubierta la auténtica verdad.

Pero la idea "evangélica" común acerca de la fe nunca podrá trastornar el mundo, ya que es egocéntrica en su esencia. Millones de cristianos suponen ingenuamente que esa preocupación centrada en el yo es perfectamente apropiada. En lugar de enfocar su egocentrismo en logros mundanos y materiales, simplemente transfieren esa motivación a las mansiones en el cielo, confiados en que su egoísmo se transformó así en una aspiración santa. La fe se concibe entonces como tu propia confianza en que obtendrás la gran recompensa que deseas. Pero ¿acaso no se trata de la misma raíz de egoísmo disfrazada, magnificada y espiritualizada?

Tal como la presenta el Nuevo Testamento, la fe es siempre muchísimo más que una confianza egocéntrica. El versículo mejor conocido de la Biblia provee la definición del propio Jesús sobre la fe: "De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna" (Juan 3:16).

Es Dios quien ama. Es él quien da. Nosotros creemos (creer y tener fe se traducen a partir de la misma palabra griega). Nuestra fe, nuestro creer, depende y surge a partir del amor y dádiva de Dios. Tal como la presenta el propio Cristo, es evidente que la fe consiste en la profunda y sincera apreciación del corazón hacia el amor de Dios en la dádiva de su Hijo. Una fe como esa nunca puede ser de naturaleza egocéntrica.

Edificada sobre la definición dada por Jesús, emerge la idea poderosa que Pablo expresa sobre la fe: "Con el corazón se cree para justicia" (Romanos 10:10). Primeramente debe tener lugar la revelación del amor de Dios, de otra forma nadie puede creer. Por consiguiente, "la fe … obra por el amor" (Gálatas 5:6). La fe no es una emoción superficial de naturaleza sentimental, sino que gana el corazón en su nivel más profundo de afecto y compromiso. Un ser humano que desconozca esa respuesta, es alguien carente de fe, que es la expresión última del alma incrédula. Creer "con el corazón" es el despertar del amor ante la revelación del amor de Dios; no obstante, Pablo no afirma que fe sea lo mismo que amor. La experiencia de la fe genuina lleva al amor genuino. El amor es un don cuya procedencia se encuentra fuera de la naturaleza egoísta del hombre.

Pero, maravilla de maravillas, ese frío corazón pecaminoso es capaz de reanimarse y apreciar el amor de Dios al serle revelado en el Calvario. Esa es la idea de Pablo sobre la fe. Dios amó de tal modo al mundo, que concedió el don de Cristo, "a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre" (Romanos 3:25). A alguien le puede parecer tediosa esa terminología trillada, pero lo cierto es que cuando Pablo la expresó, evocó una respuesta magnífica en los corazones humanos.

La cruz revela las dimensiones del amor de Dios

Considera lo que sucedió cuando Jesús vino a esta tierra. El Hijo de Dios había venido a ser uno "con nosotros", alguien más próximo y entrañable que un hermano. Todas nuestras capacidades para el afecto, devoción y aspiraciones, que por largo tiempo habían estado dormidas, resultaron avivadas como nunca antes, ya que Dios había creado al hombre a su imagen. No es sólo que nosotros amáramos a Jesús en tanto en cuanto ser humano (en su debilidad podíamos amarlo como tal), sino que podíamos igualmente adorarlo. Podíamos adorarlo sin incurrir en idolatría. Fue hombre, pero fue también "Dios con nosotros" (Mateo 1:23). La tierra no había conocido jamás a una Persona como él. Nuestro amor hacia él se unía al santo temor y reverencia debidos a su divinidad.

Luego, tal como sucedió a sus discípulos, lo vemos crucificado, quebrantado, abatido, sangrante. Al ver manar su sangre tenemos la convicción indefinible de estar de alguna forma implicados en ese crimen, y reconocemos que nuestra mente pecaminosa es "enemistad contra Dios". En ese evento también nosotros--en la persona de sus discípulos--lo censuramos por amarnos hasta el punto de rehusar salvarse a sí mismo y de renunciar a todo poder político o riqueza material. Asimismo, le hemos sido infieles y lo hemos abandonado. Uno de nosotros lo ha negado y otro lo ha traicionado. Todos nosotros hemos guardado silencio y nos hemos escondido cuando se ha juzgado injustamente a Cristo.

Nunca antes la contemplación de la sangre había impresionado los corazones humanos como al verlo morir de esa forma. Fue indescriptible. La esperanza de recompensa en el cielo o el temor al castigo en el infierno, junto con cualquier otra motivación egocéntrica quedan descartadas, apareciendo en su lugar esa nueva y magnífica pasión por "la fe en su sangre".

Para Pablo esa fue la fe de la justificación por la fe. Su expresión "habiendo sido ya justificados en su sangre" ocurre en este contexto: "Pudiera ser que alguien tuviera el valor de morir por el bueno [tal como estaba dispuesta Alcestis a hacer por su excelente marido Admeto, según esa tragedia bien conocida por los griegos]. Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores [enemigos, según el vers. 10], Cristo murió por nosotros" (Romanos 5:7). ¡Colosal! Ese fue el mensaje de amor que revolucionó el mundo en lo antiguo.

Hay en el Nuevo Testamento dos palabras que son de importancia crucial para comprender el evangelio. La primera es 'amor' (agape), amor abnegado, que se entrega y sacrifica; y la segunda es subsidiaria de la precedente: 'fe'.

Agape: una palabra clave en la Biblia

Como sustantivo o bien como verbo, agape (amor) aparece unas trescientas veces en el Nuevo Testamento. Destaca en la ecuación sublime expresada por Juan: "Dios es amor [agape]" (1 Juan 4:8). Hay una "anchura … longitud … profundidad y … altura" (Efesios 3:18) en el agape, que sólo en la cruz es posible apreciar. Es un amor tanto mayor que nuestro mejor amor humano, como lo es la montaña respecto al grano de arena.

Jamás hubiéramos podido inventar un tipo de amor como el que llevó a Jesús a la cruz, pues está por encima de este mundo; es algo que sólo puede proceder de lo alto. No depende de la bondad o belleza del objeto amado, tal como es el caso con nuestro amor humano natural. El amor divino crea valor en el objeto que de otra manera carecería del mismo, mientras que nuestro amor humano es un triste esclavo del valor de su objeto.

El agape no procura escalar, sino que está dispuesto a condescender "hasta la muerte de cruz" (Filipenses 2:8), hasta el equivalente de la segunda muerte, una muerte que incluye el "infierno". Un amor como ese es la maravilla de la tierra y del cielo, especialmente al tener presente que la muerte de cruz era universalmente reconocida como la maldición de Dios, la ocultación final e irreversible de su rostro. No obstante, el amor del Padre era igual al del Hijo, ya que "de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito". El Hijo se dio a sí mismo para someterse al horror del infierno por nosotros (Juan 10:17-18).

La respuesta humana que el agape divino hace posible

La segunda palabra clave es pistis: "fe". Aparece en el Nuevo Testamento una 500 veces en su forma sustantiva o verbal. No es de modo alguno equivalente a "confianza", si bien la fe incluye un elemento de confianza. Cuando Pablo se refirió a la confianza, empleó siempre una palabra diferente (más adelante prestaremos atención a ese particular). Cuando definimos superficialmente la fe del Nuevo Testamento como confianza, estamos introduciendo un fundamento básico de inseguridad, una preocupación egocéntrica motivada por el temor. Confiamos en nuestro banco porque tememos guardar el dinero bajo el colchón. Confiamos en la policía porque tememos transitar las calles en caso de que ellos no estén patrullando por allí. Confiamos en el gobierno porque tememos el desgobierno, el caos y la anarquía. En ese tenor, nuestra afirmación de que confiamos en Cristo para la salvación puede quedar muy lejos de la magnífica fe de los apóstoles, ya que una confianza como esa puede estar confinada al radio egocéntrico de nuestra preocupación egoísta.

Ese tipo de confianza puede lucir bastante bien y parecer justificable ante el egocentrismo enraizado en nuestra naturaleza humana pecaminosa, pero no es la fe del Nuevo Testamento. Es preciso comprender ese gran concepto expresado repetidamente como "la fe", o en caso contrario jamás podremos entender lo que sucedió en los días de los apóstoles. Su fe dependía de una apreciación definida de lo que encierra el agape. Destrúyase o debilítese la idea del agape, y automáticamente se está destruyendo o debilitando el contenido esencial de la fe. Y dado que la justificación por la fe es el único camino por el que podemos ser "reconciliados con Dios", no es sorprendente que Satanás haya procurado astutamente corromper el significado del agape, de forma que pueda corromper a su vez el significado de la fe y anular de ese modo la influencia del verdadero evangelio.

Es posible seguir el rastro de esa maniobra artera en la historia temprana de la iglesia primitiva, que explica por qué hoy se prodigan tantos conceptos contrapuestos sobre la justicia por la fe.

En el capítulo siguiente examinaremos la historia emocionante de cómo Satanás robó a los cristianos sinceros la verdad del amor de Dios y la verdad de la fe del Nuevo Testamento.