El arma que utilizó Satanás para corromper la idea del agape fue la idea pagana de la inmortalidad natural del alma. Esa noción era casi universal, y en ocasiones llegó a infiltrar al propio judaísmo. En contraste, el concepto que presenta el Nuevo Testamento es claro: el hombre es mortal por naturaleza, y es inconsciente una vez que muere. Sólo mediante Cristo puede recibir inmortalidad, y tal cosa no puede suceder antes que resuciten los muertos, o bien tras experimentar lo que la Biblia llama traslación. Ambas cosas tendrán lugar cuando Cristo venga por segunda vez.
La noción de que el hombre posee inmortalidad natural requiere que los justos vayan directamente al cielo al morir, o bien-- según algunos--a un estado intermedio llamado purgatorio. Esa enseñanza requiere asimismo que los malvados, al morir, vayan a un lugar donde la vida continúa de forma indefinida en medio de una tortura incesante y peor que la que pudiera haber inventado la Gestapo. Es evidente que una doctrina como esa no sólo hace innecesaria la resurrección de los muertos, sino que distorsiona gravemente el carácter de Dios, presentándolo como una deidad implacable y sádica.
Es todavía más grave que ese concepto pagano destruya de la forma más efectiva el significado de la cruz de Cristo, ya que corrompe la idea del amor que en ella se hizo patente. De ser cierto ese concepto, es evidente que Cristo no pudo morir en la cruz, y en tal caso Dios no habría amado al mundo hasta el punto de dar a su Hijo por nosotros: sólo lo habría prestado. Y Cristo no habría podido morir una verdadera muerte por nosotros, el equivalente a la "muerte segunda" (Apocalipsis 2:11; 20:14). Según esa perspectiva habría padecido meramente agonía física y mental equiparables a las que sufrieron infinidad de soldados heridos mortalmente en combate, quienes agonizaron en ocasiones por mucho más tiempo que Jesús cuando murió en la cruz. La idea central se reduce a que Cristo nos fue prestado sólo por un breve tiempo.
Esa noción pagana de la inmortalidad inherente del hombre interpreta que tanto Cristo como el ladrón que se arrepintió en la cruz disfrutaron aquel mismo día de una gran recompensa (la coma que los traductores han insertado estratégicamente precediendo la palabra "hoy" no existe en el original griego de Lucas 23:42). Si bien es cierto que hasta ese punto Jesús tenía conciencia de su victoria final, aquella no era la plena medida de sus sufrimientos y muerte por nosotros. Tras el episodio del arrepentimiento del ladrón, las tinieblas rodearon la cruz y Jesús entró en la terrible experiencia de sentir cómo el Padre le ocultaba el rostro, algo que jamás había conocido anteriormente. Todo eso estaba incluido en que él "experimentara la muerte por todos" (Hebreos 2:9).
El significado real de la muerte
La muerte de Cristo no es lo que superficialmente asumimos que fue. Lo que llamamos muerte no es en realidad tal cosa, puesto que la Biblia lo llama "sueño" (Juan 11:11-14; 1 Tesalonicenses 4:15-17). Jesús experimentó la segunda "muerte por todos", el tipo de muerte en el que no brilla ni un solo atisbo de esperanza. Es como si todas y cada una de las células de tu cuerpo, alma y mente agonizaran asfixiadas bajo el horror de una desesperación indescriptible. Para Cristo no hubo en la cruz ninguna bendita inconsciencia que mitigara la conciencia clara de esa horrible oscuridad.
Con excepción del Señor, ningún ser humano en toda la historia ha llevado la plenitud de esa carga de condenación y desesperación. Él sintió plenamente el peso de la "maldición" de Dios, que tal como afirma Pablo citando a Moisés, recae sobre "todo el que es colgado en un madero" (Gálatas 3:13; Deuteronomio 21:22-23). Ningún otro crucificado la ha sentido como la sintió él. A eso se refiere Isaías cuando afirma que Cristo "derramó su alma hasta la muerte" (Isaías 53:12).
¿Podemos imaginar el horror de una oscuridad sin fin, la soledad, el olvido, la separación eterna del Padre, la ruina más completa, la vergüenza y humillación asociadas a la pérdida?--No podemos. Misericordiosamente, no podemos comprenderlo debido a que Otro lo ha "experimentado" ya en nuestro lugar, tomando la amarga copa que a nosotros correspondía. De haberla probado nosotros, habríamos perecido. Eso es lo que él sufrió en lugar nuestro. Cristo no era un actor repitiendo en el estrado un guión aprendido; no estaba aparentando aquello que realmente no sentía. Cuando clamó "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Mateo 27:46), sentía exactamente lo que expresaba su exclamación. No fue el dolor causado por los clavos en sus manos o sus pies, sino el horror del olvido eterno, lo que lo hizo agonizar. Murió bajo el peso de la culpa que tomó sobre sí: la culpabilidad de todo el pecado acumulado del mundo.
Lo importante es que "en esto se mostró el amor [agape] de Dios para con nosotros". "En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados" (1 Juan 4:9-10). Ajenos a la idea griega de la inmortalidad del alma, los apóstoles llegaron a comprender lo que sucedió en la cruz. Allí se desplegó ante el mundo y el universo "la anchura, la longitud, la profundidad y la altura" del "amor [agape] de Cristo, que excede a todo conocimiento" (Efesios 3:18-19).
Junto a esa clara visión, los apóstoles sintieron también ese gran poder ardiendo en sus corazones, una fuerza realmente colosal: "El amor de Cristo nos constriñe [nos motiva], pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y él por todos murió, para que los que viven ya no vivan para sí [porque encuentren imposible hacer tal cosa], sino para aquel que murió y resucitó por ellos" (2 Corintios 5:14-15). El simple hecho de contemplar la grandeza de ese amor encendió la mecha de esa profunda motivación. La fe consistió en la apreciación real y genuina de ese tipo de amor [agape] divino.
Cómo hacer nuestra esa fe de los apóstoles
No es necesario ser uno de los tempranos apóstoles para "ver" con los ojos aquello que ellos contemplaron. El Espíritu Santo convierte en una vívida realidad lo que oímos--con fe--en la Palabra (Gálatas 3:1; Romanos 10:17). Como les sucedió a ellos, nuestros corazones, antes alejados de Dios, vienen ahora a ser reconciliados con él por la fe, y eso significa que somos también reconciliados al mismo tiempo con su ley. Ha de ser necesariamente así, puesto que nuestra natural "enemistad contra Dios" consiste en que "la mente carnal … no se sujeta a la ley de Dios" (Romanos 8:7). Y dado que "el cumplimiento de la ley es el amor" (Romanos 13:10), "la fe que obra por el amor" (Gálatas 5:6) produce de forma inmediata obediencia a todos los mandamientos de Dios, incluyendo el tan denostado mandamiento sobre el sábado.
En el tiempo de los apóstoles, la sensualidad, el materialismo, el amor al dinero y el lujo, vivir para uno mismo, eran tentaciones sin duda tan poderosas como lo son hoy. Nuestras derrotas humillantes ante tales tentaciones les habrían parecido a ellos un sinsentido. Sabían por experiencia que la fe obra con un poder que es pura dinamita. Habrían deplorado nuestra falta de entendimiento al ver cuánto nos cuesta seguir a Cristo y sacrificarnos por él. Lo que ellos experimentaron es la justificación por la fe según la claridad del Nuevo Testamento; eso hizo que revolucionaran el mundo, y que el mundo resultara crucificado para ellos (Gálatas 6:14).
¿Puedes ver por qué Satanás quería neutralizar el empuje de ese amor? En la temprana era cristiana hizo todo esfuerzo por distorsionar y confundir esa idea del agape hasta el punto de que Cristo tuvo que declarar apenado respecto a la iglesia de Éfeso (la iglesia apostólica temprana): "Has dejado tu primer amor [agape]" (Apocalipsis 2:4). Muchos de los padres de la iglesia confundieron el significado del amor hasta el punto de que Plotino--siglo III-- rechazó la idea de que Dios es agape, atreviéndose a atribuirle la noción helenística del amor egocéntrico derivado de la creencia en la inmortalidad natural. Hacia el siglo quinto la apostasía respecto al amor estaba tan arraigada que Agustín--el padre del romanismo medieval--sintetizó las ideas opuestas del Nuevo Testamento y del helenismo respecto al amor, resultando en un concepto mixto que él llamó caritas, y que vino a convertirse en la doctrina básica del romanismo medieval.
Contrariamente a lo que Agustín previó, el resultado fue un sistema deplorable de salvación mediante obras meritorias. Su naturaleza egocéntrica no dejaba otra opción.
Pero la peor tragedia vino más tarde. El protestantismo heredó en general la idea de Agustín y perpetuó ese mismo principio egocéntrico. Así, la idea de la justificación por la fe que comúnmente sostuvieron los reformadores contenía la semilla de su propia corrupción final. No es sorprendente que Apocalipsis se refiera al ángel de la iglesia de la Reforma--representada por Sardis--en estos términos: "Tienes nombre de que vives y estás muerto" (Apocalipsis 3:1).
Lutero--siglo XVI--sin embargo, rechazó la noción pagana de la inmortalidad natural, y en consecuencia pudo sobreponerse en parte a aquella síntesis de Agustín, iniciando la restauración del agape del Nuevo Testamento. La comprensión de Lutero sobre la verdad bíblica relativa a la naturaleza del hombre le permitió tener vislumbres más claras sobre la justificación por la fe. Pero Calvino y otros reformadores se aferraron a la doctrina paganopapal, lo mismo que hicieron otros colegas y seguidores de Lutero. Debido a su idea distorsionada sobre el amor de Dios, su concepto sobre la fe resultó degradado en correspondencia. Jamás fueron capaces de escapar al radio restringido de una fe egocéntrica, lo que los incapacitó para descubrir la gran idea presente en el Nuevo Testamento.
Su preocupación estuvo siempre ensombrecida por su sentido de inseguridad y temor. '¿Cómo puedo escapar al tormento del infierno? ¿Cómo puedo estar seguro de obtener una recompensa en el cielo?' Sus mentes estuvieron siempre condicionadas por cuestionamientos como esos. No se les debe culpar por ello. Fueron grandes hombres, pero heredaron una doctrina errónea sobre la naturaleza del hombre. Sus ideas sobre la justificación por la fe estuvieron siempre tintadas de preocupación egocéntrica, particularmente por el miedo a la terrible perspectiva de un tormento eterno. Y acechando bajo la superficie subyacía siempre la idea de un Dios airado y vengativo que a duras penas merecía el nombre de Padre. El apóstol Juan comprendió que "el perfecto amor [agape] echa fuera el temor" (1 Juan 4:18), pero no así los reformadores, obsesionados como estaban con su doctrina de la inmortalidad natural. Esa desviación degradaba necesariamente su comprensión del sacrificio de Cristo, y en tales circunstancias era inevitable su afán egocéntrico por seguridad. Nunca pudieron sobreponerse a la bruma para contemplar en su majestuoso brillo y grandeza la justicia por la fe del Nuevo Testamento.
Entre las filas de los calvinistas la confusión de algunos llegó hasta el punto de intentar tergiversar el Nuevo Testamento atribuyéndole la enseñanza de que un Dios arbitrario predestinó a algunos para ser salvos sin importar qué creyeran, y a otros para perderse al margen de su fe. En la práctica, esa rama del calvinismo degradó la justificación por la fe convirtiéndola en justificación por la predestinación. ¡Difícilmente pueden cisternas rotas como esas ser fuentes puras del agua de vida! Lo descrito no equivale a una impugnación de la sinceridad o devoción de los reformadores de siglos pasados. Cabe decir con toda amabilidad que estaban sincera e involuntariamente confundidos debido a haber heredado el error pagano-papal de la inmortalidad natural.
Casi lo lograron
Los Wesley estuvieron a punto de sobreponerse a la confusión y ver la luz. Rechazaron la forma calvinista de predestinación, y su concepto acerca del carácter de Dios fue en consecuencia más elevado. No obstante, continuaron confundidos por la idea de la inmortalidad natural, que seguía obrando sutilmente bajo la superficie y distorsionaba la plena verdad del evangelio, haciéndolos hasta cierto punto esclavos de una preocupación egocéntrica.
Al propósito cabe decir lo que afirma Hebreos de generaciones pasadas: que "Dios tenía reservado algo mejor para nosotros" en el tiempo del fin (Hebreos 11:40). "La senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto" (Proverbios 4:28). Dios honró "al ángel de la iglesia" de los reformadores, ya que prometió: "Le daré la estrella de la mañana" (Apocalipsis 2:28).
Dispersos aquí y allí durante siglos desde los días de Lutero, hubo unos pocos con visión clara que rechazaron decididamente la doctrina pagana de la inmortalidad natural. La enseñanza del Nuevo Testamento consistente en vida solamente en Cristo--o inmortalidad condicional- fue objeto de desprecio por parte de numerosos oponentes, que la llamaron mortalismo. Bryan Ball dice de algunos de sus adeptos en Inglaterra: "En 1646 Richard Overton fue confinado a la Torre por haber escrito un libro que presentaba el punto de vista del mortalismo, y en 1658 Thomas Hall incluyó el mortalismo en una lista de errores 'diabólicos' de aquel tiempo… En los 'Cuarenta y dos Artículos sobre Religión' de 1553 se lo había condenado por herético"[1].
En los últimos días va a darse una recuperación plena del "evangelio eterno" de la justificación por la fe, tal como la experimentaron Abraham y Pablo. Y ha de materializarse en la constitución de una vasta multitud de entre "toda nación, tribu, lengua y pueblo" que proclame "a gran voz: '¡Temed a Dios y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado. Adorad a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas!'" (Apocalipsis 14:6-7). Es imposible adorar a Dios "en espíritu y en verdad" (Juan 4:23) a menos que haya una clara percepción de su verdadero carácter, una percepción libre de toda distorsión paganopapal. Y "la hora de su juicio" no es la hora cuando Dios condena al mundo en sádica venganza. Él ha afirmado expresamente que no va a hacer tal cosa (Juan 5:22; 12:47-48). La hora de su juicio es la hora en la que él queda absuelto y vindicado, la hora en la que la verdad clara y plena funde la bruma de una concepción minúscula y viciada acerca de él.
Lo anterior es un anuncio de la recuperación plena del agape del Nuevo Testamento, el único capaz de hacer honor al verdadero evangelio. Es muy significativo que el fruto de ese reavivamiento del evangelio sea el desarrollo de un pueblo que se describe como "los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús" (Apocalipsis 14:12). Solamente el amor [agape] es "el cumplimiento de la ley" (Romanos 13:10). Una vez más, la fe del Nuevo Testamento consiste en la sincera y profunda apreciación de la cruz por parte de los seres humanos. Para los "santos", guardar los mandamientos no consiste en una búsqueda de seguridad pilotada por el temor, sino en la expresión natural de su inmenso aprecio hacia el Hombre del Calvario. Se glorían solamente "en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo ha sido crucificado" para ellos, y ellos han sido crucificados "para el mundo" (Gálatas 6:14). Son conscientes de que viven solamente porque "Uno murió por todos" (2 Corintios 5:14). La fe del Nuevo Testamento ve el sepulcro como la única recompensa o salario que hemos "ganado". Cualquier otra cosa que poseamos, es nuestra solamente por la gracia. Esa fe conlleva una garantía de felicidad y del final de las quejas y el descontento, de los celos y del egoísmo. ¡Tales cosas no pueden coexistir con la fe! La obediencia se da entonces de forma tan natural como el amanecer tras la noche.
El pueblo de los últimos días a quienes Dios llama "santos", siente un agradecido aprecio como el que ilustra el himno "Bajo la cruz de Jesús", del que Elizabeth Clephane es autora:
Tras la larga sombra de la cruz,¡Elizabeth Clephane pudo muy bien haber sido la evangelista musical de Pablo! Ella vio lo que vio él: que "la fe que obra por el amor [agape]" (Gálatas 5:6) destruye desde la raíz cualquier forma de egoísmo humano. El corazón creyente responde en sintonía con lo expresado por Isaac Watts:
a una distancia,
se abre un profundo sepulcro
y ante él se eleva la cruz:
dos brazos extendidos para salvar,
como vigilante para disuadir
a quienes irían al sepulcro eterno.
Bajo la cruz de Jesús
puedo a veces contemplar
la silueta agonizante de Uno
que murió allí por mí;
y mi contrito corazón
confiesa entre lágrimas dos grandes cosas:
la maravilla del amor redentor,
y mi indignidad.
Tomo, oh cruz, por morada
tu sombra protectora;
no busco otra luz
excepto el brillo de su rostro,
feliz por renunciar al mundo
sin contar pérdidas o ganancias.
Mi yo pecaminoso, mi única vergüenza;
mi única gloria, la cruz.