Oro afinado en fuego

Capítulo 6

Más sobre esa palabra explosiva: FE

Dado que la fe es la palabra clave para comprender el poder del evangelio para transformar vidas, conviene que nos detengamos algo más en ella. Si al respecto no está clara la idea del Nuevo Testamento, todo el asunto de la justificación por la fe resultará confuso, y también aburrido.

Con total seguridad alguien se estará preguntando qué pensar de los muchos escritores y predicadores cristianos que han definido la fe como confianza. ¿Podrían estar equivocados? ¿Acaso el autor de Hebreos no define la fe en términos de confianza, en el capítulo undécimo?

El apóstol Pablo nunca empleó la palabra fe o el verbo creer de la forma en que solemos emplearlos hoy. La palabra griega más común para expresar la idea de confianza es elpizo, que significa "esperar". Estos son algunos ejemplos: "Las naciones, las cuales esperarán en él" (Romanos 15:12). "Iré a vosotros, pues espero veros al pasar" (Romanos 15:24). "Espero en el Señor Jesús enviaros pronto a Timoteo" (Filipenses 2:19). "Esperamos en el Dios viviente" (1 Timoteo 4:10). "La que en verdad es viuda y ha quedado sola, espera en Dios y es diligente en súplicas y oraciones noche y día" (1 Timoteo 5:5). En cada uno de los textos citados--y en otros más--es evidente el significado de "esperar". En ninguna de esas ocasiones empleó Pablo la palabra pisteuo: creer o tener fe. Cuando los judíos dijeron de Cristo en la cruz: "Confió en Dios; líbrelo ahora si le quiere" (Mateo 27:43), la palabra empleada es peitho, que es la habitual para expresar confianza. Se emplea esa misma palabra en estos textos: "¡Cuán difícil les es entrar en el reino de Dios a los que confían en las riquezas!" (Marcos 10:24). "Que no confiáramos en nosotros mismos" (2 Corintios 1:9). "Yo confiaré en él" (Hebreos 2:13). El significado aquí es claramente equivalente al de nuestra palabra "confianza". ¿Cuál es la razón por la que Pablo no empleó nunca pisteuo (creer) para expresar la idea de confianza?

Pablo aparenta hacer dos excepciones, pero en realidad no se trata de excepciones. Examinaremos ambas. En ninguno de los dos casos, al traducirlas correctamente, se expresa la idea de confianza del hombre en Dios, sino la de Dios confiando en el hombre. Es interesante analizar esos usos de la palabra pisteuo, que en apariencia demanda ser traducida como "confianza". El tema, en ambos casos, es el hecho de haberle sido confiado el evangelio al cuidado y ministerio del propio Pablo. Ninguna palabra de nuestro vocabulario puede abarcar y expresar adecuadamente el sublime pensamiento de lo que Pablo escribió. Su empleo de pisteuo aquí ha de reflejar lo que contiene esa palabra cuando es usada en cualquier otro lugar del Nuevo Testamento: el profundo aprecio hacia el amor de Dios revelado en la cruz. Hemos de considerar dos pasajes de Pablo y uno de Pedro:

1 Tesalonicenses 2:4: "Dios nos aprobó y nos confió el evangelio". Los traductores, condicionados como estaban por la idea de la inmortalidad natural, no captaron el significado profundo de ese pasaje. No es por accidente que Pablo empleó ahí la palabra pisteuo, tan cargada de la idea de aprecio humano hacia la cruz de Cristo. Lo que expresa es esto: 'Hablamos como hombres aprobados por Dios debido a haber apreciado el evangelio', o bien 'como hombres a quienes Dios aprueba por estar enamorados o cautivados por el evangelio'. Una vez más, esa palabra pisteuo, se debe comprender a la luz del empleo que hizo de ella el propio Jesús en Juan 3:16.

1 Timoteo 1:11: "El glorioso evangelio del Dios bienaventurado, que a mí me ha sido encomendado [episteuthen]". Volvemos a encontrarnos ante la misma idea asociada al profundo aprecio por el "glorioso evangelio". ¿Es Pablo tan arrogante como para pretender que ese evangelio glorioso le fue confiado como una especie de franquicia exclusiva? Difícilmente podría significar tal cosa. Lo que busca ahí destacar en toda humildad cristiana (ver el contexto) es que el Señor encontró en él a uno que había sido profundamente conmovido y que había apreciado de corazón las buenas nuevas. Estas lo habían "cautivado". Tal era su cualificación para proclamar el evangelio: el amor y devoción que le profesaba. Y eso es precisamente lo que dice en el versículo siguiente: "Cristo Jesús, nuestro Señor … teniéndome por fiel [pistos], me puso en el ministerio". Significa que el Señor consideró que Pablo estaba lleno de fe, de profundo aprecio por su gracia, y esa fue la razón por la que le encomendó el ministerio. Aun "habiendo … sido antes blasfemo", fue "recibido a misericordia" debido a que actuó "por ignorancia, en incredulidad [apistia]", es decir, sin fe. En aquellos días oscuros su endurecido corazón desconocía la contrición y el aprecio hacia lo que significaba la cruz. Pero "la gracia de nuestro Señor fue más abundante con la fe y el amor [agape] que es en Cristo Jesús" (1 Timoteo 1:13-14). En ninguno de esos pasajes se emplea pisteuo para expresar algo parecido a una confianza egocéntrica.

Lucas 16:12: "Si en lo ajeno no fuisteis fieles [pisteusei], ¿quién os dará lo que es vuestro?" Este es un caso en el que pisteuo tiene el significado de confianza, pero su uso no está relacionado con la justicia por la fe o con el contenido del evangelio. Jesús estaba usando la palabra en su significado común cotidiano, tal como la entendía la gente en su día, antes de darse a conocer el tremendo evento de la cruz. Ambas palabras: amor [agape] y fe [pisteuo], resultaron inconmensurablemente enriquecidas en su significado a la vista de la crucifixión, hasta el punto de cobrar virtualmente un nuevo significado. El amor de Dios revelado en el Calvario dotó a la palabra agape de un nuevo significado, y lo propio sucedió con el término relacionado que depende de él: la fe, que adquirió un significado nunca antes comprendido o imaginado. ¡Es como si ante el prodigio de la cruz hubiera necesidad de inventar una nueva terminología!

Así, ese pasaje de Lucas no puede ser la excusa para restringir el significado de la fe tal cual se expresa en las epístolas de Pablo. No tenemos otra alternativa que no sea comprender su uso de la palabra fe según la luz que emana de la cruz.

Merece nuestra atención la que se suele asumir como definición de la fe en Hebreos: "Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve" (Hebreos 11:1). O bien: "Por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos. Por la fe comprendemos que el universo fue hecho por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía" (Hebreos 11:2-3). Ese pasaje no define la fe como una confianza egocéntrica. Se deben considerar varios factores:

1. El contexto inmediato es la discusión sobre la justicia por la fe (Hebreos 10:38: "El justo vivirá por la fe"). A menos que el pasaje no armonizara con las abundantes declaraciones de Pablo relativas a la justificación por la fe, el significado de fe debe ser aquí el mismo que encontramos en todas sus epístolas. Incluso en el caso de que Pablo no fuera el autor del libro de Hebreos, no sería de esperar que hubiera contradicción, dado que es el mismo Espíritu Santo quien inspiró al autor de Hebreos y a Pablo.

2. Es posible tener "certeza de lo que se espera" y "convicción de lo que no se ve" sin que ello implique la existencia de una motivación egocéntrica. Podemos esperar que la causa de Dios sea vindicada sin que nuestra esperanza surja a partir de nuestro sentido de inseguridad personal. La fe verdadera incluye la preocupación y anhelo por el honor y gloria de Cristo. Nuestra preocupación no se centra en llevar una corona en la casa de nuestro Padre, sino en verlo a él coronado como Rey de reyes y Señor de señores.

3. Si Pablo es el autor de Hebreos (tal como sostienen grandes autoridades), podemos tener ahí una revelación profunda de su concepto sobre la fe, una información valiosa complementaria a su uso frecuente del término en otras epístolas. Tras haber discutido, al final del capítulo 10, la eficacia de la fe en la experiencia de la justificación, en Hebreos 11:1 declara virtualmente: 'Este elemento que conocemos como fe, este conmovedor aprecio por el sacrificio del Hijo de Dios que ha transformado de tal forma nuestras vidas, esta experiencia de la fe, es la garantía o prenda que nos asegura del cumplimiento en su debido tiempo de todas las promesas de Dios. Esta fe humana que es complementaria con el agape divino, es en ella misma un milagro; por consiguiente, es "la certeza" de todos los milagros que aún esperamos'. Si tal razonamiento es válido, ese versículo debiera verse como una definición de la fe.

4. En el capítulo 11 el autor continúa citando ejemplos de héroes del Antiguo Testamento cuya motivación para la fe fue cualquier cosa, excepto egocéntrica. Noé "fue hecho heredero de la justicia que viene por la fe" (Hebreos 11:7), pero el tipo de temor que lo motivó no fue phobos, un miedo cobarde y egocéntrico, sino una santa reverencia (eulabeia). El "padre" de todos los creyentes, Abraham, demostró en el tipo (simbólicamente) el significado glorioso de la fe cuando "ofreció a Isaac", tal como Dios ofreció a su Hijo unigénito (Hebreos 11:17). Encontramos ahí un reflejo, una miniatura de Juan 3:16. Y también el resto de los "antiguos" de tiempos pasados, débiles e imperfectos como fueron, participaron de algún modo en ese fenómeno que es la fe del Nuevo Testamento. Lo mismo que Abraham, "vieron" el día de Cristo y se gozaron. Sintieron de alguna forma que el Cordero había sido inmolado desde el principio del mundo, y si bien ninguno de ellos lo vio con la claridad con que lo vieron los apóstoles, todos tuvieron una cierta noción acerca de la cruz, y sus corazones fueron profundamente conmovidos en consecuencia. Esa fue su fe.

Pero ¿acaso el versículo 6 no dice que la fe consiste en una procura de recompensa? "Sin fe es imposible agradar a Dios, porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que él existe y que recompensa a los que lo buscan". En la versión King James de la Biblia hay ciertas palabras escritas en cursiva, indicando que no figuran en el original, sino que fueron añadidas a fin de completar la idea que se le suponía al texto. Esta sería una traducción literal del texto: "Sin fe, imposible complacerle, dado que quien acude a Dios debe creer que existe; y para quienes lo buscan, él viene a ser un galardonador". El texto griego no expresa la idea de que la fe sea una procura egocéntrica de recompensa.

Disponiendo de esa clave, uno puede descubrir en la Biblia tesoros de verdad. La fe no es una colección de doctrinas o un credo al que asentir intelectualmente. Tal como sucede con la matriz y el tipo en una imprenta, el prodigioso amor de Dios tiene su contraparte en la fe humana. En quienes de otra forma serían pecadores sin esperanza, el sacrificio de Cristo suscita una sincera respuesta complementaria: "la fe en su sangre" (Romanos 3:25). Abraham supo en qué consistía. Las lágrimas debieron correr por sus mejillas cuando "creyó Abraham a Dios y le fue contado por justicia" (Romanos 4:3). Su alma se conmovió hasta el punto de no retroceder ante el sacrificio de su hijo en el monte Moria.

La declaración quizá más contundente en los escritos de Pablo es esta: "Todo lo que no proviene de fe, es pecado" (Romanos 14:23). Sólo "con el corazón se cree para justicia" (Romanos 10:10). Si la salvación se lograra mediante obras, habría muchísimos que se creerían calificados para ella (si bien ni uno solo sería apto para el cielo). Pero la salvación es sólo por la fe, y Jesús previó que "cuando venga el Hijo del hombre" hallará solamente a unos preciados pocos que la posean (Lucas 18:8).

¿Por qué? "Por haberse multiplicado la maldad, el amor [agape] de muchos se enfriará" (Mateo 24:12). "Maldad" es aquí anomia: odio hacia la ley de amor [agape]. Según Romanos 13:10 "el cumplimiento de la ley es el amor". El gran pecado de todos los tiempos es el que impidió al antiguo Israel entrar en su tierra prometida: la incredulidad (ver Hebreos 3:19), la dureza del corazón, la falta de aprecio hacia la cruz en la que murió por nosotros el Príncipe de gloria.

Refiriéndose a la incredulidad de Israel, el autor de Hebreos nos ruega: "Temamos, pues, no sea que permaneciendo aún la promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado" (Hebreos 4:1). Si bien el temor no es la motivación apropiada para el evangelio, la ausencia de la fe del evangelio debiera hacernos temblar, ya que esa fatal incredulidad tomará las riendas del corazón humano que carezca de una comprensión clara del evangelio. La incredulidad conlleva una insensibilidad para recibir las impresiones. Los que ceden a ella están "crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndolo a la burla" (Hebreos 6:6).

Una experta autora ha articulado la que cabe considerar una definición de la fe, que armoniza perfectamente con el concepto bíblico del Nuevo Testamento: "Puedes decir que crees en Jesús cuando aprecias el costo de la salvación. Puedes afirmar tal cosa cuando sientes que Jesús murió por ti en la cruel cruz del Calvario; cuando tienes una fe inteligente que comprende que su muerte hace posible que dejes de pecar y que perfecciones un carácter justo mediante la gracia de Dios que te es otorgada como compra de la sangre de Cristo"[1].

Charles Wesley lo comprendió así cuando oró:

Dame, Dios mío, un corazón que te alabe
un corazón libre de pecado
un corazón que aprecie siempre tu sangre
derramada tan generosamente por mí
No sería impropio que oráramos con John Newton: "Dame un corazón sensible, ojos que sepan llorar y una mente humilde".

Cuando nuestro Señor predijo que en los últimos días se multiplicaría "la maldad" [anomia] (Mateo 24:12), pudo estar refiriéndose a la incursión sutil de la idea propia del anticristo en nuestras conciencias en estos últimos días. Pudo estar refiriéndose a una falsificación de la justificación por la fe que no produce obediencia a todos los mandamientos de Dios, y que en consecuencia produce anomia. Una falsificación como esa carece de un ingrediente vital: el agape, y en consecuencia, de la genuina fe del Nuevo Testamento. El gran engaño secular consiste en religión sin agape, sin fe, una religión que utiliza cuidadosamente la terminología apropiada, pero que carece de su contenido esencial, del gran nutriente espiritual. Si la dieta de justificación por la fe con la que nos nutrimos está desprovista de sus vitaminas y minerales, la anomia resultante vendrá a resultar en anemia espiritual.

Pero nuestro Señor hace la animadora promesa de que "será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones" (Mateo 24:14) antes que venga el fin. Dado que la administración divina del evangelio procede del ministerio sumo-sacerdotal del propio Cristo, debemos procurar comprender la forma en que su obra en el santuario celestial es la verdadera avenida mediante la cual el Espíritu Santo ministra hoy los beneficios de la justificación por la fe a sus hijos que creen. Esa luz hace posible distinguir entre el engaño para los últimos días y el artículo genuino.

En un capítulo posterior exploraremos el eslabón que une "este evangelio del reino" con la obra final de Cristo como sumo sacerdote en el lugar santísimo del santuario celestial, y que pone en evidencia la falsificación de ambos: el evangelio y el sumo sacerdocio.

Pero a continuación vamos a descubrir en qué consiste la santificación, y si viene por la fe o por las obras. ¿O quizá por ambas?

Nota:
  1. Ellen G. White, Review and Herald, 24 julio 1888.