Oro afinado en fuego

Capítulo 7

Sigue creyendo y no caerás

En la justificación por la fe no está implicada ni una partícula de obras humanas. Sería ciertamente un crimen distorsionar la fe de modo que bajo un discurso de "salvación por la fe" se escondiera en realidad una doctrina de salvación por obras.

No somos salvos por la fe y por las obras, sino por la fe que obra. Y no es exagerado afirmar que somos salvos sólo por la fe: tal es la simple y pura enseñanza del Nuevo Testamento (Hechos 16:30-31; Marcos 5:36; Lucas 8:50, etc). Pero no se trata de una fe "muerta". Con la condición de que se perciba claramente el amor de Dios, y de que no esté presente la distorsión pagano-papal, la fe resultante "obra" (siendo "obra" un verbo, no un sustantivo). Dado que la fe está motivada por el amor genuino, producirá obediencia continua a todos los mandamientos de Dios. Es de esa forma como "es poder de Dios para salvación de todo aquel que cree" (Romanos 1:16).

La pregunta hora es: el que ha sido justificado por la fe, ¿debe continuar por sí mismo? ¿Es como el avión que tras lograr la adecuada sustentación aerodinámica debe mantener su velocidad o estrellarse? Esa idea ha atemorizado a muchos. Algunos imaginan a Dios ocultándose en la sombra, con sus divinos brazos cruzados, diciendo: 'Te llevé a la justificación por la fe. Ahora te toca a ti continuar con tu propia santificación. Espero que lo consigas, aunque la mayor parte de la gente nunca lo logra. ¡Buena suerte!'

¿Dónde situar esa línea estrecha que separa la justificación por la fe, de la santificación? ¿Se da la santificación mediante las obras, mediante nuestro propio y agonizante esfuerzo? ¿O es quizá en parte por la fe y en parte por las obras?

Dado que comentadores y teólogos han confundido en ocasiones el foco de la justificación por la fe, es razonable suponer que les haya resultado igualmente posible confundirse en la santificación. Al investigar en el Nuevo Testamento el concepto de la justificación, es posible que descubramos al mismo tiempo en qué consiste la santificación. Justificación y santificación son distintas, pero jamás van separadas.

Santificación: la obra de Dios

Todo el que sea justificado por la fe según presenta el Nuevo Testamento, está automáticamente en el proceso de la santificación. Nunca ha de mover el conmutador desde la justificación a la santificación. "De la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él … confirmados en la fe" (Colosenses 2:6-7). En esa declaración de Pablo, "la fe" no equivale a un credo ni a un conjunto de doctrinas, sino a una profunda y sincera apreciación de la cruz de Cristo. El método sigue siendo el mismo: la fe.

"Justificados, pues, por la fe … tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes" (Romanos 5:1-2). En la santificación es el Señor quien nos lleva de la mano, tal como hizo en la justificación. La fe continúa obrando por el amor, siempre en tiempo presente.

El Señor nunca nos deja volar por nosotros mismos de forma que si perdemos velocidad nos estrellemos. La santificación nunca viene por las obras. Tampoco es de modo alguno una mezcla de fe y de obras, en el sentido de esfuerzos motivados egocéntricamente. Nunca podremos anotarnos un acto meritorio y ser así acreedores de una recompensa. Cristo dijo claramente a Pablo que lo enviaba para abrir los ojos a los gentiles "para que se conviertan de las tinieblas a la luz y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados" (Hechos 26:18). No leemos en parte alguna del Nuevo Testamento que nos corresponda santificarnos a nosotros mismos. Al contrario, la persona que recibe el evangelio es "santificada por el Espíritu Santo" (Romanos 15:16). Jesús oró para que el Padre nos santifique (Juan 17:17), y también Cristo santifica y purifica a su iglesia (Efesios 5:26).

Lo anterior queda resumido en la declaración abarcante: "Que el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprochable para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os llama, el cual también lo hará" (1 Tesalonicenses 5:23-24).

El Señor no claudica fácilmente. "El que comenzó en vosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo" (Filipenses 1:6). Esa buena obra que él hace en nosotros es la santificación.

Parte del error de los Gálatas consistió en que algunos supusieron que tenían que mantener por ellos mismos la velocidad de crucero, o estrellarse: "¡Gálatas insensatos! ¿Quién os fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente crucificado? Esto sólo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley o por el escuchar con fe? ¿Tan insensatos sois? Habiendo comenzado por el Espíritu, ¿ahora vais a acabar por la carne? … Aquel, pues, que os da el Espíritu y hace maravillas entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la ley, o por el oír con fe?" (Gálatas 3:1-5). Obsérvese que "las obras de la ley"--obras rituales--es una traducción correcta del original, y NO equivale a verdadera obediencia a la ley. En ese contexto, las "obras" significan el esfuerzo egocéntrico por obtener una recompensa.

El esfuerzo humano no es el medio de la santificación. Cristo nos justifica, y el Espíritu Santo nos santifica; pero aquello que suscita la fe desde el principio--Cristo crucificado--mantiene la fe activa todo el tiempo. "Oír con fe" es lo que permite que el Espíritu Santo haga su labor durante todo el proceso.

¿Significa lo anterior que no hemos de hacer nada? ¿Se trata simplemente de abstenerse, de la herejía del "quietismo", consistente en dejar que el Señor lo haga todo mientras que nosotros nos dejamos llevar al cielo sin realizar esfuerzo alguno? Si bien es cierto que el Señor obra la santificación con tal que sigamos creyendo, nosotros tenemos un papel en ese proceso, y es un papel muy importante.

Tal como sucede en la justificación, nuestra parte es ejercer fe, y esa fe no consiste en "las [egocéntricas] obras de la ley". Consiste en responder positivamente al influjo constante del amor de Cristo, el cual nos motiva a dejar de vivir para nosotros mismos, y a vivir para Aquel que murió y resucitó por nosotros. Es así como somos "santificados por la fe" en Cristo (Hechos 26:18).

Lo que convierte en fácil nuestra batalla

Si bien es el Espíritu Santo quien hace verdaderamente la obra, nuestra parte es "permitirle" que la realice, y es una parte importante. Nuestra "mente carnal" lucha continuamente contra él. Si no le permitimos que nos santifique, se entristece, y su obra resulta impedida. "Haya, pues, en vosotros este sentir [esa mente] que hubo también en Cristo Jesús" (Filipenses 2:5). "La paz de Dios gobierne en vuestros corazones … la palabra de Cristo habite en abundancia en vosotros" (Colosenses 3:15-16). A nosotros toca elegir; lo que el Señor obra en nosotros depende siempre de nuestra elección de permitirle que lo realice. "Lo que necesitáis comprender es el verdadero poder de la elección. Tal es la fuerza que rige en la naturaleza del hombre: el poder de decidir, de escoger. Todo depende del correcto ejercicio del poder de elección. Dios ha conferido al hombre el poder de escoger; a él corresponde ejercitarlo. No podéis cambiar vuestros corazones, no le podéis dar sus afectos por vosotros mismos; pero podéis elegir servirle. Podéis entregarle vuestra voluntad; entonces él obrará en vosotros así el querer como el hacer, por su buena voluntad"[1].

En Ruanda, cerca de donde hoy está Mugonero, un león devorador de personas estaba atemorizando a los africanos de un poblado. Era terrible, nadie se sentía seguro, y acudieron al Dr. John Sturgess para pedirle que persiguiera con su arma al ofensor.

Sturgess tomó consigo su Mauser calibre 7 mm, la puso en orden de disparar y salió acompañado de su guía. Caminaron un largo trayecto, cuando por fin el guía señaló: "Aquí es donde vimos al león por última vez".

El misionero buscó en su mochila las balas, y descubrió horrorizado que las había olvidado en la misión.

"¡Rápido, ve a la misión y tráeme las balas! Te esperaré aquí", dijo al guía.

El misionero decidió esperar recostado en un tronco que había por allí, y se quedó adormecido. Le despertó el ruido procedente de unos matorrales, y al girarse vio al león mirándolo de frente.

Comprendió que ahora de nada valía su pistola. Ponerse a correr equivalía a suicidarse. Cuando el león dio un paso hacia él, el misionero respondió con otro paso--tembloroso--hacia el león, quien adoptó la postura de acecho en preparación para atacarlo.

Sturgess comprendió que se imponía tomar una decisión inmediata. Arrojando su inútil pistola, dio un paso más hacia el enemigo. Percibiendo que la fiera dudaba por un instante, decidió dar la vuelta a las cosas respecto al desenlace habitual y cargó contra el león: saltó hacia él entre gritos y gestos amenazantes.

La fiera quedó desconcertada. ¿Cómo podía atacarlo esa pequeña criatura con sólo dos patas, rugiendo y amenazándole como si fuera el rey de la selva? Quedó tan sorprendido que dio media vuelta y huyó.

"Vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar" (1 Pedro 5:8), pero nosotros tenemos el mando. Dios nos ha dotado con el poder de elegir; Cristo ha dado a "todos los hombres" libertad para ejercer ese poder. Una elección firme y decidida nos hace los reyes de la selva de Satanás, de forma que se cumple: "Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros" (Santiago 4:7). Mediante el "correcto ejercicio del poder de elección", activando esa autoridad que Dios nos ha dado, "sobre el león y la víbora pisarás; herirás al cachorro del león y al dragón" (Salmo 91:13).

Escoge decir NO

Miles de fumadores han abandonado el hábito mediante una fórmula simple: "Decido no fumar". Cuando nos asalta la tentación, nuestra parte consiste en elegir no ceder. Eso permite que el Espíritu Santo entre en acción. Aunque tu voluntad sea débil, sigues siendo el dueño. El tentador jamás puede forzarte a ceder al mal en contra de tu decisión.

"Nadie puede ser forzado a transgredir. Primero tiene que dar su consentimiento; el alma tiene que proponerse cometer el acto pecaminoso antes que la pasión pueda dominar la razón o que la iniquidad triunfe sobre la conciencia. Por fuerte que sea la tentación, nunca es una excusa para el pecado"[2].

La "buenas nuevas" relativas a la santificación por la fe están bellamente expresadas en la carta de Pablo a Tito: "La gracia de Dios se ha manifestado para salvación a toda la humanidad, y nos enseña que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, mientras aguardamos la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo. Él se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda maldad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras" (Tito 2:11-14). Ante la tentación ¿sabes cómo pronunciar esa palabra: "NO"? "La gracia de Dios" te enseñará a hacerlo. Nos enseña a ser los dueños, los reyes; y ni una sola de las seductoras tentaciones del enemigo puede prevalecer ante ese "NO" que implica nuestro "correcto ejercicio del poder de elección".

¿Cómo hace la gracia de Dios para conseguir enseñarnos a nosotros, esquivos mortales, esa maravillosa habilidad? Proveyéndonos una motivación doble: (a) el aprecio por Cristo, quien "se dio a sí mismo por nosotros", y (b) la vibrante anticipación de permitirle "purificar para sí un pueblo" que esté listo para honrarle en su "manifestación gloriosa". ¡Funciona!

¿Es difícil hacer esa elección? Cuando te enamoras de alguien, ¿es difícil olvidar a los demás y allegarte a la persona querida? La motivación del amor de Cristo convierte a todas las seducciones del mundo en un tenue reflejo, por comparación con el deslumbrante y puro brillo del sol. Cuando llevamos el yugo con Cristo es él quien soporta la carga.

En eso consiste "vivir por el Espíritu" o "andar en el Espíritu". Es la constante elección de decir "¡NO!" a la tentación, y "¡SÍ!" al Espíritu Santo, quien no nos deja nunca, sea de día o de noche, veinticuatro horas al día. Está siempre a nuestro lado, está constantemente con nosotros. "Entonces tus oídos oirán detrás de ti la palabra que diga: 'Este es el camino, andad por él y no echéis a la mano derecha, ni tampoco os desviéis a la mano izquierda'" (Isaías 30:21).

Esa respuesta de fe no es salvación por obras ni siquiera en un 1%. "Andamos por fe" (2 Corintios 5:7). De igual forma en que respondemos mediante la fe a las buenas nuevas de la justificación, así también respondemos con esa misma fe a los impulsos del Espíritu (Colosenses 2:6). Permitimos que en nosotros haya la misma mente que hubo en Cristo (Filipenses 2:5). Cuando fue severamente tentado, Cristo clamó: "No sea como yo quiero, sino como tú … hágase tu voluntad" (Mateo 26:39-42). Así es como él ejerció su propio poder de elección. "He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió" (Juan 6:38). Fue realmente una prueba tremenda, pero Cristo obtuvo la victoria tal como ha de ser en nuestro caso: mediante el "correcto ejercicio del poder de elección".

Aun siendo cierto que "Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad" (Filipenses 2:13), él nunca va a elegir en lugar nuestro, ni nos va a excusar por abstenernos de ejercer nuestra facultad de elegir. Puesto que el Señor nos da el Espíritu Santo y nos dice: "Este es el camino", y puesto que nos da también el poder para responder, está obrando en nosotros "el querer". Pero nunca ignora o violenta nuestra propia decisión. Ni siquiera todos los ángeles del cielo tirando juntos de nosotros pueden lograr que hagamos una elección favorable, de igual forma en que tampoco pueden todos los ángeles caídos forzarnos a tomar una decisión equivocada.

Dado que podemos elegir que en nosotros haya la misma mente que hubo en Cristo, ¿significa eso que el creyente se está salvando a sí mismo mediante sus propios esfuerzos? ¿Es el sometimiento a la dirección del Espíritu Santo una religión de "hágalo usted mismo" en la que nos arreamos tirando de nuestras propias riendas? ¡De ninguna forma! Si bien no podemos salvarnos a nosotros mismos ni en un uno por ciento, podemos permitir a nuestro Señor que nos salve al cien por ciento.

La dirección asistida como ilustración del evangelio

Si hacemos las elecciones adecuadas, estamos "andando en el Espíritu". Permitimos que haya en nosotros la mente que hubo en Cristo, en el sentido de motivación. Es como beneficiarse de la dirección asistida en un camión pesado. No hay forma de hacer girar las ruedas delanteras con la fuerza de los brazos; pero si el motor está en marcha, tu elección de girar a derecha o izquierda es todo cuanto se necesita; la más mínima presión en el aro del volante activa la bomba de presión, que es la que realiza el trabajo. Aunque la dirección asistida era un concepto desconocido en los días de Pablo, él comprendía bien el secreto de la santificación por la fe: "Andad en el Espíritu y no satisfagáis los deseos de la carne, porque el deseo de la carne es contra el Espíritu y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí para que no hagáis lo que quisierais" (Gálatas 5:16).

Así, se trata siempre de buenas nuevas. La fuente de poder es el Espíritu Santo. Entrégale tu voluntad. Haz la elección de andar en su camino, y de acuerdo con el texto original del pasaje que acabamos de leer, no podrás ser vencido por los deseos de tu "naturaleza pecaminosa" por más poderosa que parezca o por mucho tiempo que hayas estado andando en malos hábitos. La razón es muy simple: el Espíritu Santo es más fuerte que la "carne", del mismo modo en que la luz es más poderosa que las tinieblas y el amor más que el odio.

A nosotros, los humanos, nos resulta difícil asimilar la verdad de que tenemos un Salvador como ese. ¡Un Salvador real! Él no nos deja a merced de nosotros mismos. Nos da alas, y si creemos con el tipo de fe que revela el Nuevo Testamento, no podemos estrellarnos.

Notas:

  1. Ellen White, Steps to Christ, 47.
  2. Ellen G. White, Testimonies, vol. 5, p. 177.