Oro afinado en fuego

Capítulo 8

La obra del Espíritu Santo: buena nueva constante

Te sorprende que sea así? ¿Te extraña que la obra del Espíritu Santo también signifique buenas nuevas? Son muchos los que conciben a Dios como siendo un aguafiestas celestial que prohíbe todo lo que es agradable. 'Si continúas haciendo lo que te gusta, te perderás. La única forma de salvarte es haciendo lo que no te apetece, que es como ir cuesta arriba y en régimen de trabajos forzados todo el tiempo. Y lo que es peor: privarte de hacer lo que quisieras, es pura tortura…' Suponen que "la fe de Jesús" consiste en eso.

¡No hay nada bueno en "buenas nuevas" como esas! La Biblia presenta una idea enteramente diferente:

1. El Espíritu Santo es quien hace la labor ardua. Como ilustra el caso de mi amigo africano, somos conscientes de la tremenda presión que nos impone continuamente nuestra naturaleza pecaminosa. Pero las buenas nuevas consisten en que no se nos abandona para que peleemos solos contra esas fuerzas que nos arrastrarían a la ruina y la muerte. El Espíritu Santo libra la batalla; nuestra parte es "permitirle" que lo haga. La verdad sorprendente del mensaje de Pablo merece ahora un estudio más detenido: "Andad en el Espíritu y no satisfagáis los deseos de la carne, porque el deseo de la carne es contra el Espíritu y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisierais" (Gálatas 5:16-17).

Evidentemente, "lo que quisierais" es aquello que tu naturaleza pecaminosa te incita a hacer, ya que Pablo continúa diciendo: "… obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lujuria, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, divisiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas" (Gálatas 5:19-21). Todas esas cosas son lo que un cristiano como tú, lleno del Espíritu, no puede hacer, incluso si tu naturaleza pecaminosa quisiera que las hagas. Y no puedes hacerlas debido a que alguien mucho más poderoso que tu naturaleza pecaminosa, el Espíritu Santo, ganó la batalla.

Es como si una garantía por escrito te dijese: "No vas a satisfacer los deseos de la naturaleza humana". El Espíritu Santo es el Enemigo del pecado, y es él quien lucha. Es como introducir en tu sistema circulatorio la medicina que combatirá los parásitos causantes de la malaria. Una vez que has "permitido" que se te administre por vía intravenosa el medicamento antimalaria, este comienza su acción de forma inmediata, ya que se opone a los parásitos. No eres tú quien combate la malaria; de hecho, no hay nada que puedas hacer para combatirla por ti mismo. El hombre más fuerte cae abatido bajo la enfermedad a menos que cuente con ayuda exterior. Es la medicina la que actúa eficazmente.

Así, Pablo aconseja: 'Permitid que el Espíritu dirija vuestras vidas' tal como permitís que se os administre el medicamento. Cuando dais vuestro consentimiento, él se pone a la obra.

Si, por el contrario, creyeras que el texto está diciendo que la "carne" (nuestra naturaleza pecaminosa) es más poderosa que el Espíritu Santo, estarías creyendo las nuevas más nefastas que quepa imaginar. Es evidente que de no contar con la asistencia del Espíritu Santo estaríamos en desesperada esclavitud a los clamores de la "carne". Pero leemos cómo el Espíritu Santo obra eficazmente oponiéndose a los clamores de la naturaleza pecaminosa. Si fuera cierto que el Espíritu Santo puede ser derrotado en esa lucha, de forma que prevalezca la carne, entonces, evidentemente, el sentido sería que "no hagáis" las buenas cosas que quisierais. Y esa es la conclusión a la que llegan muchos: que el Espíritu Santo es derrotado. No puede haber peores nuevas que esas.

Si crees que el Espíritu Santo es más poderoso que la carne, eso son ciertamente buenas nuevas maravillosas. Todos somos conscientes de la presión constante de esa "voluntad de la carne y de los pensamientos" que emerge constantemente y procura ganar nuestro consentimiento. Puesto que hemos cedido en ocasiones anteriores, resistir ese impulso resulta particularmente difícil (Efesios 2:2-3). Pero debido a que el Espíritu Santo está a la obra de dominar la carne, de actuar contrariamente a ella, gana la batalla, y no podemos hacer las malas cosas a las que somos tentados, a condición de que sea firme nuestra elección de permitir que él pelee en nuestro favor nuestras batallas. Entonces opera en nosotros algo así como un principio de "nobleza obliga", y se nos guarda efectivamente de caer en el pecado.

Tales son las buenas nuevas dinámicas que Pablo está tratando de darnos. ¡Jamás nos daría malas nuevas! La versión New English de la Biblia traduce así Gálatas 5:16-17: "Si os guía el Espíritu Santo, no satisfaréis los deseos de vuestra naturaleza inferior. La naturaleza establece sus deseos contrarios al Espíritu, y el Espíritu lucha en su contra. Ambos están en conflicto, de forma que no podáis hacer lo que querríais hacer".

Es aún más específica la versión Revised Standard: "Los deseos de la carne son contrarios al Espíritu, y los deseos del Espíritu contrarios a la carne, ya que estos se oponen uno al otro, evitando que hagáis lo que haríais [gratificar los deseos de la carne]".

Cristo lleva a cabo la lucha mediante el Espíritu Santo. Tal como proclamó en su oración al Padre en Juan 17:1-2, él tiene "potestad sobre toda carne". Su Vicario en la tierra, el Espíritu Santo, es siempre más poderoso que los deseos egoístas de nuestra naturaleza pecaminosa. Por consiguiente, nuestro primer paso ha de ser simplemente creer esa verdad.

La versión de la Biblia Today's English clarifica un detalle importante en uno de los textos citados: "Permitid al Espíritu dirigir vuestras vidas, y no satisfaréis los deseos de la naturaleza humana [pecaminosa]" (Gálatas 5:16).

Quizá eso sea totalmente diferente a lo que se te enseñó. Es posible que no comprendieras hasta qué punto el evangelio son buenas nuevas. Mi compromiso es manifestarte lo que la Biblia realmente enseña, y no he encontrado nada en ella que contradiga las buenas nuevas que Pablo nos trae aquí.

2. Se envía el Espíritu Santo a todo el que crea las buenas nuevas. Jesús prometió: "Rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce; pero vosotros lo conocéis, porque vive con vosotros y estará en vosotros" (Juan 14:16-17).

Ni Consolador ni Ayudador (según versiones) son una traducción perfecta de la palabra que Jesús empleó: parakletos, su forma de presentarnos al Espíritu Santo. El mundo no puede recibirlo, sin embargo, "vive con vosotros y estará en vosotros". Parakletos significa dos cosas: (a) está con nosotros todo el tiempo (para, como en "paralelo"). Las dos vías de un tren discurren una junto a otra todo el tiempo; de esa forma el Espíritu Santo estará "con vosotros para siempre". (b) Se lo llama kletos: "llamado a estar". Nos es enviado del Padre para ocupar el lugar de Cristo en nuestra hora de necesidad. Es de ese modo el verdadero Vicario del Hijo de Dios, algo así como el Vicepresidente de Cristo. Se nos da; es para nosotros. Se trata una vez más de buenas nuevas.

Pero, ¿no es acaso una tarea ardua recordar todo lo que debes recordar y andar por el buen camino?--No, el Espíritu Santo se encarga de todos esos problemas.

3. Te recuerda constantemente lo que necesitas saber y te muestra el buen camino. Es tan paciente y persistente contigo como si fueras la única persona a la que hubiera de cuidar en la tierra. De hecho, es infinitamente paciente por la razón simple de que él es infinito. Jamás un maestro instruyó a un alumno en su carrera tan fielmente como el Espíritu Santo lo hace contigo. Jesús dijo: "El Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que yo os he dicho" (Juan 14:26).

¿Cómo podría irte mal disponiendo de una ayuda como esa, a menos, por supuesto, que escogieras no permitirle que te asista? El Espíritu Santo nos hace recordar todo lo que Cristo nos enseñó cuando estuvo en este mundo. También el Antiguo Testamento enseña esas mismas buenas nuevas: "Ciertamente, pueblo de Sión, que moras en Jerusalén, nunca más llorarás, pues el que tiene misericordia se apiadará de ti y te responderá al oír la voz de tu clamor. Aunque el Señor os dará pan de congoja y agua de angustia, con todo, tus maestros nunca más te serán quitados, sino que tus ojos verán a tus maestros. Entonces tus oídos oirán detrás de ti la palabra que diga: 'Este es el camino, andad por él y no echéis a la mano derecha, ni tampoco os desviéis a la mano izquierda'" (Isaías 30:19-21).

Por supuesto, "el Señor" significa Dios. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son Uno. La palabra que oirás es la voz del Espíritu Santo, el Vicario de Cristo. Puesto que está a nuestro lado todo el tiempo, no hay posibilidad de extraviar el camino.

Si disponiendo de una ayuda como esa persistimos en pecar, ha de ser por una de estas dos razones: porque nos hayamos rebelado contra el propio Ayudador, o bien porque no comprendamos o no creamos las buenas nuevas. El último es un problema muy común entre personas sinceras. Piensan que comprenden y que creen; en consecuencia, cuando caen, deducen que en el evangelio no hay poder, o que Dios ha renegado de su promesa al respecto. O, lo que podría ser aún peor: piensan que no están cualificados para ser cristianos, que de alguna forma Dios los ha predestinado a perderse. En realidad, el problema consiste en que no comprendieron hasta qué punto son buenas las buenas nuevas del evangelio.

Se impone una estimación modesta y humilde de nuestra comprensión del evangelio. El Señor advierte así a quienes creen saberlo todo: "Tú dices: 'Yo soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad. Pero no sabes que eres desventurado, miserable, pobre, ciego y estás desnudo'" (Apocalipsis 3:17). La Biblia nos sugiere una buena oración: "Creo; ayuda mi incredulidad" (Marcos 9:24). Esa es la oración más segura que cualquiera de nosotros puede elevar.

Pero supón que cometes errores. ¿Te abandona el Espíritu Santo? Muchos piensan que sí. Creen que el amor y lealtad del Espíritu Santo son tan flacos como los nuestros, de forma que la menor equivocación por nuestra parte le brinda la oportunidad para abandonarnos. Eso les lleva a creer que es muy fácil pecar, y muy difícil seguir a Cristo.

No he encontrado en la Biblia que el Espíritu Santo esté deseoso de abandonarnos. El Padre lo envió con la misión de estar con nosotros "para siempre" (Juan 14:16), y esa es precisamente su intención. Si lo desprecias de forma persistente y determinada, podrías cometer lo que la Biblia llama el pecado contra el Espíritu Santo, pero incluso en tal caso no se trataría de que él te abandonó, sino de que tú lo abandonaste a él.

Supongamos que uno ha cometido ya errores después de haber decidido seguir a Cristo. ¿Qué hace entonces el Espíritu? Cambia de modo y tiene otra obra que hacer en nuestro favor:

4. Otorga el don del arrepentimiento. Hay tres cosas distintas que él hace, y cada una de ellas son tremendas buenas nuevas:

A) Jesús dijo: "Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado" (Juan 16:7-8).

A primera vista no se diría que sean muy buenas nuevas. ¿Acaso la convicción de pecado no es una experiencia dolorosa?-- Sí: es la vivencia del daño, de la contaminación, de la vergüenza y separación de Dios. Pero al reconsiderarlo, resulta ser la mejor nueva imaginable. Supón que tu cuerpo careciera de las vías nerviosas que transmiten la información del dolor. Eso les sucede a los enfermos de lepra. Los nervios quedan maltrechos o destruidos, de forma que no se siente dolor, ni siquiera ante un pinchazo o al contacto con un hierro candente. A los leprosos, las ratas se les comen los dedos mientras duermen, o los pierden en pequeños accidentes. Nuestro sentido del dolor es una posesión valiosa. Si el Espíritu Santo no realizara esa obra dolorosa de convencernos de pecado, seríamos insensibles a nuestra propia autodestrucción, ya que el pecado destruye siempre.

¿Cómo hace el Espíritu para convencernos de pecado? Jesús lo explica así: "Cuando él venga, convencerá al mundo … de pecado, por cuanto no creen en mí" (Juan 16:8-9). El auténtico problema del pecado no es la realización de malos actos, sino la raíz que los ocasiona. No creer, la incredulidad, es el pecado que está en la raíz (recuerda que el Nuevo Testamento emplea la misma palabra para fe y para creer). Una de las declaraciones más reveladoras de la Biblia acerca del pecado es esta: "Todo lo que no proviene de fe, es pecado" (Romanos 14:23). Nadie ha caído en el pecado sin que la razón básica haya sido la incredulidad. Cuando uno cree en Cristo, en el sentido de apreciar su amor y justicia, el efecto en la vida es automático: justicia, ya que "nosotros, por el Espíritu, aguardamos por fe la esperanza de la justicia" (Gálatas 5:5). Por consiguiente, toda injusticia es fruto de la incredulidad. El Espíritu Santo pone el dedo en la llaga.

B) "Cuando él venga, convencerá al mundo … de justicia... por cuanto voy al Padre y no me veréis más" (Juan 16:8-10). El Padre glorificó a Cristo debido a que completó la obra que se le había encomendado: desarrollar una justicia perfecta en su humanidad. Estando él ausente, el Espíritu Santo convence al mundo de esa obra consumada, ya que Cristo ascendió al Padre con esa perfecta justicia.

Somos vanos por naturaleza hasta el punto de imaginarnos bastante buenos. Nuestra pecaminosidad natural nos ciega. ¿Nunca oíste a un incrédulo presumir de ser tan bondadoso como los que frecuentan la iglesia?

La colada en el tendedero nos parece blanca hasta que por comparación una nevada pone en evidencia su apagado tono grisáceo. La presencia personal de Cristo en este mundo hace dos mil años convenció de justicia a sus contemporáneos, ya que por vez primera en la historia los seres humanos contemplaron lo que es realmente un carácter de amor verdadero puesto en contraste con el de ellos. Ante la revelación de su propio egoísmo, algunos se airaron hasta el punto de clamar: "¡Crucifícalo!" En contraste, quienes creyeron fueron transformados hasta ser como él en carácter.

Pero ahora Jesús ya no está entre nosotros. Ya no lo vemos. El Espíritu Santo hace por nosotros aquello que jamás podríamos hacer por nosotros mismos: convence a todo ser humano de un ideal de justicia, de una norma de justicia propuesta ante cada uno personalmente, mediante el carácter del Hijo de Dios. De esa forma "todo hombre" puede ver el contraste entre lo que él es y lo que debiera ser: aquello que puede ser en Cristo. ¡Es una obra especial del Espíritu Santo! La convicción es más real y su obra más eficiente en nuestro favor, que si el propio Jesús fuera nuestro vecino de enfrente. Y recuerda: no obtienes sólo una parte de su atención entre siete mil millones, aunque el mundo esté poblado por una cantidad mayor que esa de personas. Siendo infinito, nos presta a cada uno tanta atención como si fuéramos la única persona a quien deba atender.

Esa convicción de pecado no tiene por objeto ponernos en evidencia, no es para que nos sintamos condenados. "Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él" (Juan 3:17). Quizá esta triple visión de lo que el Espíritu Santo hace para auxiliarnos sea nueva para ti. Considera las aún más increíbles buenas nuevas del punto siguiente:

C) "Cuando él venga, convencerá al mundo de … juicio … por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado" (Juan 16:8-11). "De juicio": ¡es Satanás, y no tú, quien ha sido juzgado y condenado! La convicción que trae el Espíritu Santo es indescriptible por sublime. Tu peor enemigo ha sido derrotado. Jesús lo explica más adelante: "Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera" (Juan 12:37). Es expulsado el que te atormentó toda la vida, el que te agostó el ánimo, el que hizo que te sintieras miserable y sin esperanza.

Lo que todos necesitan: la euforia de vencer

Estando en Kenia recuerdo que en cierta ocasión se me encaró una mamba negra, una de las serpientes más mortíferas de África. Afortunadamente tenía un bastón a mi alcance, y la mamba sintió sus efectos. El Señor promete: "Sobre el león y la víbora pisarás; herirás al cachorro del león y al dragón" (Salmo 91:13). La sensación de alivio y bienestar que tuve tras haberme deshecho del peligroso reptil fue indescriptible. Todo aquel que crea en el Salvador ha de conocer la euforia de triunfar sobre el gran enemigo del hombre: Satanás; y esa alegría no es un castillo en el aire o un brindis al sol, sino algo que hemos de experimentar ahora y aquí. La victoria en un encuentro deportivo no es comparable con vencer en esta contienda.

Otro don del Espíritu Santo

El arrepentimiento no es algo que podamos generar a partir de nosotros mismos a voluntad: "A este [Cristo], Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados" (Hechos 5:31).

El don del arrepentimiento es de mayor valor que todo lo que el dinero puede comprar, ya que provee la única vía de escape de esa prisión interna que tanto detestamos. Se nos otorga de forma sobrenatural un aborrecimiento hacia el pecado y un amor correspondiente hacia la justicia. Eso produce un cambio inmediato en la vida. Y de nuevo, no se trata de la obra que tú realizas. El Espíritu Santo la realiza en ti. Tu parte es permitírselo, permitirle que te conceda ese don; no rechazarlo.

La palabra que utiliza el Nuevo Testamento para perdón no tiene el significado de que Dios cierre los ojos a nuestro pecado, o bien de que lo excuse tal como disculpamos a quien nos pisó el pie inadvertidamente. El significado de la palabra es "quitar" el pecado. El perdón de Dios es poderoso.

Ese es el motivo por el que arrepentimiento y perdón están tan íntimamente relacionados. Quien se arrepiente de forma genuina puede ser perdonado gratuitamente por Dios, pues ahora odia el pecado, lo que significa que dicho pecado ha sido expulsado. Puesto que Cristo "se dio a sí mismo por nuestros pecados" (Gálatas 1:4), nuestros pecados pasan a ser suyos por derecho propio, y hemos perdido el derecho de aferrarnos a ellos. Cualquiera que se aferre a sus pecados está robando a Cristo aquello que él compró con su sangre.

¿Dónde pone Cristo esos pecados que ha quitado de nosotros? "Sepultará nuestras iniquidades y echará a lo profundo del mar todos nuestros pecados" (Miqueas 7:19).

Cualquier clase de justificación por la fe que no incluya el perdón genuino entendido como remisión de los pecados, y por lo tanto salvación del pecado, es una falsificación, y no existe en el Nuevo Testamento.

Pero la justificación por la fe que nos presenta el Nuevo Testamento jamás lleva a la jactancia o al fanatismo. Quien mantenga ante sí la cruz de Cristo no podrá albergar un espíritu del tipo "yo soy más santo que tú" (Isaías 65:5). Será siempre consciente de no tener en sí mismo ni una partícula de justicia. Conoce su debilidad, sabe cuán fácil le resulta responder a la tentación, cuán fácilmente podría caer en ella. Su lealtad a Cristo no consiste en un deseo egocéntrico por recompensa en el cielo, sino en el profundo anhelo de vivir para dar gloria y honra a su Redentor crucificado. Ha encontrado una motivación que es inmensamente mayor que su propia seguridad personal, mayor que el asunto de si Dios lo acepta. Como la novia preocupada por el honor de su futuro esposo, el creyente se encuentra inmerso en la motivación más poderosa y emocionante que le es dado conocer al corazón humano: la de simpatizar con Cristo en su obra final de expiación.

Dónde fracasó la Reforma

Dios empleó poderosamente a los reformadores protestantes. Pero como presos encadenados en las tinieblas de la mazmorra, fueron incapaces de emerger de forma inmediata hasta la gloria plena del sol de mediodía. Su visión extremada de la justificación por la fe como siendo una declaración puramente legal que no va acompañada de cambio alguno en la vida había comenzado a producir su fruto amargo hacia el siglo XVIII. El conde Zinzerdorf expuso en estos términos a John Wesley cuál era su creencia: "Repudiamos cualquier negación del yo. La denigramos. Como creyentes que somos, hacemos todo aquello que deseamos, y nada más que eso. Nos reímos de la mortificación. No hay purificación alguna que preceda al perfecto amor"[1].

Como verdadero protestante, Wesley se opuso a la idea de que no existe purificación en la justificación por la fe. Su proceder lo enemistó con algunos que habían traído desgracia a la Reforma. Uno de sus asistentes, John Nelson, informa acerca de un tenso encuentro que tuvo: "Recientemente me encontré con uno de ellos. Estaba tan bebido que a duras penas podía evitar que su carro se saliera del camino. Le pregunté qué pensaba sobre sí mismo en caso de que la muerte lo sorprendiera ahora en esa lamentable condición. Respondió que no temía a la muerte, pues 'soy tal como mi Salvador quería que fuera. Si Dios hubiera querido que fuera santo, me habría hecho santo, pero soy un pobre pecador, y espero serlo por la eternidad'. Añadió: 'Usted y John Wesley son enemigos del Cordero, pues quieren que la gente sea santa aquí. No pretendo salvarme a mí mismo como ustedes, fariseos'"[2].

Además de ebrio, el hombre estaba equivocado: "Seguid la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor" (Hebreos 12:14). No se trata de que procuremos egoístamente la santidad, temiendo que el Señor sea reticente a concedérnosla. Al contrario: él está deseoso de dárnosla. Tenemos simplemente que permitir que el Espíritu Santo nos imparta su don. Si nuestro consentimiento continúa, él consumará lo que comenzó. Perseverará hasta disponer de un pueblo del que pueda decir: "Son sin mancha delante del trono de Dios". "Aquí está la perseverancia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús" (Apocalipsis 14:5 y 12).

Notas:

  1. John Wesley, Journal, vol. 2, p. 490.
  2. Thomas Jackson, The Lines of Early Methodists, ed. 1870, vol. 1, p. 140. Citado por W.E. Sangster en The Path of Perfection, New York: Abingdon- Cokesbury 1943, p. 101-102.