De vez en cuando alguien afirma haber visto a la virgen María en una aparición, o bien a Jesús en un sueño, pero a la inmensa mayoría de nosotros no nos ha ocurrido nada parecido. Nos vamos abriendo paso en la vida sin sueños ni visiones como esas.
No obstante, se nos urge a tener "puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe" (Hebreos 12:2). Y leemos repetidamente invitaciones como: "Miren, él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Juan 1:29 PDT); "¡Mirad a mí y sed salvos, todos los términos de la tierra!" (Isaías 45:22). ¿Cómo poner los ojos en Jesús?
"Ver" a un Dios invisible ha sido siempre un desafío para el hombre. Los pueblos antiguos sintieron que debían hacerse imágenes a las que poder mirar y adorar. ¿De qué otra forma podían "ver" una deidad invisible? Son muchos los que aún hoy creen necesitar imágenes--o al menos representaciones--a fin de visualizar a Jesús, a María, a los santos o a la cruz.
Dice el autor de Hebreos: "Vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios experimentara la muerte por todos" (Hebreos 2:9). El punto importante es este:
"Vemos" a Jesús en la Biblia
El Espíritu Santo tiene la misteriosa habilidad de hacer que la Palabra cobre vida ante los ojos de nuestra mente. De hecho, mediante su Vicegerente podemos estar en cierto sentido más cerca de Cristo, de lo que estuvieron hace dos mil años los apóstoles cuando hablaban y caminaban junto a él personalmente (Juan 16: 8 y 10). El retrato de Cristo está grabado en la Biblia con un realismo asombroso que impresiona nuestras mentes y corazones según una realidad multidimensional.
Pero frecuentemente la imagen de Jesús se ha desdibujado ante los ojos de nuestra mente. De igual forma en que un enemigo ha confundido la idea sobre el amor (agape) y sobre la fe, también ha "retocado" el verdadero retrato de Cristo en la Escritura, logrando con su fraude hacerlo aparecer como alguien carente de atractivo, de aspecto afeminado y con tintes sospechosos de ser una falsificación. Esa es la razón por la que innumerables personas ven frustrado su sincero deseo de desarrollar ese amor por Cristo. Han heredado un concepto falso acerca de él, que impide que se despierte en sus corazones una genuina respuesta de simpatía humana y de comunión con él. Conseguir esa respuesta en tales condiciones resulta tan o más difícil que desarrollar un vínculo sentimental con George Washington a base de contemplarlo en el billete de un dólar.
¿Es posible establecer una relación viva con un "Cristo" anémico al que contemplamos con mirada tan pía como lánguida a través de un vitral? Se nos ha dicho que él es Dios en la carne, pero se lo ha presentado tan remotamente alejado, que cualquier nexo de unión que llegue hasta nuestra carne y la sangre nos es tan ajeno como si él habitara la luna. De ese modo no es posible sentir una atracción dinámica hacia él por más que quisiéramos tenerla.
Un legado de falsos conceptos
Los creyentes del Nuevo Testamento vieron en Cristo algo que el enemigo ha intentado ocultar de nosotros. Nadie debe sentirse culpable por no saber realmente cómo amarlo. El impedimento es una herencia de falsos conceptos recibida inadvertidamente. Somos capaces de responder con una emoción y devoción tan intensa y genuina hacia él como la de sus apóstoles de entonces. El resultado de un afecto como ese es infinitamente más profundo que el más sincero enamoramiento que quepa imaginar. Y jamás se transforma en ceniza, pues dura para siempre. Nunca tienes que intentar volar por tus propias fuerzas hasta la cima de la bondad o rectitud. Existe algo entre Cristo y tú que logra tal cosa.
Ese algo no es tu extenuante esfuerzo por iniciar o incluso mantener una relación. ¿Se concibe que alguien verdaderamente enamorado deba obrar a fin de mantener esa relación? El hecho simple de ver o imaginar al ser amado, cumple la obra. Si es que se hace necesario algún esfuerzo, lo es más bien en el sentido de moderar nuestras expresiones de amor.
Mediante esta comparación no pretendo llevar la fe en Cristo al terreno sentimental. Simplemente procuro hacer ver que las exhortaciones a madrugar más y a esforzarse más en mantener una relación con Cristo evidencian frecuentemente una religión del tipo "hágalo usted mismo", una forma sutil de legalismo que sólo puede florecer allí donde el verdadero Cristo de la Biblia quedó ocultado por la falsificación del enemigo. El problema es invariablemente un cristo falso que no ha venido realmente "en carne", tal como señala el apóstol Juan que tan bien conoció a Jesús: "En esto conoced el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del Anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo" (1 Juan 4:2-3).
La Biblia Today's English traduce así el último versículo: "Cualquiera que niega esto respecto a Jesús, no tiene el Espíritu de Dios. El espíritu que tiene es el del enemigo de Cristo".
El término traducido como "carne" es sarx, una palabra que en la Biblia se refiere a la naturaleza caída--pecaminosa--que es común a todos los descendientes de Adán (Hebreos 2:14 y 16-17). Juan destaca el hecho de que Cristo tomó nuestra naturaleza caída.
Todo "Cristo" que no haya venido realmente "en carne", está tan remotamente alejado de nosotros y de nuestras necesidades humanas como lo está el astronauta en su cápsula espacial respecto al planeta que visita. Es el "enemigo de Cristo", pero no de forma abierta y declarada. La palabra anticristo se refiere a uno que se arroga el lugar de Dios, aunque realmente oponiéndose a él. Es el lenguaje con el que Juan pudo expresar mejor la idea de una "falsificación de Cristo". Se trata de un fraude que se ha introducido clandestinamente en un mundo desprevenido y también en una iglesia confiada, paralizando el desarrollo espiritual de un pueblo que hace ya mucho tiempo debiera haber crecido "en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo" (Efesios 4:15) hasta el punto de que su simpatía y afecto hacia él fueran comparables a los de la novia hacia su prometido. Una falta tal de devoción por Cristo es señal inequívoca de que la falsificación está de alguna forma presente.
La esposa de Cristo está atrapada en la garra del materialismo terrenal y en las incontables seducciones egocéntricas que el enemigo ha sabido inventar. La esposa no es capaz por ella misma de encontrar las fuerzas para librarse de esas cosas hasta tanto que la falsificación de Cristo sea desenmascarada y se reconozca al auténtico Cristo tal como está revelado en el Nuevo Testamento, con su pleno poder de atracción hacia el corazón humano.
Cristo, plenamente divino y plenamente humano
La expresión "puestos los ojos en Jesús" expresa la realidad de una comunión con él más directa que las comunicaciones tierra-nave espacial mediante ondas de radio. La inmensa mayoría de quienes dicen creer en Cristo no tienen problema en reconocerlo como divino. Su problema radica en verlo también como cabalmente humano. A menos que sean capaces de apreciar las plenas dimensiones de su repertorio divino-humano de tentaciones, sufrimientos y sacrificio, no pueden experimentar ese profundo vínculo de unión con él. Sabedor de eso, el enemigo de Cristo ha procurado cortar el nexo que nos une con él a través de su verdadera naturaleza humana. Esa calculada maniobra ha llegado a alcanzar una gran sofisticación en nuestros días.
El dogma católico romano--totalmente extrabíblico--proclama que Cristo nació bajo el efecto de lo que denominan "la inmaculada concepción" de María. Consiste en que María, la madre de Jesús, al ser concebida, fue librada milagrosamente de toda mancha de "pecado original", de forma que a partir de entonces no pudiera pecar en pensamiento, palabra o acción. Esa ventaja sobrehumana le habría permitido ser "la madre de Dios" debido a poseer virtualmente carne santa. Dado que ella misma quedó de esa forma separada del resto de la humanidad caída, estaba capacitada para dotar a su Hijo con el mismo tipo de carne santa que ella, una carne singular, diferente a la de todo el resto de seres humanos (incluido Adán en su estado caído).
Pero debido a que el único tipo de carne que hay en este mundo es nuestra carne caída, pecaminosa, lo que esa enseñanza declara de la forma más enfática es que Jesús NO vino "en la carne". En un "Cristo" como ese hay un fraude evidente, ya que la Biblia deja fuera de toda duda que "fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado" (Hebreos 4:15). Si Cristo no hubiera tomado nuestra carne caída, nuestra naturaleza humana, sus tentaciones habrían sido una farsa. Habría podido ser tentado, pero no "en todo según nuestra semejanza". Un "Cristo" como ese podría hacer toda clase de asertos, como "confiad, yo he vencido al mundo" (Juan 16:33), pero careciendo de relevancia, ya que el "mundo" consiste para nosotros en "los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida" (1 Juan 2:16), y si Cristo no debió enfrentarse a esas tentaciones "en la carne", no se habría enfrentado en absoluto a nuestras tentaciones. El anticristo, el enemigo de Cristo, "es mentiroso y padre de mentira" (Juan 8:44), y no debe extrañarnos que mediante su tergiversación intente presentar a Cristo como si fuera él quien miente.
La postura popular protestante sobre Cristo ocupa el mismo pasillo que la inmaculada concepción de María. De hecho, lleva a la misma conclusión de la forma en que un día sigue al otro. Según esa visión, Cristo tomó únicamente la naturaleza sin pecado de Adán anterior a su caída. Esa comprensión consigue el mismo objetivo que la católica. La única diferencia es que traslada esa injusta ventaja desde la carne de María--en su concepción--a la del propio Cristo, quien resulta así igualmente desconectado de la raza caída. (Eso no se debe confundir con su nacimiento virginal, que sí es una enseñanza de la Biblia). Si bien María concibió a Cristo virginalmente, solamente pudo pasarle la naturaleza que ella tenía. Fabricar otro milagro en el que la virgen María habría pasado a Cristo una naturaleza diferente y superior a la de ella es una idea extrabíblica, y degrada de igual forma al verdadero Cristo poniéndolo al nivel de una especie de charlatán ingenioso que nos dice que él es "Dios con nosotros" mientras que está a millones de años-luz de nosotros. Si no hubiera "venido en carne", en tu carne, en la carne de la humanidad tal como existe hoy, tal como existía cuando él nació en esta tierra, no habría estado "con nosotros" más de lo que estaría un extraterrestre de visita turística a nuestro planeta, blindado en su traje de astronauta.
El catolicismo medieval romano vio a Cristo como estando "exento" de la herencia de nuestra verdadera naturaleza humana. Exento es una palabra favorita en la literatura católico-romana sobre el particular: "Toda la mentalidad de la iglesia de Oriente … bebió de San Agustín, el gran doctor de la gracia, esas remarcables declaraciones que hicieron a la Bendita Virgen exenta de todo pecado … En ese mismo espíritu e implícitamente con la misma exención de la maldición, San Hipólito, obispo y mártir, afirma refiriéndose en primer lugar a nuestro Salvador: 'Él fue el arca construida con madera incorruptible. Eso significa que su tabernáculo estaba exento de pecado, que era de madera no susceptible a la corrupción común a los hombres; es decir, [era] de la Virgen y del Espíritu Santo, cubierto interna y externamente de la Palabra de Dios'"[1].
Según la Escritura, Cristo no estuvo "exento" de nada, dado que "Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros" (Isaías 53:6). Que él fuera "sin pecado" no se debía a alguna disposición previa que lo hiciera "exento" de tener que hacer frente a la plena fuerza de nuestras tentaciones humanas.
Calificaciones de Cristo para ser nuestro sustituto
Cuando Juan enfatiza "que Jesucristo ha venido en carne", evidentemente no se refiere a un tipo milagroso, único o especial de carne que fuera desconocido por entonces en nuestro planeta. Las buenas nuevas consisten en que Cristo ha ganado la victoria, teniendo "autoridad" sobre nuestra carne con todos sus malos deseos, liberándonos por siempre de su tiranía. Él no recurrió al juego sucio ni a la trampa. Su ser "Dios con nosotros" no fue una pretensión que soslayaba astutamente pelear una batalla con el pecado idéntica a la nuestra, por haber tomado un tipo de carne o naturaleza singular y diferente a la nuestra.
Cristo no puede ser nuestro sustituto a menos que haya enfrentado nuestras tentaciones de la forma en que nosotros lo hacemos. Debió enfrentarse a nuestro enemigo en el territorio en el que él se había hecho fuerte, en su misma guarida, y derrotarlo allí.
La santa ley de Dios demanda del hombre caído una justicia que este no puede ofrecer, por tener un problema en su "carne". Pablo escribió: "Yo soy carnal, vendido al pecado … No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que está en mí … el mal está en mí … que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros … sirvo … con la carne, a la ley del pecado" (Romanos 7:14-25).
Todo hombre y mujer en este mundo debe confesar que Pablo sabe de qué está hablando. El pecado ha establecido su dominio en nuestra naturaleza. Su capacidad de seducción y atracción es abrumadora. El enemigo de Cristo se ha jactado de haber inventado un monstruo de Frankenstein tan poderoso, que ni un solo ser humano--aparte de Cristo--ha podido jamás escapar a su tiranía. Si puede demostrar que es realmente imposible vencer al pecado en carne humana, tiene todo el derecho a reclamar que Dios está equivocado y que él tiene razón. Y ese sería el último paso para destronar a Dios. ¿Cómo podría el universo respetar a un Dios cuyo error ha hecho patente Satanás?
Esa es la razón por la que Satanás ha tramado la mentira que quiere que creamos: 'Incluso hasta el propio Cristo habría encontrado tan imposible vencer en nuestra carne, que tuvo que recurrir a la treta de tomar la naturaleza de Adán en su estado anterior a la caída'. Tergiversa así a Cristo, presentándolo como si estuviera virtualmente de acuerdo con él mismo--Satanás--dado que ni Cristo mismo hubiera podido vencer al pecado en caso de haber tomado nuestra naturaleza, la naturaleza de los hijos e hijas del caído Adán. Y de paso puede presentar a Cristo como haciendo afirmaciones vanas y engañosas de triunfo, en una batalla que ni siquiera peleó.
Dios resuelve el problema
Tras haber detallado con crudeza el problema humano con "el pecado que mora en mí", Pablo presenta la solución: "Lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne, para que la justicia de la ley se cumpliera en nosotros que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu" (Romanos 8:3-4).
¡Cristo peleó la batalla real, y la ganó! Pablo aclara más allá de toda duda cuál fue el tipo de carne en el que Dios envió a su Hijo: "semejanza de carne de pecado". El pecado no está atrincherado en los objetos materiales, sino en la "carne" de la humanidad. Hay una guarida en la que el pecado encontró su residencia, y es allí donde Cristo debía matar al dragón. Y el suyo no fue un triunfo literario, puesto que "condenó al pecado en la carne", en la carne en la que vino: nuestra naturaleza caída.
El término que Pablo empleó, semejanza, no puede significar diferencia. Sería un fraude monstruoso el que Cristo hubiera pretendido condenar el pecado en la carne, carne en la que Pablo afirma que estamos "vendidos al pecado" (Romanos 7:14), carne en la que opera la "ley del pecado", si hubiera falsificado su encarnación tomando sólo lo que tuviera la apariencia de nuestra carne pecaminosa, pero sin serlo realmente. Habría dado toda la razón para que Satanás exclamara: "¡Fraude!" ante el alto cielo, que es lo que logra con su dogma de la inmaculada concepción. Pablo emplea la palabra semejanza para señalar la realidad de la plena identificación de Cristo con nosotros, dejando claro, no obstante, que de forma alguna participó de nuestro pecado. La gloriosa victoria de Cristo se fundamenta en el hecho de haber sido "tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado" (Hebreos 4:15). Todos nosotros hemos cedido a las tentaciones; en contraste, él "condenó al pecado en la carne" enfrentando y venciendo toda la seducción de esta.
Todo el Nuevo Testamento confirma esas mismas buenas nuevas: "Estábamos en esclavitud bajo los rudimentos del mundo … pero … Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para redimir a los que estaban bajo la ley" (Gálatas 4:3-5). Ingresó en el refugio donde estaban atrincherados esos espíritus de pecado, y tras saquear el territorio del enemigo, lo derrotó.
"A vosotros, que erais en otro tiempo extraños y enemigos [¡eso es lo que hace el pecado!] por vuestros pensamientos y por vuestras malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne por medio de la muerte" (Colosenses 1:21-22). "Despojó a los principados y a las autoridades y los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz" (Colosenses 2:15).
La carta a los Hebreos es enfática: "Por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo" enfrentándose así al problema de nuestro alejamiento íntimo, a fin de "librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre". "Tomó" la simiente de Abraham: no la de los seres humanos en el estado anterior a la caída. "Debía ser en todo semejante a sus hermanos". Nuestra salvación del pecado está indisolublemente unida a esta verdad: solamente en aquellas áreas en las que él fue tentado, "es poderoso para socorrer a los que son tentados" (Hebreos 2:14-18). Dado "que fue tentado en todo según nuestra semejanza", es un Salvador completo. Santiago está en armonía con Juan y con Pablo. "Cada uno es tentado, cuando de su propia pasión es atraído y seducido. Entonces la pasión, después que ha concebido, da a luz el pecado" (Santiago 1:14-15). Si Cristo no hubiera sentido esa presión, atracción o seducción, eso significaría impostura y engaño. Pero la tentación desde el interior no equivale a pecar. Sentir la fuerza de la seducción no equivale a caer a menos que se ceda a la tentación, y Cristo jamás cedió. La gloria de su justicia consiste en ser el resultado de un conflicto fiero y constante contra la tentación, "pero sin pecado". Su santidad es de esa forma dinámica y gloriosa. Cristo fue "santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores" (Hebreos 7:26) mientras descendía hasta el terreno donde estaban los pecadores que había de redimir.
Eso hace grandioso el mensaje de la justicia de Cristo. ¿Nunca has estado en la orilla de un lago un atardecer, contemplando el sendero luminoso que refleja en el agua la luz de la luna, desde donde tú estás hasta el horizonte? Al ponerte a andar bordeando el lago descubres con sorpresa que ese reflejo luminoso se desplaza contigo, trazando siempre una línea recta desde tu posición hasta la luna en el horizonte. Concibo la justicia de Cristo como algo profundamente personal para cada uno, para "todo hombre"; como un sendero de luz trazado por el Salvador para unir directamente con su trono de gracia y victoria el lugar en el que ahora mismo me encuentro. Él se ha puesto en mi lugar. Conoce exactamente la fuerza de las tentaciones que ahora me asedian y sabe cómo resistirlas. Fue "hecho pecado" por mí (2 Corintios 5:21). Conoce el peso de mi culpa. Experimentó mi desesperación, mis chascos. Nada hay que escape a su conocimiento. Fue incluso más allá de todo cuanto yo haya podido experimentar, hasta el punto de que por la gracia de Dios "gustase la muerte", la segunda muerte, por mí (Hebreos 2:9).
De hecho, es tan plena y exactamente mi Sustituto, que no habría podido acercarse más a mí si es que yo fuera el único pecador en este mundo. Él es mi verdadero alter ego. Estoy en él, tanto desde un punto de vista legal, como en la experiencia y práctica. Jamás un esposo o esposa estuvo tan próximo a su cónyuge como yo lo estoy de él por la fe. Y es así como es poderoso para "salvar eternamente a los que por él se allegan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos" (Hebreos 7:25).
¿Sabes lo fieras que pueden llegar a ser las batallas con la tentación seductora? ¿Sentiste la fuerza de la resaca que te aleja de la costa en el mar de la tentación? ¡Bienvenido a la raza humana! Ese es precisamente el problema que Cristo vino a resolver. Jamás el huracán de una tentación ha soplado sobre nosotros con la violencia con que sopló sobre él, y jamás hemos luchado contra una resaca más intensa que la que Cristo tuvo que resistir.
Sin importar quién seas o dónde te encuentres, puedes tener la seguridad de que hay Uno que estuvo exactamente en tu lugar, "pero sin pecado". Pon tus ojos en él, míralo. Permite que la verdad de su justicia "en semejanza de carne de pecado" disipe la bruma de ese engaño tan popular. Cree de todo corazón que ese pecado que te tienta seductoramente ha sido "condenado en la carne". Puedes vencer mediante la fe en Cristo.
Y Cristo no fue el Salvador solamente hace dos mil años. Las buenas nuevas consisten en que él está ahora ministrando continuamente para hacer efectivo en nosotros lo que logró entonces. Esa obra no es algo que esté teniendo lugar millones de años-luz lejos de nosotros, sino que "Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones" (Salmo 46:1).
Nuestro siguiente objetivo es descubrir el vínculo que une la justificación por la fe, con el ministerio de Cristo en el santuario celestial.
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