Saber acerca del ministerio de Cristo en el santuario celestial es para muchos como descubrir un nuevo mundo. Está extendida la creencia de que Cristo ascendió al cielo tras su vida en esta tierra, pero la idea se convierte en nebulosa respecto a qué puede estar haciendo allí. ¿Está de permiso quizá?, ¿de vacaciones? ¿Sigue aún centrado en la ardua labor que realizó en la tierra? Si está realmente trabajando, ¿qué tipo de obra puede ser la suya? ¿No concluyó su obra de expiación cuando murió en la cruz?
La expresión "Sumo Sacerdote", aplicada a Cristo, describe su oficio: la tarea que está desempeñando ahora. Pero ese título suele evocar una imagen eclesiástica muy alejada de los problemas de nuestra vida cotidiana. ¿En qué santuario está oficiando? ¿Es algún tipo de retiro monástico de oscuros vitrales, apropiado para la práctica de rituales misteriosos u observancias supersticiosas? ¿Está ubicado en un lugar del cielo alejado de la Vía Láctea? ¿Se han retirado el Padre y el Hijo del contacto con la actividad humana en nuestro planeta?
La Biblia está tan repleta de referencias al ministerio sumosacerdotal de Cristo en el santuario celestial como para poder escribir libros y libros acerca de él. Aquí podemos solamente dar una pincelada breve.
Los antiguos santuarios israelitas que edificaron Moisés, Salomón, Esdras/Nehemías y finalmente Herodes, nunca fueron el auténtico santuario. Fueron solamente una representación "del santuario y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor", "en los cielos" (Hebreos 8:1-2). Toda la sangre acumulada de los incontables animales ofrecidos en el santuario terrenal era incapaz de lavar la mancha de siquiera un solo pecado humano. Cuando David cometió su monstruoso pecado de adulterio, seguido por el asesinato encubridor, sabía bien que no había sacrificio de animal que pudiera serle de ayuda. Oró: "No quieres sacrificio, que yo lo daría; no quieres holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios" (Salmo 51:16-17). El único sacrificio eficaz era el que ofreció "el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Juan 1:29). Los sacerdotes terrenales no eran más que una "sombra" de Cristo como Sumo Sacerdote. Toda aquella disposición tenía por objeto ilustrar y dar a conocer la obra de Cristo como Salvador. Aquella "sombra" o representación terrenal era lo más próximo a la realidad que le fuera dado comprender a la mente humana (Hebreos 10:1).
El célebre enemigo de Cristo--el anticristo--cuyo rastro cenagoso se entreteje en la historia del cristianismo, casi ha logrado eclipsar por completo la tarea sumo-sacerdotal de Cristo. Daniel previó esa impostura monstruosa en la visión que describe el capítulo octavo de su libro. El "cuerno pequeño" de Daniel representa lo mismo que el "anticristo" histórico de Juan que "echó por tierra la verdad" y "prosperó" (Daniel 8:12). Este ha sido el logro supremo de Satanás: corromper el evangelio desde el interior. En beneficio de Daniel, un ángel preguntó: "¿Hasta cuándo durará la visión … del santuario [celestial] y el ejército para ser pisoteados?" (versículo 13). La respuesta vino en la famosa profecía de los 2.300 días/ años: "Luego el santuario será purificado [vindicado, justificado]" (versículo 14). En otras palabras: entonces será restaurada la plena verdad del evangelio, quedando en libertad para cumplir la obra que Dios dispuso en la preparación de un pueblo para la venida de Cristo, una tarea a desempeñar en la tierra, que es paralela y consistente con el ministerio sumo-sacerdotal de Cristo en el cielo.
El santuario celestial es el gran centro neurálgico. Es algo así como el cuartel general desde el que Cristo dirige su batalla final contra Satanás, batalla en la que obtendrá su victoria definitiva. Hoy es imposible tener un sentido correcto de la vida, si no es a la luz del ministerio que se desarrolla en el santuario, y es vital para una comprensión correcta de la justificación por la fe. Tal como veremos, nos da la única seguridad de distinguir entre la extremadamente sutil falsificación del evangelio propia del enemigo de Cristo, y el verdadero evangelio. El santuario es el escenario en el que se va a decidir el final del gran conflicto de los siglos, y en el que el gobierno de Dios resultará vindicado.
Quizá la mejor forma de avanzar en el conocimiento de esta verdad vital sea planteando algunas preguntas:
1. ¿Por qué se presenta a Cristo como a nuestro Sumo Sacerdote? Cuando comprendemos lo que eso implica, el término se convierte en algo íntimo y entrañable. Un sumo sacerdote es todo lo que sigue, incorporado en una sola persona:
A) Consejero. Los sumos sacerdotes de la antigüedad eran vistos como los más sabios en Israel. Tu sumo sacerdote celestial es tu Consejero personal, uno que jamás te dará un mal consejo. "Se llamará su nombre 'Admirable consejero', 'Dios fuerte', 'Padre eterno', 'Príncipe de paz'" (Isa 9:6). "Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada" (Santiago 1:5).
B) Amigo. Cristo es siempre "amigo de … pecadores". Si crees el evangelio, nunca jamás volverás a estar solo (Mateo 11:19; Juan 15:15).
C) Médico. "Él es quien…sana todas tus dolencias"(Salmo 103:3).
D) Psiquiatra. Él es el único Psiquiatra con poder para restaurar nuestra mente a "su juicio cabal" (Marcos 1:15). Todos necesitan sus servicios.
E) Asesor financiero. "Él hará derechas tus veredas" de forma que "tus graneros estarán colmados con abundancia" (Proverbios 3:6 y 10). Tenemos su promesa: "Os abro las ventanas de los cielos y derramo sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde" (Malaquías 3:10). Puesto que se preocupa de que los pájaros tengan cada día su alimento, ¿no se encargará de que dispongas de los recursos materiales necesarios? (Mateo 6:26 y Salmo 145:16).
F) Abogado defensor. "Si alguno ha pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo, el justo" (1 Juan 2:1).
G) Intercesor, amigo en el tribunal. "Este, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable [intransferible]. Por eso puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos. Tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores y hecho más sublime que los cielos" (Hebreos 7:24-26). El enemigo de Cristo es también nuestro enemigo personal, y está a nuestra "mano derecha" para resistirnos. Zacarías presenta una imagen vívida de esa escena de juicio ante el trono de Dios. Pero dado que "no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta" (Hebreos 4:13), lo que vio Zacarías respecto a Satanás acusándonos en el tribunal, revela asimismo sus actividades en procura de desanimarnos personalmente día tras día. La batalla "judicial" por nuestras almas entre Cristo y Satanás transcurre en ambos lugares: en el santuario celestial y aquí, en nuestros corazones (Zacarías 3:1-7). Cristo es nuestro intercesor en el tribunal celestial; de igual forma, el Espíritu Santo es ahora nuestro intercesor aquí en la tierra. Se interpone entre ti y Satanás. Se interpone entre ti y los patrones neurales grabados en el cerebro, proveyendo la gracia que capacita para resistir la tentación y vencer los hábitos pecaminosos. Las dos escenas--la celestial y la terrenal--están interrelacionadas, son paralelas y se corresponden.
H) Hermano mayor. Los afortunados que han disfrutado siempre de la amistad de un hermano mayor pueden apreciar algo de lo que Cristo es para nosotros. Hay un vínculo que une entre sí a los hermanos, más íntimo incluso que el que une a hijos y padres. La Escritura nos presenta a nuestro Sumo Sacerdote como siendo nuestro Hermano (Hebreos 2:11 y Mateo 28:10).
Se debe notar que todo lo anterior es de la forma más real lo que Cristo es hoy para nosotros. De nuestra parte, todo cuanto necesitamos a fin de apreciar esas ventajas incalculables, es fe.
2. ¿Cómo ilustra la verdad del santuario el significado de la justificación por la fe en Cristo? Bastará un sencillo ejemplo para hacer patente la efectividad de esa "fe en su sangre".
Cuando el pecador traía su víctima inocente para ser ofrecida en el santuario terrenal, se requería que él mismo tomara el cuchillo y la degollara con sus manos. Mientras acompañaba a la víctima por el largo camino hasta el santuario, el pecador no podía dejar de sentir el dolor del remordimiento. La visión de la sangre caliente saliendo de aquella criatura mansa que no se resistía y que estaba muriendo por su pecado, traía de forma vívida a su mente el pensamiento de que había Otro que debía morir por él. Los israelitas reflexivos sabían bien que "la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados" (Hebreos 10:4); no obstante, permanece el hecho de que "sin derramamiento de sangre no hay remisión" (Hebreos 9:22). Eso significa que el pecado jamás puede ser "remitido"--quitado de nuestros corazones culpables-- excepto si reconocemos contritos que fueron nuestras manos las que degollaron a la Víctima divina.
Tan ciertamente como todos hemos recibido por naturaleza "los designios de la carne [que] son enemistad contra Dios" (Romanos 8:7), esos designios o inclinaciones han florecido en aquel gran asesinato, el más cruel de toda la historia, ya que "todo aquel que odia a su hermano es homicida" (1 Juan 3:15). El asesinato del inocente Hijo de Dios muestra la plena dimensión de nuestro pecado. Y mediante "la fe en su sangre" tenemos justificación, que incluye la sanación de esa enemistad.
Si el Sumo Sacerdote hubiera concluido su labor hace dos mil años, todo el ministerio del santuario sería redundante, y el libro de Hebreos, con su énfasis en el santuario celestial, estaría fuera de lugar en el Nuevo Testamento. Si Cristo se hubiera retirado y el Espíritu Santo fuera el único que lleva adelante la obra, la encarnación perdería su significado, ya que el antiguo sistema del santuario levítico habría bastado como ejemplo de lo que el Cordero de Dios hizo por nosotros cuando fue "inmolado desde el principio del mundo" (Apocalipsis 13:8).
Pero es específicamente en tanto en cuanto Sumo Sacerdote en el santuario celestial, como Cristo desempeña su labor de "salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios". ¡Y dicha salvación es la justificación por la fe! Ese es el gran motivo por el que vive "siempre para interceder por ellos" (Hebreos 7:25). Por consiguiente, Hebreos expone la relación íntima de la justificación por la fe en su sentido más pleno, con el ministerio en el santuario.
3. ¿Cuál es la expiación que provee el ministerio en el santuario? Expiación significa reconciliación: estar en armonía y unidad con Dios. No se trata de que Dios se reconcilie con nosotros, pues él amó ya de tal manera al mundo, que dio a su Hijo para que muriera por nosotros.
El llamado del evangelio es: "Reconciliaos [vosotros] con Dios" (2 Corintios 5:20). El sacrificio en la cruz proveyó la base para la salvación del hombre. Es un sacrificio completo y final, pero hoy todavía no puede afirmarse con verdad que sean completos los efectos prácticos de la reconciliación. Puesto que expiación significa reconciliación con Dios, es evidente que quienes siguen teniendo una mente carnal no están aún reconciliados con Dios, dado que esa mente es "enemistad contra Dios". Cuando Pablo, escribiendo años después de la cruz, dijo a los corintios "aún sois carnales" (1 Corintios 3:3), la implicación es que realmente aún no habían "recibido la reconciliación" (Romanos 5:11).
La justificación legal o forense provista en la cruz está basada en el don y ofrenda de Dios a "todos los hombres", pero el pecador solamente experimenta la justificación por la fe cuando oye y cree las buenas nuevas. Por consiguiente, no basta con que Dios provea legalmente la expiación, sino que el pecador debe recibirla mediante la fe.
Eso demuestra la necesidad de una expiación final en el sentido de un crecimiento pleno de la fe, que elimine todo resto de enemistad contra Dios que pueda permanecer latente, no reconocido, en el corazón o mente del creyente. Mantener esa enemistad es la obra maestra del enemigo de Cristo--del anticristo--ya que si puede lograr anular la expiación final, consigue de forma retrospectiva dejar sin efecto la expiación que la cruz proveyó, y de esa forma gana la batalla final en el conflicto de los siglos.
Eso da un significado solemne al mensaje de la purificación del santuario celestial. Está implicada vitalmente la propia enseñanza de las Escrituras sobre la expiación, que quedaría anulada si no hubiera un Día de la Expiación cósmico tal como está profetizado en Daniel 8 y 9, y enseñado mediante la tipología en el servicio del santuario terrenal.
A los adventistas se les ha encomendado ser los primeros en exaltar a Cristo ante el mundo, pero ese testimonio no ha de ser del tipo "nosotros también", un eco del coro de las iglesias evangélicas en su muy limitada visión de la justificación por la fe. La gran batalla final entre Cristo y Satanás es una batalla a muerte acerca de cómo trata Dios con el propio pecado, y se hace imperativo un testimonio especial. Destruir la purificación del santuario celestial equivale a destruir el Calvario, ya que lo primero es la necesidad lógica y revelación última de lo segundo.
Esa relación de base entre la obra de Cristo en la cruz y su obra en el santuario queda perfectamente resumida en esta declaración: "La intercesión de Cristo por el hombre en el santuario celestial es tan esencial para el plan de la salvación como lo fue su muerte en la cruz"[1].
La casi universalmente aceptada doctrina pagano/papal de la inmortalidad natural ha eclipsado el agape--un amor sin mezcla de egoísmo--que presenta el Nuevo Testamento, de forma que para millones de personas la cruz ha quedado despojada de su verdadera gloria y poder. La historia moderna demuestra que es solamente mediante la comprensión del ministerio del Sumo Sacerdote en el segundo departamento del santuario celestial como se restaura ese concepto del Nuevo Testamento sobre el amor revelado en la cruz[2]. La tarea de desvelar "la anchura, la longitud, la profundidad y la altura" del agape de Cristo (Efesios 3:17), quien se entregó infinitamente a sí mismo al equivalente de la "segunda muerte" (Apocalipsis 20:6), está asociada con la obra del Sumo Sacerdote celestial en la expiación final. Los resultados magníficos han de verse en un pueblo que sienta en su plenitud la motivación de ese amor, demostrando en la práctica que el agape es verdaderamente el cumplimiento de la ley. Para el universo celestial esa ha de ser una visión feliz y muy bienvenida, y propiciará la consumación de la gran comisión evangélica.
Ellen White proporciona una perspectiva profunda acerca de cómo está relacionado el concepto del agape con la apreciación real de Cristo como nuestro Sumo Sacerdote en el lugar santísimo-- segundo departamento--del santuario celestial[3].
4. ¿Por qué un Día de Expiación final? En la "sombra" o ilustración provista por el antiguo servicio del santuario terrenal, el Día de la Expiación cerraba el ciclo anual del ministerio de la reconciliación. Simbolizaba la conquista definitiva del pecado y sus efectos, así como la destrucción de su impenitente originador y de quienes lo han perpetuado.
Puesto que la guarida del pecado es la "carne"--la naturaleza caída del hombre--es imposible que el auténtico Día de la Expiación pueda significar el final del reino del pecado entretanto no se resuelve el problema del pecado continuado entre aquellos que creen en el evangelio. Una declaración de justificación pura y exclusivamente legal, no acompañada de una justificación por la fe que reconcilie el corazón del creyente con la justicia de Dios, echaría por tierra todo el ministerio del santuario.
Recurriendo al símil del ajedrez, es como si se estuviera disputando una gran partida cósmica en el torneo de la salvación. Satanás procura encontrar el movimiento que le permita hacer jaque mate a Cristo, y lograría tal cosa si puede asegurarse de que el pecado se perpetúa. Pablo lo expresa claramente: "Lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne para que la justicia de la ley se cumpliera en nosotros, que no andamos conforme a la carne sino conforme al Espíritu" (Romanos 8:3-4).
La fuerza de las circunstancias puede llevar a Satanás a reconocer que en su encarnación, Cristo "condenó al pecado en la carne", pero su estrategia de jaque mate consiste en impedir que "la justicia de la ley" "se cumpla en nosotros". Su recurso para lograr tal cosa es una versión falsificada de la justificación por la fe.
El Día de Expiación celestial y la purificación del santuario de la que escribió Daniel (Daniel 8:14) son una y la misma cosa. Así como los pecados de los antiguos israelitas eran simbólicamente-- en el tipo--transferidos al santuario, en la realidad representada por esos símbolos, los pecados de todos quienes profesan tener fe en Cristo son cargados al gobierno de Dios. Él asume la culpabilidad por todos ellos. Satanás desafía a Cristo a que resuelva el problema. Ninguna ficción legal podría jamás poner fin al gran conflicto de los siglos. A menos que el pueblo de Dios coopere con él en la resolución final del problema del pecado, el santuario celestial no puede ser purificado, vindicado o rehabilitado.
Parte de la artera estrategia del enemigo consiste en estigmatizar toda preocupación por vencer al pecado como si fuera la herejía del "perfeccionismo". Esa es la treta sutil de Satanás encaminada a preservar su status quo en anticipación del triunfo que él espera. Se jacta de haber inventado algo que supera lo que Dios es capaz de resolver: el pecado, que él declara invencible en naturaleza humana caída. De ahí su empeño en demostrar (a) que Cristo no pudo haber vencido ese invento de Satanás si hubiera tomado sobre sí nuestra naturaleza caída, y (b) que es imposible para todo creyente en Cristo vencer al pecado por tanto tiempo como posea una naturaleza caída. Lo mejor que puede hacer es procurar ser "menos pecaminoso", pero dejando siempre intacto el principio del pecado. (a) y (b) son las dos caras de una misma moneda, y ambas están en conflicto con el concepto bíblico de la purificación del santuario.
A pesar de numerosas negaciones por parte de "expertos", la Escritura es clara respecto a que el ministerio del Día de la Expiación del Antiguo Testamento concernía de forma vital a los creyentes israelitas: "Porque en este día se hará expiación por vosotros, y seréis limpios de todos vuestros pecados delante de Jehová" (Levítico 16:30). El Día antitípico--real--de la Expiación concierne de igual forma al pueblo de Dios, especialmente desde 1844. La promesa divina consiste en que él va a tener un pueblo del que pueda decir con toda verdad: "Aquí está la perseverancia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús" (Apocalipsis 14:12). El contexto amplio indica que ese será precisamente el resultado práctico de la purificación del santuario celestial.
5. ¿Cómo se relaciona la justificación por la fe, con la vindicación de Cristo en la purificación del santuario celestial? El pueblo de Dios crece "de fe en fe", y de esa forma da a conocer el evangelio y permite que sea plenamente poderoso para salvar (Romanos 1:16-17). La única base para la justificación de ellos--es decir, para su rectitud-- es siempre y solamente la justicia de Cristo: su vida y su muerte. Jamás adquieren algo parecido a una partícula de mérito en ellos mismos. Pero su aprecio hacia el amor abnegado exhibido en la vida y muerte de Cristo crece hasta el punto de alcanzar la madurez en Cristo. Cooperando con su Sumo Sacerdote en la purificación del santuario, reciben la justicia de Cristo en su plenitud. Son en verdad justificados por la fe.
Es como la mujer que quiere a un hombre y que madura en comprenderlo y apreciarlo hasta el punto de unirse con él en matrimonio. El desenlace del gran drama de los siglos son las bodas del Cordero. Es la gran trama y guión de la propia Biblia, que alcanza su clímax en Apocalipsis 19. El Padre, Cristo y todos los santos ángeles, han estado "preparados" desde hace largo tiempo. Por fin puede ahora también decirse que "su esposa se ha preparado" (Apocalipsis 19:7). Entonces puede tener lugar la vindicación de Cristo, ya que cualquier reticencia de parte de su esposa para comprometerse y dedicarse a él con la entrega completa que el matrimonio requiere, denota no sólo falta de madurez, sino como mínimo un rechazo parcial hacia él. Y eso sólo puede significar vergüenza para su Esposo.
Dicho de otro modo: una motivación pueril es un impedimento para el desenlace de "las bodas del Cordero", y viene a ser una gran herramienta en la estrategia del enemigo de Cristo.
Si los numerosísimos convocados a la magna sesión judicial de los siglos hubieran de contemplar finalmente cómo la novia de Cristo lo desprecia distraída por su interés en la tarta nupcial, quedarían horrorizados. No es impropio que la niñita encargada de llevar las flores de la novia esté interesada en la tarta y los postres, pero sería la tragedia de los siglos que su futura esposa fuese tan inmadura como para menospreciar el sublime amor de Cristo y carecer de un aprecio verdadero y maduro hacia su sacrificio. Eso significaría finalmente el colmo de la incredulidad, la ausencia de fe, y de forma evidente una negación de la justificación por la fe.
En su poema "Las noventa y nueve", Elizabeth Clephane escribió:
Ninguno de los redimidos imaginóCuán diferente sería el caso de su futura esposa a la que ha redimido y con la que se ha de unir en las bodas, si esta manifestara indiferencia ante la profundidad de aquellas aguas. El espectáculo patético que contempla hoy el cielo y la tierra es el de una "esposa" que tiene un aprecio muy escaso por la profundidad del carácter de amor de su Esposo. Está tan ocupada con los placeres materiales y sensuales del mundo, que ofrece a su Esposo la mínima devoción posible. El corazón de ella está absorbido en los cuidados de esta vida y en los entretenimientos del mundo; no en corresponder a su Amante. Esa falta de fe es rematadamente inconsistente con la justificación por la fe.
la profundidad de las aguas que cruzó
ni cuán oscura fue la noche por la que el Señor pasó
hasta encontrar a su oveja perdida