Sé pues celoso y arrepiéntete, pueblo mío

Capítulo 1

Un fax llegado del cielo

¿Llama Jesucristo a la Iglesia Adventista del Séptimo Día al arrepentimiento? ¿O llama solamente a algunos individuos en la Iglesia?

Es difícil imaginar un mensaje venido del cielo más conciso y solemne que la orden de Cristo dada al ángel de la iglesia en Laodicea: "Sé pues celoso, y arrepiéntete". ¿A quién dice tal cosa? ¿Qué significa eso de "arrepiéntete"?

No debemos confundir "los ángeles de las siete iglesias" con "las siete iglesias": son cosas distintas. "Los siete candeleros que has visto, son las siete iglesias". Pero "las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias", en alusión a sus dirigentes. (Apoc. 1:20). Puesto que el mensaje se dirige al ángel de la iglesia de Laodicea, debe tratarse de un llamamiento al arrepentimiento más allá de lo meramente individual o personal.

"Los ministros de Dios están simbolizados por las siete estrellas, las cuales se hallan bajo el cuidado y protección especiales de Aquel que es el primero y el postrero. Las suaves influencias que han de abundar en la iglesia están ligadas con estos ministros de Dios… Las estrellas del cielo están bajo el gobierno de Dios… Así sucede con sus ministros. No son sino instrumentos en sus manos…" (Obreros evangélicos, p. 13,14)
Ese "ángel" de la iglesia de Laodicea debe incluir a los maestros de Escuela Sabática, profesores de colegios y universidades, ancianos locales, dirigentes de Uniones y Asociaciones, pastores, y desde luego, dirigentes de Asociación General –todos cuantos dirigen la Iglesia.

Por lo tanto, ese cuerpo completo de dirigentes es el centro de especial atención de Jesús en el mensaje a Laodicea. De ninguna manera supone una descortesía hacia los dirigentes humanos de la iglesia, el señalar lo dicho por el Testigo Fiel.

Laodicea es la séptima iglesia de la historia, justamente la última antes de la segunda venida de Cristo. Guarda paralelismo con el triple mensaje angélico de Apocalipsis 14. Ninguna octava iglesia puede sucederla. El mensaje no pueden ser malas nuevas, ya que Laodicea no es un mal nombre. Significa "vindicación del pueblo" (también "juicio del pueblo", o "pueblo del juicio"). 1 Dar oído al llamado al arrepentimiento, redime a Laodicea del fracaso y provee su única esperanza.

¿Cuánto hace que conocemos el mensaje?

En nuestra temprana historia denominacional se prestó una gran atención al mensaje. En fecha tan temprana como 1856, nuestros pioneros creyeron que desembocaría en la lluvia tardía y el fuerte clamor final, en aquella generación. Pero tras haber transcurrido más de un siglo de aparente indiferencia por parte del cielo, hemos venido a creer que, o bien el mensaje no es demasiado urgente, o bien quizá cumplió ya su obra. Por la razón que sea, lo hemos "archivado" en la papelera... Nuestra cultura moderna está profundamente obsesionada por la necesidad de cultivar la autoestima, tanto personal como denominacional, y ese mensaje parece no ser particularmente adecuado a ese fin. De ahí que hablar de él se haya convertido en más bien impopular.

Puesto que hemos asumido que el mensaje se dirige solamente a individuos, su aplicación se ha difuminado tan ampliamente, que ha perdido su enfoque original. No hemos sabido muy bien qué hacer con el mensaje. Responsabilidad de todos: responsabilidad de nadie. Pero la posibilidad de que el llamamiento de Cristo lo sea al arrepentimiento corporativo da al mensaje un enfoque enteramente diferente. Si está llamando al arrepentimiento corporativo, se infiere que está también llamando al arrepentimiento denominacional.

¿Es así de importante?

¿Por qué le preocupa a Cristo de esa manera? Él no puede olvidar que dio su sangre por el mundo. En Apocalipsis se representa al "ángel de la iglesia de Laodicea" como interponiéndose entre la luz del cielo y un mundo en tinieblas. La resolución del problema presentado en Apocalipsis 3 determina la resolución de todo el Libro. La derrota en el capítulo 3 detendría, e incluso impediría, la victoria en el capítulo 19. Nosotros, el "ángel", los dirigentes, hemos retardado durante un siglo el propósito final de Dios de iluminar la tierra con la gloria del "evangelio eterno" en su marco del tiempo del fin. El éxito final del gran plan de la redención requiere que el "ángel" preste oído al mensaje de Cristo, y venza. De fracasar Laodicea, todo el plan sufriría una desastrosa derrota final.

La razón es evidente. Los Adventistas del Séptimo Día no creemos, a diferencia de los Católicos y Protestantes, que los salvos vayan al cielo inmediatamente al morir. Creemos que los justos muertos deben permanecer en sus sepulcros hasta una resurrección corporativa. Pero esa "primera resurrección" depende de la venida personal de Jesús, la cual depende a su vez de que un grupo de santos vivos estén preparados para su venida. Eso es así, "porque nuestro Dios es fuego consumidor" para el pecado (Heb. 12:29). Cristo no quiere regresar hasta poseer un pueblo de cuyos corazones haya sido borrado todo pecado. De otra manera, su venida los consumiría, y Él los ama demasiado como para hacer tal cosa. De manera que es su amor por ellos la razón de la demora, que se prolonga hasta tener un pueblo preparado. Se deduce que, hasta entonces, todos los justos muertos están condenados, por así decirlo, a permanecer prisioneros en sus tumbas.

¿Podemos comenzar a comprender cómo un enemigo ha infiltrado en esta Iglesia la mentira de la "nueva teología" según la cual es imposible per se que un pueblo sea victorioso sobre el pecado? Puesto que el éxito de todo el plan de la salvación depende de su hora final, Satanás está disputando su última trinchera en ese punto.

Con toda seguridad, el interés supremo del cielo no consiste en que perpetuemos un aparato organizativo afirmado en el orgullo denominacional, algo así como la lucha de la General Motors para mantener su imagen, frente a la creciente competencia. Lo que preocupa al cielo es la trágica necesidad que tiene el mundo del mensaje puro del evangelio, como única manera de liberación del pecado para todos los que invocan el nombre del Señor. La humanidad sufriente pesa más en el corazón de Dios, que la preocupación que tenemos por nuestra imagen denominacional. Si el "ángel de la iglesia de Laodicea" se está interponiendo en el camino de Dios, el mensaje del Señor a ese "ángel" tiene que abrirse camino. No hay tal supuesta indiferencia, por parte del cielo; el Señor está haciendo que clamen las mismas piedras:
"Todo el cielo está en actividad, y los ángeles de Dios están esperando para cooperar con todos los que quieran idear planes por los cuales las almas para quienes Cristo murió puedan oír las gratas nuevas de la salvación… Hay almas que están pereciendo sin Cristo, y los que profesan ser discípulos de Cristo las dejan morir. …¡Dios quiera presentar este asunto en toda su importancia a las iglesias dormidas!" (Joyas de los Testimonios, vol. III, p. 66,67)

La verdadera cabeza de la Iglesia Adventista

Jesús se presenta a sí mismo como "el Amén, el testigo fiel y verdadero". ¿Por qué es el auténtico dirigente de la Iglesia Adventista? Porque dio su sangre por su iglesia. Sólo Él puede impartirle la verdad. Ningún comité ni institución pueden controlar a Cristo, ni suprimir indefinidamente su mensaje. El término "Amén" denota que sigue estando por la labor, como testigo viviente ante la iglesia. En medio del alboroto ensordecedor de las voces de hoy en día, se nos da la seguridad de que su mensaje va a abrirse camino con poder y claridad:
"Entre los clamores de confusión: ‘¡Mirad, he aquí está el Cristo, o mirad, allí está!’, se dará un testimonio especial, un mensaje especial de verdad apropiada para este tiempo" (E.G.W., Comentario Bíblico Adventista, vol. VII, p. 995).
E. White deploró nuestra constante tendencia a interponer seres humanos falibles entre Cristo y nosotros. Obsérvese cómo, en un solo párrafo, se refiere a ese tipo de idolatría en no menos de cinco ocasiones (destacadas en cursivas):
"Siempre ha sido el firme propósito de Satanás eclipsar la visión de Jesús e inducir a los hombres a mirar al hombre, a confiar en el hombre, y a esperar ayuda del hombre. Durante años la iglesia ha estado mirando al hombre, y esperando mucho del hombre, en lugar de mirar a Jesús" (Testimonios para los ministros, p. 93).

Imaginemos a Jesús como huésped invitado

"El Hijo de Dios… tiene sus ojos como llama de fuego" (Apoc. 2:18). Su mensaje no es un remiendo provisional a nuestros problemas, no es una estrategia cuyo diseño esté al alcance de ningún comité. Es un mensaje santo y solemne, y traerá sobre nosotros el juicio de los siglos si lo desdeñamos. Si Cristo fuese el orador invitado para hablar a los dirigentes de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, su mensaje sería el de Apocalipsis 3:14-21. Conmovería nuestras almas hasta lo más profundo. ¡Y tiene absolutamente todo el derecho para hablarnos de tal modo!

El tema del arrepentimiento corporativo ha sido intensamente combatido. La oposición de la Asociación General ha sido manifiesta y persistente. 2 Pero en los meses recientes, dos prestigiosos autores de la Asociación General han rescatado el tema de su olvidada situación, y lo han presentado como digno de seria consideración. [Ver The Power of the Spirit, de George E. Rice y Neal C. Wilson (Review and Herald, 1991)]. El librito de Escuela Sabática de principios del 1992 discutió abiertamente la necesidad de él. ¿Pudiera ser que la providencia del Señor nos estuviese abriendo el camino para inquirir más profundamente en el significado de su llamamiento? De alguna manera, su llamado a que nos arrepintamos tiene que ser relevante para nosotros hoy, lo mismo que para nuestra juventud. Todo cuanto podemos hacer es intentar humildemente comprenderlo. En este modesto volumen, intentamos estudiar su significado.

¿Cuándo responderemos al Señor?

El arrepentimiento no es algo que nosotros obramos. Nunca se cumple mediante los votos de un comité. Es un don del Señor, a recibir con humildad y agradecimiento (Hech. 5:31). Pero ¿cuándo podremos encontrar siquiera el tiempo para recibir tal don? Gravita sobre nosotros la continua presión de "hacer", y ¿cuándo encontraremos la voluntad para recibirlo? El libro que recientemente han editado dos dirigentes de la Asociación General, plantea la triste cuestión,
"¿Nos entregaremos a la obra de preparación espiritual a la que Dios nos llama, permitiéndole que nos use en la terminación de su obra en la tierra? ¿O dejaremos escapar de nuestras manos otra oportunidad, y nos encontraremos junto a nuestros hijos, todavía en este mundo de pecado, durante otros 50 o 60 años más? (Neal C. Wilson y George E. Rice, The Power of the Spirit, p. 53)
¿Podemos imaginar el chasco que hubiese sentido el antiguo Israel si Josué les hubiese dicho en la ribera del Jordán, tras haber vagado 40 años por el desierto, "Lo siento, tendremos que seguir vagando por el desierto durante otra generación"? Una demora tal se ha producido ya repetidamente en nuestra historia denominacional, y el gran chasco lo ha sido para el Señor mismo.

A medida que nos acercamos al fin, vemos actuar en la iglesia fuerzas centrífugas que intentan llevar a la disensión y la desunión. Algunos pueden concluir que esos azotes sin precedentes significan que Jesucristo ha abandonado la iglesia. Pero su llamamiento al "ángel de la iglesia en Laodicea" demuestra que no ha hecho tal cosa. Su magna preocupación, la gran prioridad del cielo, es que se efectúe un reavivamiento, reforma y arrepentimiento en esta iglesia. Cristo está por esa labor.

¿Cuál es su mensaje hacia nosotros?

Notas:
Obsérvese que el Padre ha declinado la tarea de juzgarnos en favor del Hijo, a quien ha encomendado todo el juicio, ya que Él es el Hijo del hombre (Juan 5:22,27). Ahora bien, Cristo rehusó a su vez juzgar a quienes no creyeran en Él. Por lo tanto, aquellos a quienes juzga es precisamente a los que creen en Él, y los vindicará (Juan 12:47,48).

Ver, por ejemplo: Norval F. Pease, By Faith Alone, con prólogo del presidente de la Asociación General, R. R. Figuhr (1962); A. V. Olson, Through Crisis to Victory, p. 237-239 (1966); L. E. Froom, Movement of Destiny, p. 357,358,445,451,686 (1971); George R. Knight, From 1888 to Apostasy, p. 64 (1987); George R. Knight, Angry Saints, p. 130,131,150,151 (1989).