Sé pues celoso y arrepiéntete, pueblo mío

Capítulo 2

¡Ni una sola expresión de encomio!

Parecemos estar mucho más satisfechos con nosotros mismos de lo que Cristo lo está. Pero si su verdad hiere, también sanará.

"Escribe al ángel de la iglesia en Laodicea" (Apoc. 3:14). Durante décadas hemos venido asumiendo que el mensaje va dirigido a la iglesia en general. Pero sorprendentemente, el mensaje va dirigido a sus líderes. Nosotros, los dirigentes, hemos actuado torpemente al pasar el mensaje a los laicos, regañándolos y culpabilizándolos por retardar la finalización de la obra de Dios.

Si el mensaje va dirigido primariamente a individuos de la iglesia, entonces se plantean importantes problemas. Han estado muriendo Adventistas del Séptimo Día por más de 150 años. En la práctica totalidad de sus funerales, hemos expresado la esperanza de ver de nuevo a esos fallecidos, en ocasión de la primera resurrección, algo que es imposible sin el arrepentimiento personal, individual.

Por lo tanto, si el llamamiento de Cristo al arrepentimiento va dirigido primariamente a individuos, resulta que ya ha sido en gran parte escuchado, ya que debemos asumir que muchos de esos santos fieles se arrepintieron, en preparación para la muerte. Si tal es el caso, el mensaje a Laodicea se convierte virtualmente en una carta muerta. Podemos esperar poco o ningún resultado más, excepto el continuo arrepentimiento personal, tal como ha prevalecido por más de un siglo. Esa es la forma en la que la mayor parte de nuestro pueblo, especialmente los jóvenes, ve hoy el mensaje.

Si bien cada uno debemos aplicarnos individual y personalmente todo consejo contenido en los mensajes a las siete iglesias, ese llamamiento a arrepentirnos va específicamente dirigido a más que individuos. Y cuando comenzamos a comprender a quién va dirigido, el mensaje mismo toma un significado nuevo y cautivador.

El llamamiento en Apocalipsis 3:20 ("si alguno oyere mi voz") contiene un significativo término griego, tis, que significa primariamente "cierta persona", o "alguien determinado", no inespecíficamente "alguno". Por ejemplo, en Marcos 14:51,52, no era meramente "alguno" quien seguía a Jesús "cubierto solo con una sábana". La palabra tis se emplea y traduce allí como "un joven". En el mensaje a Laodicea, el "ángel" debe ser ese "alguien determinado" a quien el mensaje se refiere. Jesús citó el Cantar de Salomón en su llamamiento, "He aquí, yo estoy a la puerta y llamo" (5:2, Septuaginta). Esa "cierta persona" que debe oír es su amada, la Iglesia. El Señor señala dirigentes para desempeñar el papel de modelos y ejemplos. El mismo Cristo dijo, "Y por ellos yo me santifico a mí mismo" (Juan 17:19).

"Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente… mas porque eres tibio… te vomitaré de mi boca" (Apoc. 3:16). Podríamos concluir superficialmente que, puesto que el "ángel" es innegablemente tibio, automáticamente Cristo ha cumplido su promesa y nos ha rechazado. Tal interpretación es favorecida por algunas traducciones de la Biblia, y ha significado un problema para ciertos miembros de iglesia sinceros, que han visto ahí un motivo para desesperar de que la iglesia organizada se vaya a reconciliar realmente alguna vez con Cristo.

Pero el lenguaje original contiene una expresión clave, mello, que significa, "estoy por vomitarte de mi boca" (Nueva Reina Valera, 1990). Queda claro en Apocalipsis 10:4, cuando leemos que Juan "iba a escribir" lo que habían hablado los siete truenos, pero finalmente no lo hizo, por instrucción de una voz del cielo. En lenguaje vívido y moderno, podríamos expresarlo como: "¡Vuestra actitud me pone enfermo, hasta el punto de hacerme sentir nauseas!".

Esa es una reacción humana común, en situaciones de extrema contrariedad emocional. Una mujer, en la Alemania del Este, tuvo acceso a los archivos de la policía secreta comunista, recién puestos a la luz, comprobando con horror que durante años de pretendida fidelidad y amor, su marido había estado informando secretamente sobre ella al siniestro cuerpo de policía. Su reacción instantánea e incontrolada consistió en ir al servicio, y vomitar. Por desagradable que nos parezca, Jesús nos dice que es así como se siente, no por nosotros, sino por la tibieza que acariciamos. Eso no significa que no nos ame, ni que nos retire su fidelidad (¡La mujer alemana amaba ciertamente a su marido!)

¿Por qué se siente Jesús de esa forma?

¿Por qué no dice algo bueno de nosotros? ¿No es demasiado severo? Todo presidente de una compañía, jefe de equipo u oficial del ejército sabe que debe felicitar a sus subordinados a fin de que estos rindan al máximo. La dirección humana de la iglesia remanente debe ser sin duda el grupo más selecto de personas en el mundo, ¿no sería sabio el que Cristo dijese al menos algo bueno sobre nosotros, sobre lo diligentes y sabios que somos, lo que hemos logrado tras 150 años de arduo trabajo? Pero no hace nada de eso.

Podemos tener la seguridad de que no está intentando desanimarnos. Quiere simplemente que afrontemos la realidad, de tal manera que podamos corregir el problema y estar dispuestos para oírle decir finalmente ‘¡Bien, buen siervo!’, cuando tenga sentido la pronunciación de esa expresión de aprobación.

Su respuesta, al declarar que siente deseos de vomitarnos, nos ayuda a comprender la realidad de nuestra situación. No nos hemos dado cabal cuenta, pero la implicación es devastadora. La visión que sigue, en Apocalipsis, presenta a Cristo bajo la forma de "un Cordero como inmolado", ante el cual se inclinan en profunda adoración las huestes del cielo y "los veinticuatro ancianos", entonando en total devoción ese cántico:
"Digno eres… porque tú fuiste inmolado, y nos has redimido para Dios con tu sangre, de todo linaje y lengua y pueblo y nación. Y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes" (Apoc. 5:6-10).
Todo el cielo comprende y aprecia lo que le costó redimirnos, cómo descendió hasta el infierno, la manera en la que gustó el equivalente a nuestra segunda muerte, para salvarnos. Siente "la anchura y la longitud, la profundidad y la altura del amor de Cristo… que supera a todo conocimiento". En contraste, el "ángel de la iglesia en Laodicea", viviendo en la luz concentrada de seis mil años de revelación de Buenas Nuevas, no se conmueve en lo profundo. Nuestros pobres y decrépitos corazones resultan estar medio congelados, cuando deberíamos mostrar el mismo grado de aprecio. "Eres tibio", dice Jesús.

No es maravilla que nuestra profesión superficial de amor y devoción le provoque nauseas. ¡Él lo dio todo por nosotros! Cuando compara la dimensión de su devoción sacrificial, con la exigüidad de la respuesta de nuestro corazón, se siente profundamente incómodo ante el universo expectante. ¿Podemos imaginar lo doloroso que eso le resulta?

Intentemos ver la realidad tal como la ve el cielo

Henos aquí, en el umbral de la crisis final, cuando nuestra madurez espiritual debiera ser tanto mayor de lo que es. Sin embargo, nuestra indiferencia infantil hiere a Cristo. Le resultó más fácil sobrellevar la cobardía de la negación de Pedro, que nuestra devoción tibia y calculada, en un tiempo de crisis como el actual.

Arnold Wallenkampf comenta incisivamente los aspectos deplorables de la mentalidad de grupo que fue tan común entre los dirigentes de la Iglesia Adventista del Séptimo Día hace más de un siglo, y también ahora:
"La principal responsabilidad por el rechazo del mensaje de 1888 recae, no sobre el grueso del pueblo, sino sobre los pastores. Ese sorprendente descubrimiento merece ser seriamente considerado por todo Adventista hoy, sea este pastor, maestro, o dirigente en cualquier función" (What Every Adventist Should Know About 1888, p. 90).

"Muchos de los delegados de la Asamblea de Minneapolis fueron cómplices del pecado de rechazar el mensaje de la justicia por la fe, mediante una actuación acorde con las leyes de la dinámica de grupo. Puesto que muchos de sus queridos y respetados dirigentes rechazaron el mensaje en Minneapolis, ellos siguieron a esos dirigentes en su rechazo… lo que hoy llamamos dinámica de grupo…

No es un pensamiento agradable, y sin embargo es cierto que en la Asamblea de Minneapolis los dirigentes de la Iglesia Adventista del Séptimo Día volvieron a reencarnar el papel de los dirigentes judíos en los días de Jesús. Durante el ministerio de Jesús en la tierra, el pueblo judío le era preponderantemente favorable. Fueron los dirigentes judíos quienes más tarde los indujeron a pedir su crucifixión. En la Asamblea de Minneapolis, en 1888, fueron los hermanos dirigentes quienes encabezaron la oposición al mensaje" (Id., p. 45-47).

Pero ¿qué tiene eso que ver con nosotros hoy?

Jesús no dice que sea el antiguo rechazo y crucifixión, por parte de los judíos, lo que le hace estar a punto de vomitar. Lo que le produce nauseas es que el "ángel" de la iglesia, en el último acto del gran drama de la historia, conociendo la historia de los judíos, venga a repetirla, mientras que profesa amarle ardientemente. Podemos hacernos una idea de sus nauseas al considerar lo penosa que es la contemplación de un adulto que actúa según las fantasías pueriles, que se conduce como un niño.

Decimos, "Yo soy rico, y estoy enriquecido, y no tengo necesidad de ninguna cosa" (Apoc. 3:17). Verbalmente no decimos tal cosa, pero Él discierne claramente el lenguaje del corazón:
"Quizá los labios expresen una pobreza de alma que no reconoce el corazón. Mientras se habla a Dios de pobreza de espíritu, el corazón quizá está henchido con la presunción de su humildad superior y justicia exaltada" (Palabras de vida del gran Maestro, p. 159).
Sin embargo, somos ingenuos en lo que respecta a nuestra auténtica situación, ante la vista del universo entero. Incluso a la vista de profundos observadores no adventistas, ofrecemos un cuadro patético. El idioma original en que se escribió el Apocalipsis aguza el impacto del mensaje, al añadir la partícula ho, que significa aquel que, el que: ‘No sabes que de entre las siete iglesias, tú eres la rematadamente cuitada, la miserable, pobre, ciega y desnuda’ (versículo 17).

¡Ninguno de nosotros, como simple individuo, es merecedor de tal distinción, frente al mundo y su historia! Cristo debe estar dirigiéndose a nosotros como a un todo corporativo, como a un cuerpo.

Hay esperanza

El Señor no dedicaría el resto del capítulo a instruirnos sobre cómo responder, en el caso de habernos rechazado finalmente. Le "revolvemos las tripas", pero nos suplica que aliviemos su dolor. Este mensaje a Laodicea es el más agudamente sensible y urgente de toda la Escritura. El éxito de todo el plan de la salvación depende de su hora final, y el problema de Laodicea está ligado a esa crisis.

Jesús dice, "Yo te amonesto que de mí compres oro afinado en fuego" (versículo 18). Al dirigirse a la denominación Adventista del Séptimo Día, y particularmente a sus dirigentes, nos dice que lo primero que necesitamos es… no más obras, más actividad, estrategias ni programas. En el versículo 15 ya nos ha dicho, "Yo conozco tus obras". Nuestras obras son ya febrilmente intensas. Pedro identifica el "oro afinado en fuego" como el ingrediente esencial en la creencia del evangelio –la fe misma, que siempre precede a cualquier obra de genuina justicia (1 Ped. 1:7).

En otras palabras, Jesús nos dice que lo primero que necesitamos es aquello que hemos proclamado de forma sonora poseer en abundancia –el conocimiento y la experiencia de la justicia por la fe. Pero lo que poseemos nos ha llevado solamente a la tibieza. Es el conocimiento verdadero lo que hace que las huestes del cielo sirvan tan ardientemente al "Cordero que fue inmolado". Son conmovidos hasta lo más profundo por el corazón mismo del mensaje –"Cristo, y éste crucificado", una motivación que nos avergüenza al contrastarla con la obsesión infantil por nuestra propia seguridad eterna. El diagnóstico de Cristo pone el hacha a la raíz de nuestro orgullo de dirigentes.

La sutileza de nuestro orgullo espiritual

Hasta la publicación del libro de Wallenkampf, en 1988, nuestra prensa denominacional mantuvo en general la tesis de que fuimos "enriquecidos" en esa ocasión en la que nuestros dirigentes aceptaron supuestamente el principio del mensaje del fuerte clamor, hace más de cien años. 1 En años recientes hemos comenzado a cambiar radicalmente al respecto, y ahora se reconoce ampliamente la verdad de que "nosotros" no lo aceptamos. 2 Ese nuevo giro hacia la honestidad es maravilloso y refrescante.

Pero ¿acaso Cristo no nos dice todavía ahora a nosotros que necesitamos el "oro" de la fe genuina? Sí, nos dice que a fin de poder quitarle las dolorosas nauseas, necesitamos el "oro" de la fe genuina. Más aún, dice que tenemos que comprarla –esto es, debemos pagar algo a cambio.

Pero ¿por qué no nos la da? Insiste en que cambiemos la genuina justicia por la fe, en lugar de nuestras estériles comprensiones previas, que han alimentado nuestra tibieza. Estamos atrapados en una contradicción evidente: pretendemos comprender y predicar adecuadamente la justicia por la fe, mientras que sus frutos legítimos están tristemente ausentes. Testimonio de ello es la profunda tibieza de la iglesia. De igual forma que la tibieza es una mezcla de agua fría con caliente, así también nuestro problema es una mezcla de legalismo y evangelio escasamente comprendido.

Una rica comida se echa totalmente a perder por la mezcla de una muy pequeña proporción de arsénico. Hemos llegado a un punto en la historia del mundo, en el que incluso una pequeña cantidad de legalismo mezclado con nuestro "evangelio", ha resultado letal. La confusión del pasado ha dejado de ser aceptable en nuestros días. Creer el evangelio en su pureza, libre de adulteración (en el sentido bíblico), es incompatible con cualquier grado de tibieza. La presencia de ésta, delata la existencia de un legalismo subyacente, evidencia que nosotros, los dirigentes, tenemos considerable dificultad en reconocer.

Hemos pensado que tenemos lo esencial de ese "preciosísimo mensaje". Pero lo que en realidad hemos hecho es importar las ideas Evangélicas de las iglesias populares que carecen de toda comprensión en cuanto a la singular verdad adventista de la purificación del santuario:
"Vi que así como los judíos crucificaron a Jesús, las iglesias nominales han crucificado estos mensajes y por lo tanto no tienen conocimiento del camino que lleva al santísimo, ni pueden ser beneficiados por la intercesión que Jesús realiza allí. Como los judíos, que ofrecieron sus sacrificios inútiles, ofrecen ellos sus oraciones inútiles al departamento que Jesús abandonó; y Satanás, a quien agrada el engaño, asume un carácter religioso y atrae hacia sí la atención de esos cristianos profesos, obrando con su poder, sus señales y prodigios mentirosos, para sujetarlos en su lazo" (Primeros Escritos, p. 260,261).
Ese proceso gradual de absorción ha venido acelerándose por décadas. Nunca podremos obtener lo genuino, dice Jesús, hasta que nos rindamos en actitud humilde y honesta, y depongamos la falsificación a cambio de ‘comprar’ lo que es genuino.

Es en ese punto donde Cristo sufre nuestra resistencia. Casi invariablemente nosotros, los pastores, evangelistas, administradores, teólogos, maestros y ministerios independientes, protestamos exclamando que no tenemos una falta de comprensión. Desde posiciones diametralmente opuestas, tanto el adventismo histórico conservador como el ultra-liberal se jactan de algo en común. La dinámica de grupo nos afecta por igual, forzándonos a creer que ya comprendemos, de forma que "no tengo necesidad de ninguna cosa". Convencidos de nuestra competencia, no podemos experimentar "hambre y sed de justicia [por la fe]", 3 ya que nos sentimos satisfechos. Parecemos convencidos de que lo que necesitamos es simplemente una voz más potente, métodos más eficaces de "promocionar" aquello cuya comprensión ya poseemos.

La esencia del problema

El asunto no es si comprendemos y predicamos la versión popular de la justificación por la fe, tal como hacen las iglesias Evangélicas guardadoras del domingo. Podemos hacer eso por mil años, y continuar sin dar el mensaje singular que el Señor nos encomendó [TM, 91,92]. Dios no nos llama al ecumenismo. Por contraste con lo anterior, el asunto importante es, ¿que hemos hecho con la luz avanzada que E. White calificó como "el principio" del fuerte clamor y la lluvia tardía? [RH, 22 noviembre 1892].

Si es cierto que durante décadas hemos estado proclamando de forma poderosa la justicia por la fe, ¿por qué aún no hemos "alborotado" el mundo, tal como hicieron los apóstoles? Si la genuina justicia por la fe es la luz que debe iluminar la tierra con su gloria (Apoc. 18:1-4), ¿por qué hasta el día de hoy no la hemos iluminado? Y ¿por qué estamos perdiendo una proporción tan grande de nuestra propia juventud en América del Norte?

¿Pudiera ser que hubiésemos estado jactándonos realmente en los términos empleados por Cristo para revelar nuestro estado, al dirigirse a Laodicea? Se cuestiona su diagnóstico. La sierva del Señor dijo en repetidas ocasiones que cuando ‘compremos’ el tipo de justicia por la fe representado por el ‘oro afinado en fuego’, la comisión evangélica hallará rápido cumplimiento, "la obra se propagará como fuego en el rastrojo" [I MS, 138]. Tal cosa no ha sucedido realmente aún. No todavía, con más de 900 millones de musulmanes y cerca de un billón de hindúes esperando que se les predique el evangelio, así como muchos millones más de pretendidos cristianos, y otros.

Nos enfrentamos aquí al gran punto decisivo del Adventismo. O bien estamos de una parte, o de la contraria. O bien Jesús está equivocado al decir que somos "pobres" y "cuitados", siendo que realmente somos "ricos" como creemos, o bien somos realmente "pobres", y Él ha puesto su dedo en el centro mismo de la llaga de nuestro orgullo denominacional. Sus palabras fueron piedra de tropiezo y roca de ofensa para los dirigentes de los judíos de antaño, ¿lo son de nuevo para nosotros?

No es gratuito

Cristo aclara incluso todavía más que tenemos que entregar algo, pagar algo, al referirse a la segunda ‘compra’ que debemos hacer de Él –"y seas vestido de vestiduras blancas, para que no se descubra la vergüenza de tu desnudez" (vers. 18). Dirigiéndose al ángel de la iglesia, pone de manifiesto que es en tanto en cuanto denominación que aparecemos en esa desafortunada condición. El remedio que nos urge a usar implica el principio básico de la culpabilidad y arrepentimiento corporativos:

(a) No podemos "comprar" esas vestiduras de la justicia de Cristo para ponérnoslas al 99 % o menos; las necesitamos al 100 %. La justicia jamás es de alguna forma innata; jamás es algo nuestro. Todo cuanto poseemos por nosotros mismos es injusticia. En otras palabras, excepto por la gracia de Cristo, no somos mejores que ninguna otra persona. Si no hubiésemos tenido Salvador, estaríamos estrictamente "desnudos". Los pecados de cualquier otro serían los nuestros, si no fuese por su gracia.

(b) El reconocimiento de ese principio humilla nuestro orgullo hasta el polvo. No hay para nosotros ninguna forma en la que podamos obtener esa especial vestidura de justicia a menos que primero tomemos conciencia de nuestra desnudez espiritual y estemos dispuestos a deponer nuestras ideas erróneas a cambio de la verdad, lo único que puede cubrir nuestra vergüenza.

El impacto de su llamamiento aparece así como algo sorprendente. ¿No somos acaso una denominación próspera, respetada, de unos seis millones de miembros, y con grandes instituciones? ¿No pretendemos con razón ser una de las denominaciones que están en rápida expansión en el mundo? ¿Por qué no nos felicita Cristo, a la vista de todos esos logros?

(c) Él no está hablando de logros. El problema de nuestra "desnudez" es nuestra falta de comprensión del evangelio mismo. Es ahí donde el cargo de Cristo golpea la espina dorsal de nuestra autoestima denominacional, y despierta nuestra indignación. Si logramos obviar la implicación de las palabras de Cristo, pretendiendo que Él se refiere meramente a nosotros como individuos, entonces podemos evadir el cargo. Así, siempre podemos suponer que es algún otro individuo el que está espiritualmente "desnudo", mientras que corporativamente seguimos bien vestidos. Es solamente cuando comprendemos que el "ángel" representa corporativamente a la iglesia en sus dirigentes, cuando comenzamos a sentirnos profundamente inquietados. Nuestra placentera sensación de estar correctamente ataviados como denominación, se viene abajo con crudeza.

(d) Considérese, como ejemplo, la pretensión de otro cuerpo de profesos cristianos: los Mormones. Sus "vestiduras" teológicas han sido su creencia en la inspiración divina de Joseph Smith y la escritura de su libro de Mormón. Pero la evidencia es clara para todo el mundo, de que el fundamento de su "fe" es un tremendo fraude. Imagínese la magnitud de su vergüenza corporativa, habida cuenta de su conocimiento de los hechos, así como de su honestidad intelectual!

Nuestro problema no son las "27 doctrinas", ni nuestra historia, cuya validez general es incuestionable. Nuestra desnudez corporativa radica en nuestra carencia de la verdad que solamente puede dar sentido a las "27 doctrinas" –el mensaje de la justicia de Cristo, que el Señor quiso darnos hace más de cien años. Ese mensaje habría iluminado la tierra con su gloria, de haberlo poseído:
"La justificación por la fe en Cristo se hará manifiesta en la transformación del carácter. Esa es la señal ante el mundo, de la verdad de las doctrinas que profesamos" (E. G. White 1888 Materials, p. 1532).

"Un interés prevalecerá, un tema absorberá a todos los demás, –CRISTO, NUESTRA JUSTICIA" (Review and Herald Extra, 23 Diciembre, 1890)

"¿En qué consiste la miseria y la desnudez de los que se sienten ricos y enriquecidos? Es la carencia de la justicia de Cristo. Debido a su justicia propia se los representa como cubiertos de andrajos, no obstante lo cual se vanaglorian que están ataviados con la justicia de Cristo. ¿Puede haber un engaño más grande?" (Cada Día con Dios, p. 226)*.
¿Por cuánto tiempo continuaremos con la orgullosa pretensión de poseer el artículo genuino?

En el caso de los Mormones, en tanto que pueblo, probablemente no se sientan preocupados por su predicamento histórico y teológico (y hablamos con todo el respeto), porque no constituyen un pueblo formado a partir de la verdad del mensaje de los tres ángeles. No pretenden tenerse ante el mundo como "los que guardan los mandamientos de Dios, y la fe de Jesús". Tampoco tienen un sentido aguzado de la conciencia espiritual, tal como el que los escritos de E. White nos ha imbuido a nosotros. Si los Mormones pueden sustentar su comunidad social y económicamente, probablemente se sentirán corporativamente satisfechos, incluso desprovistos de esas "vestiduras blancas" de la justicia de Cristo, para cubrir su vergüenza histórica y teológica.

(e) Pero nosotros no podemos hacer tal cosa, ya que poseemos una conciencia corporativa orientada por encima de todo hacia la verdad. Nuestra iglesia se formó por la pura fuerza de la palabra de la verdad. ¡Alabado sea el Señor, nuestra conciencia será siempre inevitablemente despertada por el "testimonio directo" de Cristo! Especialmente en América del Norte, la cuna del adventismo, lugar donde nuestra "desnudez" se está haciendo cada vez más patente, la realidad nos llevará antes o después a afrontar lo dicho por Cristo.

(f) El reconocimiento de la culpabilidad compartida corporativamente, nos salva de caer en esa fantasía de ‘yo soy más santo que tú’ [Isa. 65:5]. Ninguno de nosotros puede criticar a otro, ya que todos compartimos la falta por la que Cristo nos reprende.

Cuando podamos ver nuestra "desnudez", habremos recobrado el discernimiento

El tercer punto que Jesús presenta es, "Unge tus ojos con colirio, para que veas" (vers. 18). El Señor nos amonesta a ungir nuestros ojos con el colirio que Él ofrece. Una vez ‘comprados’ el "oro" y las "vestiduras blancas", nuestra visión se hará diáfana. Comenzaremos a vernos de la manera en que nos ve el universo expectante, y de la forma en que nos ven almas atentas y reflexivas (de entre aquellas que decimos que están aún en "Babilonia"). La situación sobrepasa con mucho lo que se refiere meramente a individuos.

Lo que está en juego es la imagen de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, frente a la historia actual del mundo. Nuestro divino llamado nos obliga a tener un impacto mucho mayor del que gozamos en el pensar del mundo. En el futuro, nuestra nota distintiva no consistirá en la cantidad de nuestras "obras" de caridad, en las que siempre seremos superados por otros. Tendrá relación con el contenido en Buenas Nuevas de nuestro mensaje. Será una presentación singular, distinta, de la justicia por la fe –un mensaje que va mucho más allá que el mensaje del mismo nombre, propio de las iglesias populares. Una vez hayamos aprendido a "ver", discerniremos claramente los contrastes entre lo que habíamos asumido que era la justificación por la fe, y lo que es auténticamente el "mensaje del tercer ángel en verdad", lo que E. White relacionó con el mensaje del fuerte clamor.

Cristo nos proporciona ahora la única orden directa en su mensaje: "Yo reprendo y castigo a todos los que amo: sé pues celoso, y arrepiéntete" (vers. 19). Nuestra naturaleza pecaminosa retrocede casi instintivamente ante un amor tal –el amor que castiga. Por lo tanto, no nos debe sorprender que el solemne llamamiento al arrepentimiento que hace Jesús, encuentre resentimiento por parte de aquellos a quien ama, y resistencia por parte de aquellos que no aman la verdad.

Pero Él nos asegura que nos ama con esa clase de amor íntimo, familiar (philo) que justifica el reproche y el castigo, y que hace posible nuestra rehabilitación. El ministerio de toda una vida de E. White es un vivo ejemplo. ¡El Espíritu de Profecía no nos ha adulado jamás!, como tampoco el ‘testimonio de Jesús’, su autor.

Hay sobrada razón para escudriñar más a fondo el significado de esa invitación del Testigo Fiel: "Arrepiéntete".

Notas:
Ejemplos: The Fruitage of Spiritual Gifts, de L.H. Christian, 1947; Captains of the Host, de A.W. Spalding, 1949; Through Crisis to Victory, de A.V. Olson, 1966; Movement of Destiny, de L.E. Froom, 1971; The Lonely Years, de A.L. White, 1984.

Ver, por ejemplo, el número de febrero de 1988 de Ministry; Lo que todo adventista debería saber sobre 1888, de Arnold Wallenkampf; From 1888 to Apostasy, de George Knight; Angry Saints, del mismo autor.

Obsérvese que sólo hay una clase de justicia que haga benditos a quienes tienen hambre de ella: la justicia que es por la fe (Mat. 5:6)