Sé pues celoso y arrepiéntete, pueblo mío

Capítulo 4

Cristo, chasqueado

Cantamos, oramos, y decimos que le amamos. Pero Él nos dice que lo tenemos por 'persona non grata'.

Nuestro moderno, pecaminoso y arruinado mundo, necesita desesperadamente una Iglesia Adventista del Séptimo Día llena del Espíritu. Abrigamos una profunda convicción: la de que nuestra Iglesia constituye el remanente profético descrito en Apocalipsis 12:17, un pueblo singular con el que está "airado" el dragón, y contra el que hace "guerra". Nuestro llamado es el propio de los que "guardan los mandamientos de Dios, y tienen el testimonio de Jesucristo". Es el mismo grupo que predica al mundo la verdadera buena nueva del "evangelio eterno" (cap. 14:6-12). Un ingrediente vital en la estabilidad del mundo.

Si bien ese destino profético ha mantenido a nuestra Iglesia durante más de un siglo, las palabras de severa reprensión del Señor, en su mensaje a Laodicea, no dejan ningún resquicio para el orgullo. Hemos predicado sermones y publicado artículos sin número sobre el reproche del Testigo fiel, pero en general reconocemos que el problema por Él señalado continúa existiendo todavía hoy.

Si hemos superado ya exitosamente esa debilidad espiritual, debería existir alguna evidencia clara que mostrase cuándo y cómo tuvo lugar esa victoria. Es de lógica elemental que cuando la iglesia venza realmente, el retorno de Cristo no puede seguir demorándose. Así lo confirma su parábola sobre el labrador (Jesús mismo): "Y cuando el fruto está maduro, en seguida se pasa la hoz, por haber llegado la siega" (Mar. 4:29). "La siega es el fin del mundo" (Mat. 13:39; Apoc. 14:14-16).

¿Por qué no ha efectuado aún su obra el llamamiento de Cristo a su pueblo? ¿Cuánto tardará aún su iglesia remanente en comprar su "oro afinado en fuego", sus "vestiduras blancas", y aplicarse el "colirio"? ¿Hemos de asumir que el mensaje de Cristo va a resultar finalmente en un fracaso? Algunos concluyen que, puesto que el antiguo Israel fracasó repetidamente, el moderno está fatalmente obligado a hacer lo mismo. Pero con seguridad ¡debe haber mejores nuevas que esas!

Estamos viviendo en la gran oportunidad para una victoria cual no se dio jamás en la historia. Se nos dio esta seguridad:

"El Espíritu Santo debe animar e impregnar toda la iglesia, purificando los corazones y uniéndolos unos a otros… El propósito de Dios es glorificarse a sí mismo delante del mundo en su pueblo" (Joyas de los Testimonios, vol. III, p. 288,289).
El mensaje de Jesús triunfará por fin, tan seguramente como la Iglesia Adventista del Séptimo Día es ese "remanente" descrito en Apocalipsis.

¿Cómo podemos explicar la prolongada demora?

¿Es acaso tan dilatada espera, responsabilidad de Cristo? Esa es una forma habitual entre nosotros de comprender la demora. Pero creer eso origina un problema terrible: sin ninguna esperanza para el futuro, excepto continuar repitiendo nuestra historia del pasado, la expectativa del próximo retorno de Cristo se desvanece en la incertidumbre.

Un número especial de la Adventist Review de 1992, sobre la segunda venida, informaba acerca de la bien conocida incertidumbre al respecto, entre muchos de nuestros jóvenes. Cheryl R. Merritt refiere la estremecedora realidad, "Constituimos una generación carente de convicción, por lo que respecta a la segunda venida". "No creo que podamos realmente tener la más mínima idea de cuándo regresará" (Daniel Potter, 21, Union College). "Me resulta imposible imaginarla en mis días" (Shawn Sugars, 22, Andrews University).

Lo anterior revela un terrible problema. Si perdemos nuestra fe en la proximidad de la segunda venida, perdemos la razón para nuestra existencia como iglesia especial. Nuestros pioneros incluyeron en el nombre de nuestra denominación nuestra confianza en el próximo advenimiento de Cristo. El diccionario define la palabra "adventista", no en términos de cierta esperanza remota en un evento divino alejado en el tiempo, sino como la confianza en el pronto regreso del Señor. Hay una relación estrecha entre el llamamiento de Cristo al arrepentimiento, dirigido a Laodicea, y nuestra confianza en la proximidad de su venida. Intentaremos explicarlo a medida que avanzamos.

La crisis espiritual de la Iglesia Adventista

Roland Hegstad, editor durante años de la revista Liberty, dijo que el adventismo "no está atrayendo a nuestra propia juventud debido a que todo cuanto estamos haciendo es pedirles que vengan a jugar a ser iglesia junto a nosotros" (Adventist Review, 27 febrero, 1986). El mensaje de Cristo a Laodicea no presenta para ellos aliciente espiritual, puesto que si nos hemos arrepentido con anterioridad, se deduce que a estas alturas debemos ser ya ‘ricos, y estar enriquecidos, sin tener necesidad de nada’, excepto continuar obrando como de costumbre y trabajar con más tesón.

¿Podemos albergar una esperanza razonable de ver el retorno del Señor? ¿Acaso engañó a nuestros pioneros diciéndoles que estaba "cerca", cuando sabía que tardaría aún 140 años y quién sabe cuántos más? ¿Es cierta la tesis calvinista que pretende que el Señor soberano ha predeterminado el tiempo de la segunda venida de Jesús, sin relación con una especial preparación por parte de su pueblo?

De ser así, se suscitan serios problemas que afectan al Señor mismo en orden a una dificultad ética. Dios nos ha dicho frecuentemente a través del Espíritu de Profecía que el fin está "a las puertas". Su mensajera repitió con frecuencia: "Vi que casi ha terminado el tiempo que Jesús debe pasar en el lugar santísimo, y que el tiempo sólo puede durar un poquito más" (Primeros Escritos, p. 58; 1850). "Queda, por así decirlo, solamente un momento de tiempo". "Pronto se ha de pelear la batalla de Armagedón" (Joyas de los Testimonios, vol. II, p. 389; vol. III, p. 13; 1900). Si advertencias como las citadas no eran más que falsas alarmas (‘¡que viene el lobo!’), ¿qué confianza podemos tener en el Señor? Si nos hubiese estado diciendo continuamente "cerca", "pronto", sin que Él pretendiese tal cosa, o sin velar por que lo comprendiésemos de una manera adecuada, tendríamos razones para sentirnos agraviados. Pero con total seguridad, Él no trata de ese modo a su pueblo. Si creemos que la demora es responsabilidad suya, si decimos o sentimos que "mi Señor se tarda en venir", nos estamos alistando en la compañía del "mal siervo", según la parábola dedicada a ese tema (Mat. 24:48).

Ningún adventista sincero que se entregue a esa duda podrá sobrevivir, ya que es imposible estar reconciliado con Dios en la "expiación final" mientras se alberga el sentimiento de haber sido engañado por Él. Incluso si se abriga la simple idea de que Dios ha permitido que su comprensión de la demora haya sido patentemente falsa desde el principio, será muy difícil confiar plenamente en Él. 1 Tal podría ciertamente ser el problema que subyace en una gran parte de la apostasía moderna. Existe en algunos una profunda ‘amargura adventista’, debido a que los mensajes inspirados han parecido consistir en una especie de falsa alarma, ‘¡Que viene el lobo, que viene el lobo!’.

Pero la Escritura responde claramente a esa perplejidad. Dando por sentado que Dios es soberano, ha decidido hacer que el momento de la segunda venida de Cristo dependa de la preparación espiritual de su pueblo viviente. Esa es la esencia del concepto adventista de la purificación del santuario celestial. Los muertos permanecen prisioneros en sus tumbas, en espera de ser liberados en la primera resurrección, ocurra ésta cuando ocurra. Pero los vivos pueden demorar o apresurar esa resurrección, ya que depende de la segunda venida de Cristo, la cual depende a su vez de que estén preparados para ella (2 Ped. 3:12. La mayoría de las versiones traducen speudo como "apresurar").

En la parábola, Jesús se presenta a sí mismo como anhelando fervientemente retornar, esperando solamente ese momento en el que "el fruto está maduro", ya que entonces "en seguida se pasa la hoz, por haber llegado la siega" (Mar. 4:29). En la descripción de la segunda venida, según Apocalipsis, un ángel dice a Cristo, "Mete tu hoz y siega; porque la hora de segar te es venida, porque la mies de la tierra está madura" (Apoc. 14:15). Las largamente demoradas "bodas del Cordero" se producirán rápidamente una vez que "su esposa se ha aparejado" (Apoc. 19:7). El arrepentimiento al que Cristo llama a Laodicea, está relacionado con la preparación de su Esposa. Si no está aparejada, Cristo se siente chasqueado.
"Todo cristiano tiene la oportunidad, no sólo de esperar, sino de apresurar la venida de nuestro Señor Jesucristo. Si todos los que profesan el nombre de Cristo llevaran fruto para su gloria, cuán prontamente se sembraría en todo el mundo la semilla del Evangelio. Rápidamente maduraría la gran cosecha final y Cristo vendría para recoger el precioso grano" (Palabras de vida del gran Maestro, p. 47,48).
Continuar siendo tibios y muriendo, generación tras otra, no puede ser la respuesta apropiada de su Esposa, al llamamiento de Cristo a la última iglesia.

El significado profundo del llamado de Cristo al arrepentimiento

Si, por el contrario, el arrepentimiento al que Cristo invita a Laodicea no ha tenido todavía lugar, ese mismo hecho nos da esperanza, ya que hay algo que nuestra actitud puede rectificar. Zacarías se refiere a un arrepentimiento que subyugará los corazones de "la casa de David, y… los moradores de Jerusalem", permitiendo en ellos la obra de purificación que hará que Cristo pueda retornar (Zac. 12:10-13:1). El "ángel de la iglesia en Laodicea" es equivalente a la expresión de Zacarías, "la casa de David", en evidente alusión al cuerpo de los dirigentes de la iglesia.

La promesa final de Cristo se dirige al mismo cuerpo, no solamente a individuos: "Al que venciere [al ángel de la iglesia de Laodicea], yo le daré que se siente conmigo en mi trono; así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono" (Apoc. 3:21). Ese honor final se concederá a una generación, un cuerpo o pueblo de Dios que habrá respondido a su llamamiento, "¡Arrepiéntete!" 2

Profundizar en el significado del arrepentimiento no tiene nada de "negativo". Al contrario, lo que es negativo es conformarse con el estado de cosas, ya que ese sentimiento de satisfacción pospone indefinidamente la finalización de la comisión evangélica. Es totalmente falsa la idea de que una iglesia que se arrepiente no puede atraer a los jóvenes. La atmósfera de arrepentimiento es precisamente la única que puede atraer y mantener a la juventud.

Muchos miles en la iglesia tienen hambre y sed de una comprensión más clara de la verdad vital para estos últimos días. Sienten que la venida de Jesús ha sufrido una dilatada demora, y que nosotros –no el cielo– somos responsables. Perciben que considerar la razón del arrepentimiento y profundizar en cómo experimentarlo, es la actitud más "positiva" que cabe tomar.

El arrepentimiento "del cuerpo" no niega ni desplaza el arrepentimiento personal, individual. Al contrario, lo hace efectivo. El ministerio diario en el sacerdocio levítico, proveía para las necesidades individuales; pero el día anual de las expiaciones, proveía una purificación corporativa de Israel, como pueblo o congregación. Todo arrepentimiento es personal e individual. Pero ningún individuo puede jamás llegar a ser "la Esposa" de Cristo, ya que en tanto en cuanto individuos, el pueblo de Dios lo constituyen meros "invitados" a las bodas. La "Esposa" la constituirá el pueblo corporativo de la iglesia triunfante del día final.

Algo ha demorado la preparación de ésta. Es un nivel de pecado oculto bajo la superficie, que según Cristo, "no conoces" (no conocemos) (Apoc. 3:17). El arrepentimiento que ese pecado profundo requiere, debe ser igualmente un arrepentimiento profundo. Por más inquietante que nos resulte, debemos afrontar con honestidad el llamamiento del Señor.

El arrepentimiento es ciertamente ‘pesar por el pecado, y abandono del mismo’. Pero el arrepentimiento sólo podrá ser superficial, si lo es también nuestra comprensión del pecado. Citamos rápidamente el texto, "si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad" (1 Juan 1:9), pero debemos recordar el contexto de esa promesa. No está para animarnos a una seguridad superficial, según la cual, cuando pulsamos un botón mágico, queda borrado el registro de nuestros pecados. Cuando asumimos descuidadamente que Dios puede perdonarnos pecados sin que nosotros nos demos cuenta de cuáles son éstos, Juan nos recuerda cuán fácilmente "nos engañamos a nosotros mismos, y no hay verdad en nosotros". El patético diagnóstico que Jesús hace de nosotros, "y no conoces…", significa que en realidad "nos engañamos a nosotros mismos". No podemos ser verdaderamente purificados en lo profundo, de pecados que no confesemos de forma inteligente (1 Juan 1:8,10).

Si un pecado se oculta a nuestro conocimiento, ¿deja por ello de ser pecado? Uno puede fumar durante toda su vida, ignorando sinceramente la nocividad de su vicio. ¿Dejará por ello de perjudicarle? "La paga del pecado es la muerte", sea que nos demos cuenta, o no, de nuestro pecado. Hay algo mucho más importante que nuestra propia seguridad personal: el honor y la vindicación de Cristo. El Señor puede no tenernos en cuenta un pecado del que no somos conscientes, pero ese pecado le produce igualmente afrenta, e impide su obra de expiación final.

El mensaje a Laodicea no es un juego infantil. Es Uno "semejante al Hijo del hombre", "sus ojos como llama de fuego" y "su voz como ruido de muchas aguas", quien está convocando a su pueblo a la más profunda experiencia de los siglos. Negligir su llamamiento origina confusión y apostasía, y es una bomba de relojería que apunta a la autodestrucción denominacional. Dios nos ha hablado:
"En toda iglesia en nuestra tierra, hay necesidad de confesión, arrepentimiento y reconversión. El chasco de Cristo va más allá de lo que es posible describir" (Review and Herald, 15 diciembre 1904).
El llamado a arrepentirnos que Cristo nos dirige es la mayor evidencia de su amor por nosotros, y constituye nuestra mejor esperanza.

"El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias", ¡especialmente a la última de ellas!

Notas:
La evidencia, en el Nuevo Testamento, indica que Cristo y sus apóstoles no indujeron a la iglesia primitiva a esperar la segunda venida en su generación. 2 Tes. 1:10 demuestra que los discípulos tenían, al menos, una noción rudimentaria del tiempo abarcado por las profecías de Daniel. Igualmente, la declaración "He aquí vengo presto" del Apocalipsis, se ha comprendido casi siempre en una aplicación escatológica, referida a los que viviesen en el tiempo del fin. Con total seguridad, el Señor no ha estado engañando a su pueblo por dos mil años, ¡ni su pueblo lo ha creído así!

La confusión en este punto ha llevado a algunos a sostener la idea fanática de que los individuos deben abandonar Laodicea, para volver a Filadelfia. Pero eso sería tan imposible como retrasar el reloj más de un siglo y colocar los eventos del tiempo del fin en cadencia invertida. En ninguna parte llama Cristo a ningún individuo a abandonar Laodicea; llama "al ángel de la iglesia de Laodicea" a arrepentirse. Ver el Apéndice B, en relación con el tema Laodicea-Filadelfia.