Sé pues celoso y arrepiéntete, pueblo mío

Capítulo 5

Un difícil problema para Dios

El éxito definitivo del plan de la salvación depende de su hora final. Nunca, en los pasados 6.000 años de historia, ha tenido Dios un problema tan delicado de resolver como el actual.

¿Estamos implicados en una verdadera crisis? La mayor crisis de los siglos ocurrió en la crucifixión de Cristo. Pero esa crisis se cierne hoy sobre nosotros.

El pecado del hombre, que comenzó en el Edén, acabó finalmente en el asesinato del Hijo de Dios. Los que lo crucificaron la primera vez fueron perdonados, ya que Jesús oró, "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Luc. 23:34). Por sinceros que seamos, ¿podemos repetir ese pecado, ‘sin saber lo que hacemos’?

Los hay que crucifican "de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios… exponiéndole a vituperio" (Heb. 6:6). ¿Tiene relación con eso el pecado de Laodicea? ¿Cuán profundo es el pecado del que se amonesta a arrepentirse al "ángel de la iglesia en Laodicea"?

Laodicea comparte algo con el antiguo Israel: la ignorancia de su verdadero estado. Dice el Señor, "Y no conoces". Similar a su oración sobre la cruz, en favor de aquellos que "no saben lo que hacen". La iglesia remanente es patéticamente inconsciente de su verdadero estado, tal como aparece ante la vista del universo. –Estás "desnudo", nos dice Cristo al oído, en tono de alarma (Apoc. 3:17). ¿Pudiera ser más serio de lo que habíamos supuesto, pudiera consistir en más que una candidez vergonzante, aunque ingenua? ¿Podría derivar de una profunda enemistad del corazón con respecto al Señor mismo, algo que nos pondría al mismo nivel que los judíos de antaño?

La idea de la desnudez surge de nuevo en la parábola del vestido de boda. El huésped que se llamó a engaño, creyendo que ese vestido era opcional, no era solamente ingenuo, sino que era irrespetuoso con su anfitrión. Una enemistad más profunda que su comprensión consciente envenenó sus sentimientos hacia su anfitrión (Mat. 22:11-13). Laodicea vestida impropiamente, asistiendo orgullosamente a la fiesta, no sólo equivale a ingenuidad. Implica algo más serio: desprecio hacia el Anfitrión. Sólo la "expiación final" puede proporcionar la debida reverencia hacia el Anfitrión, y resolver el problema.

Los Adventistas del Séptimo Día somos amigos de Jesús, y de ninguna forma osaríamos conscientemente crucificarlo "de nuevo". Pero decirnos sus amigos no implica necesariamente la garantía de tratarlo bien, ya que dice Jesús que "fui herido en casa de mis amigos" (Zac. 13:6).

Numerosas declaraciones de la mensajera del Señor afirman que la misma enemistad contra Cristo manifestada por los judíos de antaño, es la que han mostrado dirigentes en nuestra historia adventista. Más aún, ese síndrome de "como los judíos" ha constituido la raíz de nuestro problema espiritual de base, por más de un siglo.

Es fácil suponer que Laodic%a, puesto que es tibia, no es ni muy mala ni muy buena, que nuestro pecado es más bien leve. Frecuentemente hemos actuado y hablado como si el cielo estuviese muy orgulloso de nosotros. Pero el problema es grave. Nuestra comprensión espiritual no ha guardado paralelismo con el crecimiento en el saber científico del mundo. En esta era de las computadoras, a nadie le gustaría vivir en una cueva, calculando mediante ábacos a la luz de un candil. Pero espiritualmente hablando, Cristo representa a su iglesia de los últimos días como virtualmente en la mendicidad, satisfecha con recursos espirituales totalmente desfasados para nuestro tiempo. Constituimos un cuadro patético a la vista del cielo. Algún día miraremos hacia atrás, y veremos nuestra era como la edad de las tinieblas. En un momento de explosión en el conocimiento tecnológico, el pueblo de Dios no ha podido romper esa barrera de "y no conoces". El último continente inexplorado no es la Antártida, sino las profundidades interiores del alma de Laodicea. Esa enemistad latente que Cristo dice que no conocemos.

La cruz y la patología del pecado

La ciencia está descubriendo la manera en la que bacterias y virus patógenos producen las enfermedades. Mientras que la patología llega normalmente a identificar a esos microorganismos enemigos, nuestra comprensión de lo que es el pecado, y su modus operandi, no se ha correspondido con el conocimiento científico secular sobre la enfermedad y sus causas. Sin embargo, estamos cerca del momento en el que debe terminar la intercesión de Cristo como Sumo Sacerdote, cuando el virus del pecado debe haber sido aniquilado por siempre. Si pasado ese tiempo persiste algún alejamiento o enemistad contra Dios en nuestros corazones, ésta se desarrollará sin restricción hasta la rebelión total contra Dios. El resultado será el Armagedón: enemistad impenitente y del mayor calibre contra Cristo, libre de la restricción impuesta ahora por el Espíritu Santo. Ningún virus latente de pecado debe sobrevivir a la crisis final.

En esencia, todo pecado es una nueva crucifixión de Cristo, y su manifestación final será el Armagedón. Nadie podrá negar que el pecado ha abundado en nuestra edad moderna; el conocimiento de una gracia sobreabundante es su única solución.

El maestro inventor de todo plan malvado, pretende poner a Cristo en una situación embarazosa. Si Satanás logra perpetuar el pecado entre el pueblo de Dios, tiene la victoria asegurada. Es su mejor forma de sabotear el reino de Cristo. Afrontemos la realidad: lo que antes podía calificarse de simple apatía, constituye hoy pecado. Y avanzando el tiempo, demostrará ser una re-crucifixión de Cristo. El enemigo no puede por ahora utilizar la fuerza física. Su estrategia ha sido tomar ventaja de nuestra ignorancia en cuanto a lo que constituye el pecado, llevándonos así a la parálisis espiritual. Nuestra fatal tibieza es un terreno encantado con la magia del letargo, ante las lindes del cielo.

El significado de la tibieza

¿Como han podido sucesivas generaciones de adventistas reinfectarse con ella? ¿Cómo se ha podido extender, incluso hasta las iglesias del tercer mundo? Tiene que haber sido mediante el virus del pecado. Si es así, ¿cuál es la naturaleza de ese pecado? ¿Por qué no hemos encontrado remedio para el mismo?

El sermón de Pedro en Pentecostés nos da la clave para comprenderlo. Lo que hizo el sermón de Pedro fue conmover a sus oyentes, al desvelarles la forma en la que su enemistad latente contra Dios había desembocado en la crucifixión del Mesías. El Espíritu Santo inspiró ese sermón para traer a los corazones de ellos la convicción de cuán horrendo era ese pecado no advertido hasta entonces. Clamaron compungidos, "hermanos, ¿qué haremos?".

La respuesta del apóstol fue, "Arrepentíos". Y ellos respondieron. Recibieron el Espíritu Santo en una medida que no ha sido hasta la fecha igualada. Eso fue posible al darse cuenta de que su pecado era de una dimensión significativamente mayor de lo que habían supuesto. Esa bendición de la lluvia temprana será superada por la recepción final de Espíritu Santo, conocida como la lluvia tardía. Lo mismo que en Pentecostés, el don dependerá del completo reconocimiento de nuestra verdadera culpa.

El Señor tiene en reserva un medio de motivar que será plenamente efectivo. Lo sucedido en Pentecostés potenció la iglesia primitiva con energía espiritual desbordante, originándose a partir de su singular arrepentimiento. Ningún otro pecado, en cualquier otro tiempo, era más horrendo que aquel del que era culpable aquel pueblo: asesinar al Hijo de Dios.

El pecado ha sido siempre "enemistad contra Dios", pero nadie comprendió jamás plenamente sus dimensiones, hasta que el Espíritu Santo impresionó la verdad en los corazones del auditorio de Pedro. La comprensión de su culpabilidad les sobrecogió como un diluvio. Su actitud no era la de procurar escapar al infierno, o conseguir un premio celestial. No era un intento de evadir el castigo, motivado por el miedo. La magnífica cruz se elevaba ante ellos, con su misteriosa Víctima, y sus corazones humanos respondieron honesta y profundamente a su realidad. No era una experiencia impregnada de egoísmo.

Cristo nos llama hoy a un arrepentimiento como aquel de Pentecostés. Tendrá lugar ciertamente, como la veta de oro escondida en tierra, que aflora en otro lugar distante del primero. Las ideas vagas e indeterminadas sobre el arrepentimiento pueden solamente generar un tipo de devoción vaga e indeterminada. Igual que la medicina administrada lo debe ser en cantidad suficiente para producir concentraciones sanguíneas adecuadas del principio activo, el arrepentimiento debe ser cabal, abarcante, a fin de que el Espíritu Santo pueda consumar la plenitud de su obra.

¿Por qué el arrepentimiento de Laodicea debe ser ahora distinto en alcance y profundidad?

Un arrepentimiento de tal envergadura está incluido en el "evangelio eterno" de Apocalipsis 14. Pero su más clara definición no ha sido posible hasta que la historia alcanzara a la última de las siete iglesias. La palabra original "arrepentimiento" significa una mirada retrospectiva, desde la perspectiva del fin: metanoia, de meta ("después") y nous ("mente"). Así, el arrepentimiento no puede ser completo hasta el final de la historia. Como sucede con el gran Día de la expiación, su expresión plena puede florecer únicamente en la experiencia de los últimos días. Hemos llegado ya a ese momento en el tiempo.

A menos que nuestros ojos velados sean capaces de ver la profundidad de nuestro pecado, como idéntico al de la congregación a la que Pedro se dirigió en el Pentecostés, sólo será posible un arrepentimiento relativo y superficial, que no hará sino perpetuar por generaciones el problema de Dios. No es suficiente que el pecado sea perdonado desde un punto de vista meramente legal; debe ser también borrado.

No es solamente que la larga espera nos produzca frustración; le causa intenso dolor a Cristo mismo. Nosotros podemos apagar el programa de noticias, con sus horribles nuevas, y hallar descanso yéndonos a dormir; pero el Señor no puede hacer eso. "He aquí, no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel" (Sal. 121:4). La agonía de un mundo sufriente y aterrorizado gravita penosamente sobre Él. No puede tomarse unas vacaciones en un remoto rincón de su universo, y olvidarse de ello. En nuestra debilidad, podemos comenzar a sentir un poco de la agonía de los que pasan hambre, los que no tienen casa, de los desesperados, cuando tenemos la ocasión de conocerlos; sin embargo, Jesús es infinitamente más sensible y compasivo que el más bondadoso de nosotros. Se nos dice que "en toda angustia de ellos él fue angustiado" (Isa. 63:9), ¿cuál no será su angustia hoy?
"Los que piensan en el resultado de apresurar o impedir la proclamación del Evangelio, lo hacen con relación a sí mismos y al mundo; pocos lo hacen con relación a Dios. Pocos piensan en el sufrimiento que el pecado causó a nuestro Creador. Todo el cielo sufrió con la agonía de Cristo; pero ese sufrimiento no empezó ni terminó cuando se manifestó en el seno de la humanidad. La cruz es, para nuestros sentidos entorpecidos, una revelación del dolor que, desde su comienzo, produjo el pecado en el corazón de Dios. Le causan pena toda desviación de la justicia, todo acto de crueldad, todo fracaso de la humanidad en cuanto a alcanzar su ideal" (La Educación, p. 263).
Nuestro Dios no es nada parecido a un Buda sumido en un trance de nirvana. Nuestras oraciones no le mueven a una piedad o misericordia que no sienta ya previamente. Cuando le rogamos, ‘Señor, haz algo por esta situación’, Él nos responde esperanzadamente, ‘¿por qué no haces tú algo?’

Cuando la mente y el corazón del "ángel de la iglesia en Laodicea" estén verdaderamente reconciliados (expiación) con Cristo, desaparecerá lo que impide. Entonces usará a su pueblo efectivamente para hacer lo que Él desea para el mundo. Es en especial referencia a los Adventistas del Séptimo Día que E. White dijo, "El chasco de Cristo va más allá de lo que es posible describir". ¿Cómo podemos subsanar tal situación?

El problema del Señor viene a ser la crisis de los siglos

La Biblia revela a Dios en una dimensión desconocida para las escrituras del Qur’an, Vedic Hindú, o el Budismo. El dolor de Dios es el dolor del mundo, amplificado. Pensemos en cómo un padre sensible, amante, siente el dolor de su hijito malherido; entonces multipliquémoslo por unos seis billones de veces…

El Apocalipsis va un paso más allá y describe a Cristo como a un ferviente Esposo, anhelando que "las bodas del Cordero" se produzcan pronto, pero que está chasqueado al comprobar que su Esposa, todavía no ‘se ha aparejado’ (Apoc. 19:7-9). Ésta lo ha tenido al alcance de sus manos todo este tiempo. Eso quiere decir que hasta el momento no ha podido ser verdaderamente reconciliada con Él. Al llegar a la unidad de corazón y mente con Él, las iglesias pulsarán con la vida del Espíritu Santo, desbordantes del amor de Cristo. Todo miembro estará espiritualmente alerta, radiante de milagrosa abnegación que lo hará una singular revelación de Cristo.

Ciertas declaraciones inspiradas ponen de relieve que tal reavivamiento no tendrá nunca lugar en "toda la iglesia", debido a que habrá siempre cizaña mezclada con el trigo. Pero otras declaraciones igualmente inspiradas afirman que "toda la iglesia" ha de ser animada e impregnada del Espíritu Santo, rebosando de amor cristiano. ¿Cómo entender esa aparente contradicción?

El propósito de Dios será cumplido gloriosamente en su pueblo, en "un reavivamiento de la verdadera piedad entre nosotros", "para que pueda ser preparado el camino del Señor", "un gran movimiento –una obra de reavivamiento– avanzando en muchos lugares. Nuestro pueblo se movía al unísono, en respuesta al llamamiento de Dios". "El espíritu de oración obrará en todo creyente, y barrerá de la iglesia el espíritu de discordia y lucha… Todos estarán en armonía con la mente del Espíritu". "En visiones de la noche pasó delante de mí un gran movimiento de reforma en el seno del pueblo de Dios… espíritu de oración como lo hubo antes del día de Pentecostés… El mundo parecía iluminado por la influencia divina… Parecía una reforma análoga a la del año 1844… Sin embargo, algunos rehusaban convertirse… Esas personas avarientas se separaron de la compañía de los creyentes" (Comparar con Joyas de los Testimonios, vol. III, p. 289-292, 308-309, 344-345; Mensajes Selectos, vol. I, p. 136-137, 141-149).

Esa última frase proporciona una clave para resolver las aparentes contradicciones. Existe una iglesia previa al zarandeo, y una iglesia posterior a él. Ésta última cumplirá lo profetizado.

Ese gran final de la obra del Espíritu de Dios gozará de una extraordinaria belleza y sencillez:
"Aquellos que esperan la venida del Esposo han de decir al pueblo: ‘¡Veis aquí el Dios vuestro!’ Los últimos rayos de luz misericordiosa, el último mensaje de clemencia que ha de darse al mundo, es una revelación de su carácter de amor. Los hijos de Dios han de manifestar su gloria" (Palabras de vida del gran Maestro, p. 342).
Las resoluciones de comités, los programas elaborados, la promoción basada en la presión (así como técnicas profanas de iglecrecimiento y marketing) no pueden jamás motivar realmente. La verdad ha de ser el vehículo, alcanzando los corazones humanos, ya que solamente ella –"el mensaje del tercer ángel, en verdad"–, puede penetrar en los rincones secretos del alma humana.