El éxito definitivo del plan de la salvación depende de su hora final. Nunca, en los pasados 6.000 años de historia, ha tenido Dios un problema tan delicado de resolver como el actual.
¿Estamos implicados en una verdadera crisis? La mayor crisis de los siglos ocurrió en la crucifixión de Cristo. Pero esa crisis se cierne hoy sobre nosotros.
El pecado del hombre, que comenzó en el Edén, acabó finalmente en el asesinato del Hijo de Dios. Los que lo crucificaron la primera vez fueron perdonados, ya que Jesús oró, "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Luc. 23:34). Por sinceros que seamos, ¿podemos repetir ese pecado, ‘sin saber lo que hacemos’?
Los hay que crucifican "de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios… exponiéndole a vituperio" (Heb. 6:6). ¿Tiene relación con eso el pecado de Laodicea? ¿Cuán profundo es el pecado del que se amonesta a arrepentirse al "ángel de la iglesia en Laodicea"?
Laodicea comparte algo con el antiguo Israel: la ignorancia de su verdadero estado. Dice el Señor, "Y no conoces". Similar a su oración sobre la cruz, en favor de aquellos que "no saben lo que hacen". La iglesia remanente es patéticamente inconsciente de su verdadero estado, tal como aparece ante la vista del universo. –Estás "desnudo", nos dice Cristo al oído, en tono de alarma (Apoc. 3:17). ¿Pudiera ser más serio de lo que habíamos supuesto, pudiera consistir en más que una candidez vergonzante, aunque ingenua? ¿Podría derivar de una profunda enemistad del corazón con respecto al Señor mismo, algo que nos pondría al mismo nivel que los judíos de antaño?
La idea de la desnudez surge de nuevo en la parábola del vestido de boda. El huésped que se llamó a engaño, creyendo que ese vestido era opcional, no era solamente ingenuo, sino que era irrespetuoso con su anfitrión. Una enemistad más profunda que su comprensión consciente envenenó sus sentimientos hacia su anfitrión (Mat. 22:11-13). Laodicea vestida impropiamente, asistiendo orgullosamente a la fiesta, no sólo equivale a ingenuidad. Implica algo más serio: desprecio hacia el Anfitrión. Sólo la "expiación final" puede proporcionar la debida reverencia hacia el Anfitrión, y resolver el problema.
Los Adventistas del Séptimo Día somos amigos de Jesús, y de ninguna forma osaríamos conscientemente crucificarlo "de nuevo". Pero decirnos sus amigos no implica necesariamente la garantía de tratarlo bien, ya que dice Jesús que "fui herido en casa de mis amigos" (Zac. 13:6).
Numerosas declaraciones de la mensajera del Señor afirman que la misma enemistad contra Cristo manifestada por los judíos de antaño, es la que han mostrado dirigentes en nuestra historia adventista. Más aún, ese síndrome de "como los judíos" ha constituido la raíz de nuestro problema espiritual de base, por más de un siglo.
Es fácil suponer que Laodic%a, puesto que es tibia, no es ni muy mala ni muy buena, que nuestro pecado es más bien leve. Frecuentemente hemos actuado y hablado como si el cielo estuviese muy orgulloso de nosotros. Pero el problema es grave. Nuestra comprensión espiritual no ha guardado paralelismo con el crecimiento en el saber científico del mundo. En esta era de las computadoras, a nadie le gustaría vivir en una cueva, calculando mediante ábacos a la luz de un candil. Pero espiritualmente hablando, Cristo representa a su iglesia de los últimos días como virtualmente en la mendicidad, satisfecha con recursos espirituales totalmente desfasados para nuestro tiempo. Constituimos un cuadro patético a la vista del cielo. Algún día miraremos hacia atrás, y veremos nuestra era como la edad de las tinieblas. En un momento de explosión en el conocimiento tecnológico, el pueblo de Dios no ha podido romper esa barrera de "y no conoces". El último continente inexplorado no es la Antártida, sino las profundidades interiores del alma de Laodicea. Esa enemistad latente que Cristo dice que no conocemos.
La cruz y la patología del pecado
La ciencia está descubriendo la manera en la que bacterias y virus patógenos producen las enfermedades. Mientras que la patología llega normalmente a identificar a esos microorganismos enemigos, nuestra comprensión de lo que es el pecado, y su modus operandi, no se ha correspondido con el conocimiento científico secular sobre la enfermedad y sus causas. Sin embargo, estamos cerca del momento en el que debe terminar la intercesión de Cristo como Sumo Sacerdote, cuando el virus del pecado debe haber sido aniquilado por siempre. Si pasado ese tiempo persiste algún alejamiento o enemistad contra Dios en nuestros corazones, ésta se desarrollará sin restricción hasta la rebelión total contra Dios. El resultado será el Armagedón: enemistad impenitente y del mayor calibre contra Cristo, libre de la restricción impuesta ahora por el Espíritu Santo. Ningún virus latente de pecado debe sobrevivir a la crisis final.El significado de la tibieza
¿Como han podido sucesivas generaciones de adventistas reinfectarse con ella? ¿Cómo se ha podido extender, incluso hasta las iglesias del tercer mundo? Tiene que haber sido mediante el virus del pecado. Si es así, ¿cuál es la naturaleza de ese pecado? ¿Por qué no hemos encontrado remedio para el mismo?¿Por qué el arrepentimiento de Laodicea debe ser ahora distinto en alcance y profundidad?
Un arrepentimiento de tal envergadura está incluido en el "evangelio eterno" de Apocalipsis 14. Pero su más clara definición no ha sido posible hasta que la historia alcanzara a la última de las siete iglesias. La palabra original "arrepentimiento" significa una mirada retrospectiva, desde la perspectiva del fin: metanoia, de meta ("después") y nous ("mente"). Así, el arrepentimiento no puede ser completo hasta el final de la historia. Como sucede con el gran Día de la expiación, su expresión plena puede florecer únicamente en la experiencia de los últimos días. Hemos llegado ya a ese momento en el tiempo."Los que piensan en el resultado de apresurar o impedir la proclamación del Evangelio, lo hacen con relación a sí mismos y al mundo; pocos lo hacen con relación a Dios. Pocos piensan en el sufrimiento que el pecado causó a nuestro Creador. Todo el cielo sufrió con la agonía de Cristo; pero ese sufrimiento no empezó ni terminó cuando se manifestó en el seno de la humanidad. La cruz es, para nuestros sentidos entorpecidos, una revelación del dolor que, desde su comienzo, produjo el pecado en el corazón de Dios. Le causan pena toda desviación de la justicia, todo acto de crueldad, todo fracaso de la humanidad en cuanto a alcanzar su ideal" (La Educación, p. 263).Nuestro Dios no es nada parecido a un Buda sumido en un trance de nirvana. Nuestras oraciones no le mueven a una piedad o misericordia que no sienta ya previamente. Cuando le rogamos, ‘Señor, haz algo por esta situación’, Él nos responde esperanzadamente, ‘¿por qué no haces tú algo?’
El problema del Señor viene a ser la crisis de los siglos
La Biblia revela a Dios en una dimensión desconocida para las escrituras del Qur’an, Vedic Hindú, o el Budismo. El dolor de Dios es el dolor del mundo, amplificado. Pensemos en cómo un padre sensible, amante, siente el dolor de su hijito malherido; entonces multipliquémoslo por unos seis billones de veces…"Aquellos que esperan la venida del Esposo han de decir al pueblo: ‘¡Veis aquí el Dios vuestro!’ Los últimos rayos de luz misericordiosa, el último mensaje de clemencia que ha de darse al mundo, es una revelación de su carácter de amor. Los hijos de Dios han de manifestar su gloria" (Palabras de vida del gran Maestro, p. 342).Las resoluciones de comités, los programas elaborados, la promoción basada en la presión (así como técnicas profanas de iglecrecimiento y marketing) no pueden jamás motivar realmente. La verdad ha de ser el vehículo, alcanzando los corazones humanos, ya que solamente ella –"el mensaje del tercer ángel, en verdad"–, puede penetrar en los rincones secretos del alma humana.