Sé pues celoso y arrepiéntete, pueblo mío

Capítulo 7

El arrepentimiento de Jesús por pecados que no cometió

¿Cómo pudo Cristo recibir el "bautismo de arrepentimiento" de parte de Juan, sin haber conocido jamás una experiencia de arrepentimiento? ¿Podría una Persona impecable experimentar el arrepentimiento?

Tanto la Biblia como el Espíritu de Profecía dejan claro que Jesucristo experimentó el arrepentimiento. Pero parece casi disparatado considerar el cómo o el porqué puede una persona sin pecado experimentar el arrepentimiento.

Desde luego, no significa que Él experimentase el pecado, ya que no cedió jamás a él en pensamiento, palabra ni acción. Pedro afirma que "no hizo pecado; ni fue hallado engaño en su boca" (1 Ped. 2:22).

Ahora bien, "Juan [el Bautista] bautizó con bautismo de arrepentimiento" (Hech. 19:4), ese era el único bautismo que él conocía, y el único que pudo administrar a Jesús. Tal bautismo implicaba, de la parte del impecable Candidato, una experiencia de arrepentimiento. De otra forma, tal bautismo habría constituido una farsa, y tanto Juan como Jesús habrían podido ser acusados de hipocresía. Nada más lejos de la realidad.

¿Pero cómo pudo Cristo experimentar arrepentimiento sin haber pecado nunca? Asumimos de forma natural que solamente los malos necesitan –o pueden– arrepentirse. Al hombre natural le resulta sorprendente la idea de que alguien bondadoso pueda arrepentirse, e inconcebible el que lo pueda hacer alguien Perfecto.

Pero si Jesús fue bautizado "con bautismo de arrepentimiento" es porque experimentó tal cosa. Ahora bien, la única clase de arrepentimiento que una Persona inmaculada puede experimentar es el arrepentimiento corporativo. Así, el arrepentimiento de Jesús constituye un modelo o ejemplo del arrepentimiento que Él espera de Laodicea. Tiene especial significado para nosotros que vivimos hoy, porque su ministerio en el Día de la expiación ha de preparar un pueblo que reciba la semejanza de su carácter.

¿Por qué bautizó Juan al inmaculado Jesús?

Ocasionalmente sucede que personas como el buen ladrón sobre la cruz no pueden bautizarse por imperativos de tipo físico. ¿Fue el bautismo de Jesús una provisión legal, un depósito de mérito dispuesto a ser administrado sustitutoriamente en situaciones de emergencia como la citada? Así lo hemos creído, en general, en virtud de la siguiente teoría: (a) Uno debe haber sido bautizado, para poder entrar en el Paraíso; (b) el pobre ladrón clavado en la cruz no podía recibir el bautismo; (c) el bautismo de Jesús le fue entonces acreditado, como el beneficio de un crédito en una operación bancaria; (d) fue colocado el "depósito" apropiado en la cuenta del ladrón no bautizado; (e) pudo así ser salvo. ¿Es tal el propósito del bautismo de Cristo? Muchos lo han creído así, pero tales subterfugios legales son ajenos al plan de la salvación.

Si es que hay algún elemento válido en esa treta legal, la idea nos deja fríos, ya que la mayor parte de la gente ha tenido oportunidad de bautizarse, y los que han creído así lo han hecho. Podría ser motivo de ánimo para los pocos que no pueden bautizarse, pero ¿qué significaría entonces el bautismo de Jesús para todos los demás?

Otra teoría pretende que Juan bautizó a Jesús para demostrar el método físico apropiado de administrar la ordenanza, un ejemplo físico aplicado por el Maestro. Tampoco eso es motivo de especial entusiasmo, no más del que producen las formas.

Jesús fue sincero al pedir a Juan ser bautizado de él. Juan fue igualmente sincero al resistirse a hacerlo. Pero Jesús le explicó por qué quería ser bautizado de él. Ante la objeción del profeta, Jesús respondió, "porque así nos conviene cumplir toda justicia" (Mat. 3:15).

Jesús no estaba sugiriendo a Juan la conveniencia de llevar a cabo una representación. La esencia de la "justicia" es sinceridad y honestidad. Nuestro Ejemplo divino jamás podría haber consentido en la práctica de una ceremonia hueca sin la apropiada experiencia del corazón. Una representación teatral no puede jamás "cumplir toda justicia". Si Cristo se hubiese sometido al bautismo sin la correspondiente experiencia, habría sido de hecho como dar un ejemplo de hipocresía, ¡lo último que Jesús quiere de nosotros! Él jamás espera de nadie que experimente el acto del bautismo sin verdadero arrepentimiento.

Evidentemente, Juan el Bautista no había comprendido el principio de la culpabilidad y arrepentimiento corporativos. Al comprender esa verdad, el bautismo de Jesús cobra significado.

¿Cuán cerca de nosotros vino Jesús?

Jesús pidió el bautismo porque se identificó genuinamente a sí mismo con los pecadores. Si Adán representa a la totalidad de la raza humana, Jesús se constituyó en el "postrer Adán", tomando sobre sí la culpabilidad del pecado de la humanidad (ver 1 Cor. 15:45). No que Él hubiese pecado, sino que sintió como siente el pecador culpable. Se puso a sí mismo enteramente en nuestro lugar. Nos rodeó con sus brazos al arrodillarse junto a nosotros con sus ropas aún empapadas, en la ribera del Jordán, rogando a su Padre que pudiese ser el Cordero de Dios. Su sumisión al bautismo da fe de que "Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros". Su bautismo significa así una inyección de arrepentimiento salvífico, en beneficio del cuerpo de la humanidad. Pedro afirma que su identidad con nuestros pecados fue profunda, no superficial, ya que "llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero" (Isa. 53:6; 1 Ped. 2:24). 1

Cristo no llevó nuestros pecados de la manera en la que un hombre carga con una mochila en su espalda. Los llevó "en su cuerpo", en su alma, en su sistema nervioso, en su conciencia. Sintió el peso aplastante de nuestra culpa. Vino tan cerca de nosotros que sintió como si nuestros pecados fueran los suyos. Su agonía en Getsemaní y en Calvario fue auténtica.

E. White describe el profundo arrepentimiento de Cristo en estas esclarecedoras declaraciones:
"Después que Cristo hubo dado los pasos necesarios de arrepentimiento, conversión y fe en beneficio de la raza humana, fue a Juan para ser bautizado por él en el Jordán" (General Conference Bulletin, 1901, p. 36).

"Juan había oído acerca del carácter impecable y la pureza inmaculada de Cristo… [Juan] no podía entender por qué el único ser sin pecado en la tierra querría solicitar una ordenanza que implicaba culpabilidad, confesando virtualmente, mediante el símbolo del bautismo, polución de la que ser lavado…

Cristo vino, no confesando sus propios pecados; sino que la culpabilidad le fue imputada como sustituto del pecador. Vino, no a arrepentirse por sí mismo, sino en favor del pecador. …Como su sustituto, toma sobre sí sus pecados, contándose con los transgresores, dando los pasos que le son requeridos al pecador; y haciendo la obra que el pecador debe hacer" (Review and Herald, 21 enero 1873).
Hay aquí profunda verdad:

(a) Aunque sin pecado, Cristo experimentó el arrepentimiento en su propia alma. Existe apoyo bíblico para esas repetidas declaraciones.

(b) Su bautismo demuestra que Él conoce la forma en la que se siente todo pecador arrepentido. En nuestra justicia propia, nosotros somos incapaces de sentir tal simpatía por "todo pecador arrepentido". ¡Esa es una de las principales razones por las que ganamos tan pocas almas! Solo Uno perfecto puede experimentar un arrepentimiento perfecto y completo como ese. Pero nos es dado ser participantes de la naturaleza divina.

(c) Su dar "los pasos que le son requeridos al pecador" subraya su identidad con nosotros. Verdaderamente, no podemos contemplar "el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" sin experimentar unión con Él. Por eso es vital contemplar a Jesús. La tibieza inveterada se origina, o bien por no verlo claramente, o por rechazarlo. Una visión más de cerca del "Cordero de Dios" nos capacita para identificar nuestro pecado profundo, en necesidad de ser quitado por el Cordero de Dios.

Jesús poseía en su ministerio un extraordinario poder para ganar los corazones humanos. ¿Por qué? En el "arrepentimiento, conversión y fe" que precedieron a su bautismo, conoció "lo que había en el hombre", de forma que "no tenía necesidad que alguien le diese testimonio del hombre" (Juan 2:25). Eso le permitió hablar como "jamás hombre alguno habló" (Juan 7:46). Sólo mediante esas experiencias pudo romper el hechizo del encantamiento mundanal, y decir a los que Él quería, "Sígueme", no despreciando a ningún hombre como desprovisto de valor, infundiendo "esperanza en los más rudos y en los que menos prometían". "A cualquiera de ellos, desanimado, enfermo, tentado, caído, Jesús le dirigía las palabras de la más tierna compasión, las palabras que necesitaba y que podía entender" (El Ministerio de Curación, p. 16). Podemos comenzar a comprender que no podremos manifestar ese poder de atracción hacia los demás hasta que participemos de ese tipo de arrepentimiento que Cristo experimentó en nuestro beneficio.

La perfecta compasión de Jesús hacia toda alma humana tenía origen en su perfecto arrepentimiento en favor de él, o de ella. Vino como segundo Adán, participando del cuerpo, haciéndose uno con nosotros, aceptándonos sin avergonzarse de nosotros, "en todo semejante a los hermanos" (Heb. 2:17).

Una iglesia eficaz

En nuestro papel de iglesia comprometida, reconocemos nuestra necesidad de ese amor semejante al de Cristo, genuino, sin sombra de variación. Pero podemos estar mil años predicando sobre él, y no ir nunca más allá de lo que las técnicas psicológicas pueden ofrecer, a menos que desarrollemos la fe madura que caracterizará el arrepentimiento final de Laodicea. Una fe tal, valora positivamente el carácter de Cristo, contemplándolo con más nitidez a través de ojos arrepentidos. El arrepentimiento de Cristo representa un aspecto vital del carácter inmaculado de Emmanuel.

Uniéndonos con Él por la fe, venimos a formar parte corporativa de la humanidad en Él. ¿No sería egoísmo descarado el querer apropiarnos de Cristo, sin apropiarnos de su amor por los pecadores? ¿Cómo podemos recibirle, sin recibir ese amor que está "en Él"?

En verdad, tenemos mucha más razón para sentirnos identificados con los pecadores de la que tenía nuestro inmaculado Señor, ya que nosotros mismos somos pecadores; pero nuestro orgullo humano nos mantiene alejados de la cálida empatía de la que Cristo estaba lleno. ¿Cómo experimentar esa proximidad? Tal es el propósito del verdadero arrepentimiento.

El primer paso debe ser reconocer nuestra implicación corporativa en el pecado de todo el mundo. Aunque no estuvimos físicamente presentes en los eventos del Calvario, hace dos mil años, la totalidad de la raza humana estaba allí "en Adán". Todos estamos en el pecado de Adán.

Supongamos que no hubiésemos tenido un Salvador. Si a cualquiera de nosotros se nos permitiera desarrollar hasta su clímax la plenitud de la maldad latente en nuestra alma, si fuésemos tentados hasta el máximo, como otros lo han sido, acabaríamos cometiendo con toda seguridad el mismo pecado que ellos, con sólo disponer del tiempo y las circunstancias adecuadas. Eso suponiendo que no hubiese Salvador para salvarnos de nosotros mismos.

Supongamos que Hitler hubiese vivido tantos años como Matusalem. Nadie se atreverá a decir que ‘yo nunca hubiese podido hacer lo que otros han hecho’.

El apóstol Juan dice que es solamente confesando nuestro pecado como podemos experimentar el "fiel" perdón de Cristo, y ser limpios "de toda maldad" (1 Juan 1:9). Pero confesar un pecado sin sentir su realidad es un acto formalista, peligrosamente próximo a la hipocresía. La confesión y arrepentimiento profundos y sinceros traen el amor y la devoción profundos y sinceros. Jesús enseña el principio de que debemos comprender que se nos ha perdonado mucho, antes de poder aprender a ‘amar mucho’. A María Magdalena le fue perdonado mucho, ya que había sido poseída por siete demonios (ver Luc. 7:47; 8:2). ¿Debemos llegar también nosotros a la posesión diabólica, para ‘amar mucho’, tras haber sido perdonados? No, hay otra forma mejor: ¡reconocer que estaríamos poseídos por siete demonios, de no ser por la gracia del Salvador!

Cuando Pablo dijo "con Cristo estoy juntamente crucificado" (Gál. 2:20), significaba que él se identificaba a sí mismo con Cristo. De la misma manera, nos identificamos con el arrepentimiento de Cristo en favor de la raza humana. Las huellas de Cristo son el camino al arrepentimiento corporativo.

A la luz de la cruz de Cristo, las verdaderas dimensiones de nuestro pecado comienzan a tomar contornos definidos. Obsérvese la forma en la que un comentario inspirado revela la realidad de nuestro pecado último, del que debemos arrepentirnos individualmente:
"En el día del juicio final, cada alma perdida comprenderá la naturaleza de su propio rechazamiento de la verdad. Se presentará la cruz y toda mente que fue cegada por la transgresión verá su verdadero significado. Ante la visión del Calvario con su Víctima misteriosa, los pecadores quedarán condenados. Toda excusa mentirosa quedará anulada. La apostasía humana aparecerá en su odioso carácter" (El Deseado de todas las gentes, p. 40).

"Recordemos todos que todavía estamos en un mundo donde Jesús, el Hijo de Dios, fue rechazado y crucificado… A menos que individualmente nos arrepintamos ante Dios de la transgresión de su ley, y ejerzamos fe en nuestro Señor Jesucristo, a quien el mundo ha rechazado, estaremos bajo la plena condenación merecida por aquellos que eligieron a Barrabás en lugar de Jesús. El mundo entero está acusado hoy de rechazo y asesinato deliberados del Hijo de Dios. La Palabra guarda registro de que judíos y gentiles, reyes, gobernadores, ministros, sacerdotes y pueblo –todas las clases y sectas que revelan el mismo espíritu de envidia, odio, prejuicio, odio e incredulidad manifestados por aquellos que entregaron a la muerte al Hijo de Dios– reeditarían la misma actuación si se les presentara la oportunidad que tuvieron los judíos y el pueblo del tiempo de Cristo. Serían participantes del mismo espíritu que exigió la muerte del Hijo de Dios" (Testimonios para los ministros, p. 38,39).
Observemos:

(a) Hasta los "ministros" y miembros de iglesia comparten la culpabilidad por crucificar a Cristo. De no ser por la gracia de Dios, manifestada en el arrepentimiento personal, todo pecador la comparte.

(b) Sin esa gracia, todo pecador repetiría el pecado de los asesinos de Cristo, si dispusiese del tiempo y oportunidad propicios.

(c) El pecado del Calvario es la manifestación de la enemistad del hombre hacia Dios, de la que no somos conscientes excepto por la iluminación del Espíritu Santo. En el Calvario desaparecen todas las máscaras.

(d) En un sentido real, todos estuvimos en el Calvario, no mediante pre-existencia o pre-encarnación, sino por identidad corporativa "en Adán". Adán comparte hoy esa culpabilidad con nosotros.

(e) Los que son justos en sus propios ojos, incluyendo a los "ministros" y "sacerdotes" de "todas las clases y sectas", debe incluir por supuesto a los de nuestra denominación, excepto por la gracia del arrepentimiento.

La lección de la historia es que la diminuta bellota de nuestra "mente carnal" necesita sólo tiempo suficiente y adecuada oportunidad para convertirse en el inmenso roble del pecado del Calvario. Pero aquel que recibe "la mente de Cristo" debe necesariamente recibir también el arrepentimiento de Cristo, el amor de Cristo. Por lo tanto, cuanto más se acerque a Él, más se identificará con cada pecador que pueble la tierra, mediante el arrepentimiento corporativo.

El apóstol Pablo articuló esa brillante idea por primera vez. Cuando la reconocemos, comenzamos a comprender que nosotros también somos deudores "a griegos y a bárbaros, a sabios y a no sabios" (Rom. 1:14). Puesto que venimos a unirnos orgánicamente con Cristo por la fe, sus preocupaciones vienen a ser las nuestras, lo mismo que los problemas de un órgano del cuerpo vienen a ser preocupación común de todo el resto de los miembros. Cada miembro creyente del cuerpo anhela cumplir el designio de la Cabeza, del mismo modo que los dedos del violinista "desean" ejecutar con maestría la melodía de la mente que los dirige. En el corazón y en la vida de aquel que cree el evangelio tiene lugar el milagro de los milagros: ¡comienza a amar como Cristo ama!

¿Por qué es "fácil" el yugo de Cristo, y "ligera" su carga?

Esa experiencia resuelve mil penosas batallas con la tentación. Mediante la unión corporativa con Cristo, sentimos sinceramente que no poseemos nada por derecho propio. Todas nuestras luchas con el materialismo, amor al mundo, obsesión por el dinero y demás objetos mundanos, sensualidad e indulgencia propia, son superadas finalmente por la nueva compulsión de esa liberadora unión de mente con Cristo. La idea paulina de "ser deudor", abre el camino a ese nuevo amor por los demás.

En el terreno de lo práctico, podemos preguntarnos: ¿Cómo amó Cristo a los pecadores? Si Él viniese personalmente hoy a nuestras iglesias, fácilmente nos escandalizaríamos: "No admitía distinción alguna de nacionalidad, jerarquía social, ni credo". "Vino para derribar toda valla divisoria".
"La vida de Cristo fundó una religión sin castas; en la que judíos y gentiles, libres y esclavos, unidos por los lazos de fraternidad, son iguales ante Dios. Nada hubo de artificioso en sus movimientos. Ninguna diferencia hacía entre vecinos y extraños, amigos y enemigos… Nunca despreció a nadie por inútil, sino que procuraba aplicar a toda alma su remedio curativo… Cada descuido o insulto del hombre para con el hombre le hacía sentir tanto más la necesidad que la humanidad tenía de su simpatía divina y humana. Procuraba infundir esperanza en los más rudos y en los que menos prometían" (El Ministerio de Curación, p. 15,16).
El arrepentimiento produce ese amor práctico en los corazones humanos. No tiene por qué continuar nuestra ineficacia en ganar a otros cuyas malas acciones no comprendemos, ni enorgullecernos por no haberlas cometido nosotros. Queda establecido el puente que elimina esa brecha que nos aislaba de ellos.

Cristo no puede ejercer su ministerio sanador entre aquellos cuyo corazón está congelado en la insensibilidad impenitente. Aunque jamás pecó, sin embargo conoció el arrepentimiento, por lo tanto, nosotros podemos también sentir una genuina compasión en favor de otros cuyos pecados podemos no haber cometido personalmente, porque ahora comprendemos que nuestra pretendida bondad no era en realidad más que una falta de "oportunidad", o una falta de tentación de la misma intensidad. Nuestra obra por ellos resulta ahora algo sincero y vívido; nuestros esfuerzos se vuelven efectivos.

Al ver la desgracia ajena, sentimos sinceramente que tal sería nuestro caso, de no ser por la gracia de Dios. Nuestro prójimo no tardará en percibir la realidad de nuestra identidad con él, de la misma forma en que los pecadores sentían la identidad de Cristo con ellos. Comenzarán a oír en nuestra voz los ecos de la voz de Jesús.

Solamente alguien perfecto puede experimentar el perfecto arrepentimiento

Cuanto más cristiana es una persona, más fuertes son sus tentaciones, y más profundo su arrepentimiento. Así, Cristo es el perfecto Ejemplo de arrepentimiento corporativo. Nunca antes en la historia humana, y nunca después de entonces, ha ofrecido nadie a Dios una ofrenda tal de contrición por el pecado humano. Merced a su perfecta inocencia e impecabilidad, sólo Cristo puede sentir perfectamente el peso de toda la culpabilidad humana.

He aquí una bella expresión de esa verdad:
"El hombre se había distanciado tanto de Dios al transgredir su ley, que no podía humillarse a sí mismo ante Dios de una manera proporcional a la gravedad de su pecado. El Hijo de Dios podía entender plenamente los provocativos pecados del transgresor, y sólo Él, en su carácter impecable, podía efectuar una expiación aceptable para el hombre al sentir la sensación angustiosa del desagrado de su Padre. El dolor y la angustia del Hijo de Dios por los pecados del mundo estuvieron en proporción con su excelsitud y pureza divinas, tanto como con la magnitud de la falta" (Mensajes Selectos, vol. I, p. 333).
Dios se goza sabiendo que tendrá un pueblo del que se podrá decir que es "sin mácula delante del trono de Dios" (Apoc. 14:5). Aunque pecadores por naturaleza, se aferrarán por fin al perfecto ejemplo de arrepentimiento de Cristo.
"En cada paso que demos en la vida cristiana, se ahondará nuestro arrepentimiento. A aquellos a quienes el Señor ha perdonado y a quienes reconoce como su pueblo, Él les dice: ‘Os acordaréis de vuestros malos caminos, y de vuestras obras que no fueron buenas; y os avergonzaréis de vosotros mismos por vuestras iniquidades’" [Eze. 36:31] (Palabras de vida del gran Maestro, p. 125).
E. White reconoció las profundas implicaciones de una experiencia tal:
"Cuando vemos almas alejadas de Cristo debemos ponernos en su lugar y sentir arrepentimiento en su favor delante de Dios, y no descansar hasta que las llevemos al arrepentimiento. Si hacemos todo lo que podamos y sin embargo no se arrepienten, el pecado está a la puerta de ellas; pero todavía debemos sentir dolor de corazón debido a su condición, mostrándoles cómo arrepentirse y tratando de guiarlas paso a paso a Jesucristo" (E.G.W. Comentario Bíblico Adventista, vol. VII, p. 971).
Aunque sea solamente un débil reflejo, nuestro arrepentimiento en favor de los demás debe estar basado en el arrepentimiento de Cristo "en beneficio de la raza humana". Sería imposible para cualquiera de nosotros sentir tal preocupación y pesar en favor de otros, si Él no las hubiese sentido primero en favor nuestro.

Si "nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero", podemos arrepentirnos, solamente porque Él se arrepintió primero en favor nuestro. Porque uno es nuestro Maestro, el Cristo.

Nota:
Material complementario sobre el particular en: La maravillosa gracia, p. 164; A fin de conocerle, p. 33; Exaltad a Jesús, p. 73; El Deseado de todas las gentes, p. 85-87,91; Mensajes Selectos, vol. I, p. 314,318,320; Youth Instructor, febrero 1874; marzo 1874 -p. 54;55-.