Sé pues celoso y arrepiéntete, pueblo mío

Capítulo 8

Cristo llamó al pueblo judío al arrepentimiento nacional

Jesús quedó profundamente chasqueado por la forma en que los judíos respondieron a su llamado al arrepentimiento nacional. Nos dice que está igualmente chasqueado por la respuesta del pueblo Adventista.

Tras pasar por la experiencia de arrepentimiento corporativo y bautismo "en beneficio de la raza humana", Jesús demandó lo mismo de la nación judía: "Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, que el reino de los cielos se ha acercado" (Mat. 4:17). También sus discípulos "saliendo, predicaban que los hombres se arrepintiesen" (Mar. 6:12).

El mayor chasco de Cristo se debió a que la nación no respondió. "Entonces comenzó a reconvenir a las ciudades en las cuales habían sido hechas muy muchas de sus maravillas, porque no se habían arrepentido" (Mat. 11:20). Comparó la nación con aquella higuera que sólo tenía hojas, "he aquí tres años ha que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo hallo" (Luc. 13:6-9).

La higuera estéril que Jesús maldijo vino a ser un símbolo, no solamente de la gran masa de los judíos, individualmente faltos de arrepentimiento, sino del cuerpo, o pueblo corporativo que rechazó a Cristo como nación:

"La maldición de la higuera era una parábola llevada a los hechos. Ese árbol estéril, que desplegaba su follaje ostentoso a la vista de Cristo, era un símbolo de la nación judía. El Salvador deseaba presentar claramente a sus discípulos la causa y la certidumbre de la suerte [condenación] de Israel" (El Deseado de todas las gentes, p. 535).

"Nuestro Señor había mandado a los doce y después a los setenta, para que proclamaran que el reino de Dios estaba cerca, e invitasen a los hombres a arrepentirse y creer en el Evangelio… Tal fue el mensaje dado a la nación judía después de la crucifixión de Cristo, pero la nación que aseveraba ser el pueblo peculiar de Dios rechazó el Evangelio que se le traía con el poder del Espíritu Santo" (Palabras de vida del gran Maestro, p. 250).
Nótese la forma en la que el pecado personal había crecido hasta convertirse en pecado nacional. Fue cometido por los dirigentes de la nación, y llevó a la nación a la ruina corporativa:
"Cuando Cristo vino, presentando a la nación las demandas de Dios, los sacerdotes y ancianos le negaron su derecho de interponerse entre ellos y el pueblo… se propusieron incitar a la gente a que se volviese contra Él, para destruirlo de esa forma" (Id., p. 246, traducción revisada).

La impenitencia nacional condujo a la ruina nacional

Solamente el arrepentimiento nacional habría podido salvar a la nación judía de la amenaza de ruina que su pecado nacional le trajo:
"Ellos fueron responsables del rechazamiento de Cristo, con los resultados que le siguieron. El pecado de una nación y la ruina de ésta, se debieron a los dirigentes religiosos" (Id., traducción revisada).

"Pablo señaló que Cristo había venido a ofrecer la salvación primero a la nación que aguardaba la venida del Mesías como la consumación y gloria de su existencia nacional. Pero esa nación había rechazado a Aquel que le hubiera dado vida, y había escogido otro guía cuyo reino acabaría en la muerte. Se esforzó por presentar a sus oyentes el hecho de que sólo el arrepentimiento podía salvar a la nación de la ruina inminente" (Los Hechos de los Apóstoles, p. 201).
En su última predicación pública, Jesús hizo un llamamiento final al arrepentimiento a aquellos dirigentes asentados en Jerusalem. El rechazo de éstos quebrantó su corazón. Derramando lágrimas de pena, predijo la ruina inminente de la nación: "De cierto os digo que todo esto vendrá sobre esta generación. ¡Jerusalem, Jerusalem…!" (Mat. 23:13-37).

Cristo llamó ciertamente a los individuos al arrepentimiento, ya que dijo, "habrá más gozo en el cielo de un pecador que se arrepiente" (Luc. 15:7). Pero hay una marcada diferencia entre el arrepentimiento nacional y el individual. Llamó también a "esta generación mala", es decir, a la nación. "Los hombres de Nínive se levantarán en juicio con esta generación, y la condenarán; porque a la predicación de Jonás se arrepintieron" (Luc. 11:32). El destino de la nación, no solamente el de los individuos, pendía en la balanza. 1 Como el resplandor de un relámpago en una noche de tinieblas, esa referencia a Nínive arroja luz sobre la idea que Jesús presenta. El arrepentimiento nacional es algo tan desconocido, que pocos creen que pueda darse realmente. Jesús empleó la historia de Nínive como un ejemplo para probar que aquello a lo que estaba llamando, no era ningún imposible. ¡Si una nación pagana puede arrepentirse, la nación que pretende ser el pueblo escogido de Dios debe poder hacer lo mismo!
"Como Jonás fue señal para los ninivitas, así será el Hijo del hombre para esta generación… Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación, y la condenarán, porque a la predicación de Jonás se arrepintieron. Y aquí hay uno mayor que Jonás" (Luc. 11:30,32).

¿Cómo se arrepintió la pagana Nínive?

Si una imagen vale más que mil palabras, el arrepentimiento de Nínive ilustra vívidamente la respuesta de una nación al llamamiento de Dios. Se arrepintió una nación, no simplemente un grupo disperso de individuos. Encontramos más fácil creer que "un gran pez" engulló y mantuvo vivo a Jonás tres días dentro de sí, que aceptar que un gobierno y una nación pueda arrepentirse ante la predicación de la Palabra de Dios. "Y los hombres de Nínive creyeron a Dios, y pregonaron ayuno, y vistiéronse de sacos desde el mayor de ellos hasta el menor de ellos" (Jonás 3:5). Desde luego, no hay ninguna razón para dudar de la autenticidad de ese relato sagrado.

Ese arrepentimiento comenzó por "el mayor", y se extendió en sentido descendente, en el orden usual de la historia, "hasta el menor de ellos". "Y llegó el negocio hasta el rey de Nínive, y levantóse de su silla, y echó de sí su vestido, y cubrióse de saco, y se sentó sobre ceniza. E hizo pregonar y anunciar en Nínive, por mandato del rey y de sus grandes" (Jonás 3:6,7).

Es cierto que el llamado al arrepentimiento no se había originado en el palacio real. Pero el gobierno de Nínive lo apoyó plena y decididamente. La "ciudad" se arrepintió de la cabeza a los pies. ¡Extraordinario! El arrepentimiento fue recibido, tanto a nivel nacional –"hizo pregonar y anunciar en Nínive, por mandato del rey y de sus grandes"– como individual. La advertencia divina había predicho la ruina nacional de Nínive; sus dirigentes condujeron al pueblo al arrepentimiento: un arrepentimiento nacional.

La enseñanza de Jesús fue esta: si eso ocurrió una vez en la historia, ¿por qué no podría suceder lo mismo con los judíos? Podían haber experimentado un arrepentimiento nacional de forma fácil y práctica (¿y por qué no podríamos experimentarlo nosotros?). Caifás, el sumo sacerdote, podía haber hecho la proclamación que hizo el rey de Nínive. Lo único que necesitaba era aceptar el principio de la cruz, tal como Jesús lo enseñó.

Caifás hubiese podido llevar a Israel al arrepentimiento

Concedamos a Caifás el beneficio de la duda. Se podría disculpar que hubiese estado razonable y sinceramente perplejo en cuanto a cómo relacionarse con Jesús, al principio de su ministerio. Pero cuando llegó el desenlace de la crisis, debió haber tomado firme posición en favor de la Verdad. Podría haber bastado su testimonio ante el sanedrín, en términos parecidos a éstos: ‘Por un tiempo no comprendí la obra de Jesús. Vosotros, hermanos, habéis compartido conmigo esa falta de comprensión. Entre nosotros ha sucedido algo que nos ha superado ampliamente. Pero últimamente he investigado fervientemente las Escrituras. He comprendido que bajo su humilde apariencia exterior, Jesús de Nazaret es ciertamente el Mesías verdadero. Cumple los detalles proféticos. Y ahora, hermanos, lo reconozco humildemente como tal, y desciendo sin ninguna dilación de mi elevada posición, y soy el primero en reconocerlo como el verdadero Sumo Sacerdote de Israel".

Si Caifás hubiese pronunciado palabras como esas, se habrían extendido por las cámaras del sanedrín indescriptibles expresiones de sorpresa. Hoy sería honrado en todo el mundo como el dirigente más noble en toda la historia del pueblo de Dios. Pudo haber hecho lo que Moisés quiso hacer (de hecho, Moisés rehusó el trono de Faraón!). Los judíos, o muchos de ellos, habrían seguido sin duda las directrices de Caifás. Hemos visto ya cómo los dirigentes religiosos trajeron la culpa nacional sobre el pueblo. Con igual facilidad, habrían podido esos mismos dirigentes conducirlos al arrepentimiento nacional. Cristo hubiese podido morir de alguna otra manera que no fuese asesinado por su propio pueblo, y Jerusalem podría ser hoy "el gozo de toda la tierra", en lugar de ser una de sus más dolorosas úlceras.

Si la iglesia remanente eligiese por fin seguir al antiguo Israel en su impenitencia, Cristo sufriría en manos de ella la humillación más espantosa que jamás haya experimentado. Sería crucificado de nuevo, herido nuevamente "en casa de [sus] amigos" (Zac. 13:6). La indignidad final de la humanidad se acumularía entonces sobre su sacrificio.

Pero la Palabra de Dios debe proclamar buenas nuevas. Cristo no se ofreció a sí mismo en sacrificio, para cosechar una derrota. El Día real –o antitípico– de la expiación, despeja toda duda. A la luz de la cruz, obtenemos la seguridad de que la iglesia vencerá por fin su antiguo y trágico patrón de incredulidad. La iglesia es su posesión adquirida, "la cual ganó por su sangre" (Hech. 20:28). Su pueblo no le privará al fin del galardón que Él ganó y merece.

Por una vez, la historia no se repetirá a sí misma. Cristo será plenamente vindicado por su iglesia. Jesús verá que valió la pena el precio infinito que pagó por la redención de ella. Un sacrificio infinito redimirá y sanará plenamente esa inmensa medida de pecado humano.

Aunque Cristo era "mayor que Jonás", y "mayor que Salomón", sin embargo no se mostró en la gloriosa apariencia y pompa de éste último, ni hizo "oír su voz en las plazas", como Jonás (Mat. 12:42; Isa. 42:2). No obstante, los dirigentes judíos tenían sobrada evidencia de su divina autoridad. La cualidad de su solemne llamado al arrepentimiento les convencía de aquello que su orgullo les impedía confesar. Ninguna otra "señal" le sería dada a esa "generación mala y adulterina". Tras haberse negado a reconocer el último llamado divino al arrepentimiento, nada podía detener la pavorosa suerte de Israel.

Y la firme evidencia de la obra del Espíritu Santo hoy, reside en el solemne llamado del Testigo Fiel a que nos arrepintamos.

La restauración de judíos arrepentidos

Persiste una luminosa esperanza para los descendientes del Israel literal, en nuestros días:
"El endurecimiento en parte ha acontecido en Israel, hasta que haya entrado la plenitud de los Gentiles; y luego todo Israel será salvo… porque sin arrepentimiento son las mercedes y la vocación de Dios… para que, por la misericordia para con vosotros, ellos también alcancen misericordia" (Rom. 11:25-31).
Obsérvese que el cumplimiento de la profecía gravita sobre una iglesia cristiana arrepentida. En un futuro próximo, hemos de asistir al desarrollo de ciertos eventos sorprendentes protagonizados por judíos arrepentidos:
"Cuando este Evangelio se presente en su plenitud a los judíos, muchos aceptarán a Cristo como el Mesías… En la proclamación final del Evangelio, cuando una obra especial deberá hacerse en favor de las clases descuidadas hasta entonces, Dios espera que sus mensajeros manifiesten particular interés en el pueblo judío que se halla en todas partes de la tierra… eso será para muchos judíos como la aurora de una nueva creación, la resurrección del alma… reconocerán a Cristo como el Salvador del mundo. Muchos recibirán por la fe a Cristo como su Redentor… El Dios de Israel hará que esto suceda en nuestros días. No se ha acortado su brazo para salvar. Cuando sus siervos trabajen con fe por aquellos que han sido mucho tiempo descuidados y despreciados, su salvación se revelará" (Los Hechos de los Apóstoles, p. 305,306).
¿Cómo podemos llamar a los judíos a un arrepentimiento tal, a menos que nosotros mismos lo experimentemos? El gran corazón de Dios se mueve a misericordia por ese pueblo sufriente al que aguarda una gran bendición, cuando nosotros estemos preparados como agentes ministradores:
"No obstante la terrible sentencia pronunciada sobre los judíos como nación en ocasión de su rechazamiento de Jesús de Nazaret, han vivido de siglo en siglo muchos judíos nobles y temerosos de Dios, tanto hombres como mujeres, que sufrieron en silencio. Dios consoló sus corazones en la aflicción, y contempló con piedad su terrible suerte. Oyó las agonizantes oraciones de aquellos que le buscaban con todo corazón en procura de un correcto entendimiento de su Palabra" (Id., p. 304,305).
A uno se le acelera el pulso al leer esas palabras, tan impregnadas de maravillosa esperanza. ¡Qué gozo será poder presenciar el cumplimiento de las brillantes predicciones de Pablo sobre la futura restauración del verdadero Israel! Millones de cristianos miran al Israel literal, ubicado en Palestina, como el cumplimiento. Sin embargo, la sierva del Señor, en armonía con el concepto paulino de la justificación por la fe, predijo el genuino cumplimiento en términos de arrepentimiento de muchos judíos individualmente, que aprenderán de la iglesia remanente el principio de la culpabilidad y arrepentimiento corporativos.

¿Puede suceder en nuestros días?

Sí, si lo deseamos realmente. Los judíos habrán de aprender de nosotros lo que no pudieron aprender hace dos mil años: cómo arrepentirse.

Nota:
Compárese con: "La iglesia adventista del séptimo día debe ser pesada en la balanza del santuario. Será juzgada conforme a las ventajas que haya recibido. Si su experiencia espiritual no corresponde a los privilegios que el sacrificio de Cristo le tiene asegurados; si las bendiciones conferidas no la capacitaron para cumplir la obra que se le confió, se pronunciará contra ella la sentencia: ‘Hallada falta’" (Joyas de los Testimonios, vol. III, p. 251).