La historia de su rebelión, desde la A hasta la Z, es estremecedora. La Escritura nos advierte que nos encontramos al borde de un desastre similar.
¿Pudo Jesús acusar de un crimen a alguien que era inocente? Si se me acusase hoy de haber iniciado la Primera Guerra Mundial, mi reacción automática sería protestar exponiendo lo absurdo del cargo: ¡ni siquiera había nacido cuando la contienda comenzó! Sin embargo, Jesús acusó a los dirigentes judíos de su época de culpabilidad por crímenes cometidos antes que cualquiera de ellos hubiese nacido. A primera vista esa acusación contra ellos nos parece injusta.
Encontramos el relato en Mateo 23. Jesús acaba de reconvenir a los escribas i fariseos con una serie de "ayes" acompañados de vívidos destellos de ironía e indignación. Concluye implicándolos en el asesinato de un tal Zacarías: "Para que venga sobre vosotros toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo, hasta la sangre de Zacarías, hijo de Barachías, al cual matasteis entre el templo y el altar" (versículo 35).
Durante años pensé que ese Zacarías era una víctima a la que habían dado muerte personalmente en el templo contemporáneos de Cristo, no más de 30 o 40 años antes.
La culpabilidad humana, de la A a la Z
Me sorprendió descubrir que Zacarías había sido asesinado unos 800 años antes (2 Crón. 24:20,21). ¿Por qué hizo Jesús esa acusación a los judíos que le eran contemporáneos?
No era una acusación injustificada. Cuando comprendemos el principio de la culpabilidad corporativa, la situación se clarifica. Rechazando a Cristo, los dirigentes judíos se hicieron reos de toda la culpabilidad humana, desde la A (Abel) hasta la Z (Zacarías), incluso en el caso de que ninguno de ellos hubiese cometido personalmente un sólo acto de homicidio. Eran uno en espíritu con sus predecesores, que de hecho habían derramado la sangre del inocente Zacarías en el patio del templo (entre el templo y el altar). En otras palabras, lo habrían repetido de nuevo, como efectivamente hicieron con el mismo Jesús.
Al rechazar el llamado al arrepentimiento que Juan el Bautista y Jesús proclamaron, estaban asumiendo la culpabilidad de todos los asesinos de víctimas inocentes, desde los días de Abel. Uno que no puede errar los estaba atando en una gran gavilla.
Supongamos que los dirigentes judíos se hubiesen arrepentido. De ser así, se hubiesen arrepentido de "la sangre de todos los profetas, que ha sido derramada desde la fundación del mundo" (Luc. 11:59). Y entonces no habrían continuado hasta crucificar a Cristo.
Para comprender el pensamiento de Jesús, tenemos que considerar la idea hebrea de la personalidad corporativa. La iglesia es el "Isaac" fruto de la fe, el verdadero descendiente de Abraham, "un cuerpo" con él, y con todos los verdaderos creyentes de todas las edades. Pablo dice que Abraham "es padre de todos nosotros", de todos los creyentes, tanto judíos como gentiles (Rom. 4:1-16). Dice incluso de los creyentes gentiles, "nuestros padres… en Moisés fueron bautizados". "Por un espíritu somos todos bautizados en un cuerpo, ora Judíos o Griegos" (1 Cor. 10:1,2; 12:13). "Todos" significa las generaciones pasadas y la actual.
Así, el cuerpo de Cristo comprende a todos los que han creído en Él desde Adán, hasta el último remanente que le dé la bienvenida a su regreso. Según el patrón de pensamiento de Pablo, todos somos un individuo. Hasta un niñito puede comprender ese principio. Aunque es su mano la que alcanza las golosinas guardadas en aquella bombonera, cuando su madre descubre lo ocurrido, son sus partes posteriores las que reciben el merecido. Para él, eso es perfectamente lógico.
El Antiguo Testamento lo expone claramente
(a) Oseas describe a las muchas generaciones de Israel como a un individuo progresando desde la juventud hasta la madurez. Personifica a Israel como a una doncella prometida al Señor. Israel "cantará como en los tiempos de su juventud, y como en el día de su subida de la tierra de Egipto" (Ose. 11:1; 2:15).
(b) Ezequiel define la historia de Jerusalem como la biografía de un individuo:
"Así ha dicho el Señor Jehová sobre Jerusalem: Tu habitación y tu raza fue de la tierra de Canaán; tu padre Amorrheo, y tu madre Hethea… y yo pasé junto a ti, y te miré, y he aquí que tu tiempo era tiempo de amores… y fuiste hermoseada en extremo, y has prosperado hasta reinar" (Eze. 16:3-13).
Llegaron y pasaron diferentes generaciones de israelitas, pero su identidad personal corporativa permaneció. La nación arrastró la culpabilidad de su "juventud" hasta la madurez, de la manera en que un adulto sigue siendo culpable de los errores cometidos en su juventud, y eso aunque la fisiología nos diga que por entonces han sido renovadas la práctica totalidad de las células de su cuerpo. La identidad moral de una persona permanece, al margen de la composición molecular de su cuerpo.
(c) Moisés enseñó ese mismo principio. Se dirigió a su generación como al mismo "vosotros" que debería sufrir la cautividad en Babilonia, unos mil años más tarde (Lev. 26:3-40). Llamó así mismo a las sucesivas generaciones a reconocer su culpabilidad corporativa, junto a "sus padres":
"Y confesarán su iniquidad, y la de sus padres, por su traición y oposición contra mí, por eso yo también me pondré contra ellos, y los llevaré al país de sus enemigos. Entonces se humillará su corazón incircunciso, y reconocerán su pecado… Antes me acordaré del pacto que concerté con sus padres de ser su Dios, cuando los saqué de Egipto" (Lev. 26:40-45).
(d) Las sucesivas generaciones reconocieron algunas veces ese principio. El rey Josías confesó, "grande ira de Jehová es la que ha sido encendida contra nosotros, por cuanto nuestros padres no escucharon las palabras de este libro, para hacer conforme a todo lo que nos fue escrito" (2 Reyes 22:13). No dijo nada sobre la culpabilidad de sus contemporáneos: así de obvio le parecía que la culpabilidad de su generación era compartida con la de las precedentes.
(e) Esdras identifica la culpabilidad de su generación con la de sus padres: "Desde los días de nuestros padres hasta este día estamos en grande culpa; y por nuestras iniquidades nosotros, nuestros reyes, y nuestros sacerdotes, hemos sido entregados en manos de los reyes de las tierras" (Esdras 9:7). "Nuestros reyes" se tiene que referir a generaciones previas, ya que en los días de Esdras no había rey en Israel.
(f) Es muy significativa la relación entre David y Cristo. Los salmos de David expresan tan perfectamente lo que Cristo experimentó posteriormente, que el Salvador usó las palabras de David para dar expresión a los sentimientos de su propio corazón quebrantado: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Sal. 22:1; Mat. 27:46). Cristo es el Verbo hecho carne. En ningún otro lugar aparece tan claramente reflejada la perfecta relación corporativa entre la "Cabeza" y los "miembros", que en la relación entre David y Cristo. Cristo se denominó a sí mismo "hijo de David". Se alimentó de las palabras escritas por David, y vivió las experiencias de él. La perfecta descripción que hizo de sí mismo en el Antiguo Testamento, mediante las palabras y experiencia de los profetas, las vivió en su propia carne mediante la fe.
(g) Esa idea de identidad alcanza su Zenit en El Cantar de Salomón, la historia de amor de los siglos. Cristo ama a una "mujer", su iglesia. Israel, la doncella alocada que es rescatada de Egipto, la voluble joven en su tiempo "de amores", la mujer infiel en los días del reinado, "abandonada y triste de espíritu" en cautividad, se convierte por fin en la penitente y madura esposa de Cristo. Finalmente, mediante el arrepentimiento corporativo, está madura para ser su compañera.
¿Lo habríamos hecho nosotros mejor?
Imaginémonos a nosotros mismos en la multitud reunida ante Pilato aquel fatídico viernes por la mañana. El extraño prisionero está atado. Está bien visto sumarse en expresar nuestra condenación. Ni una sola voz se levanta en su defensa.
Supongamos, apreciado lector, que estás relacionado con el gobierno de Pilato, o que formas parte del equipo de trabajo de Caifás, el sumo sacerdote. Mantienes a tu familia con tu sueldo. ¿Tendrías el valor de levantarte solo y clamar: ‘¡Estamos cometiendo un tremendo error! Ese hombre es inocente de las acusaciones hechas en su contra. Él es lo que dice ser, el divino Hijo de Dios. ¡Apelo a vosotros, Pilato y Caifás: ¡aceptadlo como al Mesías!’?
Supón que tu círculo íntimo de amigos se ha entregado ya a la burla y al escarnio de Jesús. ¿Tendrías (y tendría yo) el valor de enfrentarte solo a ellos, y reprenderlos por su conducta?
Comprendiendo cuán fácilmente podría llevarte a la cruz también a ti un intento de defender a Jesús, ¿te atreverías (o me atrevería) a levantar la voz? La respuesta es bastante obvia. Decir que la iglesia –como cuerpo mundial– no puede conocer ese arrepentimiento, ante la visión de aquella magna cruz donde agonizaba el Príncipe de gloria, es equivalente a despreciar su amante sacrificio, pretendiendo que fue en vano.
Pentecostés: la historia de Israel no fue del todo en vano
El llamamiento de Jesús a los judíos no logró conmoverlos. Sin embargo, en Pentecostés ocurrió una gloriosa demostración de arrepentimiento corporativo. Su llamamiento había dado finalmente fruto.
Las tres mil almas convertidas en ese día, probablemente no habían gritado personalmente "¡Crucifícale, crucifícale!" en las escenas de la pasión de Jesús, ni se habían burlado personalmente de Él cuando pendía de la cruz. Sin embargo, reconocieron que compartían la culpabilidad con aquellos que sí lo habían hecho.
Los dirigentes judíos, por el contrario, continuaban obstinadamente rehusando hacer tal cosa: "¿No os denunciamos estrechamente que no enseñaseis en ese nombre?… queréis echar sobre nosotros la sangre de este hombre" (Hech. 5:28). ¡De ninguna manera aceptaban la culpabilidad corporativa! Nosotros, los Adventistas del Séptimo Día, hemos negado también la nuestra por décadas. Los judíos cerraban así la puerta a su única esperanza de salvación.
Por cerca de dos mil años, Pentecostés ha inspirado al pueblo de Dios. ¿Qué hizo posible ese extraordinario acontecimiento? El pueblo aceptó la presentación de su propia culpabilidad corporativa, y confesó sinceramente su participación en el mayor pecado de todos los tiempos, del que sus dirigentes habían rehusado arrepentirse. El Pentecostés fue un ejemplo del laicado elevándose por encima de la norma espiritual de sus dirigentes. El derramamiento final del Espíritu Santo en la lluvia tardía será una expansión de la experiencia de Pentecostés.
Unos pocos meses después, tuvo lugar una reacción de los dirigentes contra Pentecostés. El sanedrín rehusó aceptar la exposición hecha por Esteban, a propósito de su culpabilidad corporativa demostrada en su historia nacional: "Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos, vosotros resistís siempre al Espíritu Santo: como vuestros padres, así también vosotros. ¿A cuál de los profetas no persiguieron vuestros padres? y mataron a los que antes anunciaron la venida del Justo, del cual vosotros ahora habéis sido entregadores y matadores" (Hech. 7:51,52). "Entonces dando grandes voces, se taparon sus oídos, y arremetieron unánimes contra él; y echándolo fuera de la ciudad, le apedreaban" (versículos 57,58).
¿Comprendemos cuál es el patrón de actuación? Comenzó con Caín. Generación tras generación rehusó reconocer su culpabilidad corporativa. Finalmente, el impenitente Israel demostró por siempre al mundo cuál es el final trágico de la impenitencia nacional. "Y estas cosas les acontecieron en figura, y son escritas para nuestra admonición, en quienes los fines de los siglos han parado" (1 Cor. 10:11).
Pero en aquella hora trágica en la que Israel sellaba su destino asesinando a Esteban, la verdad comenzaba a desarrollar su bendita obra en el corazón de un alma sincera. Conduciría finalmente a la corrección del pecado de Israel. "Los testigos pusieron sus vestidos a los pies de un mancebo que se llamaba Saulo". La conciencia despertada de aquel joven concibió la gran idea de un "cuerpo de Cristo" mundial que demostraría finalmente el fruto pleno y cabal de las bendiciones del arrepentimiento que los judíos rechazaron.