Sé pues celoso y arrepiéntete, pueblo mío

Capítulo 11

El problema práctico: ¿Cómo puede arrepentirse una iglesia?

¿Está nuestra maquinaria interfiriendo con la obra del Espíritu Santo? A medida que crecemos y crecemos ¿es inevitable que nos alejemos de Cristo? Tiene que haber una respuesta.

¿Cómo puede arrepentirse una gran iglesia organizada? ¿No se puede evitar que se vuelva espiritualmente cada vez más desunida y falta de coordinación, como un paralítico cerebral cuya mente es incapaz de controlar sus gestos involuntarios y espasmódicos?

La cualidad esencial del arrepentimiento sigue siendo la misma en toda edad y circunstancia. Son las personas quienes se arrepienten, no las máquinas ni las organizaciones. Pero el arrepentimiento al que se llama a Laodicea es singular en circunstancias, profundidad y extensión. La iglesia no es una máquina, y su organización tampoco constituye una fuerza impersonal. La iglesia es un "cuerpo", y su organismo provee su capacidad vital de funcionamiento. Los individuos que forman ese cuerpo pueden arrepentirse como cuerpo, porque cada miembro es una unidad integrada en el conjunto de los miembros restantes.

Como ya hemos visto, metanoia (el término griego para arrepentimiento), significa literalmente algo así como "recapacitación a posteriori". No puede ser completa hasta llegar al final del tiempo de gracia, momento en el que se discierne por fin la culpabilidad desde una perspectiva histórica. Nuestro arrepentimiento permanece incompleto en la medida en la que exista un mañana que haya de proveer posterior reflexión sobre el significado de nuestra "mente" de hoy, o por tanto tiempo como pecados propios o ajenos nos hayan de revelar aún nuestra culpabilidad más profundamente.

Pero irá en aumento, ya que "en cada paso que demos en la vida cristiana, se ahondará nuestro arrepentimiento" (Palabras de vida del gran Maestro, p. 125). El Sumo Sacerdote que está purificando el santuario celestial no ha abdicado de su oficio. Su pueblo puede fracasar en aprender sus lecciones, pero Él los llevará al mismo terreno para probarlos nuevamente una y otra vez, hasta que venzan. La prueba final puede estar ahora mismo en progresión (ver Testimonies, vol. IV, p. 214; Testimonies, vol. V, p. 623 –traducidos al castellano en el Apéndice D–).

Un brillante futuro para la obra de Dios

En el programa de los eventos por ocurrir, nos espera una extraordinaria experiencia, única en la historia. A menudo hemos dejado de apreciar esa arrobadora profecía de Zacarías, el profeta cristocéntrico por excelencia de la lluvia tardía. Predice que la iglesia del tiempo del fin y sus dirigentes experimentarán una respuesta tan sincera y profunda al Calvario, que la iglesia resultará completamente transformada. Hablando a su través de los eventos de los últimos días, dice el Señor:
"Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalem, espíritu de gracia y de oración, y mirarán a mí, a quien traspasaron, y harán llanto sobre él, como llanto sobre unigénito, afligiéndose sobre él como quien se aflige sobre primogénito.
…en aquel tiempo habrá manantial abierto para la casa de David y para los moradores de Jerusalem, para el pecado y la inmundicia" (Zac. 12:10-13:1).
¿Qué constituye "la casa de David"? Antiguamente era el gobierno del pueblo establecido de Dios. Zacarías se refiere a los dirigentes de la iglesia de los últimos días, equivalente "al ángel de la iglesia", o ‘el rey y sus grandes’ de Jonás 3:7. Es "todo hombre de Judá", que Daniel distingue de "los moradores de Jerusalem" (Dan. 9:7). "La casa de David" incluye a todos los niveles de liderazgo en la iglesia organizada.

¿Quiénes son "los moradores de Jerusalem"? Jerusalem es una "ciudad" de los descendientes de Abraham, el cuerpo organizado del pueblo de Dios. En los días de Zacarías, era la capital de un grupo singular de gente llamada a representar al verdadero Dios ante las naciones del mundo, un cuerpo establecido, un conjunto corporativo de profesos adoradores.

El "espíritu de gracia y de oración" no va a ser derramado sobre los descendientes de Abraham como individuos esparcidos, sino sobre los habitantes de la "ciudad", el cuerpo visible del pueblo organizado de Dios en la tierra. Si infiere de ello que ningún descendiente de Abraham que elija morar fuera de "Jerusalem" podrá participar de la bendición. Tras la cautividad babilónica, los judíos que eligieron permanecer en las naciones a donde habían sido esparcidos en la diáspora, rehusando regresar a la nación corporativa y ancestral de Palestina, se perdieron virtualmente para la historia.

¿Parece imposible que pueda derramarse el espíritu de contrición sobre unos dirigentes y una iglesia mundial congestionada por la complejidad organizativa? Cuanto más se implica la iglesia en sus proyectos multitudinarios, mayor es el peligro de que su gran yo colectivo asfixie los impulsos directos y simples del Espíritu Santo. En el seno de ese colectivo, cuando un individuo adquiere cierta visión, se siente inclinado a considerar que sus manos están atadas: ¿Qué puede él hacer? El gran monolito organizativo, impregnado de formalismo y tibieza, parece moverse a marcha de caracol. De no ser por ese "espíritu de gracia y de oración", cuanto más nos acercamos al tiempo del fin, y cuanto más crece la iglesia, más complejo y congestionado se vuelve su movimiento, y más remota se hace la previsión de esa experiencia.

Pero no olvidemos lo que dice la Biblia. Estamos en necesidad de recordar que mucho antes de que desarrollásemos nuestros intrincados sistemas de organización eclesial, el Señor había creado sistemas de organización infinitamente más complejos, y no obstante, "el espíritu… estaba en las ruedas" (Eze. 1:20). Nuestro problema no es la complejidad de la organización, sino el amor colectivo al yo. ¡Y el mensaje de la cruz se puede encargar de ese problema!

¿Nos necesita el mundo, como pueblo de Dios?

El mundo necesita a "Jerusalem" como "testimonio a todas las naciones". Sin ella no puede realizarse la obra. La historia del fracaso de la antigua Jerusalem demuestra que sin el "espíritu de gracia y de oración", la organización denominacional se vuelve inevitablemente rígida e incapaz de desarrollar su divina misión. Zacarías afirma que una visión adecuada del Calvario imparte contrición ("y mirarán a mí, a quien traspasaron [no los judíos y romanos de hace dos mil años], y harán llanto sobre él". La visión de la cruz proveerá la solución última al problema humano del "pecado y la inmundicia" (Zac. 13:1).

¿Qué significa "inmundicia"? Debe referirse a la capa profunda de motivación egoísta no percibida, que subyace en todo pecado. Debe ser purificada en el Día de la expiación, pero eso no ha sido plenamente cumplido en ninguna generación previa. La motivación del miedo a perderse, junto a la otra cara de esa moneda –la esperanza de recompensa eterna–, cederán a la constricción pura del amor por Cristo. El amor colectivo al yo, será ‘crucificado con Cristo’.

¿Cómo obra ese "espíritu de gracia y de oración"? Dos elementos hacen posible esa maravillosa experiencia: (a) el "espíritu de gracia", una apreciación de la cruz, una visión del carácter de Dios que demolerá y aniquilará completamente la justicia propia y el orgullo humanos; y (b) el "espíritu de… oración [o suplicación]", la oración que brota de un corazón humillado y contrito.

Hay una marcada diferencia entre ese espíritu de suplicación y las cotidianas oraciones formales. La gente comprenderá inmediatamente lo genuino de esas oraciones, ya que provendrán de corazones humillados por el arrepentimiento corporativo. Cuando nuestras oraciones provengan de corazones como esos, dice David que enseñaremos "a los prevaricadores tus caminos; y los pecadores se convertirán a ti" (Sal. 51:13). Habrá una exitosa ganancia de almas.

Se reconocerá el Espíritu que impregnará a toda congregación. En el contexto inmediato de la profecía del capítulo 10 de Zacarías, encontramos otra que muestra cuáles serán los frutos de tal arrepentimiento denominacional:
"Gente de alrededor del mundo vendrá en peregrinaje a Jerusalem desde muchas ciudades extranjeras, para asistir a esa adoración. La gente escribirá a sus amigos de otras ciudades [denominaciones] y dirá: ‘Vayamos a Jerusalem, a pedirle al Señor que nos bendiga y nos conceda su gracia. ¡Yo voy allí, ven conmigo!’ " (Zac. 8:20,21, Profecías Vivientes, paráfrasis de Kenneth N. Taylor).

La cruz y el arrepentimiento denominacional

¿Qué podemos hacer cada uno para adelantar ese día? ¿Debemos ir a nuestros sepulcros y dejarlo para alguna generación futura?

Si rechazamos el arrepentimiento al que nos llama Cristo, la respuesta debe ser: ‘Sí’. Si nos aferramos a las cosas tal cuales han sido siempre –genio y figura: orgullo y dignidad–, la respuesta ha de ser que sí. Si permitimos que se sigan reproduciendo los patrones de reacción habituales en los dirigentes, la triste respuesta ha de ser afirmativa. Pero la respuesta puede y debe ser un ‘No’ rotundo, cuando el amor al yo personal y colectivo sea crucificado con Cristo. Solamente entonces tendremos la osadía para dar testimonio de la verdad, en santificada contraposición con la dinámica de grupo no santificada.

La respuesta al "¿Cómo?", es el mensaje de la cruz. "Mirarán a mí, a quien traspasaron", dice el Señor. Ahí se expone el pleno reconocimiento de la culpabilidad corporativa, y el otorgamiento de ese "espíritu" puede solamente desembocar en el arrepentimiento cabal y sincero del cuerpo. Todo el pecado del hombre se centra en el asesinato del Hijo de Dios. Por tanto tiempo como deje de percibirse tal cosa, el "espíritu de gracia y de oración" no será bienvenido por los corazones orgullosos, impidiendo así su recepción. Nuestra actitud resulta entonces trágicamente pueril: nos pavoneamos satisfechos ante la mirada estupefacta del universo, no dándonos cuenta de nuestra condición verdaderamente patética. El conocimiento de la verdad plena produce pesar por el pecado, no un egocéntrico temor al castigo, sino una empatía cristocéntrica de identificación con Él en sus sufrimientos, y un interés sincero por su vindicación.

Esa transferencia del interés desde el yo hacia Cristo, será profunda y abarcante. No ha sido nunca comprendida en su plenitud, desde los días de los apóstoles. "Y harán llanto sobre él, afligiéndose sobre él como quien se aflige sobre primogénito" (Zac. 12:10). Gracias a Dios porque aunque la mayoría de nosotros no hemos sentido esa clase particular de pesar, podemos comenzar a apreciarlo. Cantaremos, "de lo profundo, oh Eterno, clamo a ti" (Sal. 130:1). Sólo el Espíritu Santo puede cumplir esa bendita obra que desplace el foco de atención desde la ansiedad por nuestra propia salvación, hasta un tal interés por Cristo.

Nuestra natural preocupación por nuestra propia seguridad personal impregna frecuentemente nuestra experiencia espiritual, nuestros himnos, oraciones y sermones. De no ser por el poder del Espíritu Santo para cumplir el milagro de ese cambio, podrían pasar décadas, o quizá siglos, antes que se realizase. Pero se nos ha prometido una obra rápida (Rom. 9:28). Si el comunismo de la Europa del Este ha podido colapsarse de forma tan súbita, ¿no podría "caer" la incredulidad de Laodicea en un período de tiempo sorprendentemente corto?

La última iglesia está compuesta de individuos que, lo mismo que todos los precedentes en la historia humana, nacieron con "mente carnal", el corazón natural e irregenerado propio del pecador. Pero la revelación de la verdad obrará una transformación en su mente. Cuanto más plenamente sea recibida la mente de Cristo, más profundo se hará su sentido de contrición. La visión retrospectiva de la mente iluminada por el Espíritu, contemplará el pecado sin ilusión. Éste habrá perdido su poder para engañar: Laodicea, por fin, abrió los ojos.

Son buenas nuevas, no tristes nuevas

No obstante, ese arrepentimiento es todo lo contrario a la desesperación o el desaliento. Cuando somos capaces de ver nuestro estado pecaminoso con ese arrepentimiento iluminado por la visión retrospectiva, podemos verdaderamente apreciar las Buenas Nuevas en él contenidas. Quien teme el arrepentimiento, asociándolo a la depresión o al desánimo, no comprende la mente de Cristo, y cierra su corazón al poder sanador del Espíritu Santo. La alegría mundanal es efímera, y se transforma en seguida en desesperación al llegar la prueba. Cristo nos da su gozo y su paz, "no como el mundo la da". Es el gozo de Aquel que es varón de dolores, experimentado en quebrantos (ver Juan 14:27; Isa. 53:3). Cuando la iglesia remanente ministre en medio de la trágica desintegración de la vida humana que caracterizará los últimos días, emergerá ese gozo inefable del Señor, a partir de una genuina contrición. El andar en estrecho compañerismo con el "varón de dolores", capacitará al pueblo de Dios para auxiliar a los que pasan hambre y carecen de casa, a aquellos que están agonizando enfermos de SIDA, y a los que lloran por sus hogares deshechos.

Para el individuo, el arrepentimiento significa una percepción retrospectiva (volver en sí), un cambio de mente que observa el carácter y la historia personales a la luz del Calvario. Se hace evidente aquello que anteriormente no se percibía. El profundo egoísmo del alma, la corrupción de los motivos, todos ellos son vistos a la luz que brilla desde la cruz.

El arrepentimiento del cuerpo de la iglesia es la misma percepción retrospectiva, pero contemplando la historia denominacional según la perspectiva del Calvario. Lo que antes estaba oculto en la historia, se hace ahora manifiesto. Movimientos y hechos que parecían misteriosos en el momento de producirse, comienzan a verse en su verdadero y más abarcante significado. El Pentecostés define por siempre la gloriosa realidad de ese arrepentimiento.

El "porqué" del éxito apostólico

El secreto del éxito de la iglesia apostólica fue una comprensión de "éste Jesús que vosotros crucificasteis", a partir de la cual tuvo lugar un verdadero arrepentimiento. Cristo crucificado vino a ser el centro de atención de todo el ministerio apostólico. El libro de los Hechos de los Apóstoles nunca se habría escrito si los miembros de la iglesia temprana del Nuevo Testamento no hubiesen reconocido su personal implicación, mediante la feliz experiencia del verdadero arrepentimiento.

A partir del capítulo 10 de los Hechos, leemos la forma en la que otros no judíos compartieron la misma experiencia. Los apóstoles se maravillaron de que los gentiles pudiesen experimentar la misma profunda respuesta a la cruz que los judíos creyentes, recibiendo también el Espíritu Santo (Hech. 10:44-47). El Espíritu Santo llevó la convicción de esa verdad a lo más hondo de las almas, mucho más abundantemente de lo esperado por los discípulos. Sus contritos oyentes se identificaron a sí mismos con los judíos y reconocieron su culpabilidad compartida. En otras palabras, los gentiles experimentaron un arrepentimiento corporativo.

Nada hay en la Escritura que nos indique que la recepción plena del Espíritu Santo en los últimos días haya de ser en algo diferente.