Sé pues celoso y arrepiéntete, pueblo mío

Capítulo 12

Lo que nos enseña nuestra historia denominacional

Las malas nuevas: hemos perdido algunas batallas.

Las buenas nuevas: la guerra no ha terminado.

¿Cobra significado el llamamiento de Cristo al arrepentimiento del tiempo del fin, a la luz de nuestra historia denominacional? Es posible ver nuestra historia de diferentes maneras:

(1) Podemos contemplar nuestro pasado con orgullo, como el de un equipo deportivo que cuenta sus enfrentamientos por victorias. Esa actitud se considera sinónimo de lealtad, ya que asume que las bendiciones de Dios a la iglesia constituyen la aprobación divina de nuestra condición espiritual. El resultado es la apatía y la tibieza profunda. Es con mucho la posición más popular sobre nuestra historia, pero el orgullo espiritual que conlleva es todo lo opuesto a la fe del Nuevo Testamento, que incluye siempre el elemento de la contrición.

(2) Por contraste, otros ven la historia con desesperación. Hay grandes fracasos en nuestra historia, que algunos interpretan como evidencia de que el Señor ha repudiado esta iglesia. Tal visión ha dado lugar a diversas escisiones, y alimenta continuamente la aparición de nuevos movimientos de crítica infructuosa y destructiva. Frecuentemente dichos movimientos comienzan como una legítima protesta ante el orgullo espiritual o la apostasía, pero rara vez ofrecen una solución práctica al problema.

Hay algo que ambas posiciones mantienen en común: Las dos se oponen rotundamente al arrepentimiento denominacional. El primer grupo se opone argumentando que es innecesario. Su mera sugerencia es considerada como impertinente y desleal, en reacción similar a la manifestada por los dirigentes judíos, ante los llamamientos de Jeremías al arrepentimiento nacional (ver Jer. 26). El segundo grupo lo rechaza argumentando que es imposible, puesto que da por hecho que el Señor ha retirado de la iglesia tanto el privilegio como la posibilidad de un arrepentimiento tal.

Hay una tercera posibilidad:

(3) Podemos contemplar nuestra historia con confianza nacida de la contrición. Se trata de un abordaje realista. Esta iglesia es el verdadero "remanente" profético que Dios mismo suscitó. El mundo realmente todavía no ha oído el mensaje, y su pueblo todavía no está hoy preparado para la venida de Cristo. Esa visión "se alegra de la verdad". No pretende evadir o suprimir los hechos obvios de la historia denominacional que demandan arrepentimiento y reforma. Nuestro fracaso en honrar a nuestro Señor obliga simplemente a que caigamos sobre nuestras rodillas. No obstante, el realismo ilumina el futuro con esperanza. El gozo del Señor es el seguro resultado del arrepentimiento.

Intentos de explicar la gran demora

La verdad siempre abre el camino a la esperanza. La negación o supresión de la verdad, lleva a la frustrante desesperación. Eso se debe a que la conciencia humana reconoce la realidad del paso del tiempo, la inercia espiritual reinante, y el desolador panorama mundial. El desprecio del llamado de Cristo al arrepentimiento, será inevitable causa de desánimo en todo miembro sincero e informado, a todo lo ancho del mundo. Para la iglesia supone una pérdida incalculable.

Estamos obligados a reconocer que la prolongada demora exige una explicación. Alguna cosa, en algún lugar, tiene que estar mal, y en necesidad de cambio. Clásicamente se consideran cuatro explicaciones posibles:

(a) Algunos creen que la integridad de la iglesia misma es lo que hay que revisar. Es decir, sus esperanzas se han visto frustradas debido a que la existencia misma de la iglesia ha perdido su legitimidad. En su opinión ésta ha perdido el favor de Dios, y ya no representa más un movimiento válido dirigido por Él. Es inevitable que quienes sostienen ese punto de vista asuman una posición de "no te llegues a mí, que soy más santo que tú" (Isa. 65:5).

(b) Algunos teólogos opinan que el fallo radica en doctrinas fundamentales de la iglesia. Según eso, nuestros pioneros eran teológicamente ingenuos. Particularmente la doctrina del santuario, base sobre la que el Movimiento Adventista se constituyó en denominación singular, carece según ellos de fundamento bíblico. Esa postura es la fatal consecuencia de décadas de privación del "mensaje del tercer ángel, en verdad": la relación del mensaje de 1888 con la purificación del santuario.

(c) Algunos sugieren que es nuestra comprensión del "Espíritu de Profecía" lo que falla. E. White no gozó, aducen, del grado de inspiración divina que le habíamos atribuido. Estaba inspirada solamente en el mismo sentido en que lo estuvieron otros escritores religiosos del siglo XIX. Alguna cosa tiene que cambiar, y el corazón carnal, resentido en lo profundo por la elevada norma cristiana que presentan los escritos de E. White, está presto a socavar la credibilidad profética de ella. "No queremos que éste reine sobre nosotros", fue el clamor del rebelde Israel, con respecto a Jesús. Hoy presenciamos una rebeldía similar contra el "testimonio de Jesús". Se lo denigra como el eco de una desafortunada resaca del siglo XIX.

(d) Algunos sugieren que el derramamiento del Espíritu Santo en Pentecostés fue la auténtica Segunda Venida, en continua progresión desde aquel momento. Cuanto más se va dilatando la gran demora, mayores las tentaciones de reestructurar la doctrina de la segunda venida, en el sentido de abandonar la creencia en el retorno personal, literal e inminente de Jesús.

Las cuatro posturas descritas contienen en común una acusación implícita contra Dios. La idea recurrente es "mi Señor se tarda en venir". Se asume virtualmente que, desde los días de nuestros pioneros, Dios se ha estado mofando de las oraciones de creyentes sinceros que se han mantenido fieles a los mandamientos de Dios y la fe de Jesús frente a la burla y ridículo de otras iglesias cristianas y del mundo. Nos obliga a creer que el Señor chasqueó a su pueblo, no solamente el 22 de octubre de 1844, sino de forma ininterrumpida a partir de esa fecha. ¡Lo que se cuestiona, en el fondo, es la fidelidad de Dios!

La solución histórica a nuestra incómoda situación

Si comprendemos el llamado de Cristo "al ángel de la iglesia en Laodicea" como una invitación al arrepentimiento denominacional, entonces podemos ver la solución que se infiere en una luz diferente:

(a) La integridad de la iglesia como verdadero "remanente" profético, permanece intacta.

(b) Nuestras doctrinas fundamentales conservan su total validez, por ser cabalmente bíblicas.

(c) E. White triunfa por encima de toda crítica o ataque, en el más puro, verdadero y honesto ejercicio del don profético, descrito como "el testimonio de Jesús" en Apocalipsis 19:10.

(d) El derramamiento del Espíritu Santo en Pentecostés no se confunde con la segunda venida personal, literal y futura de Cristo. El Señor no ha demorado su venida, ni se ha mofado de las oraciones sinceras de su pueblo, desde 1844. Los pioneros fueron verdaderamente dirigidos por el Espíritu Santo en su comprensión de las profecías, la segunda venida y el santuario. Lo único entonces que se debe "revisar", es nuestra pecaminosa incredulidad corporativa laodicense, que es la que ha malogrado todos los intentos del Señor de traer curación, unidad y reforma.

Por otra parte, la alternativa es estremecedora: Si es nuestro Señor quien ha retardado su venida, ¿qué confianza podemos tener en que no lo siga haciendo en el futuro? Pero si somos nosotros los responsables de la demora, entonces hay esperanza. Algo podemos hacer, ya que nuestra incredulidad impenitente se puede remediar. Insistir en que es el Señor quien ha demorado su venida, destruye virtualmente la esperanza Adventista; mientras que reconocer que somos nosotros quienes la hemos retardado, afirma y valida nuestra esperanza.

"Como los judíos"

Nuestro paralelismo histórico con el de la antigua nación judía es ya un hecho innegable. Los Judíos eran el verdadero pueblo establecido de Dios, gozando, lo mismo que nosotros, de la mayor evidencia imaginable de su amor. El orgullo de su organización y estructura denominacional queda resumido en su pretensiosa actitud, "Templo de Jehová, templo de Jehová, templo de Jehová es éste" (Jer. 7:4). Para nosotros, ese "templo" consiste en nuestra organización mundial, y es tanto una causa de orgullo, como lo era el templo literal para los judíos de antaño. El Señor mismo había establecido y bendecido aquel templo, pero el rechazo judío al arrepentimiento nacional anuló su significado:
"La misma desobediencia y el fracaso que se vieron en la iglesia judaica han caracterizado en mayor grado al pueblo que ha tenido la gran luz celestial de los últimos mensajes de amonestación. [¿Dejaremos que la historia de Israel se repita en nuestra experiencia?] ¿Desperdiciaremos como él nuestras oportunidades y privilegios hasta que Dios permita que nos sobrecojan la opresión y la persecución? ¿Dejaremos sin hacer la obra que podríamos haber hecho en paz y comparativa prosperidad hasta que debamos hacerla en días de tinieblas, bajo la presión de las pruebas y persecuciones?

Hay una terrible culpa de la cual la iglesia es responsable" (Testimonies, vol. V, p. 456,457).
Sin la expiación de Cristo, enfrentar la realidad de la culpa personal resulta devastador para la autoestima de cualquier individuo. Lo mismo sucede con el cuerpo de la iglesia. Afrontar esa "terrible culpa de la cual la iglesia es responsable" sin caer en el desánimo, es posible solamente al considerar que el amor de Dios por su iglesia es inmutable. Sea la que sea esa "terrible culpa", la iglesia sigue siendo el único objeto de la suprema consideración del Señor. Una vez mas, eso implica reconocer el aspecto creador del amor (agape) de Dios.

Aquellos que, entregados a la crítica, están prontos a abandonar toda esperanza para la iglesia, están –sin saberlo– en conflicto con esa verdad fundamental del carácter de Dios. La "expiación final" de la que tanto hemos hablado, debe incluir una reconciliación final con la realidad de su divino carácter, en el marco del Día real (antitípico) de la expiación.

Un sinnúmero de declaraciones inspiradas equiparan nuestro fracaso denominacional al de los judíos:
"Desde el tiempo del encuentro de Minneapolis [de 1888], he visto el estado de la iglesia de Laodicea como nunca antes. He oído el reproche de Dios pronunciado sobre aquellos que se encuentran tan satisfechos, que no conocen su destitución espiritual.

…como los judíos, muchos han cerrado sus ojos para que no puedan ver" (Review and Herald, 26 agosto 1890).

"Hay menos excusa hoy para la obcecación e incredulidad, de la que hubo para los judíos en los días de Cristo.

…muchos dicen, ‘si solamente hubiese podido vivir en los días de Cristo,… no lo habría rechazado y crucificado, tal como hicieron los judíos’; pero eso se demostrará por la forma en la que tratáis hoy a su mensaje y a sus mensajeros. El Señor está probando hoy a su pueblo, tanto como probó a los judíos de su día.

Si… vamos al mismo terreno, acariciamos el mismo espíritu, rehusamos recibir el reproche y la advertencia, nuestra culpa aumentará entonces en gran manera, y la condenación que cayó sobre ellos caerá sobre nosotros" (Id., 11 abril 1893).

"Todo el universo celestial presenció el ignominioso trato dado a Jesucristo, representado por el Espíritu Santo [en la Asamblea de 1888]. Si Cristo hubiese estado ante ellos, ["nuestros propios hermanos"] lo habrían tratado de forma similar a como los judíos trataron a Cristo" (Special Testimonies Series A, nº 6, p. 20).

"Hombres que hacen profesión de piedad han despreciado a Cristo en la persona de sus mensajeros [1888]. Como los judíos, rechazan el mensaje de Dios (Fundamentals of Christian Education, p. 472).
La historia de los judíos ilustra su necesidad de arrepentimiento nacional con la misma fidelidad en que la nuestra de 1888 ilustra nuestra necesidad de arrepentimiento y expiación final. La mensajera inspirada del Señor fue pronta en discernirlo. De acuerdo con E. White, la Asamblea de 1888 fue una reproducción del Calvario en miniatura, una demostración del mismo espíritu de incredulidad y oposición a la justicia de Dios que inspiró a los judíos de antaño. El espíritu que animó a quienes se opusieron al mensaje, no consistió en una discreta falta de comprensión, no consistió en la mera infravaloración temporal de una doctrina sometida a debate. Consistió en una profunda rebelión contra el Señor. La sierva del Señor insiste una y otra vez en que significó, en esencia, una reedición de la crucifixión de Cristo. Esa realidad es nuestra gran piedra de tropiezo y roca de escándalo.

Nuestra historia revela la existencia de enemistad contra Dios

Manténgase in mente que esos hechos, de ninguna forma merman la verdad de que la Iglesia Adventista del Séptimo Día era entonces, lo mismo que ahora, la "iglesia remanente". Los hermanos que se opusieron al mensaje de 1888 constituían el verdadero "ángel de la iglesia en Laodicea", y Dios no desechó a su iglesia. A la luz de nuestra historia, cobra vida al llamado de Cristo al arrepentimiento, y la única razón por la que no ha sido hasta ahora una realidad vibrante es porque no lo hemos comprendido. La iglesia es básicamente sincera en su corazón, y la prolongada demora en arrepentirse no se ha debido a otra cosa que a la falta de comprensión, y a la distorsión de esa verdad.

Así como los judíos de antaño rechazaron su tan esperado Mesías, nosotros rechazamos el tan esperado derramamiento del Espíritu Santo. Obsérvense significativos puntos de coincidencia:

(a) El Mesías de los días de los Judíos nació en un establo. El comienzo de la lluvia tardía –en 1888– estuvo igualmente rodeado de circunstancias increíblemente humildes. Ambos eventos tomaron por sorpresa a los dirigentes.

(b) Los judíos fracasaron en discernir al Mesías, en la humilde forma en que éste vino. Nosotros fracasamos en discernir el comienzo de la oportunidad escatológica de los siglos, en la forma humilde –y en la imperfección humana– de la presentación del mensaje de 1888.

(c) Los judíos estaban temerosos de que Jesús destruyese su estructura denominacional. "Nosotros" temimos que el mensaje de 1888 lesionase la efectividad de la iglesia, al exaltar la fe en lugar de la obediencia a la ley, como el medio de salvación.

(d) La oposición de los dirigentes judíos influenció a muchos para que rechazaran a Jesús. La persistente oposición de los hermanos dirigentes, en los años que siguieron a 1888, influyó en que los obreros jóvenes y los laicos menospreciaran el mensaje. El grueso de la iglesia habría aceptado el mensaje, de haberles llegado sin la oposición de los dirigentes.

(e) La nación judía nunca se arrepintió de su pecado, hasta el día de hoy. Así, jamás recuperó la bendición que el señorío de Jesús les habría traído. De igual manera, como denominación, nunca hemos afrontado nuestra culpabilidad corporativa. Jamás nos hemos arrepentido de nuestro rechazo del comienzo del derramamiento del Espíritu Santo, ni recuperado el mensaje. Es la razón por la que todavía no hemos disfrutado nunca de la plena bendición de su renovación. La cruda y obvia realidad de un siglo de historia así lo demuestra.

Obsérvese la forma en la que habría podido consumarse la comisión evangélica, hace ya aproximadamente un siglo:
"La influencia creada a partir de la resistencia de la luz y la verdad en Minneapolis tendió a dejar sin efecto la luz que Dios había dado a su pueblo a través de los Testimonios…

Si todo soldado de Cristo hubiese hecho su deber, si todo centinela de los muros de Sión hubiese dado un sonido certero a la trompeta, el mundo habría oído ya el mensaje de advertencia. Pero la obra lleva años de retraso. ¿Qué informe podremos ofrecer a Dios por retardar la obra de esa manera?" (General Conference Bulletin, 1893, p. 419).

"Fue resistida la luz que ha de alumbrar a toda la tierra con su gloria, y en gran medida ha sido mantenida lejos del mundo por el proceder de nuestros propios hermanos" (Mensajes Selectos, vol. I, p. 276).
Esa humilde mensajera mantuvo hasta su muerte la firme convicción de que la Iglesia Adventista del Séptimo Día es el verdadero "remanente" de la profecía bíblica, al que se ha encomendado el último mensaje de gracia del evangelio divino. Fue leal a la iglesia hasta el fin, sosteniendo que humillar el corazón ante Dios es la única respuesta de nuestra parte que puede permitir al cielo renovarnos su don del Espíritu Santo.

La plena verdad es elevadora, no deprimente

La verdad es siempre elevadora, animadora, positiva. Alguien podría intentar distorsionar el sermón de Pedro en Pentecostés, aduciendo que era "negativo" o "acusatorio", ya que señalaba claramente la culpabilidad de la nación y llamaba al arrepentimiento. Pero tras el arrepentimiento pentecostal, vino el poder pentecostal para testificar. Nos espera una repetición de ese glorioso fenómeno, condicionada a nuestro arrepentimiento y reconciliación con Dios.

El amor de Dios por el mundo demanda que su mensaje de Buenas Nuevas se difunda por doquiera con poder. No es injusto, por parte del Señor, el que retenga de nosotros los aguaceros de la lluvia tardía, hasta que nos arrepintamos de la manera en la que el Señor requirió al antiguo Israel que se arrepintiese. Se puede decir verdaderamente de nosotros, "Grande ira de Jehová es la que ha sido encendida contra nosotros, por cuanto nuestros padres no escucharon las palabras de este libro, para hacer conforme a todo lo que nos fue escrito" (2 Rey. 22:13). Podemos orar como lo hizo Esdras, "Desde los días de nuestros padres hasta este día estamos en grande culpa" (Esdras 9:7).

La razón es que los pecados de nuestros padres espirituales nos alcanzan, excepto que medien reconocimiento y arrepentimiento específicos. A pesar de que en 1888 éramos muy pocos en número, el carácter de aquella incredulidad impenitente se ha propagado mundialmente, como sucede con los virus causantes de enfermedades físicas. La dolencia no puede sino seguir su curso, hasta que sea curada mediante el arrepentimiento. Hasta ese momento, cada generación sucesiva se impregna de la misma tibieza. Eso no tiene nada que ver con la doctrina agustiniana del pecado original. No existe tal cosa como transmisión genética de la culpabilidad. Es simplemente la constatación de cómo se ha venido propagando el pecado, desde el mismo Edén, "por medio de la influencia, aprovechándose de la acción de una mente sobre la otra, …propagándose de mente a mente" (Review and Herald, 16 abril 1901).

El arrepentimiento corporativo de Daniel

Nuestra posición remeda la de Judá en los días de Daniel. Él podría haber argumentado ante el Señor, –‘Algunos de nosotros y algunos de nuestros padres nos hemos mantenido fieles, Señor. Mira la forma en la que te he sido fiel. También lo han sido Sadrach, Mesach y Abed-nego. Hemos abrazado la reforma pro-salud. Acuérdate cómo algunos de nuestros padres, tales como Jeremías, Baruc y otros, se tuvieron noblemente por la verdad en tiempo de crisis. ¡No todos somos culpables, Señor!’

Pero, en contraste, ¿cuál fue la oración de Daniel? Obsérvese su empleo del "nosotros" corporativo:
"Todo Israel traspasó tu ley apartándose para no oír tu voz… porque a causa de nuestros pecados, y por la maldad de nuestros padres, Jerusalem y tu pueblo dados son en oprobio a todos en derredor nuestro… Aún estaba… confesando mi pecado y el pecado de mi pueblo Israel" (Dan. 9:11,16,20).
El hecho de que Daniel no estuviese personalmente presente, en los días del rey Manasés, no le impidió confesar los pecados de éste, como si fuesen los suyos propios. El hecho de que no estuviésemos personalmente presentes en 1888, en nada se diferencia del hecho de la ausencia física de Daniel en los días de sus padres. Cristo, en su propia carne, nos mostró cómo experimentar arrepentimiento por pecados en los que nunca hemos creído haber estado personalmente implicados. Si Él, el Ser impecable, pudo arrepentirse "en favor de" los pecados del mundo entero, seguramente nosotros podemos arrepentirnos por los pecados de nuestros padres, de los cuales somos hoy hijos espirituales. La verdad esencial que clama por reconocimiento es que el pecado de ellos es el nuestro, en virtud de la realidad del principio bíblico de la culpabilidad corporativa.

¿Significó la Asamblea de 1901 la reversión de la incredulidad de 1888?

Debemos considerar brevemente un argumento que ha pretendido oponerse a la necesidad de arrepentimiento denominacional. Algunos han asumido que la Asamblea de la Asociación General de 1901 fue un giro de 180 grados, una reforma que rectificó el rechazo al mensaje de 1888, anulando las consecuencias de ese rechazo. La implicación entonces, es que la lluvia tardía y el fuerte clamor han estado progresando desde entonces. Se citan frecuentemente estadísticas de bautismos, así como crecimiento financiero e institucional, como evidencia de ello, a pesar de que los Mormones y los Testigos de Jehová pueden perfectamente hacer otro tanto.

Es cierto que la Asamblea de 1901 trajo considerables bendiciones organizativas que habrían podido mantener funcionando con suavidad los "engranajes" por siglos. Es así mismo evidente que no ocurrió ninguna reforma espiritual profunda. Unos pocos meses después de esa Asamblea, E. White escribía en estos términos a un amigo personal:
"El resultado de la última Asamblea de la Asociación General [1901] ha sido la pena mayor y más terrible de mi vida. No se hizo cambio alguno. El espíritu que se debió haber imprimido a toda la obra como resultado del encuentro, no lo fue, debido a que los hombres no recibieron los testimonios del Espíritu de Dios. Al dirigirse hacia sus diferentes campos de labor, no anduvieron en la luz que el Señor había puesto en su camino, sino que introdujeron en su obra los principios equivocados que han estado prevaleciendo en la obra, en Battle Creek" (Carta al juez Jesse Arthur, Elmshaven, 14 enero 1903).
Como resultado de esa impenitencia, la finalización de la obra de Dios sufrió una indefinida demora:
"Podemos tener que estar aquí en este mundo muchos años más debido a la insubordinación, como sucedió a los hijos de Israel; pero por causa de Cristo, su pueblo no debiera añadir un pecado sobre otro, responsabilizando a Dios por la consecuencia de su propio curso de acción erróneo" (Carta, 7 diciembre 1901; M-184, 1901).
A pesar de eso, no era todavía entonces demasiado tarde para empeñarse en una experiencia de arrepentimiento. La sierva del Señor no empleó la frase "arrepentimiento denominacional", sin embargo expresó ese principio. "Todos" estaban en necesidad de participar:
"Pero si solamente pudiesen todos ver, confesar y arrepentirse de su propio curso de acción al desviarse de la verdad de Dios para seguir los designios humanos, el Señor perdonaría" (Id.) 1
Juan el Bautista habría podido dedicar siete vidas al intento de abarcar todas las necesidades de reforma de su día. Podríamos también nosotros dedicar décadas a cada desviación del plan de Dios para nosotros. Pero Juan prefirió poner "el hacha… a la raíz de los árboles" (Mat. 3:10). 2 El arrepentimiento por el rechazo a la lluvia tardía, ¿pondría el hacha a la raíz de nuestro problema espiritual actual? Sí, ya que tal es verdaderamente nuestra raíz.

Pero las raíces tiene su particular modo de ocultarse bajo la superficie visible.

Notas:
Ver "It Didn’t Happen in 1901! Will It Happen Now?" (¡No ocurrió en 1901! ¿Sucederá hoy?), un capítulo del libro The Power of the Spirit, de George E. Rice y Neal C. Wilson (Review and Herald, 1991), p. 100-105. Es reconfortante constatar que la postura tomada en ese libro es la diametralmente opuesta a la pretensión de ‘ser ricos y estar enriquecidos’, que es la posición que durante décadas había defendido el White Estate en relación con esa Asamblea de 1901. Esa es una evidencia muy animadora de que el Espíritu Santo está comenzando a conceder el don de la fidelidad a la verdad. La tan esperada bendición no puede ya estar muy lejos.

Si estuviera a nuestro alcance confeccionar una lista de todas las actuales y multiformes desviaciones del plan de Dios, aburriríamos al lector, y hasta a los ángeles. Ocuparía una estantería de libros mayor que la dedicada a la Enciclopedia Británica la enumeración crítica de cada desviación de los "principios correctos" en las funciones de nuestra práctica y organización eclesiástica, en lo referente la educación, obra médica, reforma pro-salud, obra evangelística y administrativa, etc. Se ha escrito y hablado de ellas durante generaciones. No hay fin para los gemidos y clamores, para los rasgamientos de vestiduras. Es fácil decir que la "conversión" solucionará ese problema. Lo hemos estado diciendo también durante generaciones. El "hacha" que Cristo empuña es diferente de la que empuñan los falsos Cristos. El "dragón" que está "airado contra la mujer", rara vez se manifiesta como tal. Puede incluso disfrazarse de "reformador" y comenzar a asestar hachazos a toda clase de "ramas" con singular celo, teniendo cuidado de dejar intacta "la raíz": el amor al yo.