Sé pues celoso y arrepiéntete, pueblo mío

Apéndice B

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Laodicea no está condenada

No han faltado esfuerzos notables para convencer a los miembros de que abandonen la Iglesia Adventista del Séptimo Día organizada, o al menos, para que le retiren su favor y membresía. El argumento consiste en que es Filadelfia, y no Laodicea, la que representaría la verdadera iglesia que estará preparada para la venida de Cristo. Se evoca la venerada autoridad de Joseph Bates, quien sostuvo tal posición. Pero ese apreciado pionero estaba equivocado en eso, como también en algunos otros puntos. E. White nunca apoyó esa idea de él. Sus testimonios tempranos a propósito del mensaje a Laodicea, contradicen manifiestamente esa postura (ver Testimonies, vol. I, p. 185-189; Joyas de los Testimonios, vol. I, p. 327-330).

La idea de que es Filadelfia y no Laodicea la iglesia de la traslación, está en conflicto con el patrón profético general presentado en el Apocalipsis. El número siete denota que las siete iglesias representan a la verdadera iglesia en los sucesivos períodos de la historia durante la dispensación cristiana, desde los días de los apóstoles hasta el final del tiempo de prueba (Los Hechos de los Apóstoles, p. 464,466,467). El mensaje a Laodicea es "la advertencia para la última iglesia", ¡no para la que viene después de la última! (Testimonies, vol. VI, p. 77). No se aplica a los apóstatas, sino al verdadero pueblo de Dios en los últimos días (E.G.W. Comentario Bíblico Adventista, vol. VII, p. 970,971; Joyas de los Testimonios, vol. I, p. 327,328).

La voluntad del Señor ha sido siempre que el mensaje a Laodicea llevase al arrepentimiento y a la victoria por parte de su verdadero pueblo, y a prepararlos para recibir la lluvia tardía (Testimonies, vol. I, p. 186,187 –parcialmente traducido en Joyas de los Testimonios, vol. I, p. 65,66–). No hay ningún indicio en la Escritura o el Espíritu de Profecía que sugiera que el mensaje haya de fracasar finalmente. Los miembros del genuino pueblo de Dios habrán "escuchado el consejo del Testigo fiel y recibirán la lluvia tardía, y estarán preparados para la traslación" (Joyas de los Testimonios, vol. I, p. 66). E. White no dice en ninguna parte que el pueblo de Dios deba abandonar Laodicea, para regresar a Filadelfia.

Por descontado, es cierto que podemos y debemos hacer aplicaciones espirituales de los mensajes a cada una de la siete iglesias, que son apropiados para el pueblo de Dios en todas las generaciones. La naturaleza humana es la misma a lo ancho de todo el mundo, y a lo largo de todas las generaciones, de manera que los principios espirituales son aplicables a todos. Pero los mensajes a las siete iglesias representan una progresión hacia la victoria que permitirá a la última generación alcanzar finalmente una madurez de fe y discernimiento. "La mies de la tierra está [por fin!] madura" (Apoc. 14:12-15). La sincera aceptación de los llamamientos a "los ángeles de las siete iglesias" será necesaria para que se produzca esa maduración final del fruto descrita en Marcos 4:28,29. Pretender que la iglesia de los últimos días retorne a Filadelfia sería como atrasar el reloj en varias generaciones, y violar el simbolismo profético. Los mensajes a las seis iglesias precedentes han preparado infinidad de creyentes para la muerte; el arrepentimiento por parte de Laodicea prepara un pueblo para la traslación.

El mensaje a Laodicea discurre paralelo al tiempo de la purificación del santuario y la obra de Cristo en el lugar santísimo. La intención obvia del simbolismo de Apocalipsis es relacionar Laodicea con el toque de trompeta del "séptimo ángel", en "el tiempo de los muertos, para que sean juzgados", cuando "el templo de Dios fue abierto en el cielo", y la atención fue dirigida al lugar santísimo (Apoc. 11:15-19).

El mensaje a Filadelfia precede obviamente al día antitípico de la expiación, guardando un paralelismo con el "otro ángel fuerte" de Apocalipsis 10, que a su vez precede al mensaje final de los tres ángeles (ver versículo 11), presentado en el capítulo 12. El cambio en el orden de las siete iglesias lleva a una confusión comparable a la que resultaría del cambio de los siete sellos, o las siete trompetas. Dios sabía lo que hacía al dar las visiones a Juan, en Patmos, y jamás nos atreveremos a cambiar el orden inspirado de esos mensajes.

Las citas del mensaje a Filadelfia que E. White aplica al pueblo de los últimos días, no implican que Laodicea deba ser eliminada de la sucesión profética más de lo que sus frecuentes alusiones a otros de los mensajes de las anteriores cinco iglesias habrían de implicar la necesidad de "unirnos" a Éfeso, Smirna, Pérgamo, Tiatira o Sardis.

El problema de Laodicea no consiste en su identidad o en su nombre. Laodicea no es un nombre indigno: significa simplemente "juicio, vindicación, justificación del pueblo". Es un nombre apropiado a la realidad del juicio investigador que precede a la segunda venida. La connotación no es la derrota, sino la victoria.

El nombre de Filadelfia es también significativo. Se compone de fileo, que significa afecto, y adelfos, o hermano. El término fileo denota un nivel inferior de amor que agape. Y "siguiendo la verdad en agape" y creciendo "en todas cosas en aquel que es la cabeza, a saber, Cristo" es la experiencia que caracterizará al pueblo de Dios, cuando éste madure plenamente, en preparación para la venida de Cristo. "Todo el cuerpo" de la iglesia, el todo corporativo del pueblo de Dios de todas las edades, habrá tomado finalmente "aumento de cuerpo edificándose en agape" (Ver Efe. 3:14-19; 4:13-16; Primeros Escritos, p. 55,56; Palabras de vida del gran Maestro, p. 342).

Como ya se ha visto anteriormente, la expresión "te vomitaré de mi boca", no es una buena traducción del original griego. Cristo no está diciendo que Laodicea vaya a sufrir irremediablemente su rechazo final. En griego dice: mello emesai, que significa virtualmente algo así como "me pones enfermo, me produces nauseas", o "me produces tales nauseas que estoy a punto de vomitar". Pero el verbo mello no requiere necesariamente una acción final. Las nauseas de Cristo pueden ser curadas; es posible el arrepentimiento de Laodicea, lo que comporta vencer su fatal tibieza.

Al leer de corrido las cartas de Cristo a las siete iglesias, resulta muy evidente que muestran una directriz histórica orientada hacia el retorno de Cristo. A Tiatira se la emplaza "hasta que yo venga". A Sardis se la dirige hacia el juicio previo al advenimiento. A Filadelfia se le dice "He aquí, yo vengo presto". Pero Laodicea se encuentra con Cristo "a la puerta", y a ella se ofrece el honor último de compartir con Cristo su autoridad real.

Otra evidencia interna de que Laodicea es la última iglesia, es la presentación que hace Cristo de sí mismo como "el Amén". Ese es precisamente el término que a lo largo del Nuevo Testamento expresa finalidad por excelencia.

El mensaje de Cristo a Laodicea está estrechamente relacionado con El Cantar de los Cantares de Salomón. Cristo cita el pasaje de Cantares 5:2 (de la Septuaginta) en Apocalipsis 3:20. Esa poco conocida circunstancia establece el llamamiento a la iglesia de Laodicea como el del Esposo hacia su amada. La respuesta final de ésta no es el rechazo del amor de su Esposo, sino el arrepentimiento y preparación para las "bodas del Cordero" (Apoc. 19:6-9). Así, la promesa hecha a ese "alguien" en Apocalipsis 3:21 (en griego, tis), es la invitación a una intimidad en la relación con Cristo, sin precedentes en ninguna de las invitaciones a los seis anteriores "ángeles de las siete iglesias". El "ángel de la séptima iglesia" es claramente aquel cuyo arrepentimiento es único, y cuya victoria presupone en definitiva un triunfo y un honor singulares: el de compartir la autoridad ejecutiva con Cristo mismo. A la Esposa le aguarda un destino más elevado que el de aquellos que son meramente "invitados" a las bodas. Es difícil dejar de reconocer la relación entre Apocalipsis 3:21 y la gloriosa victoria de los 144.000 (Apoc. 7:1-4; 14:1-5; 15:2-4).

Así, resulta evidente que excluir a Laodicea del cuadro profético, considerar el llamamiento del Testigo verdadero como algo abocado al fracaso, equivale a robar a Cristo el honor y vindicación que tanto merece. Viola el cumplimiento de las profecías del Apocalipsis. Cancelar a Laodicea y sustituirla por Filadelfia requeriría la derrota del Testigo fiel y verdadero, y la humillación final del paciente Esposo que está todavía hoy llamando a la puerta.