Sé pues celoso y arrepiéntete, pueblo mío

Apéndice D

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Testimonies for the Church, vol. IV, p. 214

Usted ha estado dispuesto a dar sus medios, pero no se ha dado a sí mismo. No se ha sentido llamado a hacer sacrificios que impliquen esfuerzo; no ha manifestado la voluntad de hacer ninguna obra por Cristo que tenga tan humilde carácter. Dios lo llevará al mismo terreno una vez tras otra hasta que con corazón humillado y mente sumisa supere la prueba que Él le inflige, y sea totalmente santificado a su servicio y obra. Entonces alcanzará vida inmortal. Puede ser un hombre plenamente desarrollado en Cristo Jesús, o puede ser un enano espiritual, no ganando victorias. Mi hermano, ¿cuál de las dos cosas escogerá? ¿Vivirá una vida de negación del yo y de sacrificio propio, haciendo su obra con ánimo y gozo, perfeccionando el carácter cristiano, y avanzando hacia la recompensa eterna? ¿o vivirá para usted mismo, perdiendo el cielo? Dios no será burlado; Cristo no acepta el servicio dividido. Él lo pide todo. Si retiene algo, acabará mal. Cristo lo compró con un precio infinito, y requiere que todo lo que tiene le sea entregado en ofrenda voluntaria. Si se consagra plenamente a Él de corazón y vida, la fe tomará el lugar de las dudas, y la confianza el lugar de la desconfianza e incredulidad.

Testimonies for the Church, vol. V, p. 623

Asistí a esa reunión campestre en ––––, y usted estaba presente. Tuvo allí una experiencia que le habría sido de valor duradero, en el caso de que hubiese permanecido en humildad ante Dios, como lo estuvo en aquella ocasión. Usted humilló allí su corazón y sobre sus rodillas me pidió que le perdonase por las cosas que había dicho a propósito de mí y de mi obra. Me dijo: ‘no tiene idea de las vilezas que he llegado a hablar sobre usted’. Yo le aseguré entonces que estaba tan dispuesta a perdonarle libremente, como esperaba que Jesús me perdonase a mí de mis pecados y errores. Entonces dijo usted, en presencia de varias personas, que había dicho muchas cosas para dañarme; sobre todas ellas le aseguré mi total perdón, ya que no fue contra mí. Ninguna de aquellas cosas fue contra mí; yo era solamente una sierva que llevaba el mensaje que Dios me dio. No fue personalmente contra mí que usted se alistó; se alistó contra el mensaje que el Señor le envió a través del humilde instrumento. Fue a Cristo a quien hirió, no a mí. ‘No quiero –le dije– que me lo confiese a mí. Arregle las cosas entre su alma y Dios, y todo estará bien entre nosotros dos’. Algunas expresiones que le fueron escritas, las tomó demasiado fuertemente. Tras leerlas de nuevo más cuidadosamente, usted manifestó que ya no las veía como antes, y todo quedó reconciliado. Tras esa entrevista usted declaró que sentía no haber conocido nunca antes en qué consistía la conversión, que había nacido de nuevo, que se había convertido por primera vez. Usted podía decir que amaba a sus hermanos, su corazón se sentía libre y feliz; comprendió lo sagrado de la obra como nunca antes lo hiciera, y sus cartas expresaron el profundo cambio que el Espíritu Santo obró en usted.

Sin embargo, yo sabía que usted sería llevado al mismo terreno otra vez, para ser probado en aquellos puntos en los que había fracasado previamente. Así hizo el Señor con los hijos de Israel; así ha obrado por su pueblo en todas las edades. Él los probará allí donde antes fallaron; los probará, y si fracasan en la prueba por segunda vez, los llevará de nuevo a la misma prueba.